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10 – Psicología – Psicoterapias – Psicoanálisis

/10 - Psicología - Psicoterapias - Psicoanálisis

¿EN QUÉ CONSISTE LA PSICOTERAPIA DE PAREJA?

octubre 14th, 2013|

El objetivo de la psicoterapia de pareja es generar un cambio en la relación. Cuando una pareja consulta es porque desean mejorar su relación y no han conseguido hacerlo solos. Generalmente la acción de uno provoca una reacción en el otro que, a su vez, provoca una nueva conducta en el primero, generándose una espiral conflictiva aparentemente sin salida. Para cortar esa espiral destructiva es necesaria la intervención de un tercero, un profesional formado y experimentado para realizar un trabajo conjunto.

El terapeuta ofrece un espacio que facilita la interacción de la pareja, invita a un trabajo de investigación que permite una mejor comprensión del funcionamiento de la pareja y pone al descubierto aspectos de la relación que permanecían ocultos para ellos mismos.

La terapia cumple así diversas funciones: favorece una mejor relación de pareja, produce un mejor conocimiento de cada uno de sus integrantes, y permite valorar si el cambio es posible o no. En este sentido la terapia de pareja puede terminar con una mejor relación o una separación mutuamente aceptada y un enriquecimiento de ambos que impida que en el futuro, en futuras relaciones, repitan las mismas experiencias.

Nuestros objetivos terapéuticos son

–          Generar un cambio terapéutico en la relación.

–          Alcanzar un mejor conocimiento personal de cada uno de los miembros de la pareja y un conocimiento más profundo de cómo actúan en su relación.

–          Alcanzar un mejor conocimiento de la otra persona con la que conforma una pareja

–          Encontrar perspectivas y proyectos realistas respecto del otro y de su relación.

–          Tolerar y respetar los espacios personales de cada uno

–          Detectar e interpretar lo que funciona patológicamente en la pareja.

 

Indicaciones para realizar terapia de pareja

 

–          que presenten un problema de pareja, no sólo problemas individuales.

–          que ambos estén de acuerdo en realizar la terapia, aunque muchas veces predomina el deseo de uno y el otro se suma después de las primeras entrevistas.

–          Que busquen una  mejora en la comunicación para la mejora de la vida en común.

–          que acuerden en la necesidad de un tercero con formación y experiencia, el terapeuta, para producir el cambio.

 

Límites para realizar terapia de pareja

 

–          que uno de los dos venga forzado por la insistencia del otro y que después de las primeras entrevistas este forzamiento no cambie.

–          Que la psicoterapia sea utilizada por uno o ambos exclusivamente para agredir al otro.

–          que los cónyuges presenten un frente unido que boicotee la terapia y cualquier posibilidad de cambio.

–          Que después de las primeras entrevistas se considere más conveniente una psicoterapia individual.

 

Características y particularidades de un tratamiento conjunto:

Del lado del terapeuta lo fundamental es una escucha activa. Es decir que sepa escuchar las dificultades conscientes e inconscientes de cada miembro de la pareja, sus preocupaciones  y ansiedades. La función del terapeuta es la de facilitar la comunicación entre los cónyuges, despejando los malentendidos y facilitando la posibilidad de llegar a conclusiones y acuerdos, aunque sean parciales.

 

El comienzo del tratamiento

Es conveniente que la pareja tome la iniciativa explicando espontáneamente las dificultades por las que atraviesan. El psicoterapeuta no debe precipitarse en intervenir, excepto para estimular el diálogo, hasta que no se haya hecho una composición de lugar y entendido los conflictos en profundidad, para permitir expresarse a la pareja, ya que ellos son los que saben, consciente o inconscientemente, cuáles son sus conflictos. Toda precipitación del terapeuta puede desviar la conversación y condicionarla. Tampoco debe realizar intervenciones muy directivas, porque sería una falta de respeto hacia dos personas adultas.

Si el terapeuta empezara proponiendo un tema, forzaría a responder a las preguntas que él propone, forzando a hablar de cuestiones que probablemente por sí solos no hubieran tratado, dificultando así que emerjan los motivos de angustia de esa pareja en particular.

 

Delimitación de la terapia

La psicoterapia de pareja es una terapia focalizada y de tiempo limitado, trabajamos con la relación de pareja, no tenemos los mismos objetivos que en una psicoterapia individual. El foco es la relación y las transferencias, ansiedades y defensas que se han de interpretar son las de la pareja.

Por eso debemos tener cuidado de no realizar interpretaciones a uno de los dos que afecten a su intimidad, a su zona individual, por decirlo así. Esto no quiere decir que no aceptemos los comentarios sobre áreas individuales, pero debemos reconducirlos hacia la pareja y favorecer que participen los dos. Uno de los cónyuges, por ejemplo, puede comenzar a hablar de su trabajo, que es un área individual, pero puede manifestarse cómo ven ese trabajo los dos integrantes de la pareja y en qué medida afecta a su relación.

Toda sesión tiene la finalidad de aumentar la comprensión sobre sí mismos y su relación. El terapeuta puede hacerles ver con mayor claridad qué es lo que sucede entre ellos y facilitar que se vayan realizando pactos de convivencia.

Hay que desmitificar las discusiones. Pueden enfadarse entre sí a lo largo de la sesión, siempre conservando cierto respeto. El enfado puede en determinados momentos ser beneficioso para el trabajo, porque pone de manifiesto los conflictos en el espacio de la sesión.

Es conveniente que no tomen decisiones definitivas sobre su relación hasta que no concluya el tratamiento.

 

La transferencia de trabajo

Es tan importante lo que dice el terapeuta como su modo de expresarlo. No pretendemos de ningún modo que el terapeuta sea un modelo para los pacientes, pero es indudable que expresa un modo de diálogo y expresión.

El terapeuta ha de ser capaz de reconocer si puede hacerse cargo del caso o no. Si decide aceptar a la pareja en tratamiento es porque considera que podrá configurar una relación de trabajo favorable.

Debe aceptar a los dos miembros de la pareja, sin ejercer juicios de valor hacia ninguno de ellos, conocer profundamente los conflictos de la relación, pero sin involucrarse personalmente en éstos.

Debe ser capaz de estimular la comunicación y remover los obstáculos que se presenten, diferenciar entre los sentimientos específicos de los integrantes de la pareja y sus propios sentimientos personales.

 

El interés por la pareja

El principio fundamental es que ha de prevalecer siempre el absoluto respeto del terapeuta hacia los dos miembros de la pareja. Este interés y respeto empieza por cumplir los horarios acordados ya que el terapeuta no debe hacerse esperar, prestar atención a las explicaciones de ambos, esforzarse por recordar los detalles (muchas veces los pacientes se sorprenden con la memoria del terapeuta, sobre todo si éste es experimentado).

El terapeuta debe mostrarse flexible y tolerante, acoger la libre expresión. No debe manifestar opiniones personales, impacientarse, o desaprobar las confidencias que le realizan.

La situación terapéutica es asimétrica, pero el terapeuta no es superior en ningún sentido a los miembros de la pareja que vienen a solicitar su ayuda. Sólo tiene formación y experiencia para proporcionarles esa ayuda.

A la pareja ha de valorársele la sinceridad y el valor que supone el reconocimiento de las propias dificultades y el afán por vencerlas y superarlas demostrado en la misma decisión de acudir a la terapia.

 

Neutralidad

La neutralidad del terapeuta es fundamental para no perturbar el desarrollo de la transferencia. El terapeuta sabe, o debe saber, por su propia formación, que sus creencias no son mejores ni peores que las de cualquiera de los dos miembros de la pareja, el saberlo le permitirá evitar emitir juicios descalificatorios. El terapeuta debe comprender equilibradamente a los dos cónyuges.

Comprensión y comunicación son necesarias para el buen desarrollo de la terapia. El derecho que tienen los dos consultantes de sostener sus propias opiniones, permite que el vínculo entre pareja y terapeuta sea una verdadera relación terapéutica en la que cada uno, terapeuta y pareja, pueda desarrollar la función que le corresponde.

Neutralidad no es frialdad, indiferencia ni distancia, todo lo contrario, es la capacidad de escuchar los puntos de vista de los dos consultantes sin tomar partido por uno de ellos para facilitar un acercamiento.

 

Intervenciones del terapeuta

Generalmente cuando la pareja decide acudir al tratamiento es porque lleva algún tiempo intentando solucionar sus conflictos sin encontrar respuestas apropiadas y repite conductas inadecuadas que producen malestar. Las intervenciones del terapeuta deben estar orientadas a facilitar  la ruptura con las conductas repetitivas y la apertura de nuevas perspectivas.

El trabajo del terapeuta de pareja se caracteriza por:

1) disponibilidad y atención;

2) escucha activa,

3) intervenciones verbales

 

(continuará)

¿QUÉ ES LA PSICOTERAPIA?

octubre 8th, 2009|

 

La repetición

¿Cuál es el único animal que puede tropezar dos veces con la misma piedra? Suele contestarse que el hombre, pero eso es relativamente cierto, porque ¿cuántas veces puede un ser humano tropezar en la misma piedra? Todas.

Luis se queja de que su actual pareja no lo respeta. Lo trata con desprecio, desvaloriza todo lo que él dice, minusvalora sus esfuerzos y preocupaciones, probablemente le sea infiel. Ella le dice que son ideas suyas y que él está “loco”, pero él sabe que no es así, lo que no sabe es para qué ha venido, “si ella no va a cambiar”. Cuando hablamos un poco más surge un hecho en el que hasta ahora no había reparado: sus parejas anteriores eran parecidas en este sentido. Al principio son muy amables, parecen quererlo bien, pero después… ¿Por qué elige Luis a mujeres que no lo valoran y, muchas veces, llegan a humillarlo?

No pretendemos negar ni minusvalorar el factor genético o constitucional en la personalidad y respuestas ante la vida y la realidad de cada persona. Pero nadie puede seriamente discutirnos la evidencia de que los factores constitucionales están contenidos o potenciados por características propias de la personalidad del sujeto, determinadas a su vez por su singular experiencia en el encuentro con la realidad, con su familia y con su entorno social.

Si la medicación parece demostrar con su eficacia en la reducción y control de ciertos síntomas la participación de factores neuro-endocrinos en la patología psíquica; la psicoterapia demuestra con su propia eficacia (que comprobamos cada día en nuestra experiencia) que se puede curar, y a largo plazo, basándose en el poder de las palabras.

Nuestra forma de posicionarnos ante la vida, y las dificultades con las que ella nos confronta, hunde sus raíces en la infancia. Entonces, cuando el mundo era nuevo y cuando la familia era nuestra única experiencia, adoptamos un modo de ser y una determinada manera de responder a los estímulos. Esas primeras experiencias han quedado grabadas a fuego en nuestra mente y en nuestro cuerpo, aunque las hayamos olvidado. Uno podría pensar que recordar es una pérdida de tiempo, pero el psicoterapeuta está allí para garantizar que ese esfuerzo y ese sacrificio tengan un sentido, que ese trabajo (la psicoterapia siempre es un trabajo, tanto para el psicoterapeuta como para el paciente) tiene un objetivo y una dirección: la cura.

¿Para qué recordar?

Elena estaba desde hacía tiempo deprimida, ansiosa, irritable. Se desvalorizaba mucho y se dirigía a sí misma continuos reproches. Tenía una relación muy conflictiva con sus padres, sobre todo con su madre. Era extremadamente sensible a las críticas o sugerencias que pudieran hacerle, aunque sabía que se lo decían “por su bien”, y reaccionaba pasionalmente con violencia verbal. Luego se culpaba por su reacción y se cargaba de reproches: debería respetarlos y quererlos más, ellos siempre fueron buenos, “hicieron todo por ella” y ella siempre les causó preocupaciones y problemas, es una mala hija y una desagradecida.

A veces, algo de lo que me cuenta o algo que yo le digo le trae a la memoria un recuerdo de su infancia. Los padres eran extremadamente rigurosos con la disciplina, la castigaban con frecuencia. Era el padre el que imponía los castigos, pero era la madre la que decidía que debía ser castigada, y ella tenía que esperar hasta la llegada del padre para conocer su castigo. Los castigos físicos no eran demasiado dolorosos, pero recuerda con terror los gritos del padre y, más aún, la ansiosa espera a que el castigo se decidiera y aplicara. Mientras sus amigas jugaban ella tenía que ayudar en la casa, y a la madre todo lo que hacía le parecía mal, se quejaba de ella, la llamaba “torpe”…

Cada vez que termina de contarme un recuerdo infantil me mira con reproche, ¿para qué recordar cosas que pasaron hace mucho?, ya soy una persona adulta, ¿a qué vienen estas quejas viejas?, ¿para qué sirve?

Cuando sale de sesión llama a su madre y le repite los reproches de los que ha hablado. Terminan discutiendo. Le digo que deje de hacerlo, recordar es parte del trabajo terapéutico que estamos haciendo, no debe actuarlo inmediatamente sino darse un tiempo para la reflexión. Entonces las cosas empiezan a relativizarse. Tampoco todo puede achacarse a los padres, ya que ella tiene hermanos y no tienen la misma personalidad ni reaccionan igual. Al cabo de unos meses no sólo ha modificado su relación con los padres, sino también con su pareja y sus compañeros de trabajo, y ha recuperado una amiga de la que se había distanciado.

Elena parecía haber olvidado su infancia, de la que se limitaba a decir que había sido una infancia “normal” (ninguna infancia lo es, ni ninguna persona, todos hemos vivido nuestras propias experiencias y somos personas diferentes, únicas e irrepetibles). Pero ese pasado olvidado se actualizaba en el presente, en su relación con los otros y consigo misma.

Traer a la memoria recuerdos, muchas veces dolorosos, es como abrir una herida mal cicatrizada que continua supurando, drenar el pus, y volver a cerrarla.

¿Se puede cambiar?

Cuando una persona acude a un psicoterapeuta es porque no se siente bien consigo misma o con los otros, y porque sufre innecesariamente más que lo inevitable (en la vida hay sufrimientos que no pueden evitarse). Entonces no basta recordar, es necesario re-elaborar para dejar de repetir. No podemos modificar el pasado, pero sí la idea que nos hemos hecho de él y, más importante aún, nuestro presente y nuestro futuro, nuestra posición ante nuestra propia vida (que es la que nos produce ese exceso de sufrimiento) y nuestra realidad.

Se trata, precisamente, de cambiar todo lo que se pueda cambiar (que suele ser mucho más que la expectativa de los pacientes), y aceptar lo que no se puede cambiar. Pero aceptar no es resignación pasiva, es gestionar mejor aquello que uno no puede cambiar, manejarse mejor con eso y, sobre todo, no sufrir por eso. En resumen: hacerse con uno mismo.

Lamentablemente esta experiencia requiere de otro, y no de otro cualquiera, sino de un profesional que haya indagado en sí mismo (mediante una psicoterapia personal) lo suficiente para no hacer de su paciente el terreno de sus convicciones personales ni de sus propios deseos. Lo peor que puede hacer un psicoterapeuta es pretender moldear al paciente conforme a sus propias ilusiones y deseos, y no a los de él. Pero hay algo más: si no confía en la psicoterapia para resolver sus propios problemas (y todos tenemos problemas, la diferencia no es entre sanos y enfermos, sino entre personas que tienen el suficiente valor para intentar ser más felices y, para eso, buscar ayuda; y los que prefieren considerarse normales y seguir padeciendo porque su cobardía les impi
de enfrentarse a sus problemas e intentar resolverlos), ¿cómo puede sugerirla como supuesta solución para los problemas de otra persona?i.

Pero no basta con que un psicoterapeuta se haya psicoterapeudizado o psicoanalizado, es necesario que, además, pueda escuchar activamente lo que el otro le dice, y que cuente con un saber teórico y clínico en el que sostenerse; que tenga suficiente experiencia para no dejarse impresionar excesivamente por las singularidades de sus pacientes, y suficiente saber para no intentar reducirlos a un dato estadístico y ser capaz de reconocer la individualidad subjetiva de cada persona que lo consulta, nunca reductible a un dato estadístico ni a una categoría diagnóstica. La persona que viene a consultarnos es un sujeto humano, si no pudiéramos escuchar su individualidad e intentáramos imponerle nuestras propias certezas, sería preferible que nos dedicáramos a otra actividad.

No es un dato menor que nuestra experiencia que, como la de otros psicoterapeutas, demuestre que la terapia libera una energía psíquica y física que, hasta entonces, era malgastada en los síntomas. Una vez suprimidos éstos, esa energía queda liberada para la vida.

Resumiendo

La palabra psicoterapia puede designar a muchos tratamientos y técnicas diferentes, desde el psicoanálisis a la psicoterapia cognitivo conductual, desde la psicoterapia psicodinámica a la sistémica. Todos estos tratamientos se fundan en la comprobación de que una persona puede curarse por medio de la palabra, fenómeno difícil de comprender para quien no lo haya experimentado como paciente o como psicoterapeuta.

La psicoterapia no reniega del potencial origen orgánico de la psicopatología pero, lejos de ampararse en él para desentenderse de lo que le dicen sus pacientes, admite que lo orgánico no lo es todo, de lo que da cuenta la mayor eficacia a largo plazo manifestada por las psicoterapias. Precisamente porque no reniega de lo orgánico, puede practicarse conjuntamente con una medicación psicofarmacológica tanto como en ausencia de ella.

Requerimientos para su práctica

Del lado del psicoterapeuta:

  • Una sólida formación teórica y clínica.

  • Haber practicado el psicoanálisis o una psicoterapia en el lugar de paciente, lo que le permitirá entender mucho mejor a los suyos. Lo contrario sería partir de dos prejuicios: el de que el paciente, por el sólo hecho de consultar y ofrecerse en ese lugar, es un enfermo que necesita de la guía y control de un psicoterapeuta, que se pretende sano por el sólo hecho de poseer una titulación.

  • Conservar siempre una escucha activa, no reduciendo el tratamiento a la aplicación de una batería de test o al fiel cumplimiento de rigurosos protocolos. Ese erróneo modo de proceder solo parece pretender ocultar que la psicoterapia es una relación entre dos personas: el paciente y el psicoterapeuta. La aplicación mecánica de test y protocolos pretende borrar la existencia de ambos en aras de una supuesta cientificidad que dista mucho de ser científica.

  • Respetar la identidad de la persona que consulta, sin intentar nunca imponerle las propias ideas y prejuicios, ni ser nunca indiferente ante su sufrimiento personal.

Del lado del paciente:

  • Ser paciente, es decir, esperar los resultados de su tratamiento sin precipitarse en su conclusión o interrupción. Esto no quiere decir que las psicoterapias deban necesariamente prolongarse en el tiempo, su duración depende siempre de cada caso y de cada paciente.

  • Participar activamente en su propio tratamiento, expresando sus pensamientos y sentimientos, incluso los que crea menos significativos, en la confianza de que el psicoterapeuta sabrá concederles su valor y su sentido para orientarlos hacia la cura.

  • Valorar el trabajo psicoterapéutico, aún cuando sus resultados no sean siempre inmediatos (lo que no quiere decir que no puedan serlo), en la confianza de que este trabajo terminará por manifestarse en su vida cotidiana, como indefectiblemente ocurrirá.

  •  

i El movimiento psicoanalítico siempre ha considerado que una parte fundamental en la formación de un psicoanalista, sino la más importante, consiste en que realice su propio análisis. Pero esta posición se ha generalizado: tanto la Federación Española de Asociaciones Psicoterapéuticas como el Colegio Oficial de Médicos de Madrid exigen la comprobación de una psicoterapia personal de tiempo prolongado para reconocer la capacidad y la habilidad de psicoterapeuta.

PSICOTERAPIA DE PAREJAS II: Parejas y Familias

abril 25th, 2008|

INTRODUCCION
El bebé humano, a diferencia de otros animales, nace al mundo en una situación de total indefensión y dependencia para sobrevivir, indefensión y dependencia que se prolongan más que en cualquier otro ser viviente. Esto hace que, desde el inicio, su vida esté ligada a la de otros, otros que le brinden los cuidados imprescindibles para seguir con vida.
Pero no son otros anónimos, son Otros con nombre y apellido, habitualmente los padres, Padre y Madre que, a su vez, antes que nada han sido hijos y han recibido un modelo de pareja y de familia en los que han forjado sus primeras experiencias. Modelos que intentarán repetir y/o modificar en las suyas.
Ya antes de que naciera, esos padres han decidido tener un hijo, deseado o temido, le han adjudicado un nombre y han imaginado expectativas que el niño por nacer cumplirá o no. Nuestras primeras experiencias y las primeras palabras que oiremos estarán así condicionadas por los padres que nos tocaron en suerte, el momento en que nacimos, sus expectativas y frustraciones.
La familia (cualquier familia) es el lugar en que el niño deberá ubicarse en relación a una trama de deseos de Otros que no son anónimos, y transmiten rasgos, identificaciones y una serie de condiciones que influirán en la futura elección de pareja (y no olvidemos que en la familia de origen uno siempre es hijo, con lo que no deja nunca de ser niño, en la forma en que lo ven los padres y en la que se representa para sí mismo. Uno crece y se desarrolla, pero nunca deja de estar habitado por el niño que fue).
Así, desde el comienzo, no hay yo sin tú, no hay vida sin relación con otros en el marco de una cultura y una historia familiar dadas. En los lazos familiares y de pareja se despliega cotidianamente la manera en que cada persona se sitúa frente a los otros.

 

PSICOTERAPIA DE PAREJA.
La psicoterapia de pareja trabaja el vínculo entre el yo y el tú. No lo que ocurre en la subjetividad de cada uno sino lo que circula entre los dos. En la pareja no siempre uno más uno es dos, más frecuentemente es 2+, donde el signo + representa un plus, una combinatoria propia y  singular de cada pareja.  
Los lazos estables crean la ilusión de una complementariedad que anularía toda vivencia de soledad. Sólo cuando se conmueve esa ilusión es posible que una pareja demande una entrevista conjunta.

singular de cada pareja.

 

PAREJAS TÓXICAS
Este es el nombre que se le suele adjudicar actualmente a parejas cuyo funcionamiento es manifiestamente perjudicial para uno o los dos miembros de la pareja. A este tema le ha dedicado dos páginas el periódico El País en su edición del domingo 13 de abril.[i]
En este artículo se atribuye el carácter patológico de la pareja al carácter patológico de uno de sus miembros y a la “ingenuidad” del otro. Lola, sin saberlo, se enrolló con un novio  celoso que la martirizó. Finalmente el novio la abandona (subrayemos el hecho de que es él quien la deja y no ella, pese al martirio que dice haber padecido). Aun no sabe que su próxima pareja será aun peor, estableciendo una relación de dominio que la reducirá a ella a una nada carente de valor. Todavía hoy ignora qué la enamoró de ese hombre.
¿Qué es lo que no sabía?, ¿qué lo que ignoraba?  Algo en sí misma que la impulsa hacía hombres posesivos y dominantes a los que se siente sometida. Al ignorar qué es lo que la impulsa, porque esa causa es opaca para sí misma, es inconsciente, queda sometida a una repetición con resultados frustrantes.
Así no es inhabitual escuchar comentarios del tipo “no se por qué siempre me enamoro de alguien que no me conviene”. De un o una narcisista que sólo se ama a sí mismo y la reduce a una nada, de un celoso patológico, de alguien que exige una atención y sumisión constante, de un controlador compulsivo, de alguien que alterna la pasión intensa con el violento rechazo, de una persona fría e indiferente, o de un maltratador.
En estos casos, si la terapia les permite saber qué es lo que los impulsó hacia esa elección, la conclusión lógica de ese saber es  la ruptura de la pareja. Pero la mayor parte de las parejas no son tan patológicas, por lo que el tratamiento de sus crisis no lleva a la misma solución.

celoso que la martirizó. Finalmente el novio la abandona (subrayemos el hecho de que es él quien la deja y no ella, pese al martirio que dice haber padecido). Aun que su próxima pareja será aun peor, estableciendo una relación de dominio que la reducirá a ella a una nada carente de valor. Todavía hoy qué la enamoró de ese hombre. Algo en sí misma que la impulsa hacía hombres posesivos y dominantes a los que se siente sometida. Al ignorar qué es lo que la impulsa, porque esa causa es opaca para sí misma, es inconsciente, queda sometida a una repetición con resultados frustrantes.la ruptura de la pareja. Pero la mayor parte de las parejas no son tan patológicas, por lo que el tratamiento de sus crisis no lleva a la misma solución.

 

CUANDO DOS FAMILIAS SE MEZCLAN
Para muchos antropólogos el nacimiento de la cultura se produce con la exogamia, es decir: cuando la prohibición del incesto fuerza al intercambio de mujeres (lamentamos que este comentario antropológico pueda sonar hoy tan machista, pero es un hecho histórico, no un juicio de valores).
Este intercambio, el hecho de que el matrimonio se produzca entre dos personas provenientes de familias diferentes, tiene efectos imposibles de ignorar hoy en día.
El matrimonio incluye en la vida de cada cónyuge la emergencia de nuevos familiares y nuevas denominaciones: suegros, cuñados, nuevos tíos y sobrinos “políticos” (o “legales”, en la lengua inglesa). Nuevas relaciones, nuevos compromisos, nuevas normas.
Incluso cuando las dos familias provienen de la misma cultura y hablan la misma lengua, es indiscutible que cada familia habla un “dialecto” diferente; que, más allá de las diferencias que se manifiesten en su seno, existen muchos acuerdos explícitos e implícitos; que las familias originales, aun con sus contradicciones, están hechas de sobreentendidos.
En el momento de constitución de la pareja, estos sobreentendidos pueden pasar desapercibidos, entre otras cosas porque en la adolescencia y la juventud, que es cuando suelen constituirse las parejas, cada uno busca su propia identidad subrayando las diferencias con su familia de origen. Y porque el enamoramiento, con su resplandor, vela las diferencias subyacentes.
Pero, cuando la pareja ya se ha constituido, lo habitual es que emerjan diferencias propias de diferentes orígenes familiares y experiencias vitales igualmente diferentes. Así en la nueva familia se manifiestan muchos malentendidos provenientes del hecho de que cada uno de los partenaires da por supuesto que existen muchos aspectos indiscutibles en la relación con el otro.
Es más, muchos de los conflictos de pareja se producen en relación o referencia a las familias de origen, ya sea porque él (o ella) rechaza a la familia de su pareja o porque ella (o él) considera a su pareja demasiado subsumida a su propia familia. Éste es un dato de la clínica que ningún psicoterapeuta de parejas puede ignorar.
Muchos de los sobreentendidos y certezas que d?
?bamos por inamovibles, aun no estando de acuerdo con ellos, se ven conmocionados por el hecho de que nuestra pareja viene de otras experiencias y aportas otras certezas, otros sobrentendidos (muchas veces inconscientes).
Por eso es tan frecuente en la experiencia que, tras los conflictos de pareja, encontremos la confrontación de dos familias en las marcas que han dejado en cada uno de sus miembros.

 

MOTIVO DE CONSULTA

Es el fracaso de la ilusión de una alianza sin fisuras, y la herida que ese fracaso abre en ambos, lo que puede precipitar una crisis en la relación dando lugar a una consulta.

Cuando decimos que una pareja está pasando una crisis nos referimos a un “problema, conflicto o situación delicada”, pero una crisis, pese al dolor que conlleva, no tiene sólo un sentido negativo. Según el diccionario crisis es una “mutación considerable en una enfermedad tras la cual se produce un empeoramiento o una mejoría”, un “cambio importante en el desarrollo de un proceso que da lugar a una inestabilidad” (Espasa-Calpe).

En su sentido original, etimológico, krisis en griego significaba separación, pero también juicio y decisión. Una crisis puede llegar a ser precisamente lo que posibilite una nueva oportunidad, en vez de resignarse a la repetición de lo mismo, cuando eso mismo produce más displacer que placer.  

 

FUNCIÓN DE LA TERAPIA DE PAREJA
El psicoterapeuta de pareja no intenta reconstruir un equilibrio que ya se ha resquebrajado, sino desenredar los nudos que los sujetan para que pueda emerger una pareja renovada, con nuevos acuerdos y nuevos pactos.
Facilitar un espacio para que surja qué es lo que verdaderamente ha hecho crisis en la pareja, generalmente sin que ninguno de los dos tenga total conciencia de lo que realmente ocurre en ese vínculo y que imposibilita un funcionamiento que, al menos parcialmente, sea satisfactorio para ambos.
En el espacio propio de la psicoterapia de pareja se reproducen tanto los factores que han unido como su fracaso. El psicoterapeuta está allí para asegurar que eso tenga un sentido, que se expresen los sobreentendidos y emerjan los malentendidos, para dar respuesta a por qué,  cómo y para qué están juntos, y poder trabajar con eso.
   


[i] “Tu amor es malo para mi salud”, Joan Carles Ambrojo

TALLER: FREUD en la ACTUALIDAD

marzo 7th, 2008|

Parece que hoy Freud es una antigualla, que su obra carece de valor frente a la última novedad. ¿Es cualquier best-seller superior a la obra de Shakespeare o Cervantes? ¿Son las teorías de  Einstein o Plank demodées porque las hicieron hace mucho?
Es obvio que no podemos leer a Feud del mismo modo, pero ¿por eso no habría que leerlo?

El psicoanálisis no es sólo un modo de tratamiento del padecimiento psíquico, es también un modo de conocimiento y una teoría de la subjetividad. Si parece desterrado de muchos espacios de conocimiento no es porque sea antiguo, sino porque vivimos en una sociedad que se dice individualista pero trata a los individuos como números: un divisor en el PBI per cápita, un consumidor, un dato estadístico en un diagnóstico psiquiátrico. En ese mundo Freud no parece fuera de lugar, Y sin embargo…

El taller se realizará en Majadahonda, con grupos reducidos, y se propone una lectura contemporánea de textos de Sigmund Freud, a la luz de aportes posteriores, sobre todo de Lacan.

Su metodología será la lectura reflexiva y contemporánea de los textos fundadores del psicoanálisis y su discusión, y el estudio de casos clínicos actuales.

Está dirigido a:

         Psicólogos, Psiquiatras y otros trabajadores de Salud Mental.

         Estudiantes

         Personas interesadas en el conocimiento de una de las obras de mayor influencia en los siglos XX y XXI

13 clases en 3 meses – Vacantes limitadas

Programa:

El descubrimiento del psicoanálisis: Estudios sobre la Histeria.
  Historiales clínicos: Katarina e Isabel de R.

 Las formas de enfermar: Las neuropsicosis de defensa.
   Nuevas puntualizaciones sobre neuropsicosis de defensa.   

 La interpretación de los sueños:
   El método de la interpretación de los sueños.
   Análisis de un sueño paradigmático.
   Sobre la psicología de los procesos oníricos.

   Tres ensayos de teoría sexual:
    La sexualidad infantil
    Sobre las teorías sexuales infantiles.

  El caso Juanito: Análisis de la fobia de un niño de 5 años.

  El hombre de las ratas: A propósito de un caso de neurosis obsesiva.

  Homosexualidad: Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci 

Homosexualidad:  

  Contribuciones a la psicología del amor:
  I – Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre.
 II – Sobre la más generalizada degradación de la vida sexual.
III – El tabú de la virginidad.

      Nuevos conejos sobre la técnica del psicoanálisis:
  I – Sobre la iniciación del tratamiento
 II – Recordar, repetir y reelaborar
III – Puntualizaciones sobre el amor de transferencia

Docente coordinador:              Luis Teszkiewicz – Psicoanalista y Psicoterapeuta
                                            Socio de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

Con la colaboración de:           Dra. Marina Averbach – Psiquiatra y Psicoanalista  
                                           
Ex docente de la Escuela Argentina de Psicoterapias para Graduados
                                           
y de la Facultad de Psicología de la UBA (Buenos Aires – Argentina).
                                           Docente colaborador
 en el Master de Psicoterapias de la Universidad Complutense de Madrid.
                                           Ex Investigador colaborador de la OMS Control de Calidad en Servicios de Salud Mental.

 

   Más información: 
    Llamar al 607 99 67 02 
   
info@persona-psi.com

¿DEBO IR A UN PSIQUIATRA, A UN PSICÓLOGO O A UN PSICOANALISTA?

enero 9th, 2007|

La mayoría de nuestros pacientes son personas que padecen un intenso malestar. Para llegar a la consulta han tenido que atravesar muchos obstáculos. El primero de ellos: coger el toro por las astas, enfrentarse a su malestar y superar los prejuicios propios, porque muchas veces se piensa que consultar por una dificultad psicológica es manifestarse como enfermo, cuando no es más que reconocer el propio sufrimiento y no resignarse a él.

Probablemente también ha tenido que superar prejuicios de otros, familiares y amigos, motivados por las mejores intenciones, sin reparar en que muchas veces las mejores intenciones conducen a un infierno personal, y revestidos con los ropajes de una pretendida sabiduría popular: “que cada palo soporte su vela”. ¿Y cuándo uno no puede soportarla?, ¿o sólo puede hacerlo a costa de una oprimente sensación de infelicidad?

Y si se decide a expresar su malestar al médico de familia, lo más probable es que éste, abrumado por una administración que le exige que también se ocupe de los trastornos psicológicos leves y, a la vez, le otorga 5’ de atención por paciente (tiempo a todas vistas insuficiente para una simple revisión, ya no digamos para estimular a que el paciente exprese su malestar) lo despacha con unas píldoras.

Si logra superar estos sucesivos obstáculos, es probable que acabe en la ya de por sí sobre-saturada consulta de un psiquiatra (señal de que el malestar se extiende en nuestra sociedad). Se siente mal y espera del psiquiatra un remedio para su mal.

El Psiquiatra

El psiquiatra es un médico y, excepto que haya adquirido otra formación, psicoanalítica o psicoterapéutica, que no se imparte en la carrera de Medicina ni en los MIR de Psiquiatría , tenderá a ver el malestar psíquico como cualquier otro de los trastornos de los que se ocupa la medicina: un conjunto de síntomas de causa presumiblemente orgánica que requieren un diagnóstico y una medicación ( excluimos, por lo tanto, de las observaciones que siguen a los psiquiatras que, además de la formación que acredita el título, se han formado como médicos psicoanalistas o médicos psicoterapeutas, y a aquellos que han profundizado en estos temas y muestran en su práctica clínica un saber hacer psicoterapéutico, que son muchos).

Para realizar el diagnóstico comparará los síntomas que percibe con las categorías diagnósticas provistas por los manuales buscando la que mejor se aproxime. Esto nos obliga a hacer un alto: los manuales diagnósticos CIE (de la Organización Mundial de la Salud) y DSM (de la Asociación de Psiquiatras Americanos, es decir: norte americanos) fueron creados con la finalidad de homologar criterios diagnósticos con fines estadísticos. En su curioso devenir han terminado por transformarse en recetas diagnósticas de forzosa aplicación. Sus fórmulas han sido ampliamente difundidas, y no sólo en medios profesionales.

Hoy en día es habitual que los pacientes no consulten por su malestar, sino que demanden por un tratamiento para un diagnóstico que ya ha sido previamente formulado por un docente, un amigo o ellos mismos, recurriendo a las descripciones abundantes en Internet. No es que esté mal que estén informados, es que están informados ¿de qué?

Buscan el mejor tratamiento para un diagnóstico, no para sí mismos, personas individuales e irrepetibles. Renuncian a su existencia personal subsumiéndola a un cuadro diagnóstico construido artificialmente con fines estadísticos.

No deja de sorprendernos la facilidad creciente con que muchos seres humanos abdican de ser personas para reducirse a sí mismos: soy un Trastorno de Personalidad, soy un Trastorno del Humor, o incluso una sigla: soy un TOC, un TLP, un TDAH.

El psiquiatra, armado con su saber médico, indaga en los síntomas que expone el paciente, realiza ciertas preguntas protocolizadas para profundizar en su indagación, compara los resultados obtenidos con los síndromes descriptos en los manuales, y establece su juicio: se trata de un TOC, un TLP, un TDAH.

Y, en virtud del diagnóstico así establecido y su propia experiencia, indica la medicación que cree más adecuada.

Hace así su trabajo, lo que se espera de él, y nadie le demanda otra cosa. Los decires del paciente que no aportan información útil, es decir, que caen fuera del protocolo previsto, son eliminados porque no aportan nada a su saber.

En muchas ocasiones la medicación prescripta (o las correcciones sucesivas que se realizan) atenúan los síntomas. En muchas ocasiones, pero no en todas.

Muchos pacientes se prestan a este juego que los libra de toda responsabilidad individual, de la muchas veces atormentadora sensación de ser un sujeto individual sufriente, y los reduce a ser una enfermedad que los trastorna desde fuera. Pero no siempre. En muchas otras ocasiones el sujeto no se conforma: la medicación no le resulta eficaz, o no tanto como esperaba, insiste en hablar de un malestar no protocolizable, su angustia no cede.

Esto no puede sorprendernos: hay medicaciones muy buenas, muy eficaces, pero no dejan de ser píldoras con efectos limitados, no pociones mágicas. Puede entonces que el psiquiatra, enfrentado a una demanda insistente que excede sus saberes, opte por la derivación a un psicólogo (esto en el caso de que el centro o clínica disponga de suficientes psicólogos, sabida es su escasez en la Seguridad Social, por lo que suelen limitarse a los casos más graves). Puede también que sea el mismo paciente quien recurra a un psicólogo, porque ¿quién puede establecer la gravedad del sufrimiento o el grado de insatisfacción de los casos menos graves?

En otros casos, el paciente mismo dirige de entrada su demanda a un psicólogo, ya sea por el prejuicio que asocia psiquiatría con enfermedad mental grave o porque no va en busca de una píldora que alivie su malestar sino de una persona que lo escuche, oriente y aconseje, desde un saber profesional.

El Psicólogo

Psicólogo o psicóloga sólo indica que el profesional en cuestión se haya en posesión del título de Licenciado en Psicología que otorgan las universidades, pero nada nos dice sobre las corrientes, escuelas, concepciones psicológicas y orientaciones psicoterapéuticas que ese profesional ha elegido, y que son muy numerosas.

Lo más probable es que su orientación sea conductista, cognitivista o cognitivo – conductual, dado que éstas son las corrientes dominantes en nuestras facultades, con exclusión de casi toda otra alternativa. Si el psicólogo que el azar le ha deparado es de orientación predominantemente conductista (o comportamentalista, según una denominación más reciente) intentará, con los recursos que le son propios, modificar las conductas o comportamientos que considera perjudiciales mediante el reforzamiento positivo o negativo de los estímulos (para que se entienda: premios y castigos) y otras técnicas afines.

Si el psicólogo es predominantemente cognitivo o cognitivista, intentará corregir los conocimientos erróneos del paciente, remplazarlos por otros más adecuados y reestablecer canales eficaces de comunicación.

En cualquiera de los dos casos (lo más probable es que se presenten combinados en lo que ha dado en llamarse psicoterapia cognitivo – conductual o cognitivo – comportamentalista) partirá del diagnóstico realizado por el psiquiatra o realizará un diagnóstico fundado en los mismos manuales. Y aplicará una terapia adecuada al diagnóstico, con un protocolo, frecuencia y duración predeterminadas. El psicólogo no prescribe fármacos (no está capacitado
para hacerlo), prescribe cogniciones y conductas.

¿Es necesario aclarar que el protocolo ha sido elaborado en función del diagnóstico, que se supone adecuado al diagnóstico, e igualmente eficaz para todas las personas que comparten ese diagnóstico, independientemente de sus diferencias individuales?

En resumen: psiquiatras y psicólogos, en su mayoría (forzosamente existen muchas excepciones, como en toda generalización), administran una terapia farmacológica o psicoterapéutica a un diagnóstico, no a una persona. No deja de ser llamativo que en una época que se pretende individualista, las diferencias individuales se consideren secundarias, lo predominante es la norma. Se parte del supuesto de que podemos agrupar a todas las personas en función de la similitud de sus síntomas, y que todas ellas responderán en forma más o menos homogénea a un mismo tratamiento.

La misma personalidad del paciente es fragmentada, para su mejor comprensión y cuantificación, en diversas funciones: inteligencia, memoria, emotividad…, como si estas funciones fueran independientes unas de otras. La persona se disuelve así en funciones alteradas y conservadas, partes sanas y enfermas.

Puede que el paciente se vea confortado por la atención que recibe, puede que le resulten útiles los consejos recibidos, las nuevas ideas y pautas de conducta. Pero puede que no. Que no le resulte suficiente, o que se resista a seguir estos buenos consejos, a incorporar pensamientos y conductas que no le son propios sino sugeridos por otro, conformes a otro. Puede que no esté satisfecho con el tratamiento o que de entrada haya buscado otra alternativa a las que el sistema de seguridad social le ofrece.

El Psicoanalista

Vamos a comenzar por el psicoanálisis por varias razones:

1 – Por ser una disciplina fundadora que ha dado lugar a la mayor parte de las psicoterapias actuales.

2 – Por tener una larga trayectoria y una teoría muy desarrollada, al punto de tener un impacto sobre nuestra cultura y sus manifestaciones (filosofía, literatura, cine) desconocida por sus “competidores”, incluidas la psiquiatría y la psicología clínica.

3 – Por ser muchas veces alternativa de primera elección, sobre todo en ciertos países (Francia, Estados Unidos, Argentina)

4 – Por ser, paradójicamente, una de las disciplinas más atacadas y menos conocidas.

Por estas razones, quizás nos insuma algo más de espacio que los apartados anteriores.

Para empezar a hablar de psicoanálisis, ya sea a favor o en contra, hay que comenzar por desechar algunos prejuicios:

1 – Pesa hoy sobre el psicoanálisis el ser considerado por muchas personas una disciplina antigua, es decir, pasada de moda. En un mundo occidental que produce y consume nuevas psicoterapias a velocidad de vértigo, muchas de ellas de efímera existencia, esta relativa antigüedad implica que si ha subsistido es porque muchas personas han encontrado beneficios en el psicoanálisis a lo largo del tiempo, resultados clínicos incontestables, por lo que podríamos considerar esta extensa trayectoria más como una virtud que como un defecto.

2 – Suele confundirse al psicoanálisis con sus atributos externos, ampliamente difundidos por el cine y la literatura: el diván, el analista silencioso, la larga duración del tratamiento. Pero el psicoanálisis puede prescindir tanto del diván como del silencio, y su duración sólo es necesariamente larga en algunos casos, especialmente en aquellas personas que aspiran a ser psicoanalistas. También existen otros tratamientos que los analistas llaman de efectos terapéuticos rápidos, psicoanálisis aplicado o focalizado, psicoanálisis breve, psicoterapia breve de orientación psicoanalítica, según las diversas escuelas y corrientes.

Entonces, ¿qué es lo que diferencia al psicoanálisis de las restantes psicoterapias:

1 – El psicoanálisis, desde su fundación por Freud, pretende barrer con las rígidas fronteras entre salud y enfermedad. Para él nadie es absolutamente sano ni totalmente enfermo, de lo que se desprenden algunas consecuencias:

a – Para llegar a ser psicoanalista hay que practicar previamente el psicoanálisis en condición de analizante (es decir: paciente), exigencia que no existe en ninguna otra alternativa terapéutica.

b – La relación no se establece entre un terapeuta sano y un paciente enfermo, sino entre dos sujetos humanos, uno de los cuales se haya en posesión de un saber del que puede beneficiarse el otro.

c – El método es el mismo para el paciente sano y el enfermo y, por lo tanto, para cualquier patología.

d – Este método se funda en dos reglas básicas:

– El paciente se compromete a decir todo lo que le pase por la cabeza

– El analista a escuchar atentamente el decir del paciente, incluyendo narraciones de sueños y ocurrencias aparentemente absurdas, y devolverle sus palabras bajo una nueva luz. A la vez, garantiza que la experiencia analítica tiene sentido, por su propia experiencia y la de sus otros pacientes.

2 – “Desembaracémonos del hombre medio, que no existe. Existen los individuos, eso es todo. Cuando oigo hablar del hombre de la calle, de encuestas de opinión, de fenómenos de masas y cosas de ese tipo, pienso en todos los pacientes que he visto pasar por el diván en cuarenta años de escucha. Ninguno se parece a otro ni tiene las mismas fobias, las mismas angustias, la misma manera de relatar, el mismo miedo a no comprender. El hombre medio, ¿qué es eso? ¿Yo, vosotros, mi portero, el Presidente de Gobierno”

Esta frase de Lacan, uno de los popes del psicoanálisis, manifiesta claramente la apuesta por el individuo que lo caracteriza. En una época que casi todo el mundo dice individualista, los individuos son agrupados por la psiquiatría en dos grandes grupos: sanos y enfermos. Y los enfermos son a su vez subdivididos en múltiples síndromes. Muchos pacientes se presentan diciendo de sí mismos: soy un TLP, o un TDA-H, como si ese dato resumiera su individualidad. Estos diagnósticos pueden ser de utilidad para el psiquiatra, porque lo orientarán en su elección de medicación.

Esto no quiere decir que el psicoanalista no realice diagnósticos según su propia nosología, sino que su tratamiento se fundamentará en interrogar al paciente sobre las causas de su propio sufrimiento, no sobre un diagnóstico ni sobre un protocolo.

3 – Por lo tanto, una de las singularidades del tratamiento psicoanalítico y, en general, psicodinámico, será la ausencia de protocolo, es decir, de pasos prefijados.

4 – Estas singularidades hacen que el psicoanálisis haya sido casi siempre (excepto escasas excepciones) extraoficial. Esta extraterritorialidad del psicoanálisis respecto de las políticas oficiales estatales en materia de salud mental le confiere ciertas particularidades:

a – No se enseña en las universidades (con algunas excepciones en Francia, Argentina y Estados Unidos). Esto da origen a buena parte de las críticas de que es objeto por parte de otros profesionales de la salud mental: no han leído en su formación textos psicoanalíticos y sí abundantes textos críticos (como reconoce el filósofo Gabilondo, rector de la Universidad Autónoma de Madrid y simpatizante del psicoanálisis). Suele ser, por lo tanto, una crítica fundada en el desconocimiento. Esto no quiere decir que no puedan haber críticas fundadas, sino que la mayor parte de ellas son realizadas por gente que desconoce la disciplina que critica.

b – La formación psicoanalítica es extraoficial e independiente de la formación universitaria, aunque más exigente que ella, puesto que incluye
, y en lugar privilegiado, el psicoanálisis de los aspirantes a ejercer como analistas, aun cuando tengan formación y titulación universitaria (hecho que dificulta su integración en la enseñanza académica), y una formación teórica mucho más extensa que la de las psicoterapias.

Por todo esto, el psicoanálisis exige, por un lado, un mayor compromiso e implicación por parte del paciente y, por otro, algo que lo aleja de cualquier otra alternativa psicoterapéutica: el objetivo no se somete a un protocolo y su finalidad depende de lo que el analizante (paciente) quiera cambiar en sí mismo y en su vida, por lo que la duración del tratamiento depende también de su deseo.

Nota: En una próxima entrega nos referiremos a otras alternativas psicoterapéuticas.

La Ciudad Analítica (¿Una identificación al síntoma?)

octubre 27th, 2005|


“… por apego a sus opiniones, esas personas parecen comportarse como aquellos que en las discusiones defienden sus tesis contra viento y marea. Soportan sin flaquear cualquier consecuencia, convencidos de poseer principios verdaderos. ¡Cómo si algunos principios no debieran ser juzgados por las consecuencias que de ellos resultan y, sobre todo, por su fin!”
Aristóteles, “De Caelo”

“… a menudo se habla de la virulencia del narcisismo que reina en los grupos analíticos. Desde el exterior hay quienes se asombran de que algunos que han hecho un análisis no sean más sabios y sí tan ávidos, y tan vindicativos, cuando se trata de ponerse ahí”. (…) “Veo en ello una manifestación del fin (de análisis) por el “hacerse ser”, por lo que podemos llamar el narcisismo del ser, que no es el único. Y, después de todo, en efecto, un sujeto puede haberlo aprendido en un análisis”.
Colette Soler, “Qué fin para el analista”
en “Estudios sobre las psicosis”

 

¿Cómo explicar la fragmentación del movimiento psicoanalítico internacional (y local), la multiplicación de instituciones diferentes, aún entre quienes leen a Freud bajo la inspiración de un mismo autor? (Sólo la IPA conserva cierta unidad, y esto al precio de renegar las diferencias). ¿Sólo diferencias teóricas?. ¿Simples diferencias de interpretación en la lectura?. ¿Sólo movimiento pasional (que, en nuestro medio, se bautiza como transferencia)?. ¿Síntomas, entonces, de los analistas que las componen?. ¿Revelación de una crisis que afecta al movimiento psicoanalítico en su conjunto y a las instituciones que pretenden ser depositarias de su saber (casi siempre en exclusiva)? … No lo sabemos.

Pero creemos que se trata de algo que pone en juego la opción política (más que psicoanalítica) de cada uno. Entendiendo el término política en su sentido original: “orientación o directrices que dirigen la actuación de una persona con relación a la “polis” (ciudad y, por extensión, toda sociedad organizada políticamente. En nuestro caso, la ciudad analítica).

La palabra política nos hace pensar en otra palabra: polémica, y no creemos que sea mera asociación fonética. Se trata de algo que responde a otro discurso, el del amo, no al psicoanalítico, aún cuando, en este caso, ambos discursos sean emitidos por los mismos sujetos.

Esto es tanto más interesante (al menos para nosotros) en tanto la crítica de las sociedades analíticas ha podido comenzar a realizarse con cierta seriedad teórica gracias a las contribuciones de Jaques Lacan. ¿Libra esto a las asociaciones lacanianas de la contradicción entre ambos discursos? O, al contrario, la alienación que la constitución de toda sociedad parece inducir, ¿es una alienación inevitable?. ¿Es posible preservarse de esta alienación?.

Freud se percata tempranamente de estas paradojas. En 1902 comienza a reunirse, en su casa, el grupo de los miércoles, que será el germen de la IPA y, por extensión (y sucesivas escisiones), de todas las asociaciones psicoanalíticas. En principio es una fratria, una horda salvaje que ha asesinado al saber heredado (y a la creencia en la certeza positiva de ese saber), al incorporar un nuevo concepto que descentra al Yo y a todo su saber racional: el Inconsciente. Hasta 1908 toda persona que asista a las discusiones tiene la obligación de participar de ellas.

Pero la horda no tiene más remedio que fundar una sociedad (en este caso, la analítica) para no verse destruida por las luchas imaginarias. Cuando en 1908 un nuevo reglamento autoriza al silencio, da cuenta así del crecimiento del grupo, pero también de la aceptación de miembros fantasmas, receptores pasivos de un saber o meros voyers.

Con esta modificación reglamentaria el grupo de los miércoles da entrada a otro discurso, un discurso político, el de la democracia, que garantiza la libertad de palabra y, con ella, la libertad del silencio.

Pero el descubrimiento del Inconsciente demuestra que el sujeto no posee libertad de palabra. ¿Significa esto que una sociedad analítica no puede ser democrática?. Evidentemente, no. Pero esto no niega que la libertad de palabra sea una libertad democrática, es decir: política, que nada tiene que ver con la ética del psicoanálisis.

La libertad de palabra es opuesta a la asociación libre, en tanto que, paradójicamente, esta asociación libre no es libre en absoluto. Asociar libremente es someterse a la primacía del proceso primario, a un Inconsciente que es Otro. Esta es la única política psicoanalítica posible, pero ¿es una política posible?.

Se produce así una paradoja: por un lado, es inevitable que la teoría psicoanalítica se dé los medios para existir materialmente, so pena de circunscribirse a sus fundadores (y perecer con ellos). Por otro, el discurso político es discurso del Amo, es discurso que resiste al Inconsciente. O sea que se funda la comunidad analítica reprimiendo aquello que es su fundamento: el Inconsciente (¿será por eso por lo que las sociedades analíticas parecen condenadas a ser reuniones en perpetua división?).

Freud se encuentra (como más tarde Lacan) en un lugar imposible: imposibilidad de ser el maestro, imposibilidad de no serlo. ¿Se puede ser Maestro sin encarnar el discurso del Amo?. ¿Cómo ser un dominus, se pregunta Elizabeth Rudinesco, si el descubrimiento del inconsciente implica el reconocimiento de la imposibilidad de dominio?. Y otra pregunta: ¿se puede ocupar el lugar del Amo sin renegar de la herida narcisista que conlleva el descubrimiento del inconsciente?.

¿Cómo ser un maestro sin ocupar el lugar del Maestro?, parece ser la pregunta de Freud en “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”:
“Encaraba, sin valentía, la perspectiva de tener que asumir, en mi vejez, el papel de jefe y de guía y, sin embargo, me decía para mis adentros, que un jefe es necesario”.

En 1907 estas contradicciones ya deben ser manifiestas para Freud. Propone disolver el grupo de los miércoles para refundarlo inmediatamente, actos que deberían repetirse cada 3 años. Disolución y refundación que pretenden tener en cuenta al inconsciente en el propio funcionamiento de la institución. Al disolverse el grupo sus miembros quedan libres, no necesitando de ninguna palabra ni de ninguna acción para abandonarlo. Al refundarlo se los invita a una decisión política, un acto de adhesión que testimonia su libre elección más allá de las palabras (y de los silencios).

Freud intenta, con este acto político, acordar su organización a la teoría que la ha fundado. La disolución – refundación sería así un medio político para intentar poner en acto al inconsciente. La disolución es una innovación en política. Disolverse es “el rapto de una muerte que, al mismo tiempo, precipita”. Pero ¿podemos sostener su corrección más allá de sus efectos?.

Lacan comparaba a los analistas con los políticos griegos: “sacar la flota al mar en el momento oportuno”. Hacer lo correcto en el momento correcto, he ahí la función del buen político (y la del buen analista). ¿Eficacia política? ¿Eficacia analítica? ¿Punto de encuentro de los dos discursos?.

¿Cómo evaluar la correcc
ión de una decisión si no es por la praxis?. La de esta invención freudiana no fue precisamente exitosa. ¿Es posible anular con una medida legal, estatutaria, la transferencia y sus consecuencias?.

Por un lado tenemos un discurso (el analítico) que pone en juego una ley (la del Inconsciente) por la que ningún hombre es libre en lo que dice o hace. Por el otro, otro discurso (el de la democracia social) por el que todo hombre es libre en sus palabras o actos. La libre asociación nos habla de individuos que se agrupan o asocian según su libre voluntad. La asociación libre de la imposibilidad de libertad.

Sólo 4 de los 22 miembros del grupo de los miércoles no se inscriben en la nueva asociación. Ninguno de ellos está en conflicto teórico con Freud ni es participante pasivo, y Freud deberá recurrir (más adelante) a medidas más enérgicas para desprenderse de aquellos en los que la disensión se ha hecho insalvable (Adler, Jung). Como dice Octave Mannoni, la transferencia, teorizada pero no considerada en la práctica por Freud, ha actuado más allá del deseo de su fundador.

La posición de Freud es, cuanto menos, izquierdista (en el sentido que le daba Lenin a esta palabra, el de enfermedad infantil). La disolución es la conservación de una ilusión: está institución ha muerto pero renacerá purificada, más bella y más feliz. La disolución tiende así a la eternidad, es decir, a la repetición.

Freud, al intentar construir una sociedad alrededor de su causa, produce divisiones internas. En su inevitable y deseable crecimiento deja de ser una asociación entre iguales. Permitir el silencio es reconocer, en la asociación, la primacía del discurso democrático sobre el del psicoanálisis. Forzar una decisión es obligar a hablar. Aquellos que no se van, ganan en democracia lo que pierden en sumisión al inconsciente. Del inconsciente se pasa a la relación social, de la asociación libre a la libre asociación, de la casa de Freud al Colegio de Doctores.

El derecho a la libertad de palabra es un derecho político, no ético. Un derecho que implica la incuestionable libertad de teorizar para cada uno de los miembros. Pero es, también, un derecho imaginario del Yo a defender el goce de la palabra. ¿Cómo evitar que la libertad de teorizar para cada uno desemboque en la lucha imaginaria por el triunfo de las ideas verdaderas?.

La política de Freud, quien pretende ser consecuente con su descubrimiento y, dentro de esa consecuencia, difundirlo; llevará, a pesar suyo, a la construcción de un gigante burocrático que transformará al maestro en un amo sin mando, es decir, en un Tótem (recuérdese la polémica en torno al análisis silvestre y el requisito de la titulación médica, entre tantas otras en las que la opinión del maestro no fue tomada en cuenta). Es la ilusión de un movimiento que simula vivir porque se ha transformado en una institución.

La política de Lacan, permanentemente preocupado por adecuar las formas institucionales a la originalidad del descubrimiento freudiano, llevará a la atomización de su movimiento (pese a los esfuerzos en contrario de la AMP).

Lacan nos dice, en el momento de su excomunión: “Todos saben que la política consiste en negociar, y en su caso, al por mayor, por paquetes, a los mismos sujetos, llamados ciudadanos, por cientos de miles”.

¿Es posible expulsar la dimensión política de las instituciones psicoanalíticas (aunque en su caso los paquetes no lleguen a cientos de miles y deban conformarse con cantidades más modestas)?. ¿Es posible preservar a los sujetos analistas en su singularidad de esta dimensión de ciudadanos que el discurso político genera?.

Continúa Lacan, refiriéndose a su expulsión de la IPA: “Algunos, desde fuera, pueden asombrarse de que en esta negociación hayan participado, de manera muy insistente, algunos de mis analizados, y hasta analizados que aún estaban en análisis”. Esto hace surgir una pregunta: “¿Cómo es posible una cosa semejante, a no ser que exista, en las relaciones con sus analizados, alguna discordia que pone en tela de juicio el valor del análisis?”. Pregunta que resuena cuando recordamos que el propio Lacan reconoció que llegó un momento en el que en su análisis con Lowenstein sólo le interesaba que éste lo promocionara a analista didacta. O que Miller ocultaría en su análisis con Mellman, los actos políticos que preparaba con el fin de excluir de la institución a algunos analistas, entre los que se contaba el suyo.

Podemos rastrear una respuesta en lo que escribiera Colette Soler, mucho antes de su propia separación de la AMP:
“… a menudo se habla de la virulencia del narcisismo que reina en los grupos analíticos. Desde el exterior hay quienes se asombran de que algunos que han hecho un análisis no sean más sabios y sí tan ávido, y tan vindicativos, cuando se trata de ponerse ahí”. (…) “Veo en ello una manifestación del fin (de análisis) por el “hacerse ser”, por lo que podemos llamar el narcisismo del ser, que no es el único. Y, después de todo, en efecto, un sujeto puede haberlo aprendido en un análisis”.

Si el análisis no suprime la estructura neurótica, ni los síntomas a que ésta da lugar, ni el inconsciente, ni la transferencia, habrá que aprender a convivir con ellos también entre analistas. O sustraerse a toda institución o grupo. Pero las instituciones analíticas son necesarias si se pretende, no ya seducir al Amo, que no es seducible, sino a algunos de sus esclavos.

¿Se trata entonces de que el discurso analítico no nos sirve de nada en nuestra praxis institucional?. Se trata de hacer consciente, no lo inconsciente, sino el inconsciente, el hecho de que tenemos uno, y desarrollar nuestra praxis, también la institucional, contando con el inconsciente y sabiéndola sometida a sus efectos.

Luis Teszkiewicz y Marina Averbach.

¿QUIÉN DIRIGE LA CURA EN LAS PSICOSIS?

octubre 17th, 2004|

«Los intolerantes empiezan por aniquilar el pensamiento; después enlodan los adjetivos, secuestran el verbo, y, al final, van a por el sujeto»

BERTOLT BRECHT

La crisis ideológica (fin de la ilusión de que hay que hacer algo por los otros); la crisis económica (enorme costo del tratamiento ambulatorio); la crisis de representatividad de los analistas en la sociedad; ponen en peligro a la Reforma Psiquiátrica en su conjunto y empujan, no sólo a la respuesta biologicista, sino hacia la solución manicomial.

Ahora bien, ¿tenemos los analistas una respuesta alternativa a las psicosis?.

Estamos acostumbrados a una serie de fórmulas: No hay Inconsciente, No hay objeto, No hay elección de objeto, No hay Nombre-del-Padre, No hay simbolización. Todas frases negativas.

Freud ha aportado una comprensión de las psicosis, una serie de hipótesis causales, pero, con una honestidad que lo honra, concluyó: «No es posible el Psicoanálisis con pacientes psicóticos». (Otra fórmula negativa).

¿Qué hacer entonces cuando aceptamos en nuestra consulta, pública o privada, a un paciente al que hemos vedado de entrada el acceso a los frutos del análisis?

Lo cierto es que cada vez que me encuentro con un psicótico, animada con “mi deseo de analista”, deseo de apertura del Inconsciente, allí donde el Inconsciente ha sido rechazado; con una técnica y un encuadre que serán de continuo violentados; cada vez que se establece un encuentro (lo que no ocurre siempre) sucede algo allí que interroga a la teoría.

La psicosis plantea muchos interrogantes. Escogí uno de ellos para titular esta presentación: «¿Quién dirige la cura en las psicosis?».

Es una pregunta con trampa, ya que quien dirige la cura es siempre el mismo: el deseo del analista. No el analista, sino su deseo.

La pregunta que me formulo es: ¿qué deseo pone en juego la psicosis en el lugar del analista?, allí donde ya no nos vale la feliz fórmula: el deseo de apertura del inconsciente.

Cuando nos encontramos con un psicótico nos enfrentamos a la ausencia de unos presupuestos compartidos, ausencia que hace que para él nuestro discurso sea tan discutible y carente de todo poder de certeza como el suyo para nuestra escucha.

Dos discursos se encuentran, y cada uno se revela ante el otro como lugar en que todo enunciado puede ser replanteado radicalmente, en el que ninguna evidencia tiene certeza de ser evidente para el otro. La psicosis cuestiona el patrimonio común de certeza y la lógica causal en que se funda nuestra cultura.

El psicoanálisis es una praxis. Esto quiere decir que en el campo de la experiencia freudiana no hay lugar para un conocimiento teórico de un fenómeno psíquico, sin que este conocimiento posibilite (no digo que asegure) una acción sobre el fenómeno.

La paradoja reside en que, por un lado, contamos con un modelo teórico que nos permite “comprender” el discurso psicótico y, por otro, esa comprensión resulta en general (o en buena parte de los casos) ineficaz.

Las psicosis cuestionan lo que entendemos por psicoanálisis, por dispositivo analítico y por lugar del analista.

Voy a enunciar entonces la hipótesis que pretendo sostener en este trabajo: “no hay psicoanalisis del psicótico” pero el psicótico puede beneficiarse del psicoánalisis, usar a su analista para obtener algo que ( en determinadas circunstancias ) él ,y sólo él entre todos los especialistas en salud mental, está en condiciones de ofrecerle, precisamente por ser psicoanalista.

¿Que nos autoriza a hablar de una aventura (la del psicótico) que, a diferencia de la neurosis, no hemos vivido subjetivamente?. Esto hace obstáculo en la cura.

No podemos entender nada de la psicosis, porque nuestro esquema mental de neuróticos está organizado de acuerdo a nuestro fantasma neurótico, fantasma que se funda en la castración, que es lo que en el psicótico no hay.

Podemos vivir con nuestras “paranoias”, nuestra “esquizia”, aquello que llamamos nuestra “melancolía”, con todos esos horrores que nos apasionan y enferman, con nuestra “locura” en suma; sin la cual no seríamos quienes somos.

Dice Lacán: «Y al ser del hombre no sólo no se lo puede comprender sin la locura, sino que ni siquiera sería el ser del hombre, sino llevara en sí la locura cómo límite de su libertad” (”Acerca de la causalidad psiquica”)

Todos deliramos. Pero el delirio psicótico, lo sabemos, es otra cosa. El saber que despliega el psicótico es un saber que no está reprimido, que está ahí.

Sólo, quizás, el haber hecho la experiencia de su propio inconsciente, permita a un analista consentir a abandonar la seguridad de un dispositivo, de un lugar y un deseo de analistas; consentir a que ese dispositivo, ese lugar y ese deseo, sean orientados por la llamada misma del psicótico.

¿En qué consiste esta llamada?.

Una de las respuestas que se ha dado a porqué el psicoanálisis no es posible con sujetos psicóticos, es porque no hay transferencia en las psicosis.

No es una explicación baladí, ya que es la que da el mismo Freud en Introducción al Narcisismo (1914).

La transferencia es amor, y el amor es el signo de máximo desarrollo de la libido objetal, la libido del sujeto está fuera de él, está puesta en otro.

Freud hace una cita: «Allí donde el amor despierta, muere el yo déspota, sombrío» y la invierte: «Allí donde el amor muere (en la esuizofrenia) se afirma el yo déspota, sombrío».

No hay relación de objeto, dice Freud. Y no hay relación de objeto porque él, el psicótico, está en el lugar del objeto.

Hace unos pocos días, un paciente psicótico, al que llamaré Nicolás, me dio un ejemplo sencillo y acabado de esta muerte del objeto.

Se trata de un esquizofrénico que, desde hace un tiempo excesivamente largo, se ve arrastrado por una hiperactividad física que ningún medicamento ha podido refrenar, y una hiperactividad imaginaria, metonímica, que lo lleva de un significante a otro, de un objeto a otro, sin poder anudar su libido a ninguno.

De pronto emerge un objeto privilegiado: una mujer a la que ha conocido hace tiempo. Proyecta casarse con ella y hace planes para eso. Después de tanto tiempo a la deriva, que canalice su libido en un objeto resulta, cuanto menos, tranquilizador.

Pero me inquieta que haga planes irrealizables que puedan llevarlo a un nuevo fracaso, a un nuevo brote y a un nuevo ingreso. Le aporto entonces aquella significación que está eliminada en su discurso: la posibilidad de que esta mujer no comparta sus proyectos. ¡Ingenua de mí!… Me responde: “¿Y eso qué importa? ¡Hay tantas mujeres!”. Ése es el lugar del objeto para él: “¿qué importa? ¡hay tantos!”, y prosigue su loca carrera a ninguna parte.

No hay deseo, no hay objeto de deseo, porque no está la libido puesta en el campo del Otro. Esto trastoca toda
la relación con el Otro: en el campo del amor, en el campo del deseo, en el campo del análisis.

Entonces, ¿no hay transferencia en la psicosis?. Evidentemente la transferencia imaginaria, la catexis libidinal de una imagen proyectada sobre el analista, se da en las psicosis, lo que resiste el análisis es su exceso, no su ausencia.

El psicótico transfiere a la situación analítica lo que continúa repitiendo de su relación con el discurso del Otro: su relación delirante con el Otro .

José fue un niño inteligente, “normal”, lo único que llamaba la atención en el pequeño José, era un temor obsesivo a que otros utilizaran sus pertenencias: ropa, utensilios, etc.

Luego de la muerte del padre, José ingresa a una secta religiosa. La Secta lo absorbe por completo. Le encarga incluso el que sería su mayor trabajo profesional: la construcción de un templo.

Todo parece marchar sobre ruedas, al menos para José, y entonces, la ruptura.

José rompe con su novia. Antes o después rompe con la secta.

Regresa entonces al hogar materno, para ofrecerse como objeto del Otro.

El primer síntoma registrado por la familia es un intento incestuoso de besar en la boca a su madre.

Poco después no puede localizar unos calzoncillos. Este extravío lo desmorona . Permanece 18 horas de pie, inmóvil y en silencio.

?

Cuando vuelve a hablar (esto se dice rápido: fueron necesarios meses de paciencia para que hablara, primero, y para que dijera algo, después). Cuando vuelve a decir “algo”, nos dice su delirio:

Hay un Consejo que todo lo sabe, es EL que toma las decisiones. José no sabe porqué hace las cosas que hace, son designios del Consejo.

Ya está: ahora delira. Y ahora, ¿qué hacemos?

Lo que recibe José de Consejo no son imágenes, son ideas, que él ni siquiera vehiculiza por medio de imágenes acústicas: no oye voces, sólo recibe sentidos, sentidos plenos, acabados, que no hacen cadena..

Eso no requiere ninguna explicación, es así y él lo sabe. Y si me lo dice a mí es para transmitirme un saber que para él es evidencia.

Por eso no parece posible el análisis, no hay ningún saber analítico (ni médico) posible. Él es quien sabe, y lo que sabe lo aplasta, lo borra como sujeto, sólo resta de él eso que sabe y que le viene del Otro.

José va a dar de baja a su coche. En Tráfico ponen un sello a los documentos que él ha llevado. El sello dice: “FUERA DE CIRCULACIÓN”, y ese significante viene al lugar de una respuesta respecto de su identidad. Es él quien está “fuera de circulación” y José se dirige al Hospital a solicitar su ingreso.

¿Qué hacer entonces? ¿Estimular lo imaginario? ¿Ayudarlo a encontrar un objeto imaginario de su elección al que anudar su libido?. Puede ser, pero no es siempre posible. Puede ocurrir como con Nicolás, que capte aquello que el neurótico no “ve”: que no vale la pena anudarse a un objeto, siempre “hay otros”.

Otras elaboraciones han apuntado en sentido contrario. Puesto que en las psicosis hay un déficit simbólico, habría que apuntalar lo simbólico, hacer del análisis o de la Institución una prótesis simbólica.

Él ya ha buscado (luego de la muerte de su padre, no lo olvidemos) una prótesis simbólica en la Secta. La Secta se ha presentado así en el lugar del padre, en un lugar no inscripto, y lo ha convocado a él a ese lugar al encargarle la construcción de un templo, contribuyendo aldesencadenamiento de la psicosis.

¿No nos ocurriría lo mismo si nos ofreciéramos como prótesis simbólica?.

Y, sin embargo, muchas veces la Institución funciona como prótesis que calma los trastornos imaginarios. Aplacamiento que puede durar toda la vida. Una vida muy pobre subjetivamente, pero muchos psicóticos se acomodan muy bien a la condición de objetos: objetos de la madre, objetos de la psiquiatría, objetos de la Institución, objetos, ¿por qué no?, del psicoanálisis .

A condición, claro, de que permanezca la prótesis institucional: Muchas veces, al abandonar, por cualquier razón, la Institución, se produce un nuevo desencadenamiento.

Recuerdo en particular un caso, de hace ya bastantes años. Se trata de una paciente, que atendía en consultas externas. Al anunciarle que yo iba a dejar mi trabajo en el Hospital (esto fue en la Argentina) la paciente me pide continuar su terapia en mi consulta, a lo que accedo.

En la entrevista siguiente, aún en el Hospital, comienza a interrogarme por cómo es mi consulta. En una serie de preguntas, hay una que destaca:

“¿Hay otra gente en su consulta? ¿Hay sala de espera?”.

Cometí el error de interpretarlo en relación a su temor a quedar encerrada en una relación dual conmigo.

Al otro día, la paciente me llama y me dice muy angustiada:

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-”Dra., quiero acostarme con usted”.

Ésa es su respuesta a mi interpretación. Una precipitación, una confusión entre Sujeto y otro (con minúsculas) por eliminación del Otro (con mayúsculas). Una colisión imaginaria, por falta de mediación simbólica.

Lo que falla allí no es la transferencia, es el Inconsciente.

Creo que a este error me llevó mi deseo, que es, paradójicamente, el mismo deseo que me llevó a ser analista: deseo de saber sobre el deseo, deseo de apertura del Inconsciente

La pregunta esencial para todo sujeto es: ¿Quién soy yo?. Mi palabra no interrogó el Inconsciente de esta paciente, sino que fue respuesta que se articuló en el lugar de una pregunta imposible de formular.

Nuestro saber de analistas puede ser escuchado por el psicótico como certeza que se hace respuesta, con el riesgo de que el análisis mismo se vuelva lugar de repetición de su relación delirante con el Otro.

Piera Aulagnier cita un caso muy interesante de un sujeto psicótico. El núcleo del delirio es muy similar al de Schreber: Dios quiere femineizarlo.

A poco de comenzar su análisis, rechaza su delirio. El discurso analítico le ha enseñado que no era Dios quien quería hacerlo mujer. Eso ha sido un error. Ahora sabe que no es Dios sino su madre quien sostiene ese deseo.

El delirio cambia de lenguaje, pero se mantiene igual a sí mismo.

Nicolás me hace regalos, me trae objetos, significativos para él, y roba objetos, indiferentes para mí, de mi consulta. Busca en los objetos una concreción del amor, articula el amor con el goce del Otro, representado por su analista. Busco una instancia tercera, que se interponga en la colisión imaginaria. Lo derivo a otro psiquiatra para que lo medique.

Hacerse objeto de la transferencia psicótica tiene sus riesgos, no podemos recurrir a la interpretacíon para cortar la transferencia, lo único que podemos hacer es soportarla… Pero esto nos puede
conducir a un impasse

Nicolás saldrá del impasse, interponiendo allí, entre él y su analista, una mediación imaginaria: una mujer que lleva mi nombre.

Él mismo se construye un camino que conduce (son sus palabras):

“De la madre a la mujer, de la mujer a las mujeres”.

Ahora el “hay tantas mujeres en el mundo” puede adquirir un nuevo sentido: no el de la caída, el de la desvalorización del objeto; sino “hay otras mujeres” que no son ni mi madre, ni mi analista, construyendo así un esbozo de objeto o, al menos, un lugar para albergarlo.

Otro riesgo en el trabajo con psicóticos, es la erotomanía, sólo aparentemente opuesta al “delirio de amor”. Ambos responden a la pregunta por el goce del Otro. Uno no puede preguntarse: “¿Quién soy yo?” sin preguntarse “¿Qué es el Otro para mí?” (pregunta a la que responde el amor delirante) y “¿Quién soy yo para el otro?” (pregunta a la que responde la erotomanía). Expondré un momento erotómano en un análisis:

José construye un delirio en el que estoy celosa de la enfermera, celos de los que él es el motivo. Me acusa de “celotípica” (acusación que la madre ya le había formulado al padre). Se pregunta qué quiero yo de él, de quien nadie parece esperar nada, acomodado como está en su lugar de “loco simpático”. La única respuesta que encuentra es el amor.

Pero no respondo a su llamada de amor, ni la rechazo; no acudo al encuentro que su acusación de “celosa” me propone. Le pido que dé cuenta de ello, que añada significaciones. Se hace cargo entonces del lugar del que proviene esta llamada, de que es él quien espera algo de mí. La placa gira de “me ama” a “la amo”. Entonces me pide un beso. Demanda de amor a la que respondo señalándole que éste es mi trabajo.

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La ecuación es sencilla: si es mi trabajo, lo que quiero es dinero. En la próxima sesión reitera su pedido al mismo tiempo que extiende un billete sobre la mesa. Le señalo que es la Comunidad de Madrid la que paga por mi trabajo.

José se ofrece al Otro como objeto, en un lugar que espera sea más tolerable para sí mismo, en la medida en que un analista suele ser una encarnación más benigna del Otro que una madre cocodrilo que todo lo devora.

Es sólo al no poder localizar en su analista un deseo que lo aloje como objeto, que un trabajo se hace posible.

El deseo del analista indica un lugar en el que espera que emerja un sujeto, lugar que el sujeto psicótico nunca encontró en el campo del Otro.

Si no podemos esperar que se abra una puerta de una casa que no existe, quizás podamos dejarnos usar, soportar la transferencia, dejarnos trabajar por ella, estar ahí, para que ahí el psicótico encuentre un lugar desde el cual reconstruirse. No huir de la transferencia imaginaria con que el psicótico nos invade, no huir ni dejarnos fijar en ella.

Esos movimientos transferenciales del psicótico en relación a su analista, que lo inclinan ora del lado de la erotomanía, ora del lado del delirio de amor, no son más que intentos de ser objetos de amor del Otro (lo que debe ser bastante mejor que ser objetos de la voluntad destructora, “insensata” del Otro).

Pero esta misma voluntad de ser objeto de nuestro amor, objeto de nuestro deseo, nos señala que esta allí la transferencia. Transferencia que, si somos capaces de soportar, quizás permita anudar algo de su “extravío”, de aquello que no tiene palabras para decirse porque no tiene inscripción en el Inconsciente.

Lo que vale para el amor, vale para el odio. A veces el sólo soportar la transferencia homicida de un paciente paranoico le permite detener ahí algo de su locura (eso sí, es preferible que sea con un guardia forzudo en la puerta. Otra ventaja del CSM respecto al consultorio).

Como el psicótico no puede demandarnos un saber sobre un objeto que no ha constituido en cuanto objeto de deseo, en su llamada se nos ofrece como el objeto que nos falta a nosotros, a quienes, en tanto neuróticos, sí nos falta el objeto.

Entonces, ¿cómo responder?.

En principio sabemos que, en cuanto analistas, nunca debemos responder desde el lugar en el que somos interpelados.

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José ha subdividido los seres humanos en cuatro clases que no debemos confundir con clases económico-sociales:

1) LOS PIJOS: Personajes que José no cualifica, pero por los que no parece sentir ninguna simpatía.

2) LOS YUPPIES: Adictos al trabajo, que se han dejado seducir por la “engañifa” del prestigio social.

3) LOS PARIAS: Seres despreciados por los otros (pijos y yuppies), desechos de los otros.

4) LOS MACARRAS: (Grupo en que se inscribe el propio José) . Son aquellos que hacen circular la energía que en los otros está estancada, ayudando de esta manera a todos, en particular a los PARIAS.

Él se inscribe como macarra, para no ser paria, objeto de desecho del Otro. A mí, en principio, me ubica como Yuppie. Poco después, ya no soy yuppie, sino una paria, luego seré una macarra, como él: “Los dos somos iguales”. Pero no, parece que no siempre respondo como macarra.

“Tía, tú sí que eres extraña. A veces eres Yuppie, otras macarra. NO TE PUEDO UBICAR. USAS MUCHOS VELOS”.

Y va a intentar ubicarme en otro eje, no sincrónico sino diacrónico: el eje de las reencarnaciones.

Intento no confirmar ni desconfirmar el delirio, no adherirme a las significaciones que me ofrece, ni oponerme a ellas. Ofrecer mi lugar como un espacio vacío: vacío de saber, vacío de poder, vacío de cualquier deseo en relación a él.

Intento empujarlo a decirse como sujeto, a dar explicaciones de lo que le pasa. Lo invito a que me diga algo de un saber que él tiene. Y, si no lo tiene, que se lo invente.

Esto no me excluye de ciertas responsabilidades. No puedo evitar tomar decisiones en ciertos momentos. Actuar como psiquiatra a veces es la responsabilidad que he aceptado, al aceptar en análisis a un psicótico. Si un sujeto no tiene recursos para protegerse de los fenómenos que lo invaden, me siento en la obligación de proveerlo de otros recursos, otras mediaciones: la de la medicación, la del ingreso, la de la intervención con la familia o el entorno.

No siempre es posible conjugar ambos discursos. A veces, el indicar un ingreso o una medicación, nos ubica en el lugar del Amo. En esos casos creo que se necesitan dos, uno que haga las veces de psiquiatra, otro de analista que conserve su lugar vacío de deseo.

Deseo del analista que habita un lugar vacío. Eso lo sabemos… Pero, ¿qué deseo? ¿Qué deseo nos lleva a hacer de “secretarios”, de “testigos”, de “semejantes” o, por qué no, de “basureros”?.

Deseo de que el psicótico, por medio de su trabajo, se invente un lugar, se invente un saber, que le permitan hacer lazo social. Que con su delirio haga algo, que invente algo. Que viva
con
su delirio, como nosotros intentamos vivir con nuestro Inconsciente, y no para su delirio, como el neurótico vive para su Inconsciente. Que no sea un autómata del Significante, que viva dentro de un lazo social que no agota la vida, pero que es imprescindible para que ésta sea posible.

Para esto es necesario que el psicótico consienta a la experiencia que le proponemos.

Para concluir quería referirme a ciertos términos que he utilizado un poco “alegremente” en esta exposición:

Si el psicótico no es Sujeto, ni puede serlo, porque no es sujeto de deseo, no está barrado; deberemos inventar otra escritura para designar su subjetividad y no reducirlo al lugar de objeto. Como dice Lacán en el Sem. III “en tanto habla al otro… existe como sujeto”. (¡Y cómo hablan al otro! ¡Con qué ironía!).

Si no hay Inconsciente en la psicosis, al menos si lo pensamos como el Inconsciente neurótico; sí algo hay ahí, algo que Freud llamó “Inconsciente a cielo abierto”, algo que permite al psicótico soñar. Si a eso, según nuestro modelo, no podemos llamarlo Inconsciente, tendremos que inventarle un Significante a ese “Inconsciente”.

Si no hay Fantasma en la psicosis, (al menos si aceptamos que el fantasma es respuesta subjetiva al deseo del Otro), sí hay algo allí que se parece a un fantasma: una serie de fantasías con las que el psicótico intenta arreglárselas con “lo que hay”. Y , en algunos casos, podremos ayudarlo, como agentes simbólicos, a que realice una construcción fantasmática que le permita cierto lazo social.

Si no hay transferencia simbólica en la psicosis, hay algo que permite nuestro trabajo y a lo que, de algún modo, tendremos que nombrar.

Respecto de los pacientes que han contribuido a esta presentación, no diré que están estabilizados, pero sí que José ha abandonado su rigidez corporal, estudia inglés y va retomando poco a poco cierto lazo social.

Mientras me cuenta su delirio, se lo inventa para contármelo:

“Tía” -me dice- “¿Tengo que explicártelo todo?”.

Sí, y mientras me lo explica, sistematiza un delirio y, en él, se inventa un mundo que él pueda habitar. Se construye así una historia de re-encarnaciones y, a la vez, re-crea una historia infantil.

Es mi ignorancia, porque yo sí estoy tachada, barrada, lo que me permite ubicar, en el lugar del analista, una demanda de trabajo que incita a ese psicótico a la producción.

En cuanto a Nicolás, continúa intentando construirse un objeto mujer para su uso.

Por mi parte, lo único que he hecho ha sido incitarlos a trabajar. Suyos serán los frutos de ese trabajo. ¿Qué pasará más adelante?. No lo sé.

Marina Averbach y Luis Teszkiewicz

PRESENTADO EN LES ÉTATS GENERAUX DE LA PSICANALYS? – UNIVERSIDAD DE LA SORBONA – PARÍS – 2.000

PULICADO EN “ACHERONTA Nº 8?, REVISTA DE PSICOANÁLISIS. http://www.acheronta.org/

PSICOANALISTAS ARGENTINOS EN LA SALUD MENTAL ESPAÑOLA

octubre 6th, 2004|