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01 -Anorexias, Bulimias y Otros Trastornos de la Alime

/01 -Anorexias, Bulimias y Otros Trastornos de la Alime

Tratamientos psicológicos contra la obesidad

noviembre 12th, 2016|

Elaboración del reportaje “Contra la obesidad, cariño” publicado en El País el 27/06/2016

Varón. Edad:14 años. Altura: 1,57. Peso: 78 Kg:

Me he criado en una urbanización de los alrededores de Madrid y desde siempre tuve mucha facilidad para relacionarme con otros niños del barrio, aunque siempre me recuerdo siendo el niño gordo.”

Cuando en el colegio salíamos al recreo y comíamos el bocadillo, los otros niños se alejaban de mí porque pensaban que con el mío no iba a ser suficiente y me iba a comer los suyos. En la hora de gimnasia, cuando nos tocaban los aparatos, como yo no tenía la agilidad de los demás, me dejaban el último para que toda la clase viera como me caía cuando iba a saltarlos, así como cuando subía las cuerdas y todos se reían de mí.”

Cuando jugábamos al fútbol me tocaba ser portero porque al estar gordo ocupaba más trozo de portería y era más difícil meterme goles”.

Con la ropa ha sido y es un suplicio porque como me tienen que comprar tallas grandes suele ser ropa de mayor y con dobleces con lo que me siento como un espantapájaros (otro motivo de risas).”

La verdad es que siempre me he sentido solo o con el grupo de los fracasados, y ahora que me he hecho mayor no hay ninguna chica que quiera salir conmigo porque les da vergüenza ir con un gordo.”

Al escribirte esto me doy cuenta de que mi físico me ha aislado completamente y me he hecho un mundo aparte, a mi medida, donde fantaseo que soy delgado y feliz.”

He intentado miles de dietas, me han llevado a muchos endocrinos , pero no ha servido de nada y a veces para engordar más. Una amiga de mi madre ha estado en tratamiento contigo y me ha dicho que tú no le obligabas a no comer y a pesar de eso ahora esta delgada.”

Es sorprendente que, pese a la relativa eficacia de los tratamientos exclusivamente nutricionistas y endocrinólogicos, se insista en ellos. Que, pese a que todos sabemos que los atracones y el exceso de comida responden fundamentalmente a problemas psicológicos, rara vez se consulte a un psicólogo.

Un tratamiento psicológico de la obesidad o el sobrepeso empieza por desentrañar qué lleva al sujeto a dirigirse a la comida cuando no es el hambre lo que se pretende saciar. Qué pulsión lo arrastra a que esa sea su forma fundamental de gozar.

Sabemos que las causas de la obesidad son el exceso en la ingesta y el sedentarismo, pero si pretendemos que un sujeto logre resolverlo sólo por la voluntad (que es importante) y con una modificación de su conducta alimentaria, sin profundizar en su orígen, lo más probable es que fracasemos.. Si la demanda de que baje de peso es exclusiva de los otros: la familia, los médicos, etc., y no es vivida por el sujeto con sobrepeso en primera persona, fracasaremos.

Un elemento fundamental es adquirir la posibilidad de no recurrir a la comida para intentar resolver conflictos emocionales o relacionales, ni para intentar llenar una sensación de vacío. Si el sujeto no puede renunciar no es por falta de voluntad, sino porque encuentra en la ingesta su principal y casi exclusiva forma de satisfacción

Cuando se trata de un niño o adolescente es muy importante que la relación con los padres no gire en torno a la comida y la balanza. Dejar un espacio en que en el propio sujeto emerja el deseo de adelgazar y no sea sólo una exigencia superyoica.

Sólo puede haber eficacia duradera cuando el sujeto afectado por el sobrepeso tome sus propias decisiones al respecto y se haga protagonista de su cambio.

¿Cómo saber si mi hijo tiene anorexia o bulimia?

noviembre 8th, 2016|

Reelaboración de un artículo publicado en El País el 10-10-2016

Alicia era una adolescente de 15 años de edad, muy bien parecida, brillante en los estudios y muy sociable. Desde que alcanzó la pubertad se siente acomplejada porque dice que tiene demasiado pecho. Su madre dice que “ahí empezó todo”.

Toda su familia sospechó que algo ocurría porque, pese a que comía opíparamente, comenzó a perder peso. Se alejó de su grupo de amigas porque le insistían en que se estaba metiendo en un callejón sin salida. En varias ocasiones escucharon cómo vomitaba en el baño del instituto después de haber comido el bocadillo de media mañana.

Desde aquello han pasado tres años. Su índice de masa corporal es muy bajo, pero comienzan a advertirse las primeras señales de control de la enfermedad. Está en seguimiento en una consulta de psicología y con un endocrinólogo”.

El estereotipo clásico es la adolescente o mujer brillante en el plano profesional o en los estudios, muy perfeccionista, muy interesada por el mundo de la nutrición y preocupada por su imagen personal.” dice Iván Carabaño Aguado, jefe de Servicio de Pediatría del Hospital Universitario Rey Juan Carlos de Móstoles y del Hospital General de Villalba.

La anorexia no es sólo cosa de chicas

Entre el 4% y 6,5% de mujeres con edades comprendidas entre los 12 y 21 años, y del 0,2% al 0,9% de varones adolescentes padecen trastornos de la conducta alimentaria en España.

En los varones el estereotipo es un adolescente obsesionado por la musculatura, que pasa horas en el gimnasio, preocupado por su imagen, con riesgo de vigorexia, y antecedentes de sobrepeso u obesidad.

Las personas anoréxicas suelen ser obsesivas con el orden, de gran responsabilidad y auto exigencia. Además pueden existir antecedentes de sobrepeso o “la participación en disciplinas donde la valoración corporal es muy exigente, como el ballet o la gimnasia deportiva”, valora el psiquiatra infantil Carlos González Navajas.

Cada vez se declaran más casos, pues las familias y los propios adolescentes disponen de más información. A su vez, los pediatras estamos más concienciados sobre este tema, y tomamos cartas en el asunto antes. Pero qué duda cabe, no hemos de olvidar que los estereotipos sociales de la delgadez tienen también su cuota de culpa en este aumento”.

La prevención es la mejor defensa: atajar el problema antes de que esas conductas se fijen , o en sus primeras fases. Cuanto más precoz es la detección, más favorable es el pronóstico”.

¿CÓMO DETECTAR SI MI HIJA O HIJO PADECEN SÍNTOMAS ANORÉXICOs?

  • Pérdida de peso excesiva e inexplicada (No es lo mismo si un jóven o adelescente quiere bajar unos kilos y hace dieta)
  • Ausencia o pérdida de menstruación (más de tres ciclos consecutivos).
  • Preocupación excesiva por perder peso.
  • Sensación frecuente de frío.
  • Cambio en la vestimenta: ropa muy amplia.
  • Modificación de los hábitos alimentarios.
  • Distorsión de la imagen corporal.
  • Miedo exagerado a subir de peso.
  • Obsesión con las calorías de cada alimento que ingiere.
  • Evita comer en público.
  • Bebe líquidos excesivamente.
  • Práctica compulsiva de gimnasia o deportes.
  • Perfeccionista. muy brillante, con excelente rendimiento académico.
  • Baja autoestima.

¿Qué hacer ante la sospecha?

Lo primero es no negar estas conductas o desestimarlas como “un capricho pasajero”Los casos más leves, en sus comienzos, se pueden recuperar simplemente con ayuda familiar y social, fundamentalmente del grupo de amigas o amigos.

Si las conductas (obsesión con la autoimagen, rechazo a la comida, vómitos reiterados o abuso de laxantes) persisten, es conveniente consultar a un psicoterapeuta especializado en el trabajo con niños y adolescentes.

El ingreso sólo es conveniente cuando hay riesgo severo para la salud física. Generalmente, aunque durante el ingreso se lo fuerce a recuperar peso, al salir del hospital se ve horrible y reincide en esas conductas.

Eduard Serrano Coordinador de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Sant Joan de Déu, en Barcelona, dice: “Un 50% de los pacientes anoréxicos consigue una curación total (en tres años) y alrededor de un 20% más se recupera de forma parcial, es decir, siguen con una preocupación excesiva por la ingesta de comida, pero mantienen un peso saludable.”

En el caso de la bulimia se recuperan totalmente alrededor del 85% de lo pacientes.

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD MENTAL 2016

octubre 10th, 2016|

1 de cada 5 españoles (20%) ha padecido, padece o padecerá algún trastorno mental diagnosticado (hay muchos más sin diagnosticar porque no han consultado)

En el momento actual 1 de cada 10 españoles (10%) tiene algún tipo de tratamiento psiquiátrico, psicológico o psicoterapéutico.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) estima que 1 de cada 4 personas (25%) tiene un trastorno mental actual en el mundo*. Si las cifras en España son menores puede ser porque la salud mental de la población española es mejor, o porque los españoles consultan menos.

Pese a la frecuencia del padecimiento de trastornos mentales, más o menos severos, todavía en España no se aceptan estos trastornos con la misma naturalidad que otras enfermedades. Muchas personas que los padecen se dan múltiples excusas para no consultar. Quienes consultan muchas veces lo ocultan a familiares, amigos y conocidos como si de una vergüenza se tratara. Pareciera que reconocer que uno tiene problemas psíquicos o psicológicos y solicitar ayuda profesional implicara un estigma. Como si quienes padecen de sí mismos fueran “apestados” y no personas valiosas que requieren ayuda en algún momento de sus vidas.

Como sostiene el movimiento social asociativo Salud Mental España en su campaña con motivo del día mundial de la salud mental:“nadie elige tener un problema de salud mental, encontrarse mal o sufrir”. “Es cuestión de informarse, charlar, escuchar y apoyarse mutuamente”, dice González Zapico, presidente de esta confederación.

Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado en más de 100 países, no está de más reflexionar sobre esta falta de visibilidad de las personas afectadas de algún problema mental o psicológico y los prejuicios que les dificultan acceder a la atención profesional que necesitan. Hoy y todos los días.

*La información ha sido recogida del periódico digital lainformacion.com

OTRA FORMA DE TRATAR LA ANOREXIA Y LA BULIMIA

diciembre 3rd, 2013|

Los llamados trastornos del comportamiento alimentario se extienden continuamente tanto en su frecuencia como en la trascendencia social que han adquirido. Se trata de una auténtica epidemia.

Su epidemiología nos señala que los trastornos de la conducta alimentaria son mucho más frecuentes en mujeres que en hombres en una proporción de 10 a 1, aunque están creciendo en varones. La edad de comienzo más habitual es la adolescencia, aunque se registra un alarmante crecimiento en edades infantiles. La frecuencia es mayor entre las clases medias y altas de los países occidentales, aunque se están extendiendo a otras clases y otros países. También se registra un incremento en la incidencia en ciertas profesiones (azafatas, modelos, deportistas, bailarines). Con frecuencia la investigación demuestra la existencia en la familia de casos de depresión, alcoholismo y trastornos de la alimentación.

Los criterios diagnósticos para la anorexia son: miedo intenso a engordar, que no disminuye con la pérdida de peso; alteración de la imagen corporal; disminución del 25% del peso corporal, aunque últimamente se considera más importante la reducción del índice de masa corporal porque se relaciona más directamente con el riesgo médico; negativa a mantener el peso corporal por encima del mínimo según edad y talla; ausencia de enfermedades orgánicas que justifiquen la pérdida de peso.

Otros síntomas habituales son: amenorrea, trastornos del sueño, estreñimiento, dolor abdominal, saciedad prematura, intolerancia al frío, hipotermia, cianosis, vasoconstricción. En su extremo pueden presentarse: caquexia (estado de extrema desnutrición), bradicardia (lentitud anormal del pulso), hipotensión, lanugo (vello corporal muy fino, que crece como aislante de la piel por razón de ausencia de grasa) y edemas (hinchazón blanda de una parte del cuerpo producida por acumulación de líquido):

Siendo muy diferentes entre sí, las anoréxicas suelen presentar ciertos rasgos estereotipados comunes: negación o desconocimiento de sensaciones de hambre y de fatiga; pueden preparar comidas muy elaboradas que ellas no consumen, acaparan alimentos en casa, conocen el contenido calórico de los alimentos, se resisten a todo tratamiento y, cualquiera sea su aspecto físico para los demás, se sienten desmesuradamente gordas, realizan ejercicios físicos exagerados y pueden llegar a tomar laxantes y diuréticos y autoprovocarse vómitos en su afán de disminuir de peso; conductas todas estas que suelen producir gran alarma familiar.

Otra característica común a muchas mujeres anoréxicas es la de haber sido niñas modélicas: obedientes, perfeccionistas, buenas alumnas, exigentes consigo mismas y con los demás, agradables y complacientes.

La anorexia puede desencadenarse después de una separación o pérdida significativa, pero no es necesariamente así y en muchas anoréxicas es difícil, cuando no imposible, determinar el momento del desencadenamiento..

Puesto que buena parte de los lazos familiares y sociales se realizan en torno a la comida, la anoréxica suele aislarse social y familiarmente para evitar situaciones en que se le demande que coma.

Los tratamientos centrados en el aumento de peso han demostrado  efectos iatrogénicos, con una intensificación del rechazo de la imagen corporal y de alimentos cuando finalizan las “dietas de engorde” y/o un ingreso (sólo aconsejable cuando está en riesgo efectivo la vida de la persona anoréxica).

La bulimia, por lo contrario, se caracteriza por episodios recurrentes de voracidad en los que se ingiere gran cantidad de alimentos en un corto período de tiempo, en episodios impulsivos con total falta de control. Los manuales diagnósticos requieren dos episodios de voracidad semanales durante al menos tres meses. Esta voracidad suele verse acompañada por una autoevaluación crítica de la forma corporal y el peso. También son frecuentes en la bulimia conductas compensatorias, como los vómitos auto-inducidos y el empleo de laxantes y/o diuréticos. Nos encontramos así en las bulimias con deseos irrefrenables de comer (atracones), unidos a una búsqueda desesperada de la delgadez y un miedo intenso a engordar, que promueven estrategias para bajar de peso (dietas hipocalóricas, vómitos auto inducidos, purgantes). Frecuentemente se asocia con ingesta de drogas (incluido el alcohol), intentos de suicidio, cleptomanía o conductas auto líticas, aunque esto no se presenta en todas las bulímicas.

La clasificación de estos problemas como trastornos de la conducta alimentaria no hace más que agregar confusión y llevar a tratamientos estériles. Esta clasificación da a entender que los llamados Trastornos de la Conducta Alimentaria constituyen una enfermedad en sí. Pero la experiencia clínica nos demuestra que se trata de síndromes (conjunto de síntomas) que pueden presentarse en muy diferentes patologías y muy diversas estructuras de personalidad, que son las que realmente debemos tratar.

Al calificar a los llamados trastornos de la conducta alimentaria (fundamentalmente anorexia y bulimia) como una categoría diagnóstica se cataloga como enfermedad una conducta manifiesta y no las causas profundas de la misma, eso nos lleva a tratamientos de la conducta y dietas de engorde, con o sin internación, de breve eficacia temporal.

Si, en cambio, consideramos a la anorexia y la bulimia conductas sintomáticas, el tratamiento es conducido necesariamente a la significación que estas conductas tienen en cada una de las personas que las padecen y a tratarlas una por una, conforme a su singularidad.

Si consideramos que el síntoma muestra y oculta los deseos, angustias y conflictos de la persona que lo padece, es necesario escuchar al sujeto, sus pensamientos y asociaciones. Así sustituimos la balanza y el aspecto físico de la persona por una escucha que ofrece la posibilidad de hablar, de expresar sus pensamientos y sentimientos, y de ir construyendo una subjetividad que le permita descubrir el sentido de su conducta alimentaria.

Tanto en la anorexia como en la bulimia el sujeto y lo que tiene para decir son borrados, haciendo que su vida, tanto para él mismo como para su familia, se reduzca a una serie de actos repetitivos: control de peso, negativa a ingerir alimentos o ingesta excesiva en actos impulsivos, ritos, vómitos, purgas. Si médicos y psicólogos hacen lo mismo y ponen el acento en el peso corporal, intentando corregir las conductas y modificar el peso del paciente, sin prestar la debida atención y escucha a la problemática subjetiva que lo lleva a esa conducta, no hacen más que entrar en una lucha con el paciente, reforzar sus conductas respecto de los alimentos y alimentar así este circuito infernal. Por eso los tratamientos habituales producen efectos en el corto plazo pero no pueden evitar las recaídas.

El sujeto anoréxico o bulímico así tratado queda reducido a su condición orgánica, puro cuerpo, objeto de los deseos e intenciones de los otros – el personal sanitario, la familia. La etiqueta diagnóstica de anoréxica o bulímica, garantizada por una supuesta cientificidad, produce en los sujetos una certeza sobre su identidad, “Yo soy eso”, obturando así toda pregunta sobre su ser, su identidad y su deseo.

Se trata de entender lo que la experiencia demuestra: que los síntomas de anorexias y bulimias, pese a sus similitudes, no tienen el mismo significado para cada persona que las padece. Que en cada caso se trata del modo singular en que se constituyó el sujeto en relación a su familia y a otras personas de su entorno. Claro que el paciente no tiene conciencia de esto, y ahí comienza nuestro trabajo.

 

OBESIDAD , EL TRASTORNO OLVIDADO – I: La comida como adicción

enero 4th, 2011|

 

«El DSM IV (MANUAL DIAGNÓSTICO Y ESTADÍSTICO DE TRASTORNOS MENTALES de la American Psychiatric Association) considera Trastornos de la conducta alimentaria a la anorexia y la bulimia nerviosas, ambas asociadas con pérdida de peso o, al menos, deseo de perderlo.

El CIE 10 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud) incluye, además, la Hiperfagia, «ingesta excesiva de alimentos como reacción a acontecimientos estresantes que puede dar lugar a una “obesidad reactiva”», pero excluye explícitamente a la obesidad en sí. La obesidad no sería un desorden mental sino del cuerpo.

En los dos manuales queda así excluido de los trastornos de la conducta alimentaria el desorden más frecuente en la alimentación: comer excesivamente. La obesidad es una epidemia de la que se ocupan endocrinólogos, dietistas, todo el sistema de salud… excepto los profesionales de salud mental. Y, sin embargo, la mayoría de las obesidades, aun cuando haya una predisposición orgánica a la ganancia de peso, responden a causas psicológicas.

 

Excluidas así del campo de la salud mental, las obesidades y sobrepesos de origen psicológico quedan a merced de los prejuicios, tanto negativos como positivos. Como siempre que se habla de prejuicios, predominan los negativos, sobre todo respecto de los jóvenes:

         Si no es una enfermedad es un vicio o un mal hábito del que la persona con sobrepeso es culpable. Así, mientras se muestran muchas consideraciones por anoréxicos y bulímicos, personas reconocidamente enfermas, puede despreciarse al “gordo” o “gorda”  porque es culpable de su situación, y puede hacérselo víctima constante de burlas, apodos y comentarios desvalorizantes, algo que las mismas personas se cuidarían de hacer con alguien reconocidamente anoréxico o bulímico.

         En una sociedad en que se proclama la tolerancia con las diferencias individuales, esa tolerancia no alcanza a la persona obesa.

         En ciertos medios, particularmente en medios de gran competitividad, la anorexia, cuando no es extrema, es bien tolerada por otra razón: tiene el prestigio de estar imaginariamente asociada a actividad y eficiencia. Sucede todo lo contrario con la obesidad.

         La anoréxica puede llegar a encontrar apoyos en su grupo de amigas adolescentes o jóvenes porque comparte con ellas el ideal de delgadez. La obesa pone en escena lo temido y rechazado por lo que puede ser o sentirse marginada del grupo.    

 

En sentido contrario, existen prejuicios positivos. Pero que sean positivos no los hace beneficiosos, pueden ser igualmente perjudiciales:

         Sociedades, como la española, que han experimentado el azote del hambre en tiempos no tan lejanos como puede parecernos, han producido una cultura de cierta sobrevaloración de la comida como fuente de placer y signo de salud y bienestar. Así lo recoge el habla popular que de una persona con manifiesto sobrepeso dice que es “hermosa” o afirma que “la comida es salud”.

         Esta tradición impulsa a muchas madres a atosigar a sus hijos ofertándoles comida en exceso y ante cualquier malestar del niño. Ignoran que toda la comida que excede el propio apetito del niño puede contribuir a que, en un futuro, desarrolle un trastorno de alimentación en cualquier sentido (se observan antecedentes de este tipo en muchos casos de anorexia, pero también de bulimia y obesidad mórbida).

         Existe en el imaginario social la fantasía del “gordo feliz”, a la que muchos obesos contribuyen con la imagen que proyectan a los otros. Quien conozca a personas obesas verdaderamente, quien haya logrado franquear las barreras del pudor y comunicarse con ellos con sinceridad, sabe cuan lejos puede estar esta imagen de la realidad de una persona que se siente desvalorizada por los otros y por sí mismo.

          Todos estos factores contribuyen a que, cuando una persona con sobrepeso real intenta realizar una dieta, muchas de las personas que la rodean le oferten comida (“por una vez”, “si esto no engorda”, “te vas a amargar”), mientras que esas mismas personas quizás tengan más reparos en ofrecer bebidas a un alcohólico, marihuana a un toxicómano o cigarrillos a quien está intentando dejarlos.

 

La obesidad, una epidemia contemporánea

 

No es que la obesidad sea un síntoma nuevo, siempre hubo personas con excesivo sobrepeso, pero nunca hasta las últimas décadas había tenido en Europa este carácter epidémico. Para tomar conciencia de su envergadura basta con echar una ojeada a las estadísticas del país más poderoso de la tierra, Estados Unidos, donde la obesidad ya no es una excepción, es casi la regla. Y, vista la progresión, en España y Europa seguimos el mismo camino.

 

¿Cómo se puede explicar la extensión del exceso? Exceso de peso, exceso de drogas o alcohol, ludopatías y otras adicciones, compras compulsivas…

Vivimos en una sociedad en que se disuelven los valores tradicionales. Podemos juzgar como un progreso o como una catástrofe este naufragio, lo mismo da, lo importante es saber con qué se los remplaza.

El valor máximo parece ser la felicidad, y no está mal, pero ¿cómo se alcanza la felicidad?, ¿qué caminos se nos ofrecen para acceder a ella?

En una sociedad hedonista lo que se persigue es una felicidad individual. Por otro lado, la realidad económica y la vida social no hacen más que poner impedimentos en el camino. La sociedad nos dice “eres libre: goza”. Pero ¿cómo gozar? En nuestra sociedad ese mandato se traduce por un imperativo: ¡Consume!!! Para toda sensación de insatisfacción se oferta siempre un objeto de consumo, y ¿qué consumo más accesible e ilimitado que la comida?

 

Pongamos ejemplos para no perdernos en disquisiciones: ha muerto un ser querido, nos ha dejado la persona amada, perdimos el trabajo, tenemos dificultades económicas que parecen insalvables, nos sentimos poco valorados o no queridos… Todas estas pérdidas, estas frustraciones, parecen requerir una compensación.

No tenemos a mano nada que pueda compensarlas, pero siempre hay comida.

Ante la angustia que produce cualquier pérdida, siempre es posible pretender obturarla con un exceso en otro lugar: compras, alcohol, drogas o el más accesible de los objetos: comida.

 

Toda pérdida significativa requiere un trabajo de elaboración psíquica, al que en “jerga” profesional llamamos “duelo” por el modelo que nos ofrece la más significativa de las pérdidas: la muerte de un ser querido. En ocasiones no es factible para el sujeto realizar ese trabajo, el duelo se hace interminable y parece que no puede superarse. Muchas veces una terapia breve ayuda a derribar obstáculos y posibilita su terminación.

Con o sin ayuda, cuando el duelo concluye (se dice pronto, pero requiere un tiempo e, insistimos, un trabajo de elaboración psíquica) el sujeto ha aprendido a soportar la pérdida aunque conserve un resto de dolor. Continúa su trabajo o busca otro empleo, si es el empleo lo perdido; si lo perdido es un objeto de amor, se enamora de otra persona y  forma otra pareja; en suma: rehace su vida.

 

Si uno puede superar una pérdida significativa es porque así está constituido en su subjetividad y es de esperar que, con mayor o menor esfuerzo, pueda superar todas las pérdidas a las que lo confronte la vida. ¿Y si no está constituido así?

Si uno no puede superarla por sí mismo, debería recurrir a un sujeto exterior y buscar ayud
a terapéutica. Pero sabemos que mayormente no es así.

Cuando uno no puede superar interiormente una pérdida o frustración tiende a recurrir a un objeto exterior. En nuestra sociedad, ese objeto es casi siempre un objeto de consumo.

Cualquiera que haya estado deprimido (expresión de una pérdida difícil de elaborar, sobre todo porque muchas veces quien la padece no sabe qué es lo perdido) sabe por experiencia que familiares y amigos, con la mejor de las intenciones, le ofrecen objetos con que consolarse: “vamos a tomar unas copas”, “¿no quieres un porro?”, “¿por qué no te compras algo que te guste?”, “te invito a cenar”. La intención es siempre la mejor, pero el resultado es la oferta de un objeto de consumo (comida, ropa, droga, alcohol) para poner allí donde algo falta. Si el objeto sirve a negar lo perdido se corre el riesgo de haber adquirido una conducta que se repetirá, cada vez que uno se sienta mal al principio, automáticamente después.

 

¿No es acaso la adicción una vivencia extrema del consumo? ¿Y no es el consumo excesivo de comida una adicción?

 

Y la adicción a la comida tiene una desventaja respecto de las otras adicciones: al alcohólico se le indica que no ingiera alcohol y que intente evitar las situaciones que estimulan su consumo. Lo mismo se dice al toxicómano o al ludópata. Pero ¿cómo se hace para evitar la comida? La comida no puede llevarse a consumo cero.

ANOREXIAS, BULIMIAS y OTROS TRASTORNOS DE LA ALIMENTACIÓN I

abril 13th, 2007|

“Quien come ya no está solo”
Apollinaire

 

¿QUÉ ES UN TRASTORNO DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA?

 

“Los Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA) son manifestaciones extremas de una variedad de preocupaciones por el peso y la comida experimentados por mujeres y hombres. Estos incluyen la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el comer compulsivamente. Todos estos son problemas emocionales serios que pueden llegar a tener consecuencias letales” (Asociación Nacional de Trastornos de la Alimentación de Estados Unidos – NEDA).

 

Ahora bien, casi todos nos excedemos en más o en menos respecto de lo que idealmente deberíamos comer. ¿Cuándo debemos considerarlo un “trastorno de la alimentación? y, lo que es más importante,  ¿cuándo debemos preocuparnos?

 

LA ANOREXIA NERVIOSA

Dice la misma NEDA que: “La anorexia nerviosa se caracteriza principalmente por la auto-inanición (auto-negarse las comidas) y la pérdida excesiva de peso” (NEDA).

 

Es decir que no basta con que una persona esté demasiado delgada o realice una dieta poco calórica o no bien equilibrada (lo que puede dar lugar a otros problemas de salud) para que la consideremos anoréxica. Lo que caracteriza a la anorexia es “la auto negación de la comida”  hasta extremos de inanición (extrema debilidad y desnutrición por falta de alimento). 

 

Por otro lado, la anorexia aparece íntimamente ligada a la dismorfofobia: alteraciones imaginarias de la imagen corporal. Si la anorexia no se incluye en las dismorfofobias es porque los manuales diagnósticos excluyen explícitamente de estas categorías a aquellos casos en los que está alterado de la propia imagen corporal está en relación con el peso para incluirlos en los trastornos de la alimentación, dada su importancia. Pero esta “comodidad” diagnóstica no excluye el hecho de que la anorexia es siempre acompañada por una dismorfofobia.

 

Nos parece importante la aclaración porque la amplia difusión de las anorexias en medios de comunicación masivos ha dado lugar, muchas veces, a preocupaciones excesivas y ha llevado una angustia inmotivada a muchos hogares.

Cuando una adolescente empieza a preocuparse por su aspecto y a realizar dietas hipocalóricas para adecuar su figura a un modelo social de belleza, algunos padres y, sobre todo, madres se alarman. El ideal de belleza de la post-guerra española, marcada por el hambre, pudo ser el de una persona saludable y bien alimentada (llamada tradicionalmente una persona “hermosa”), el de una sociedad opulenta parece pasar por cierta privación de comida.

 

Las dietas no producen anorexia (aunque los primeros síntomas pueden aparecer encubiertos por una “dieta”) y la preocupación por el cuerpo no tiene porque ser patológica, puede llegar a ser todo lo contrario: un signo vital, el deseo de ser una mujer deseable.

En general, no parece conveniente que los padres se preocupen excesivamente por el aspecto físico de sus hijos / as ni en un sentido ni en otro (excepto cuando éste sea verdaderamente alarmante) porque el atractivo físico es un llamado amoroso dirigido a otros distintos de los padres.  

Peor aún, la difusión de casos de anorexia infantil (muy infrecuentes en realidad) lleva a las madres a preocuparse excesivamente por la cantidad de comida ingerida por sus hijos o a interpretar como un rechazo el que el bebé o el niño pequeño se encuentre satisfecho y sin apetito en un momento dado.

En ocasiones esto da lugar a que la alimentación, que debería ser un momento placentero compartido por el bebé y la madre, se transforme en una batalla, marcada por la angustia, gritos y amenazas, algo que sí puede dar lugar más tarde a trastornos en la conducta alimentaria.

¿Por qué no dejar que el pediatra haga su trabajo y advierta a los padres cuando el bebé o el niño manifiestan signos de desnutrición? En la práctica clínica es infrecuente un niño desnutrido sin mediar causas sociales.

En ambos casos (niño y adolescente) el problema no es la delgadez sino la malnutrición.

En los casos reales de anorexia, en aquellos en que una persona se niega el alimento hasta la desnutrición, hay algo más que un “trastorno de la conducta alimentaria”; es toda la personalidad, toda la subjetividad la que está trastornada.

 

CAUSAS:

¿Cuáles son las causas de estos trastornos? Distintas hipótesis señalan diferentes causas, por lo que la mayor parte de los autores tienden a considerarlos una resultante de varias causas que se potencian mutuamente.

 

CAUSAS BIOLÓGICAS

Los llamados trastornos de la alimentación (anorexia, bulimia, obesidad) pueden ser la manifestación secundaria de una enfermedad orgánica, por eso se trata, en principio, de descartar esa posibilidad. Fuera de esos casos (que son una minoría) se han postulado posibles causas biológicas para la anorexia y/o bulimia nerviosa.

Algunos estudios han hallado un desequilibrio en los neurotransmisores, pero estas sustancias no sólo controlan el apetito y su desequilibrio, también están presentes en los trastornos del humor (depresiones, manías) y casi todos los llamados “trastornos mentales”, por lo que no está clara la significación de estos hallazgos.
Tampoco la frecuencia de su manifestación en una misma familia nos autoriza a suponerles causas hereditarias.

 

CAUSAS SOCIALES
Estos trastornos son cada vez más frecuentes en nuestras sociedades, por lo que parece lógico suponer que los cambios sociales juegan un papel en su mayor incidencia.

Algo ha cambiado en nuestro modo de comer. La comida ha sido tradicionalmente un momento de encuentro familiar o social. Como dice J. A. Miller “la comida compartida es el modelo (…) primario del estar juntos”, adjudicándonos un lugar en la mesa se nos adjudica un lugar en el mundo, pero ya no.

En nuestra sociedad contemporánea las relaciones con los otros se reducen al mínimo. Ya no hay tiempo ni deseo de preparar la comida y compartirla. Cada vez más gente come sola, menús uniformizados en lugares de comida al paso o comida prefabricada: la comida como objeto de consumo.
Cuando se come en familia suele hacérselo en relación privilegiada con la televisión. La mesa común ha dejado de ser un lugar de encuentro. En su extremo, el anoréxico la abandona en su rechazo a comer, el bulímico devastando el refrigerador en soledad.
Pero esto tampoco nos autoriza a adjudicar a estos nuevos hábitos sociales la exclusividad en el origen de estos trastornos

Más exagerado aun nos parece adjudicársela a otros hechos sociales (aunque la anoréxica pueda usarlos como excusa y jueguen un papel determinante en ciertas delgadeces exageradas, pero no necesariamente patológicas): la hipervaloración del “cuerpo perfecto” (perfectamente delgado), un “peso ideal” difícilmente alcanzable para la mayoría de los sujetos, la publicidad de productos adelgazantes que estimula su consumo, el ejemplo perjudicial de las “top-models” (el final de la película “Pret a porter”, con su desfile de modelos desnudas, daba grima), la reducción de las tallas de ropa, las dietas, la venta libre de diuréticos y laxantes, etc.

Aún contribuyendo todos estos factores a la implementación de dietas “masoquistas” y sentimientos de minusvalía en muchas personas, debería bastarnos para sospechar de estas “causas” el hecho de que las auténticas anoréxicas alcanzan extremos de delgadez que difícilmente puede hacerlas deseables y las incapacitan para la exigente vida de las modelos, por lo que las causas deben estar en otro lado.

 

CAUSAS INTERPERSONALES:
Relaciones familiares e inte
rpersonales conflictivas
Haber sido objeto de burlas por su talla o peso
Historia de abusos físicos o sexuales (frecuentes en muchas anoréxicas)

 

CAUSAS PSICOLÓGICAS
Baja autoestima
Depresión, ansiedad, irritabilidad, aislamiento
Dificultad para expresar emociones y sentimientos.

 

Todos factores que, aunque puedan hallarse presentes, parecen insuficientes para explicar un trastorno tan extremo. Antes que insistir en las causas veamos el desarrollo de estas patologías

 

DESENCADENAMIENTO

Las anorexias (y las bulimias) suelen desencadenarse a partir de la pubertad, en la adolescencia, en pleno desarrollo sexual (al que inhiben) y comienzan siempre por una imagen distorsionada del propio cuerpo.

Pero habría que pensar que las causas de esta distorsión se remontan atrás en el tiempo, que algo ha fallado en su infancia y no las ha preparado para enfrentarse con éxito al trauma de la pubertad.

 

Por otro lado, parecen actuar como defensas ante la angustia. Las personas bulímicas obturan con comida ese agujero que es la angustia (así como los toxicómanos lo obturan con drogas, los alcohólicos con alcohol, los ludópatas con el juego) y, en ese sentido, parece responder al mismo mecanismo que las restantes adicciones: recurrir a un objeto siempre al alcance que produzca una sensación de satisfacción inmediata para ahogar la angustia, en este caso el objeto es la comida, no ya como objeto de la alimentación ni de placer gustativo sino de atiborramiento (una de las singularidades de la bulimia es que quien la padece puede atiborrarse de algo que, en muchos casos, él mismo reconoce como poco apetecible). Comer hasta el asco, beber hasta la nausea, intoxicarse hasta el malestar, parecen ser los signos característicos de las adicciones.

Lo paradójico en las anorexias es que, en lugar de obturar la angustia con un objeto que proporcione una satisfacción inmediata, lo hacen privándose de él.     

(Continuará)

La mayoría de las pacientes anoréxicas le atribuyen significado al trastorno.

noviembre 18th, 2006|

FUENTE: INTERNATIONAL JOURNAL OF EATING DISORDERS. 2006 NOV; 39(7):556 – 564.
www.psiquiatria.com
Resumen

? Los pacientes con anorexia nerviosa tienden a atribuir un valor positivo a sus síntomas. Muchos especialistas creen que esto juega un papel esencial en el mantenimiento del trastorno. Los tratamientos de esa conducta que subestiman el significado que los pacientes le atribuyen a la enfermedad tienden a causar rebrotes del trastorno Investigadores del Instituto Noruego de Salud Pública, en Oslo llevaron a cabo un estudio cualitativo dirigido por Ragnfrid H. Nordbo y que se publica en la revista International Journal of Eating Disorders.

18 mujeres con anorexia nerviosa, de 20 a 34 años, se sometieron a entrevistas focalizadas y exhaustivas. Los autores identificaron ocho constructos básicos con funciones centrales en el refuerzo de la anorexia nerviosa: seguridad, evasión, fuerza mental, auto confianza, identidad, atención, comunicación y muerte.

El constructo de seguridad le atribuye a la anorexia una vía para obtener una estructura, estabilidad y organización, mientras que el constructo de evasión facilita un camino para escapar de las emociones negativas y dañinas.

Los constructos de fuerza mental, autoconfianza e identidad están interrelacionados y alimentarían el comportamiento anoréxico. Del mismo modo, el constructo de atención considera a la anorexia como una forma de recibir cuidados y atención de los demás. Evocar la atención es también una de las características del constructo de comunicación (comunicar dificultades).

El octavo constructo, la muerte, es decir el deseo de morirse de hambre, es de alguna manera nuevo, indicaron los autores, en cuanto a que “la investigación sistemática no logró aún describir la anorexia nerviosa como un método intencionado de muerte”. Los psicólogos que no toman en cuenta esas intenciones son propensos a obtener resistencia y, tarde o temprano, fallar con el tratamiento, señalaron los investigadores.

Para acceder al texto completo es necesario suscribirse en la fuente original: http://www3.interscience.wiley.com/cgi-bin/jhome/34698

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Comentario:

Si en 18 casos se identificaron 8 constructos básicos, ¿cuántos podrán identificarse en una muestra más amplia?