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06 – Niños y Adolescentes

/06 - Niños y Adolescentes

TDA: Rubifén, Concerta, Medikinet, en niños

mayo 18th, 2015|

 

Desde los años 30 del siglo pasado se conocen los efectos positivos sobre la hiperactividad de las anfetaminas, pero su uso no se ha generalizado hasta encontrar un derivado con menos efectos adversos: metilfenidato, que es el principio activo de los conocidos Rubifén, Concerta y Medikinet.

Los efectos secundarios son los propios de un estimulante: nerviosismo, insomnio, disminución del apetito, sequedad de boca, taquicardia o pérdida de peso. Estos efectos secundarios suelen desaparecer espontáneamente al poco tiempo, pero no siempre.

También puede causar una ligera desaceleración del crecimiento en niños. Generalmente se recupera una altura normal en la adolescencia.

Por otro lado, al ser un potente estimulante, puede producir adicción en adolescentes y adultos, cuando el uso y abuso de la medicación escapan al control materno y paterno.

También está contraindicado si el niño presenta mucha ansiedad o agitación, porque sus propiedades estimulantes podrían agravarlas.

En resumen, los potenciales efectos adversos no parecen tan graves como para desechar la medicación cuando su uso esté justificado. Pero el Rubifén, como cualquier otro medicamento, no es inocuo ni carece de efectos secundarios, por lo que es el psiquiatra quien debe establecer si los beneficios esperables justifican los riesgos asumidos.

Es el primer psicotrópico cuyo uso se ha generalizado en niños. Esto ha producido un intenso debate en USA, donde muchos médicos han tomado partido a favor o en contra del uso del medicamento. Así, según algunos respetables profesionales el TDA está subdiagnosticado; mientras que, según otros, igualmente respetables, está sobrediagnosticado, cuando no absolutamente injustificado y, consecuentemente, el uso del MFD injustificadamente extendido.

Ciertos estudios en Estados Unidos establecen que hasta un 5% de la población infantil podría padecer este trastorno. Comparando este dato con el hecho de que “sólo” el 2% de los niños están medicados, podríamos deducir un sub-diagnóstico del 3% de la población infantil (partiendo siempre de la idea de que todo niño con ese diagnóstico debe consumir medicación, algo que es discutible).

Si limitamos el estudio a los niños a partir de los 10 años nos encontramos con que el 10% de ellos está siendo medicado, lo que indicaría un sobrediagnóstico en el 50%  de los casos en niños de esa edad.

El diagnóstico y tratamiento farmacológico se están extendiendo en el mundo. Dentro del mundo de habla hispana, España y Argentina se acercan rápidamente a los índices de medicación norteamericanos.

Muchas veces nos basta una entrevista para establecer la simple comprobación empírica de que ese niño, que supuestamente padece un déficit de atención de causa orgánica, ha mantenido su concentración durante los 30’, 40’ o 50’ que dura la entrevista. Sean cuales sean sus dificultades, lo más probable es que sean emocionales y no un TDA. Esos niños podrían haber recibido un tratamiento médico innecesario, algo que en ningún caso es recomendable.

En USA, por recomendación de la Agencia del Medicamento de Estados Unidos (FDA), se ha incluido una advertencia en los envases de estos fármacos por su potencial peligrosidad. La FDA ha actuado por la preocupación por los efectos a largo plazo sobre el sistema cardiovascular, dado que se han encontrado cambios menores pero estadísticamente significativos en la presión sanguínea y el ritmo cardiaco. En su recomendación podría también haber influido otra preocupación: la de que docentes y padres presionen a los médicos a indicar la medicación en los casos de niños de difícil manejo, aún cuando no padezcan el trastorno para el que el MFD está indicado. A partir de esta advertencia de la FDA se ha reducido significativamente en USA la prescripción de MFD sin que se hubieran producido nuevos descubrimientos sobre el trastorno ni sobre la medicación.

Conclusiones:

1 – El Trastorno por Déficit de Atención (TDA) o Trastorno Hipercinésico, pese a ser reconocido por la Asociación de Psiquiatría Americana y la Organización Mundial de la Salud, continúa siendo un diagnóstico controvertido por:

a – Pese a haber transcurrido más de un siglo de existencia del diagnóstico no ha llegado a demostrarse su origen orgánico en forma irrefutable.

b – El diagnóstico incluye valoraciones cuantitativas, subjetivamente interpretables

c – El que un niño sea distraído o inquieto, sus síntomas más característicos, puede responder a diversas causas y requerir diferentes tratamientos.

2 –El metilfenidato ha demostrado su eficacia en la reducción de la inquietud motora y el aumento de la atención, la memoria y la capacidad de concentración tanto en niños como en adultos, con diagnóstico de TDA o sin él, por lo que su eficacia no es una prueba diagnóstica.

3 – Por lo tanto parece indicada su prescripción en aquellos casos en que no se hayan conseguido suficientes progresos con otras alternativas terapéuticas basadas en la palabra y el juego

4 – No parece indicado, en cambio, como tratamiento de primera elección.

5 – Tampoco como sustituto del tratamiento terapéutico al que, en todo caso, debe acompañar.

 

TDAH: RECOMENDACIONES DE BUENA PRÁCTICA 2

septiembre 22nd, 2014|

3-¿Cómo tratar a un niño con dificultades de atención y problemas de hiperactividad, es decir: distraído e inquieto?

En la mayoría de los casos, en la práctica actual, a partir de un diagnóstico teórico (TDAH) realizado exclusivamente mediante la observación del comportamiento del niño, sin llegar a conocer en profundidad sus pensamientos y sentimientos, se elige como primera línea de acción el tratamiento medicamentoso con metilfenidato. Sólo en algunos casos este tratamiento es acompañado por una psicoterapia cognitivo – conductual específica que se limita a intentar corregir, con técnicas educativas y dudosa eficacia, el supuesto déficit de atención y la hiperactividad.

Así, las consultas terapéuticas, sede del trabajo clínico de los que trabajamos con niños, son relegadas a ser un ítem más entre otros (la medicina, medidas educativas en la casa y en el colegio). Nosotros consideramos, por el contrario, que las consultas terapéuticas constituyen el pivote fundamental para elaborar, con el niño y con los padres, un proyecto de orientación.

Nuestro trabajo psicodinámico no se limita a tratar el TDAH, al que consideramos un diagnóstico poco específico, para centrarnos en un tratamiento integral de cada niño, con sus singularidades, apuntando a las causas de las dificultades de atención e inquietud, que pueden ser diferentes para cada niño. Se trata de un trabajo de escucha y acción en conjunto con los niños con dificultades y los padres angustiados.

La psicoterapia psicodinámica desarrolla una aproximación multidimensional, tomando en cuenta al niño en su conjunto, respetando su desarrollo y sus potencialidades individuales. Para ello nos apoyamos en una pluralidad de modelos de comprensión (psicoanalíticos, cognitivo conductuales, etc.). Nos inquieta el recorte sintomático que muchas veces se realiza, limitándose a intentar “educar” al niño en la atención y sin tenerlo en cuenta en su conjunto, como el sujeto humano que ya es, y la precipitación en recurrir a la medicación, muchas veces tan innecesaria como ineficaz.

4 – ¿Qué hacer después del diagnóstico de TDA?

En ciertas perspectivas de tratamiento sólo se toma en cuenta la adaptación a la escuela, a la familia, etc. No es que esto no importe, pero que sea la única referencia es grave.

Un niño que no tiene problemas de comportamiento, que no hace ruido, que se porta bien, no forzosamente goza de buena salud mental. Muchas veces se trata de una inhibición (que es también un síntoma de que algo no marcha bien), y en ocasiones detrás de esta inhibición se avivan pensamientos tan inquietantes como silenciosos. Hay, por ejemplo, adolescentes que aparentan ser gentiles y discretos y son capaces de cometer los peores actos.

El acompañamiento y cuidado de niños y adolescentes que presentan síntomas de sufrimiento psíquico es fundamental.

Además de realizar un diagnóstico y tratar la patología del niño, un buen psicoterapeuta debe orientar a los padres para que ellos, a su vez, puedan influir con sus actos a la escuela y el entorno del niño.

5 – Conclusión

Las clasificaciones del DSM y el ICE nos parecen no sólo vanas sino también peligrosas para el porvenir de los niños ya que se limitan a enumerar sus síntomas  desconociendo sus angustias.

Estas clasificaciones etiquetan al niño y reducen el tratamiento a la prescripción de medicinas que no son inocuas y/ o a una adaptación forzosa que enmascara los auténticos problemas del niño  y puede llegar a desvirtuar el natural funcionamiento familiar.

Nuestra extensa experiencia en el tratamiento de niños y adolescentes diagnosticados de TDAH nos demuestra que la mayor parte de las veces se descubre que los resortes que desencadenan los problemas de atención y/o hiperactividad son diversos, desde simples dificultades emocionales y psicológicas que el niño no ha digerido bien hasta auténticas psicosis infantiles, por lo que el diagnóstico debe ser dinámico, a medida de cada niño o adolescente, y no genérico, para todos igual. El pronóstico también es diverso y los tratamientos integrales y particularizados.

TDAH: RECOMENDACIONES DE BUENA PRÁCTICA: ¿Qué hacer con un niño o adolescente con trastorno por déficit de atención (TDAH) y/o hiperactividad?

septiembre 19th, 2014|

Primera parte

1 – En la práctica actual lo primero que se hace ante la sospecha de que un niño o adolescente padece TDA es recurrir a un médico, sea éste el pediatra, médico de familia o neurólogo (más frecuentemente éste último).

Esto ya es un problema, porque se encara exclusivamente desde un punto de vista médico-somático un problema que no es exactamente un problema médico.

Es totalmente respetable que padres y docentes designen la dificultad detectada como hiperactividad. Es éste el término utilizado en la jerga profesional de médicos y psicólogos, y en los medios de comunicación, para designar algunos síntomas presentados por su hijo o alumno. Pero ¿qué es la hiperactividad? Para utilizar palabras corrientes podemos decir que es inestabilidad y/o agitación. Es decir que hiperactividad es un término descriptivo más que el nombre de una enfermedad o síndrome.

2 – La única razón para que se la considere una enfermedad o síndrome es que figura como una categoría diagnóstica en los manuales diagnósticos y estadísticos DSM y CIE. Es decir que en primer lugar está un supuesto diagnóstico que se trata de aplicar al niño en cuestión, desconociendo así su unidad como sujeto humano.

Para nosotros se trata, por el contrario, de intentar entender a ese niño individual como una totalidad, con toda su complejidad psicológica, dentro de la cual pueden considerarse sus rasgos de inestabilidad o agitación, y no de aislar un aspecto de su persona, la atención, y definirla como un déficit cognitivo en sí.

La idea tan difundida de que un niño con un déficit de atención o hiperactividad es un niño que “actúa antes de pensar” tropieza, en la mayoría de los casos, en nuestra experiencia en consulta, con que es un niño con una extrema sensibilidad a los dichos y miradas de su entorno, de los que se defiende con una aparente falta de atención. Esta sería una conducta paradojal que es la manifestación sintomática de dificultades psíquicas que van más allá.

Al no tomar al niño como una unidad, como un sujeto único, se elaboran una lista interminable de problemas que, además, puede ampliarse con otros problemas expresados como co-morbilidad, como si el niño pudiera fragmentarse para su observación. Por otro lado, todos los problemas enumerados se reducen a las dificultades de adaptación al medio escolar, familiar o social, pero muchas veces estas dificultades adaptativas enmascaran angustias, ideas obsesivas, fobias, etc., o incluso delirios difícilmente perceptibles.

Las técnicas de evaluación utilizadas se limitan a extensas escalas y cuestionarios que pueden facilitar la identificación de los padres, pero también pueden incrementar el tormento del niño y los padres.

En resumen, pensamos que nuestro deber es atender el sufrimiento de los niños y sus familias, concebidos todos como seres individuales y únicos, y no reducirse a tratar mediante protocolos previos un síntoma que se califica como Trastorno y no como Enfermedad pero al que, a pesar de ello, se le intenta aplicar un modelo médico tratándolo exclusivamente con medicación.

Pocos padres saben que los estudios neurológicos no permiten diagnosticar TDAH, sino descartar otras patologías. No existe hasta el presente ninguna prueba neurológica que permita realizar este diagnóstico. El TDAH es un diagnóstico descriptivo que no puede presuponer una causa neurológica ni ninguna causa única, quizás sus causas sean múltiples y diferentes en cada niño.

No lo decimos sólo nosotros. Un meta-análisis, es decir un estudio comparativo de un gran número de investigaciones, publicado en 2010 por F. Gonon, J. M. Guilé y D. Cohen en Francia, “El trastorno por déficit de atención con hiperactividad: datos recientes de las neurociencias y de la experiencia norteamericana”, concluye en que no existe ninguna teoría neurobiológica sólida al respecto.

El sentimiento de culpabilidad

marzo 18th, 2014|

Imagen Culpa

El cómico norteamericano Emo Philips contó en una ocasión el siguiente chiste: «Cuando era pequeño solía rezar cada noche para tener una bicicleta. Un día me di cuenta de que Dios no funciona así, de modo que robé una y recé para que me perdonara.»

El sentimiento de culpa está ligado, tradicionalmente, a transgredir la moral internalizada y sentirse, por ello, merecedor de un castigo. Esta transgresión puede realizarse por medio de un acto, de un pensamiento, de una fantasía consciente o inconsciente. El hecho de que pueda ser inconsciente hace que muchas veces nos sintamos culpables por razones equivocadas.

La sociedad actual empuja a buscar la satisfacción de los impulsos de forma inmediata y sin reparar en los medios. Quizás por eso, muchas personas, sobre todo jóvenes y adolescentes, incluso niños, actúan con total impunidad y sin sentirse nunca responsables de sus actos.

Si el mandamiento es gozar lo máximo posible, algo que se manifiesta, por ejemplo, en la compulsión al consumo o las múltiples adicciones, no hay culpabilidad por esa búsqueda incontrolada de satisfacción.

La psicología, a través de los medios de difusión masiva, nos exige que seamos felices. Paradójicamente se desarrollan nuevas culpabilidades: la de no gozar lo suficiente, la culpa por la tristeza que forma parte de la vida, la culpa por sentirse culpable.

Por otro lado, la psiquiatría biológica des-responsabiliza al sujeto de su propio malestar. Cada vez más acontecimientos vitales pretenden ser explicados por causas moleculares, genéticas o de neurotransmisores. Así las preferencias sexuales, los trastornos mentales, incluso las infidelidades, dificultades de aprendizaje o inversiones especulativas, adquieren explicaciones biológicas (aún no probadas) que quitan toda responsabilidad a los sujetos y a la sociedad.

¿Qué sentimiento toma hoy el relevo de los sentimientos de culpabilidad y de vergüenza? Probablemente la angustia, lo que explicaría el aumento incesante de los llamados trastornos de ansiedad, desde el estrés post-traumático hasta los ataques de pánico.

 

PSICOTERAPIA DE NIÑOS O PSICOTERAPIA INFANTIL, BENEFICIOS Y PREJUICIOS

noviembre 6th, 2013|

Vivimos una época contradictoria que no hace más que confundir a los padres.

Por un lado se diagnostican como trastornos mentales particularidades de muchos niños que en nuestras infancias no eran consideradas como tales. Echemos sino una rápida ojeada sobre algunos de los trastornos mentales de inicio en la infancia, la niñez o las adolescencia clasificado en el DSM IV-R, manual de diagnóstico de trastornos mentales de uso habitual hoy. Allí, junto a trastornos mentales indiscutibles, más allá del acierto o no en su denominación, como retraso mental o Trastornos generalizados del desarrollo, incluyendo al autismo, aparecen otros más discutibles. Veamos si no:

Trastornos del aprendizaje
F81.0 Trastorno de la lectura (315.00)
F81.2 Trastorno del cálculo (315.1)
F81.8 Trastorno de la expresión escrita (315.2)
F81.9 Trastorno del aprendizaje no especificado (315.9)Así la dificultad en el aprendizaje de cualquiera de las materias que componen el currículo escolar puede pasar a ser considerada un trastorno mental y, consecuentemente, el niño que las padece un enfermo mental.Llegamos así al más frecuente de los diagnósticos de trastornos mentales en la infancia, el Trastorno por Déficit de atención con o sin hiperactividad. Con esta categoría diagnóstica cualquier niño distraído y/o inquieto pasa a ser un enfermo mental.

 

Este diagnóstico adquiere un mayor prestigio porque, aunque pueda ser supuesto por un docente con un niño demasiado difícil de llevar, o por un psicólogo especializado en niños, el diagnóstico es realizado las más de las veces por un neurólogo infantil, y ya se sabe que un neurólogo es un científico.

Lo que no se les dice a los padres, o no de manera suficientemente clara, es que lo que hace el neurólogo es descartar la existencia de lesiones neuronales o cerebrales. En ausencia de una lesión identificable, se le supone al niño una lesión no identificable, lo que ya no es tan científico.

 

Esto no sería excesivamente preocupante si supusiera la solución del problema. Pero no. Se indica una medicación (habitualmente metilfenidato, bajo cualquiera de sus múltiples nombres comerciales, un derivado anfetamínico) que en algunos casos contribuye a mejorar la atención y disminuir la inquietud, pero no en todos. Nos encontramos así con muchos niños y adolescentes que consumen durante años una medicación que no es inocua sin obtener mayor beneficio y pudiendo llegar a padecer alguno de los llamados efectos secundarios (sería más correcto decir “efectos no deseados”).

Por otro lado hay cada vez una mayor reticencia de padres y docentes a dirigir al niño a una psicoterapia para niños o psicoterapia infantil, pese a que, las más de las veces, las dificultades de atención y la hiperactividad son causadas por dificultades psicológicas y/o emocionales del niño.

Y es que hay demasiados prejuicios al respecto. Contra lo que muchas veces se piensa, una psicoterapia temprana puede permitirle al niño no sólo resolver los problemas o dificultades que actualmente presenta, sino ser preventivas de otras dificultades o conflictos que podrían llegar a presentarse más adelante, incluso en la adolescencia.

No hay que olvidar que las psicoterapias con niños suelen ser de gran eficacia y breve duración, porque el niño o niña está en plena elaboración de lo que llegará a ser su personalidad.

No se trata de “adoctrinar” al niño,  sino de permitirle desbloquear sus inhibiciones y angustias

El psiquiatra que «descubrió» el TDAH confesó antes de morir que «es una enfermedad ficticia»

mayo 25th, 2013|

http://www.bebesymas.com/

A la psiquiatría hace tiempo que se le ve el plumero. Son tantas las enfermedades y trastornos que se describen en sus manuales que hoy en día lo raro es no tener nada. Después de hacer saltar las alarmas al incluir las rabietas en el último Manual de Pediatría DSM (la biblia de los psiquiatras) y después de ver como el gobierno estadounidense declara en un informe que 1 de cada 5 niños tiene un trastorno de la salud mental, cifras que parecen un insulto al sentido común de la población, porque es imposible que tantos niños estén mentalmente enfermos, aparecen unas declaraciones de Leon Eisenberg, el psiquiatra que “descubrió” el TDAH, que no dejan indiferente a nadie que viva o trabaje con niños.

El semanario alemán Der Spiegel, en un artículo en que ponía en relieve el aumento de enfermedades mentales en la población alemana, explicó que Eisenberg dijo, siete meses antes de morir, cuando contaba ya con 87 años, que “el TDAH es un ejemplo de enfermedad ficticia”.

Los inicios del TDAH

Los primeros intentos por tratar de explicar que había niños con TDAH sucedieron en 1935. Por aquellos tiempos, los médicos habían tratado por primera vez a niños de primaria con un carácter inquieto y con dificultad para concentrarse en lo que se les pedía, bajo el diagnóstico de síndrome post-encefálico. Fue un intento que no cuajó porque claro, la mayoría de esos niños nunca habían tenido encefalitis.

En los años sesenta apareció el protagonista de nuestra historia, Leon Eisenberg, quien volvió a hablar de dicha enfermedad, pero esta vez con otro nombre, “reacción hipercinética de la infancia”. Bajo dicho diagnóstico pudo tratar a alumnos difíciles, probando diferentes psicofármacos con ellos. Empezó con dextroanfetamina y luego utilizó el metilfenidato, droga con la que consiguió su objetivo y que hoy en día prevalece como tratamiento de elección: los niños enérgicos se transformaban en niños dóciles.

En el año 1968 se incluyó la “reacción hipercinética de la infancia” en el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) y desde entonces forma parte de dicho manual, sólo que ahora recibe el conocido nombre de Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

El logro de Eisenberg y sus colaboradores fue conseguir que la gente creyera que el TDAH tiene causas genéticas, que es una enfermedad con la que se nace. Él mismo dijo, junto con las palabras en que decía que era una enfermedad inventada, que la idea de que un niño tenga TDAH (entendemos que la idea de que un niño sea muy movido y sea un alumno problemático) desde el nacimiento estaba sobrevalorada. Sin embargo, al conseguir que esto calara en la población y en los padres, el sentimiento de culpa desaparece, los padres se sienten aliviados porque el niño ha nacido así y el tratamiento es menos cuestionable. En 1993 se vendieron en las farmacias alemanas 34 kg de metilfenidato. En el año 2011 se vendieron 1.760 kg.

El conocido psiquiatra, que llegó a hacerse cargo de la gestión del servicio de psiquiatría en el prestigioso Hospital General de Massachusetts en Boston, donde fue reconocido como uno de los más famosos profesionales de la neurología y de la psiquiatría del mundo, decidió confesar la verdad meses antes de morir afectado de un cáncer de próstata, añadiendo que lo que debería hacer un psiquiatra infantil es tratar de determinar las razones psicosociales que pueden producir problemas de conducta. Ver si hay problemas con los padres, si hay discusiones en la familia, si los padres están juntos o separados, si hay problemas con la escuela, si al niño le cuesta adaptarse, por qué le cuesta, etc. A todo esto añadió que, lógicamente, esto lleva un tiempo, un trabajo y acompañado de un suspiro concluyó: “prescribir una pastilla contra el TDAH es mucho más rápido” (a lo que yo añadiría “y mucho más ventajoso para el negocio de la psiquiatría”).

El negocio de la psiquiatría

Como he dicho al principio de la entrada parece que la psiquiatría es un monstruo capaz de llevarse cualquier cosa por delante, con un hambre voraz, que no se detiene y que hará todo lo posible por tratar de conseguir que toda persona sana acabe tomando una u otra medicación para tratar su (no) enfermedad. Se les ve el plumero, y una prueba más de ello es que ya existe la próxima enfermedad que será difundida por toda la infancia: el trastorno bipolar o enfermedad maníaco-depresiva.

Hasta los años noventa era una afección desconocida en los niños. Ahora ya es uno de los diagnósticos más frecuentes en psiquiatría infantil, hasta el punto que las visitas por este trastorno se han multiplicado por 40 en menos de diez años, siendo muchos de los “enfermos” niños de dos y tres años.

Uno de los responsables de la llegada del trastorno bipolar a EE.UU. es el psiquiatra Joseph Biederman, que lleva años haciendo estudios y conferencias sobre el tema y que recibió 1,6 millones de dólares entre el año 2000 y el 2007, procedentes de las farmacéuticas que fabricaron los medicamentos para dicho trastorno, al parecer para dedicarlos a seguir investigando la enfermedad.

Pero esto no es todo. Para conocer el alcance real del negocio de la psiquiatría, para ver hasta qué punto se inventan las enfermedades para luego poder dar los fármacos que ya existen, un estudio realizado por la psicóloga estadounidense Lisa Cosgrove reveló que, de los 170 miembros del grupo de trabajo del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), es decir, los que hacen el manual de psiquiatría de referencia mundial, 95 (el 56%) tenía una o más relaciones financieras con las empresas de la Industria Farmacéutica.

¿Existe el TDAH?

 

Yo no sé si existe o no existe (y eso que el que la inventó dice que no), ni tampoco me toca a mí responder a esta pregunta, sin embargo estoy seguro de que son muchos los niños diagnosticados cuyo único pecado ha sido ser demasiado movidos, o ser demasiado insistentes a la hora de demandar de sus padres un poco más de atención. Ya hace más de dos años os ofrecí dos entradas en las que explicaba cómo se diagnostica el TDAH, para que vierais que no existe ninguna prueba diagnóstica de ningún tipo que determine que un niño tiene el mencionado trastorno. Todo se hace en base a la observación y en base al cumplimiento o no de unos criterios o parámetros que los niños normales deben hacer.

Ahora bien, ¿qué es ser normal? Krishnamurti dijo que “no es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”, así que quién sabe, quizás los niños que se rebelan ante el intento de domesticarles, aquellos que no soportan estar sentados escuchando cosas que no les interesan, aquellos que preferirían poder decidir qué hacer en sus vidas en todo momento, aquellos que quieren probarlo todo y no dejarse nada, quizás sean al fin y al cabo los más cuerdos.

No digo que ninguno de estos niños no tengan nada. No digo que no necesiten ayuda, porque es muy probable que muchos de ellos tengan muchos problemas, pero nunca he creído en la existencia de un trastorno que afecte al 10% de los niños y mucho menos he creído en la cura milagrosa del metilfenidato, porque si bien los niños cambian su comportamiento, los problemas que hicieron que el niño funcionara de un modo no aceptado siguen ahí.

 

El Trastorno por Déficit de Atención (TDA) y su medicación (Concerta, Medikinet, Rubifen)

octubre 15th, 2012|

El metilfenidato (MFD) es un psicoestimulante, más conocido por las marcas comerciales con que se presenta, Concerta, Medikinet o Rubifen, entre otras, y es el medicamento de elección en niños y adultos diagnosticados de TDA, Trastorno por Déficit de Atención, antes llamado Hiperkinesia o Hiperactividad, ya que disminuye la inquietud motora y aumenta la atención y la memoria, favoreciendo la capacidad de concentración.

En realidad, desde los años 30 del siglo pasado se conocen los efectos positivos sobre la hiperactividad de las anfetaminas, pero su uso no se ha generalizado hasta encontrar un derivado con menos efectos adversos.

Los efectos secundarios son los propios de un estimulante. Los más frecuentes son: nerviosismo, insomnio, disminución del apetito. Aunque con menor frecuencia, pueden presentarse también cefaleas, dolor abdominal, sequedad de boca, taquicardia o pérdida de peso.

Todos estos efectos secundarios suelen presentarse en el inicio del tratamiento y desaparecer espontáneamente al poco tiempo, pero no siempre.

Por otro lado, existen evidencias de que el MFD puede causar una ligera desaceleración del crecimiento. Generalmente se recupera una altura normal en la adolescencia.

En sentido contrario, existen estudios que parecen establecer que, estadísticamente, los muchachos medicados con Ritalina serían menos proclives al consumo de drogas ilegales en la adolescencia, conclusión que se ve relativizada por ser el mismo medicamento un potente estimulante pasible de adicción, algo que adquiere importancia a medida que avanza la edad del paciente y el uso y abuso de la medicación escapan al control materno y paterno.

Estudios a largo plazo (uno o varios años) no evidencian efectos indeseados pero, al ser una droga cuyo uso se generalizó recién en los años 90, aún es pronto para contar con datos extensos a muy largo plazo.

Por el contrario, está contraindicado en presencia de glaucoma, hipertiroidismo, angina de pecho o arritmia cardiaca. También está contraindicado si el niño presenta mucha ansiedad o agitación porque sus propiedades estimulantes podrían agravarlas. 

En resumen, los potenciales efectos adversos no parecen tan graves como para desechar la medicación cuando su uso esté justificado, pero la Ritalina o Rubifen, como cualquier otro medicamento, no es inocuo ni carece de efectos secundarios, por lo que es el psiquiatra quien debe establecer si los beneficios esperables justifican los riesgos asumidos.

Lo que hace que en el caso de esta droga se haya producido un auténtico debate sobre su riesgo y su beneficio es que es el primer psicotrópico cuyo uso se ha generalizado en niños. No contribuyen a la pureza del debate los intereses económicos de los laboratorios productores del medicamento que han financiado, directa o indirectamente, la mayoría de los estudios, ni el rechazo por razones de prejuicio emprendido por organizaciones no científicas, como la Cienciología que, pese a su nombre, es un culto religioso, no científico.

Así, según algunos profesionales, el TDA está subdiagnosticado; mientras que, según otros, igualmente respetables, está sobrediagnosticado, cuando no absolutamente injustificado y, consecuentemente, el uso del MFD injustificadamente extendido.

Ciertos estudios en Estados Unidos (el país de “vanguardia” tanto en el diagnóstico como en el tratamiento) establecen que hasta un 5% de la población infantil podría padecer este trastorno. Comparando este dato con el hecho de que “sólo” el 2% de los niños están medicados, podríamos deducir un sub-diagnóstico del 3% de la población infantil (partiendo siempre de la idea de que todo niño con ese diagnóstico debe consumir medicación, algo que es discutible).

Este dato presenta una cierta dispersión: si limitamos el estudio a los niños a partir de los 10 años nos encontramos con que el 10% de ellos está siendo medicado, lo que indicaría un sobrediagnóstico en el 50%  de los casos en niños de esa edad.

El diagnóstico y tratamiento farmacológico se están extendiendo en el mundo. Dentro del mundo de habla hispana, España y Argentina se acercan rápidamente a los índices de medicación norteamericanos, mientras que en el resto de hispanoamérica el trastorno podría estar sub-diagnosticado (o sub-medicado).

En nuestra experiencia clínica recibimos en consulta muchos niños diagnosticados de TDA, incluyendo algunos a los que ya les ha sido indicada la medicación, y en 2 o 3 de cada 4 casos el diagnóstico parece apresurado, cuando no erróneo.

Muchas veces nos basta una entrevista para establecer la simple comprobación empírica de que ese niño, que supuestamente padece un déficit de atención de causa orgánica, ha mantenido su concentración durante los 30’, 40’ o 50’ que dura la entrevista. Sean cuales sean sus dificultades, lo más probable es que sean emocionales y, en ningún caso, un TDA. Esos niños podrían haber recibido un tratamiento médico innecesario, algo que en ningún caso es recomendable.

Por otro lado, los niños no diagnosticados no llegan a consulta, por lo que podría haber muchos casos en que el trastorno hubiera sido pasado por alto.     

Recientemente en USA, por recomendación de la Agencia del Medicamento de Estados Unidos (FDA), se ha incluido una advertencia en los envases de estos fármacos por su supuesta potencial peligrosidad. La FDA ha actuado movida fundamentalmente por la preocupación por los efectos a largo plazo sobre el sistema cardiovascular, dado que se han encontrado cambios menores, pero estadísticamente significativos, en la presión sanguínea y el ritmo cardiaco. En su recomendación podría también haber influido otra preocupación: la de que docentes y padres presionen a los médicos a indicar la medicación en los casos de niños de difícil manejo, aún cuando no padezcan el trastorno para el que el MFD está indicado.

Hay una evidencia que nos parece significativa porque pone al descubierto las complejas relaciones entre ciencia y sociedad en el campo de la medicina y, más aún, en el sensible campo de la psiquiatría y la psicofarmacología: a partir de esta advertencia de la FDA se ha reducido significativamente en USA la prescripción de MFD sin que se hubieran producido nuevos descubrimientos sobre el trastorno ni sobre la medicación.

Conclusiones:

 

1 – El Trastorno por Déficit de Atención (TDA) o Trastorno Hipercinésico de supuesto origen orgánico, pese a ser reconocido por la Asociación de Psiquiatría Americana y la Organización Mundial de la Salud continúa siendo un diagnóstico controvertido por:

            a – Pese a haber transcurrido más de un siglo de existencia del diagnóstico no ha llegado a demostrarse su origen orgánico en forma irrefutable. Esto no quiere decir que no tenga causas orgánicas, sino que probablemente se origine en más de una causa.

            b – El diagnóstico incluye valoraciones cuantitativas, subjetivamente interpretables

            c – No es de fácil manejo en la clínica. La falta de atención o la hiperactividad, sus síntomas más característicos, pueden responder a diversas causas y requerir diferentes tratamientos.

    2 –El metilfenidato ha demostrado su eficacia en la reducción de la inquietud motora y el aumento de la atención, la memoria y la capacidad de concentración tanto en niños como en adultos, con diagnóstico de TDA o sin él (por lo que su eficacia no es una prueba diagnóstica).

3 – Por lo tanto parece indicada su prescripción en aquellos casos en que no se hayan conseguido suficientes progresos con otras alternativas terapéuticas basadas en la palabra y el juego. Es más, al inhibir la hiperactividad puede llegar a facilitar el tratamiento psicoterapéutico.

4 – No parece indicado, en cambio, como tratamiento de primera elección.

5 – Tampoco como sustituto del tratamiento terapéutico al que, en todo caso, debe acompañar, ya que de reducirse el tratamiento a la medicación podría resultar que la interrupción de la medicación desencadenara una recaída con recrudecimiento de la sintomatología.  

 

¿Cuándo llevar a un niño a una psicoterapia?

junio 2nd, 2011|

Cada vez más llegan a nuestra consulta niños con dificultades escolares. En general son niños que se han desarrollado sin mayores problemas en su ambiente familiar. Allí han desarrollado sus aprendizajes básicos estimulados por unos pocos adultos (generalmente los padres) a los que los unen lazos de amor y necesidad. El deseo de agradar a sus padres ha sido el mayor estímulo para realizar sus aprendizajes.

Al ingresar al colegio las reglas del juego cambian. Desde hace años se insiste en la necesidad de un proceso de enseñanza – aprendizaje personalizado, adaptado a las necesidades singulares de cada niño. Pero esta no pasa de ser una declaración de intenciones tan loable como vacía. Clases masificadas, programas extensos, objetivos ambiciosos y poco adecuados a la madurez de los niños, fuerzan a un ritmo único y sostenido.

Trabajando durante la mayor parte del día en el colegio, con niños y adultos que no pertenecen a su núcleo familiar, con programas de estudios que no se corresponden con sus propios deseos y curiosidades, bajo una disciplina colectiva y evaluados por adultos que no son de su familia, deben adaptarse aceleradamente a unas condiciones para las que nada los había preparado.

Como aun el extenso horario escolar resulta insuficiente para el desarrollo de los programas, se llevan deberes para el hogar, lo que también modifica las relaciones con los padres, forzados muchas veces a ejercer como maestros sustitutos.

Muchos niños no pueden seguir el aprendizaje al ritmo que impone la mayoría, atentos a otros intereses se distraen con mayor facilidad, inquietos por naturaleza no guardan en el aula la compostura que de ellos se espera. Un nuevo paradigma pseudo – científico adjudica al niño problemático un trastorno mental.

Puede parecer una exageración, pero no lo es. Los dos manuales al uso, el DSM IV-R de la Asociación de Psiquiatras Americanos y el capítulo de Trastornos Mentales del CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud incluyen, entre otros trastornos de inicio en la infancia: Trastornos del Aprendizaje; Trastornos por Déficit de Atención (niños distraídos) y comportamiento perturbador, con o sin hiperactividad (niños inquietos); Trastorno Oposicionista Desafiante (niños desobedientes).

El niño queda así etiquetado por un supuesto trastorno mental ante sus maestros, compañeros, su familia, y él mismo. Será estigmatizado nuevamente como un niño con Necesidades Educativas Especiales (¡como si cada niño no tuviera necesidades especiales, propias de su individualidad y su subjetividad!). Estos sellos lo acompañarán a lo largo de su futuro educativo, condicionando las expectativas de los demás y las suyas propias.

Se intentará re-educar al niño para adaptarlo a los requerimientos del entorno escolar y se procederá a incluirlo en protocolos educativos especiales que terminarán invadiendo la vida familiar, haciendo del hogar, que antes fuera un entorno acogedor, protector y lúdico, un ámbito de enseñanza más, condicionando las relaciones del niño con los padres a las exigencias formativas trasladadas al entorno familiar.

¿Significa esto que negamos la necesidad de que el niño se adapte funcionalmente al entorno en el que debe desarrollarse? De ningún modo, se trata de que adquiera un saber para desenvolverse en él sin quedar etiquetado por un supuesto trastorno mental, sin renunciar a su individualidad, y de que descubra el deseo y la curiosidad por el saber sin distorsionar las relaciones con sus padres.

Además, cuando tratamos con estos niños encontramos en su historia, en la mayoría de los casos, perturbaciones más primitivas a las que los padres no concedieron la debida importancia: encopresis o enuresis reproducidas después de haber alcanzado durante un tiempo un control de esfínteres satisfactorio para su edad; síntomas obsesivos y compulsivos precoces; pesadillas, temores y angustias infantiles desmedidos; sentimientos de impotencia y falta de confianza en sí mismos o una omnipotencia temeraria; depresiones infantiles; rabietas intensas; etc. Signos todos ellos, de perturbaciones emocionales tempranas.

Existe en los padres una renuencia a consultar con un psicólogo, psicoterapeuta o psicoanalista infantil, en parte por un prejuicio que fomenta la creencia de que llevar el niño a una consulta es señalarlo como un niño perturbado, cuando se trata de todo lo contrario, de una acción preventiva para favorecer su feliz desarrollo. Por eso, cuando nos preguntan cuál es el momento oportuno para consultar a un psicoterapeuta, respondemos que en el momento en que se plantean dificultades por las que los padres se sienten desbordados, cuando sienten que ya no cuentan con los recursos suficientes para resolver los conflictos que su hijo les plantea.

Nuestra larga experiencia nos demuestra que los tratamientos tempranos (de 3 a 8 años) producen efectos terapéuticos llamativamente rápidos y actúan en forma preventiva demostrando eficacia a largo plazo.

Angustia de los adolescentes (versión para padres)

noviembre 25th, 2010|

Ese hijo difícil (o ¿qué hacer con ese trasto?)

Le hemos dado todo, lleva una vida regalada, nunca le ha faltado nada, y, sin embargo… No estudia, no quiere trabajar, cree que la casa es un hotel o, al contrario, está todo el día encerrado en casa. Yo, a su edad…

La adolescencia es una edad difícil. Difícil para el adolescente y difícil para sus padres. Si peligroso es sobredimensionar sus dificultades, más peligroso aún es minusvalorarlas.

Estadísticamente, y no sólo en España, la adolescencia es, después de la vejez, la edad en que se producen más suicidios e intentos de suicidios. Si a estas situaciones límite les sumamos las heridas autoinfligidas y los accidentes padecidos por descuidos, veremos que, al menos para él, su vida no es tan regalada. Pero, ¿qué es la adolescencia?.

El diccionario prefiere definirla por lo que no es: “época de la vida que marca la transición entre la infancia y la edad adulta”, o sea que el adolescente no es ni niño ni adulto, está en tránsito entre uno y otro. Si nos limitamos al tránsito biológico, coincidiremos con el diccionario y la mayoría de los especialistas en que se trata de una edad que se extiende, aproximadamente, entre los 12 y los 18 años en las mujeres, y entre los 14 y los 20 entre los hombres. Pero quien tenga un hijo de 20 años o una hija de 18, ¿se atreverá a afirmar que su hijo/a es adulto/a? Puede que ésto fuera así en épocas pretéritas, pero, a medida que la sociedad se complejiza y demanda cada vez más habilidades para desenvolverse en ella, la adultez psicológica se distancia cada vez más de la madurez biológica.

Si hacemos coincidir la adolescencia con la edad en que el joven completa su formación y se prepara para su incorporación al mercado laboral, vemos como se extiende hasta los 22 o 25 años (o indefinidamente, tal y como está el mercado laboral).

Si también consideramos como rasgo distintivo de la madurez el abandono de la familia de origen para constituir un nuevo núcleo familiar o, al menos, el abandono de la vivienda paterna y/o materna, la adolescencia puede llegar a extenderse hasta los 30 años (o indefinidamente, tal y como está el mercado inmobiliario) Por eso, aun a riesgo de cierta ambigüedad cronológica, preferimos definir a la adolescencia como aquella etapa en que la vida se conjuga, fundamentalmente, en tiempo futuro.

El psicólogo Aníbal Ponce decía que dos sentimientos caracterizan a la adolescencia: la ambición y la angustia. Ambición porque aún no se ha topado con las inevitables frustraciones que impone la dura realidad y, por lo tanto, todo es posible; y angustia porque, si todo es posible, también lo es lo peor. Pero Ponce afirmaba esto hace años, hoy, en general, los adolescentes carecen de ambición. Es lógico: ¿qué podrían ambicionar?. ¿Progreso económico? Sus padres han progresado, aunque eso no los haga necesariamente más felices, y difícilmente encontrarán en la dura lucha por la vida las comodidades de su hogar. ¿Progreso profesional o cultural?.

Si hoy esos valores sólo se miden en función de la cuenta corriente. ¿Contribuir a la mejora del país? Sus padres ya lo han visto mejorar y hoy el discurso único les dice que vivimos en el mejor de los mundos posibles, lo que constituye el sueño del optimista y la pesadilla del pesimista.

Desde que han nacido se han encontrado con un discurso pos moderno que afirma que han llegado el fin de la historia y el fin de las ideologías. ¿Cómo ambicionar un futuro si no hay futuro?

La ausencia de un proyecto de futuro, tan característica del joven de hoy, no elimina la angustia, pero puede hacer que ésta se manifieste en acto, sin hacerse consciente. Acto casi siempre excesivo. Exceso de drogas o alcohol, algo que deberíamos dejar de considerar una enfermedad, porque en general es una auto medicación de un malestar subyacente: todas estas sustancias tienen efectos antidepresivos, y no basta con remplazarlas por una droga legal, tipo prozac, para eliminar las causas de la depresión. Exceso de velocidad o de otro tipo de riesgo, cuando incluso el despertar de la sexualidad, característico de estas edades, incluye un riesgo mortífero que no podemos ignorar, y en el que no siempre la falta de precauciones obedece a la simple ignorancia. O exceso de pasividad: muchas veces la falta de ambición se manifiesta en ausencia de todo deseo, en un fracaso en los estudios que no es más que apatía, en no hacer nada (o sólo realizar actividades inútiles).

Si la adolescencia es una etapa de transición, deberíamos tenerle paciencia. Pero, ¿cómo tenerla cuando es tan prolongada y en ella se juega el futuro profesional o laboral del hijo? ¿Cómo tenerla cuando lo vemos exponerse continuamente a riesgos innecesarios o desperdiciar lastimosamente el tiempo? ¿Cómo tenerla cuando los conflictos se manifiestan en conductas suicidas (y los intentos autoagresivos, aun los aparentemente más inocuos, así como los accidentes, tienden a su repetición)? Cuando de nada sirve nuestra experiencia, porque la experiencia es, por definición, intransferible; cuando de nada sirven nuestros consejo
s, que a veces bastan para que el adolescente haga exactamente lo contrario; cuando de nada sirven el exceso de rigor ni el exceso de comprensión, porque para alcanzar su identidad el adolescente debe independizarse de sus padres, cuando asistimos impotentes al proceso autodestructivo de un hijo; quizás ha llegado la hora de consultar a un profesional.

La psicoterapia despierta temores y prejuicios en nuestro hijo y en nosotros mismos. En nosotros, el temor a que nos critique en un espacio en el que no podemos defendernos, y el miedo a reconocer que requiere una ayuda que no podemos darle. En él o ella, la dificultad de aceptar que no puede arreglárselas sólo, cuando en realidad su angustia o su depresión son ya el modo en que intenta arreglárselas sólo; y el miedo al menosprecio de los otros por esta dificultad, menosprecio que suele manifestar el miedo de esos otros a reconocer que ellos tampoco están tan bien en su piel.

Marina Averbach y Luis Teszkiewicz

 

Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDA-H), un trastorno de moda

mayo 31st, 2007|

Sólo uno de cada 3 niños diagnosticados de Hiperactividad (TDHA) padece “realmente” este trastorno
El trabajo “TDAH: un trastorno de moda”, premiado por www.psiquiatria.com (la web más prestigiosa de psiquiatría en España) en agosto de 2.006, sostiene  que este trastorno está sobrediagnosticado en la mayoría de los casos.
Se trata de un estudio realizado con los niños que acuden al centro de salud mental infantil de Molina de Segura en Murcia durante los meses de Julio a Septiembre de 2005 con diagnóstico de sospecha de TDHA.  Resultado del estudio:  sólo uno de cada 3 niños “sospechosos” fue finalmente diagnosticados de Hiperactividad.
Los psicopedagogos, que parecen ser quienes más fácilmente realizan este diagnóstico, sólo acertaron en un 33% de los pacientes. Los Servicios de Neuropediatría coinciden más frecuentemente con los psiquiatras del CSM  (60% de los casos).
En el resto de pacientes, los psiquiatras encontraron cuadros clínicos distintos al TDAH, desde algunos mucho más graves (psicosis infantiles, retrasos mentales), hasta los mucho más benévolos “trastornos del aprendizaje”.

Conclusión del estudio: Existe un sobrediagnóstico clínico del TDAH.
En la mayoría de los casos se extraña una historia clínica detallada y un diagnóstico diferencial con otras entidades clínicas.
Complicación: un diagnóstico erróneo puede producir un tratamiento farmacológico innecesario (de lo que podría desprenderse que los autores del estudio consideran que todos los niños “correctamente” diagnosticados de TDAH requieren ser medicados con derivados anfetamínicos, eufemísticamente llamados estimulantes).

Un diagnóstico llamativamente frecuente
A nosotros los resultados del estudio nos parecen significativos. La amplia difusión de este trastorno por medios de comunicación masivos (a la que no creemos ajenos a los laboratorios productores de los medicamentos indicados para este diagnóstico) ha llegado a los docentes, a los Equipos de Orientación Psicopedagógica (los llamados “orientadores”) y a los padres; todos ellos sensibles a las dificultades infantiles, sobre todo cuando éstas se manifiestan en la eficacia escolar cuantitativamente considerada.
Así llegan a nuestras consultas niños con un  rendimiento que se encuentra por debajo de la media, con dificultades de concentración o que simplemente se aburren con las muchas veces insufribles clases escolares, con síntomas de hiperactividad o un poco demasiado inquietos, ya diagnosticados por un docente, un orientador o los mismos padres.

Breve historia de una larga confusión
A esta confusión contribuyen ya la complejidad y ambigüedad del mismo diagnóstico. En 1902 el Dr George Still, un pediatra inglés, creyó haber hallado un nuevo cuadro en sus consultas: “niños que no dejaban de moverse constantemente, lo miraban todo, lo tocaban todo,…; desconsiderados con los demás, despreocupados por las consecuencias de sus acciones,…; que manifestaban una gran falta de atención…” y que parecían carecer de “control sobre su conducta”.
Describía así a lo que tradicionalmente se había llamado “niños con mal carácter”, construyendo una entidad clínica donde alojarlos a la que llamó “Déficit del Control Moral” (!). Arbitrariamente supuso una causa congénita, es decir, heredada, no adquirida (Consideramos arbitraria la atribución de cualquier causa apriorística, es decir: previa a toda prueba o demostración. En el mejor de los casos, sólo puede ser una hipótesis de investigación y, en el peor, la manifestación de un prejuicio, aunque se vista con un ropaje científico).
Siguiendo a Still, psiquiatras infantiles, neurólogos, psicólogos y pedagogos se abocaron a nombrar esta disfunción. Las denominaciones más populares pueden darnos una idea de las concepciones etiológicas o descriptivas que los inspiraron:
Síndrome Conductual de Daño Cerebral, Daño Cerebral Mínimo, Disfunción Cerebral Mínima, Hiperactividad, Reacción Hiperkinética de la Infancia, Trastorno Impulsivo Hiperkinético, Síndrome de Hiperactividad Infantil, Trastorno de Hiperactividad con Déficit de Atención,  y así, atravesando unas 25 nominaciones más o menos reconocidas, hasta llegar a las contemporáneas.

Las clasificaciones contemporáneas

La CIE-10  y el DSM-IVTR son acuerdos de grupos de expertos con el objetivo de formalizar una “lengua” médica común, por lo que no presuponen acuerdos sobre las causas ni sobre los tratamientos, aunque sí una concepción de la psiquiatría, fundada en cuadros o complejos descriptivos sintomáticos:
– La CLASIFICACIÓN INTERNACIONAL DE LAS ENFERMEDADES acordada por la OMS (Organización Mundial de la Salud) y actualizada por última vez en 1992 (CIE-10), denomina a los cuadros que nos ocupan Trastornos Hipercinéticos y los caracteriza por la hiperactividad y la falta de atención. Subdivide a estos trastornos en Trastorno Hipercinético Disocial y Trastorno de la Actividad y de la Atención, según estos síntomas se vean acompañados o no por problemas de conducta.
– La Asociación Psiquiátrica Americana (APA), que no reconoce a la OMS autoridad para determinar las denominaciones a usar en Estados Unidos, decidió establecer una clasificación diferente: El MANUAL  DE  DIAGNÓSTICO ESTADÍSTICO, con su texto revisado por última vez en el 2002 (DSMIV-TR), que es fruto de un consenso actual (revisable en el futuro) que pretende compatibilizar los criterios discrepantes de diferentes especialistas, establece la más difundida denominación de Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad, con subdivisiones según predomine el déficit de atención, la hiperactividad e impulsividad, o se combinen ambas series de síntomas sin que pueda establecerse un predominio claramente definido.
En todo caso, cualquiera de estos diagnósticos presupone una “falta de atención” no adecuada a la edad. Como vemos, es un trastorno definido en función de la conducta, sin considerar ningún otro aspecto, como la subjetividad del niño.
Tampoco, y pese a múltiples investigaciones, existe ninguna prueba diagnóstica específica ni escalas admitidas como fiables.

¿Por qué tanta popularidad?:
No deja de llamar la atención que, después de un siglo de abundante literatura médica y sin que aún esté clara su definición ni sus causas, haya adquirido una reciente popularidad, con un notable aumento de casos diagnosticados.
Aumento de los diagnósticos que coincide en el tiempo con la indicación de un tratamiento farmacológico específico. No debemos pensar maniqueamente en que esto sólo se debe a la constante presión publicitaria de los laboratorios sobre los médicos (que la hay), sino también a que el médico, al disponer de un fármaco con que tratarlo, se siente más inclinado a realizar este diagnóstico, y padres y maestros encuentran una explicación y un posible manejo de ese niño difícil en una época en que nuestra tolerancia aparentemente aumenta pero nuestra paciencia no.
Popularidad producto de una amplia literatura de divulgación dirigida, no sólo a los especialistas, sino a un amplio público: manuales para padres y docentes, artículos en revistas, páginas web…
 

Polémica en USA:
En Estados Unidos, pionero como siempre en estos fenómenos, se extienden hoy 30.000.000 de recetas al año de estimulantes. Al mismo tiempo, una comisión de expertos designada por la la Agencia del Medicamento de Estados Unidos (FDA) recomienda que se incluya una advertencia en los envases de estos fármacos por su supuesta potencial peligrosidad.
El uso masivo de fármacos estimulantes en niños ha provocado en USA un debate, más apasionado que científico, entre sus detractores, alarmados por lo que consideran una medicalización irresponsable de la infancia (recientes estudios estiman que el 10% de los niños menores de 10 años reciben esta medicación en EE. UU.), y sus defensores, que sostienen que lo irresponsable es oponerse a una medicación que habría demostrado su eficacia. No contribuye a clarificarlo el que aún se desconozca cuáles son los mecanismos de esta eficacia y los efectos a largo plazo de estos medicamentos.
En medio de este acalorado debate, algunas voces intentan terciar con un poco de cordura y sentido común. Como el Dr. Steve Nissen, cardiólogo y miembro de la comisión investigadora: «Nadie dice que no hay niños que son desesperadamente disfuncionales y necesitan estos fármacos, pero no son el 10% de los niños de 10 años. Lo que quiero es que a los médicos les tiemble un poco la mano antes de extender una receta» (citado el 21/02/2006 por “La voz de Asturias”).
No se trata entonces de oponerse a una medicación que en ciertos casos puede ser necesaria, sino de racionalizar su uso.

TDAH, problemas de un diagnóstico:
Pero el problema no se reduce a una probable sobremedicación. La investigación con la que iniciamos este artículo nos parece importante como señal de alarma respecto a la facilidad con que hoy en día se diagnostica a los niños, sin tener en cuenta las posibles consecuencias de estos diagnósticos.
Prestemos atención a los principales síntomas que motivan, con razón o sin ella, la presunción diagnóstica de TDAH en orden a su frecuencia: bajo rendimiento escolar (78%), trastornos de conducta (50%), hiperactividad (24%) y, en un porcentaje muy inferior, el déficit de atención que da nombre al síndrome, junto con alteraciones del lenguaje y/o la interacción social y otros. Una amplia gama de síntomas. interesante
No dudamos que entre estos niños se encuentran muchos con problemas psíquicos que requieren atención, pero también muchos otros que tienen dificultades en responder como es esperado a la sobreexigencia de nuestro sistema escolar (totalmente inadecuado al desarrollo infantil, como lo sabe cualquiera que haya estudiado psicología evolutiva), se distraen fácilmente (que no es sinónimo de TDA), son rebeldes o simplemente inquietos (que no es sinónimo de hiperactivos).
Una vez atribuida por la corriente predominante en psiquiatría una causa orgánica a todos los problemas mentales y psicológicos (incluidos problemas de comportamiento, elecciones sexuales, preferencias personales), ampliamente difundida esta hipótesis como una verdad absoluta (sin que, por lo tanto, ya casi nadie se pregunte por las pruebas que la avalan) y aceptada por gran parte de la sociedad (médicos, maestros, padres), las dificultades psíquicas pasan a ser diagnosticadas y tratadas a la manera de las enfermedades probadamente orgánicas (cáncer, demencias, atrofias): con medicación y rehabilitación exclusivamente.

Cero en conducta:
Alarma particularmente que el 26% de los niños a los que se les atribuye TDAH presenten como único síntoma “trastornos de conducta”. Y alarma porque nos señala que un niño más rebelde que otros corre el permanente riesgo de ser diagnosticado como enfermo mental, segregado por ese diagnóstico, medicado con derivados anfetamínicos… mientras se pasan por alto otros problemas (económicos, sociales, familiares o psicológicos) que pueden ser las causas reales de sus dificultades. ¿Niños con trastornos mentales o que trastornan a la escuela y la familia?
     
También alarma que a todo niño con dificultades de aprendizaje (casi siempre acompañadas por dificultades de enseñanza de los docentes) se le presuponga un trastorno mental. Todos tuvimos compañeros de estudios más rezagados. Muchos de ellos desarrollaron posteriormente una vida satisfactoria, cuando no exitosa. Pues esos niños ya no existen. Ahora, y gracias a nuestros progresos, son enfermos mentales (aunque no siempre se les aplique ese nombre, más por piedad que por convicción).
Y alarma especialmente que el 73% de los niños estudiados ya estuvieran siendo tratados con estimulantes pese a que el diagnóstico se confirmaría sólo en el 33% de los casos.

Otras consideraciones:
También resulta
  interesante que, según el mismo estudio, hayan mejorado con el tratamiento niños que finalmente no fueron diagnosticados con el trastorno. Esto puede deberse a los efectos estimulantes de la ritalina  sobre la atención y concentración en todos los niños, independientemente del diagnóstico y de su salud o enfermedad, pero a nadie se le ocurriría por ello medicar a todos los niños (ni a todos los adultos).
Tampoco nos informa el estudio de cuántos de esos niños estaban disfrutando de un tratamiento psicoterapéutico. Dato que sería interesante conocer, sobre todo teniendo en cuenta que diversos
estudios demuestran que la absoluta mayoría de los sujetos, adultos o niños, mejoran, en menor o mayor medida, con una psicoterapia, sea ésta del signo que sea. Quizás porque el sólo hecho de ocuparse de uno mismo (o que alguien se ocupe de uno, en el caso de los niños) y concurrir a un terapeuta, ya produce una mejoría.
 

interesante que, según el mismo estudio, hayan mejorado con el tratamiento niños que finalmente no fueron diagnosticados con el trastorno. Esto puede deberse a los efectos estimulantes de la ritalinasobre la atención y concentración en todos los niños, independientemente del diagnóstico y de su salud o enfermedad, pero a nadie se le ocurriría por ello medicar a todos los niños (ni a todos los adultos).

Conclusiones

– Mientras múltiples libros, artículos webs, incitan al diagnóstico precoz del TDAH y alertan sobre los riesgos de no detectarlo, un estudio serio demuestra que
el TDAH está sobrediagnosticado, con certeza en la población objeto del estudio, pero con seguridad en el conjunto de nuestra sociedad.
– Parece conveniente precisar el diagnóstico, no sólo para “evitar tratamientos farmacológicos innecesarios”, sino para no cerrar los ojos a las dificultades sociales, escolares y, sobre todo, psicológicas que se ocultan tras él.
– Sería conveniente que los Equipos de Orientación Psicopedagógica, cuando detectaran una dificultad que excede el campo pedagógico, sugirieran a los padres la realización de una entrevista psicoterapéutica sin sugerir diagnósticos que pueden alarmarlos innecesariamente.
– También sería conveniente no adjudicar patologías psiquiátricas o trastornos mentales a todos los niños que planteen dificultades al colegio, ya sea de estudio o de disciplina.
– Habría que realizar una buena evaluación, que atendiera a los diversos aspectos de los problemas de rendimiento escolar y/o conducta,  antes de derivar a los niños que plantean esas dificultades a la consulta de psiquiatría infantil (en esto coincidimos con el estudio citado).
Susan Greenfield, prestigiosa
científica británica y Presidente de Royal Institution para la investigación científica en el Reino Unido dice:
“Basta con mirar a los chiquitos de hoy, que prácticamente manejan una computadora desde que nacen. Posiblemente, esto les esté afectando la manera de pensar y actuar. Pero nadie se detiene a reflexionar sobre el tema, y en cuanto llegan al jardín, como no saben sentarse quietitos, cada vez se multiplican los que reciben diagnósticos de desórdenes de atención.
Son chicos acostumbrados a una pantalla que -¡pim! ¡pam! pum!- los estimula todo el tiempo. Tocan botones y explotan ruidos y colores. Después entran en el aula y los educadores pretenden que se queden concentrados escuchando a la maestra en la silla. ¡Pero no tienen ninguna experiencia ni práctica en eso! Están acostumbrados a que se les fomente una capacidad de atención limitada en su cerebro.
La mayor parte de nosotros aprendió a concentrarse cuando nuestros padres nos leían cuentos para entretenernos. Si eso se reemplaza por televisión y computadora, es totalmente irresponsable que no se estudie el efecto que está teniendo en los chicos antes de diagnosticarles cualquier cosa o incluso antes de diseñar las políticas educativas.”
Da que pensar.