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12 – Psiquiatría y Sociedad

/12 - Psiquiatría y Sociedad

¿EXISTEN LAS PERSONAS TÓXICAS?

noviembre 9th, 2015|

No constituyen una categoría diagnóstica, no están en los manuales de psiquiatría y psicología, no sólo carecen de diagnóstico de pretensiones científicas, sino también de tratamiento, excepto marginarlos.
Cada vez más en los medios de difusión, en las revistas y webs de psicología, en las redes sociales, se habla de “personas tóxicas”, y se aconseja huir de ellas como de la peste.
Las cosas que se dicen de ellas en revistas y en internet son realmente impresionantes: “son como vampiros emocionales que roban la energía de los demás”
En una sociedad que empuja al “éxito”, aunque éste sea difícilmente alcanzable, son muchas las personas que no lo alcanzan y se sienten desgraciadas por ello. Pero en esta sociedad de “ganadores” no hay más lugar para los supuestos perdedores que el de la exclusión social. Parece que no se trata de apoyarlos y ayudarlos, de orientarlos hacia una ayuda personal o profesional, sino de culpabilizarlos. No basta con el hecho de que se sienten mal, además deben sentirse culpables por sentirse mal, es decir, sentirse peor por sentirse mal.
Se puede leer en una web: “Todos somos responsables de cómo queremos y deseamos vivir, y en consecuencia disponemos por naturaleza de los recursos necesarios para modificar ciertas actitudes y gozar de más felicidad en nuestras vidas.” Sí, pero no todos tenemos los mismos recursos, ni es fácil descubrirlos ni desarrollarlos. Para ello se puede necesitar ayuda. Pero lo que se propaga es que no hay que ayudar sino aislar, excluir a las personas que sufren. Es un auténtico elogio de la discriminación.
No es de extrañar, por lo tanto, que todos estos textos incluyan en las personas supuestamente “tóxicas” a los neuróticos, es decir, a las personas que padecen una neurosis. Pero ¿qué es una neurosis? Según el diccionario un “Trastorno parcial de los aspectos funcionales de la individualidad que afecta sobre todo a las emociones y deja intacta la capacidad de razonamiento”. Esto incluye a todas las personas que padecen por razones emocionales, lo que incluye a una enorme proporción de la población.
Aunque no se las mencione, queda claro que, por las descripciones que se hacen, que una persona que padece una depresión, por ejemplo, es una “persona tóxica”, y que debe ser marginada y segregada. Decimos una persona que se encuentra deprimida como podríamos decir cualquier persona que tenga un padecimiento psicológico y/o emocional. Y, por supuesto, todas aquellas que padezcan un trastorno de personalidad.
Este “boom” del concepto de personas tóxicas, producto de una sociedad que empuja a la manía y a la negación del propio sufrimiento, nos empuja a aislar a las personas que más necesitan nuestra ayuda. Y a aislarnos a nuestra vez cuando necesitamos la ayuda de otros.
Produce un simulacro de “felicidad” por el que las personas deben decir que se sienten bien aun cuando les ocurra todo lo contrario, ocultar su padecimiento emocional, privarse de la compañía y la solidaridad que tanto necesitan.
Marginación y segregación donde debería haber comprensión y apoyo. Y una pastilla tomada a escondidas. Y no lo decimos porque no creamos que una medicación antidepresiva o ansiolítica pueda ser temporalmente necesaria en determinadas circunstancias, sino por el estigma que parece acompañarlas. Son las medicaciones que más se consumen en España actualmente, pero de eso no se habla.
Al contrario, cuando padecemos un sufrimiento subjetivo, no debemos creernos “tóxicos”, sino sabernos vulnerables. Y recurrir a familiares o amigos y a profesionales para superar esa situación en vez de avergonzarnos.

TALLER: FREUD en la ACTUALIDAD

marzo 7th, 2008|

Parece que hoy Freud es una antigualla, que su obra carece de valor frente a la última novedad. ¿Es cualquier best-seller superior a la obra de Shakespeare o Cervantes? ¿Son las teorías de  Einstein o Plank demodées porque las hicieron hace mucho?
Es obvio que no podemos leer a Feud del mismo modo, pero ¿por eso no habría que leerlo?

El psicoanálisis no es sólo un modo de tratamiento del padecimiento psíquico, es también un modo de conocimiento y una teoría de la subjetividad. Si parece desterrado de muchos espacios de conocimiento no es porque sea antiguo, sino porque vivimos en una sociedad que se dice individualista pero trata a los individuos como números: un divisor en el PBI per cápita, un consumidor, un dato estadístico en un diagnóstico psiquiátrico. En ese mundo Freud no parece fuera de lugar, Y sin embargo…

El taller se realizará en Majadahonda, con grupos reducidos, y se propone una lectura contemporánea de textos de Sigmund Freud, a la luz de aportes posteriores, sobre todo de Lacan.

Su metodología será la lectura reflexiva y contemporánea de los textos fundadores del psicoanálisis y su discusión, y el estudio de casos clínicos actuales.

Está dirigido a:

         Psicólogos, Psiquiatras y otros trabajadores de Salud Mental.

         Estudiantes

         Personas interesadas en el conocimiento de una de las obras de mayor influencia en los siglos XX y XXI

13 clases en 3 meses – Vacantes limitadas

Programa:

El descubrimiento del psicoanálisis: Estudios sobre la Histeria.
  Historiales clínicos: Katarina e Isabel de R.

 Las formas de enfermar: Las neuropsicosis de defensa.
   Nuevas puntualizaciones sobre neuropsicosis de defensa.   

 La interpretación de los sueños:
   El método de la interpretación de los sueños.
   Análisis de un sueño paradigmático.
   Sobre la psicología de los procesos oníricos.

   Tres ensayos de teoría sexual:
    La sexualidad infantil
    Sobre las teorías sexuales infantiles.

  El caso Juanito: Análisis de la fobia de un niño de 5 años.

  El hombre de las ratas: A propósito de un caso de neurosis obsesiva.

  Homosexualidad: Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci 

Homosexualidad:  

  Contribuciones a la psicología del amor:
  I – Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre.
 II – Sobre la más generalizada degradación de la vida sexual.
III – El tabú de la virginidad.

      Nuevos conejos sobre la técnica del psicoanálisis:
  I – Sobre la iniciación del tratamiento
 II – Recordar, repetir y reelaborar
III – Puntualizaciones sobre el amor de transferencia

Docente coordinador:              Luis Teszkiewicz – Psicoanalista y Psicoterapeuta
                                            Socio de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

Con la colaboración de:           Dra. Marina Averbach – Psiquiatra y Psicoanalista  
                                           
Ex docente de la Escuela Argentina de Psicoterapias para Graduados
                                           
y de la Facultad de Psicología de la UBA (Buenos Aires – Argentina).
                                           Docente colaborador
 en el Master de Psicoterapias de la Universidad Complutense de Madrid.
                                           Ex Investigador colaborador de la OMS Control de Calidad en Servicios de Salud Mental.

 

   Más información: 
    Llamar al 607 99 67 02 
   
info@persona-psi.com

No se puede utilizar el término enfermedad para referirse a los trastornos psicológicos.

noviembre 23rd, 2007|

Durante las últimas décadas ha aumentado tanto el número de personas aquejadas de trastornos mentales como el número de terapias farmacológicas, psicológicas y de otra índole para su tratamiento. ¿Nos encontramos ante una nueva epidemia debida al estilo de vida actual o existen otras razones que explican el aparente deterioro de la salud mental?
Victoria Quesada Sacristán 21/11/2007

Ésta es la principal cuestión que Marino Pérez Álvarez, psicólogo y catedrático de la Universidad de Oviedo, ha puesto de manifiesto en la VI Jornada Anual La prevención de los trastornos mentales: el camino más corto, que la Fundación Manantial ha presentado en el Hospital Gregorio Marañón, en Madrid.

«Muchos de los problemas de la vida cotidiana se magnifican y llegan a convertir en trastornos mentales». Éste es el caso de la timidez tradicional, que hoy llega a diagnosticarse como ansiedad y fobia social. «También sucede con las personas que acuden a las consultas refiriendo cambios de humor y que son diagnosticados de trastorno bipolar». En este sentido ha afirmado que «considerar los trastornos mentales como enfermedades es sencillamente una falacia». Según estima Pérez Álvarez, no se puede utilizar el término enfermedad para referirse a los trastornos psicológicos.

«Se cree que denominarlo así puede reducir el estigma que sufren los pacientes con problemas de salud mental; sin embargo, precisamente se consigue el efecto contrario». Así, considera prioritario «llamar a las cosas por su nombre» como primer paso para prevenir los trastornos mentales. «De esta forma evitaremos introducir innecesariamente al supuesto paciente en el circuito del diagnóstico y la medicalización».

http://www.diariomedico.com/edicion/diario_medico/entorno/es/desarrollo/1059817.html

EL ESTIGMA DE LA LOCURA

junio 27th, 2007|

Tenemos la fortuna de vivir en una sociedad democrática. Hace ya tiempo que el concepto de democracia no se reduce a la elección de las autoridades por el voto de los ciudadanos. ¿Cómo medir entonces el grado de democracia de una sociedad

Quizás uno de los mejores indicadores del humanismo y democracia de una sociedad sea el modo en que trata a los más desfavorecidos y su capacidad para integrarlos. Cuando pensamos en minorías solemos pensar en minorías económicas, étnicas, de género…, difícilmente pensemos en que quienes padecen una enfermedad que limita sus posibilidades de integración constituyen una minoría, y sin embargo es así, singularmente en el caso de quienes padecen de una enfermedad mental.

Sería un error creer que el psicótico está condenado por naturaleza a la marginación y segregación social. Podemos recordar la presencia de muchos psicóticos en la sociedad antigua, de predominancia rural y localista, en un lugar marginal, sí, pero no por ello un no lugar de total segregación. ¿Quién que tenga cierta edad no recuerda al “loco del pueblo”, del barrio o al “loco de la guerra”?

La sociedad occidental moderna ha progresado mucho en la comprensión y tratamiento de las enfermedades mentales, incluso aquellas consideradas más graves y difíciles de tratar. Pero pese a los avances de la psiquiatría en el conocimiento de las psicosis a lo largo del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, el destino de la mayoría de los psicóticos (siempre han habido excepciones) era el encierro en los manicomios o la más absoluta marginación y segregación social.

Las cosas empezaron a cambiar a partir de la posguerra europea. Por un lado, en los años 50 Laborit descubre el primer neuroléptico, es decir: el primer medicamento eficaz en las psicosis, con lo que la psiquiatría empieza a contar con una herramienta para tratarlas. Desde entonces no dejan de crearse nuevos antipsicóticos, cada vez de mayor eficacia no sólo en cuanto a los síntomas más llamativos sino respecto a la potenciación de habilidades y capacidades sociales.

Por otro lado, la extrema crueldad hacia los enfermos mentales manifestada por el nazismo (que exterminó a 300.000 psicóticos y disminuidos psíquicos) hizo tomar conciencia a Occidente del trato inhumano que les venía dispensando. En los años de post – guerra en Europa y Estados Unidos se produjeron diversos movimientos encabezados por psiquiatras y personal de salud mental con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de los enfermos mentales, primero, y liberarlos de sus tan prolongados como injustificados encierros, luego.

Pero estas reformas, que lograron liberar a centenas de miles de personas de sus encierros[i], no fueron acompañadas por los recursos necesarios para su implementación y desarrollo, descargando sobre las familias un peso que debía ser compartido por el conjunto de la sociedad.  

Otro de los inconvenientes de que la reforma se cerrara en falso, cuando aún estaba lejos de concluir su tarea, es el progresivo aislamiento de psiquiatría y sociedad. Mientras por un lado psiquiatras y tratamientos prosiguen su evolución, la sociedad, que ha depositado en sus manos el tratamiento de los enfermos mentales, no recibe información suficiente sobre la realidad de las enfermedades mentales y quienes las padecen.

Ese no saber es ocupado por prejuicios e ideas distorsionadas. Ésta es una sociedad narcisista que se regodea en la admiración de su propia tolerancia, pero cuando se siente amenazada por lo que no comprende suele volcar esa amenaza en los “otros”, chivos expiatorios de sus temores.

Por esa razón se realizan constantes campañas por la tolerancia e integración y contra la discriminación por causa de nacionalidad, grupo étnico o religioso, opción sexual o de género… pero no en defensa de aquellos que son discriminados por su trastorno mental. En este terreno la sociedad queda librada a sus fantasmas.           
 

Locura y Cultura

Leemos en una crítica cinematográfica sobre “El dragón rojo” (un nuevo film, uno más, que narra las hazañas del célebre Hannibal Lecter) y otras películas recxientes de terror que: “Pese a sus perspectivas artísticas diferentes (…) novelas y versiones cinematográficas tratan de un hombre esquizofrénico cuyo desorden mental le lleva al crimen  Nada nuevo, muchos otros films desde el ya mítico “Psicosis” y aún antes, pero singularmente en los últimos años, remiten a la psicosis, esquizofrenia o paranoia del “malo” para justificar lo inexplicable de sus inclinaciones criminales. Es un recurso fácil para los guionistas de Hollywood y sus seguidores: remite al coco y a los terrores infantiles irracionales y, como todos hemos sido niños, conecta fácilmente con los espectadores.

Desterrados
 vampiros, fantasmas y muertos vivientes al cine gore y de humor por el avance de un discurso racional y científico en la sociedad, el recurso a la psicosis y la esquizofrenia permite investir de “racionalidad” a lo irracional, revestir con el ropaje de la ciencia a estas figuras tan temidas de lo irracional y oscuro (casi nunca falta en estas novelas y films el personaje del “psiquiatra” que explica “científica y racionalmente” los “traumas” que habría padecido el loco – criminal y la “locura” que sería el fundamento de sus crímenes).

Ocasionalmente aparecen películas que dan una versión más benévola de la psicosis, como “Una mente maravillosa” o “Mr. Jones”, pero en la mayoría de las expresiones culturales contemporáneas el psicótico aparece bajo el signo del crimen irracional y la peligrosidad.

Tampoco contribuye a mejorar la imagen de los psicóticos la forma en que los refleja la prensa. Suelen aparecer más a menudo en las páginas de sucesos que en las de salud. Así, cuando una persona no psicótica comete un delito o un crimen es sólo un delincuente o un criminal, y su crimen no criminaliza al conjunto de los no psicóticos, es decir, al conjunto de la sociedad.

En cambio, basta con que un esquizofrénico cometa un crimen (algo no muy frecuente) para que la prensa impresa y televisiva se vea invadida por el término esquizofrenia. Ni siquiera eso, basta con que exista la sospecha de que un delincuente o criminal pudiera padecer un trastorno mental, o simplemente haber recibido algún tipo de tratamiento psiquiátrico, para que términos como esquizofrenia, locura o psiquiatría se utilicen con liviandad, como si bastaran para explicar el crimen, y sin que los periodistas parezcan reparar, la mayoría de las veces, ocupados como están en producir sensaciones fuertes para “vender” la noticia, en que están criminalizando a un conjunto de personas que nunca han delinquido ni cometido crimen alguno.

No es sorprendente que, con esa imagen distorsionada, muchas personas se pregunten y pregunten (incluso en consultas a nuestra web) si al ser los locos, psicóticos o esquizofrénicos penalmente no responsables de sus actos y “potencialmente peligrosos” no deberían estar preventivamente controlados, cuando no encerrados en una institución adecuada a ellos.
Y sin embargo la historia nos demuestra que los psicóticos han sido frecuentemente víctimas de la crueldad ajena, ejercida por instituciones y personas consideradas normales, y sólo excepcionalmente han llegado a ejercer la violencia. ¿Por qué cuando se difunde la noticia de un crimen cometido por un esquizofrénico no se hace mención al hecho de que la prevalencia criminal en la esquizofrenia es menor que en la población general?
 

¿Qué es en realidad la esquizofrenia?

El CIE 10 (Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades de la OMS) la incluye como un trastorno mental. En el prólogo en español al Capitulo V – Trastornos Mentales y del Comportamiento, el Dr. Juan J. López-Ibor Aliño aclara el por qué de la elección del término trastorno (y no enfermedad o cualquier otro): porque “conserva la ambigüedad indispensable para incorporar los avances del conocimiento” (…) “con independencia de que en su día se conozcan mejor los fundamentos biológicos, psicológicos o sociales que condicionan su etiopatogenia. Trastorno es la única palabra que tolera ambigüedad…”[ii]

Al decir que el trastorno es mental tampoco se prejuzga la participación relativa de factores cerebrales y psíquicos (o psicológicos).

En lo que respecta a la esquizofrenia, ésta “se caracteriza por distorsiones… de la percepción, del pensamiento y de las emociones” (embotamiento o inadecuación de las emociones).

En general, se conservan tanto la claridad de la conciencia como la capacidad intelectual, aunque con el paso del tiempo pueden presentarse déficits cognitivos.

El enfermo puede creer que sus pensamientos, sentimientos y actos más íntimos son conocidos o compartidos por otros y se siente el centro de todo lo que sucede.

Son frecuentes las alucinaciones, especialmente las auditivas que pueden comentar la propia conducta o los pensamientos propios del enfermo. Es frecuente la perplejidad y puede acompañarse de la creencia de que situaciones cotidianas tienen un significado especial, por lo general siniestro y dirigido contra el propio sujeto.

La expresión verbal a veces es  incomprensible, pero no siempre. Pueden haber bloqueos e interpolaciones en el curso del pensamiento.

La afectividad suele ser superficial, caprichosa o incongruente. Es frecuente la ambivalencia afectiva (sentimientos positivos y negativos hacia una misma persona). La voluntad puede verse afectada por inercia, negativismo o estupor. En algunos casos hay síntomas catatónicos (ausencia  de movilidad y de voluntad, o voluntad férrea de permanecer inmóvil).

Frecuentemente es un trastorno crónico, muchas veces se desarrolla episódicamente (en brotes) con estados asintomáticos entre los episodios. En su evolución puede producir deterioro. Algunos casos (en distinta proporción en las diferentes culturas y poblaciones) evolucionan hacia una recuperación casi completa. 

No se han identificado síntomas patognomónicos, pero ciertos fenómenos psicopatológicos, sobre todo cuando se dan asociados entre sí, pueden llegar a tener valor diagnóstico.

Dentro de la esquizofrenia se reconocen diferentes tipos, en los que no abundaremos en este artículo, pero los desarrollaremos más adelante si algunos lectores así lo solicitan.

Locura y Sociedad

Probablemente este breve resumen aclare pocas cosas al lego. Una idea que seguramente le será más próxima es que el “loco” es una persona irrazonable, que vive fuera de la realidad o en conflicto con ella.

¿A qué realidad nos referimos? No a la realidad natural, sin duda, ya que los psicóticos pueden llegar a llevarse muy bien con la naturaleza y los objetos, sino a la realidad social. Para decirlo de una vez: la sociedad y la cultura se fundan en un cúmulo de acuerdos que constituyen el acervo común, en el que se basan nuestras relaciones y vínculos sociales y que se presentan a nuestros ojos como “naturales” aunque no lo sean. Vamos a intentar explicarnos.

Una persona perteneciente a una cultura que llamamos primitiva posee creencias, hábitos, modos de relación y expresión totalmente adaptados a su cultura y funcionales en ella. Trasladado a una sociedad moderna, esas mismas creencias y conductas se vuelven disfuncionales y aparecen como locas a los ojos de los otros (lo mismo le ocurriría a cualquier sujeto moderno transplantado a una cultura totalmente extraña). El creciente flujo de personas ha hecho que muchos psiquiatras estén familiarizados con este trastorno por trasculturización y lo distingan con facilidad de un trastorno mental.  

Por razones no culturales esto puede ocurrirles también a ciertos sujetos, que llamamos psicóticos, que imprevistamente se han separado de las convicciones compartidas en su propia sociedad y grupo para reemplazarlas por otras que les son propias.
 

Un caso célebre

«…Las cosas en mi universidad, el Instituto de Tecnología de Massachussets, y después todo Boston, estaban comportándose de una forma extraña… Comencé a ver comunistas en todos lados… Empecé a creer que era un hombre de una gran importancia religiosa y a escuchar voces todo el tiempo. Escuchaba algo como llamadas telefónicas en mi cabeza, hechas por gente opuesta a mis ideas… El delirio fue como un sueño, del cual parecía que nunca iba a despertar…”[iii]

Son palabras de John Forbes Nash, brillante investigador en lógica matemática, por lo que ha recibido el premio Nóbel de Economía entre otros reconocimientos, extraordinariamente popular gracias a una película sobre su vida y su enfermedad (“Una mente maravillosa”).

En abril de 2006, en el marco del Congreso Centenario ‘Juan J. López Ibor’ de la Asociación Mundial de Psiquiatría celebrado en Madrid, John Nash realizó una interesante exposición sobre el estigma que genera la esquizofrenia, con el valor de provenir de una de sus víctimas a lo largo de más de 20 años.

Uno de los datos más llamativos de su testimonio es el hecho de que parte del trabajo que le valió el reconocimiento internacional lo realizó mientras su esquizofrenia se manifestaba con gran virulencia:

“Conozco expertos en lógica matemática que entran y salen de clínicas y en los periodos intermedios hacen un trabajo magnífico. A comienzos de los 60 entré y salí varias veces de clínicas. No me gustaba rechazar mis delirios, pero en esos periodos trabajaba normalmente

Es más, Nash llega a insinuar que en ciertos casos, como el suyo, la locura y el talento podrían estar interrelacionados:

«Una persona con enfermedad mental podría resolver perfectamente un teorema válido, y posiblemente haya ocurrido ya. De hecho, los grandes matemáticos han tenido intuiciones que parecían absurdas y que tras verificarlas dieron lugar a grandes descubrimientos”.

Estamos lejos de pretender establecer una relación causal entre locura y talento, pero tampoco parece válido afirmar que el talento y la creación en los psicóticos responden exclusivamente “a la parte sana de su personalidad”, lo que equivaldría a “descuartizar” a la persona dividiéndola en fragmentos sanos y enfermos.

Sin duda el caso de  Nash es tan excepcional como su talento, pero ese tipo de talento es igualmente excepcional en personas sanas. Y el caso de Nash, siendo excepcional, no es único.

De hecho, los psicóticos parecen estar sobre representados en la historia del arte. ¿Podríamos afirmar con certeza que la innovación radical de la pintura llevada a cabo por Van Gogh no tenía relación alguna con su locura y sólo estaría vinculada a sus “partes” sanas? ¿No hay algo “loco” en pintar, como él, contra toda la pintura de su tiempo y persistir en su pintura pese a la total ausencia de reconocimiento económico y social?

Estamos hablando de casos excepcionales, ¿pero no deberían hacernos reflexionar sobre cuántas personas pueden no estar desarrollando sus potencialidades a causa de la marginación y el desprecio que reciben por su trastorno?
 

Otro testimonio:    

“…yo iba a un hospital de día, comía en un comedor del Ayuntamiento, me iban a dar 40.000 pesetas, que es una ridiculez, por parte del Estado y me iban a meter en un albergue, porque yo no tenía casa, e iba a acabar siendo una de estas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que vive, ¿no?”

“Entonces yo, viendo que esa era la solución que se me ofrecía, yo decidí…: “no, no, no, un momento, yo voy a ver si, por mi propio pie, puedo funcionar yo de una manera mejor””[iv].

Y lo hizo, luego de largos años de vivir de la caridad estatal al margen de la sociedad

No todos los pacientes tienen los recursos psíquicos e intelectuales con los que cuenta esta paciente, es cierto. Pero también lo es que cuando era “una de esas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que vive”, nadie hubiera creído, ni ella misma, que contaba con esos recursos. Y que de no haber aparecido, en un momento determinado, los recursos económicos necesarios para que pudiera realizar una psicoterapia privada con la frecuencia y dedicación que necesitaba, continuaríamos sin saberlo.

No desconocemos que en muchos otros casos no parecen existir recursos suficientes frente a psicosis que se resisten a todo tratamiento (¿cómo no saberlo trabajando con psicóticos?) pero estamos seguros de que hay muchos otros que quedan muy lejos de alcanzar los máximos resultados posibles.

La reforma psiquiátrica acometió la tarea de liberar a los psicóticos de la condena del encierro, y estuvo bien. Pero no proveyó a las familias ni a la sociedad de los recursos que necesariamente debían acompañar este acto.
 

Los psicóticos y sus familias

“La llamada Psiquiatría Comunitaria prometió a los familiares del enfermo mental suficientes recursos. Hoy sigue prometiendo. Mientras las familias soportamos presiones y responsabilidades excesivas (…). A menudo nos toca pagar con dinero (los que pueden) las insuficiencias de una “reforma” precaria, incompleta y que ha descargado sobre la familia a un sector de la sociedad demasiado complejo para que encuentre ahí su solución”[v].

Entre estas promesas incumplidas figuran: “estancias de corta duración”, “visitas psiquiátricas domiciliarias de urgencias”, “una dotación suficiente de viviendas asistidas”, “una infraestructura para la integración socio-laboral de los enfermos psicóticos”, “dotación asistencial.”[vi]

“Antaño los familiares de los enfermos mentales, especialmente si se trataba de esquizofrénicos, eran culpabilizados por el “discurso psiquiátrico””[vii]. Ahora ya no, pero sigue exigiéndose de ellos que carguen en exclusiva con las consecuencias.

¿Y si el psicótico no cuenta con el apoyo familiar? El peso recae sobre el estado, transformándolos, las más de las veces, en “una de esas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que viven”.

Combatir la estigmatización

Nash no se conforma con comunicar su experiencia y sus reflexiones sobre ella, se aventura a dar un consejo:
«Si las personas que han padecido episodios de enfermedad mental o locura fuesen tratadas como casos nuevos cada vez que los sufren, tal vez los superarían con mayor ánimo»[viii].

No creemos escuchar en esas palabras una crítica al conocimiento sobre la enfermedad, sino un reclamo al reconocimiento de su singularidad. Es más, creemos que si las personas que padecen una enfermedad mental grave fueran tratadas, no sólo por el personal sanitario sino por sus familias y el conjunto de la sociedad, como personas y no solamente como enfermos mentales, sus perspectivas serían mejores.

Nash señaló en el mismo Congreso que la discriminación hacia las personas que padecen una enfermedad depende mucho de los  tratamientos posibles para su cura: «… un amigo psicólogo que trabaja en un hospital me confirmó que la actitud hacia quienes padecen de úlcera de estómago ha cambiado radicalmente desde que se descubrió que estaba causada por una bacteria» (…) «los afectados han pasado de ser considerados individuos con malos hábitos y mal carácter a personas con una afección que se trata con antibióticos»[ix].

Aún no hemos encontrado una cura eficaz para la mayoría de los enfermos mentales graves, pero sí sabemos que en casi todos los casos, con los recursos farmacológicos y psicoterapéuticos adecuados, puede llegar a lograrse una estabilización que les permita vivir una vida digna de ese nombre.

¿Y en los que no? Nash nos dio su opinión: “…los seres humanos cuyos cerebros no funcionan convenientemente como para ser trabajadores, sí pueden ser apreciados por sus relaciones familiares, si no por toda la sociedad. De este modo, son comparables a las mascotas domésticas, y pueden ser aceptados, especialmente por sus familias, si no son capaces de crear «productos» valiosos de los que se espera que cree el trabajo de los
humanos»
[x].

No compartimos su comparación con “mascotas”, ni los criterios rabiosamente economicistas y productivos que su discurso trasluce por el mismo hecho de combatirlos, pero es indudable que hay casos (como en otras enfermedades, por ejemplo las que se acompañan con retraso mental profundo) que no son socialmente recuperables. Esos casos requieren potenciar los recursos asistenciales (incluidos lugares de estancia adecuadamente atendidos) para que el peso no recaiga íntegramente en las familias, cuando las hay.

También somos concientes de que, como declaró el mismo John Nash, «una cierta cantidad de estigmatización es inevitable. Alguien que sufra un accidente y pierda un brazo tendrá siempre una cierta cantidad de estigmatización sobre él».

Pero aún así, en la mayoría absoluta de las psicosis se puede llegar mucho más allá en la integración social que en la actualidad. Eso requiere del trabajo del estado, los profesionales de salud mental, las familias y los psicóticos, y de la colaboración del conjunto de la sociedad. ¿Para qué? Para mejorar la calidad de vida de los pacientes, de sus familias, y de la sociedad en la que todos vivimos; y para no “ser cómplices del no derecho, de la desigualdad, de la muerte cotidiana del hombre”[xi].

Luis Teszkiewicz – Psicoterapeuta
Marina Averbach – Psiquiatra


 

[i] En Gran Bretaña, última de las grandes naciones de la UE en cerrar sus antiguos manicomios, es fácil reconocer a los pacientes así liberados y que hoy deambulan por territorio británico por las cazadoras y mochilas con que han sido provistos.

[ii] . Juan J. López-Ibor Aliño,  CIE 10 Prólogo a la edición española del Capitulo V – Trastornos Mentales y del Comportamiento.

[iii] y citas siguientes: John Forbes Nash, intervención en Congreso Centenario ‘Juan J. López Ibor’ de la Asociación Mundial de Psiquiatría celebrado. Madrid – 2.006

[iv] Testimonio de una paciente esquizofrénica del CSM Centro de Madrid.

[v] Declaración de familiares de pacientes psicóticos del CAP de Salut Mental de Sarriá-Sant Gervasi

[vi] Ídem

[vii] Ídem.

[viii] John Forbes Nash, intervención en Congreso Centenario ‘Juan J. López Ibor’ de la Asociación Mundial de Psiquiatría celebrado. Madrid – 2.006

[ix] John Forbes Nash, intervención en Congreso Centenario ‘Juan J. López Ibor’ de la Asociación Mundial de Psiquiatría celebrado. Madrid – 2.006

[x] John Forbes Nash, intervención en Congreso Centenario ‘Juan J. López Ibor’ de la Asociación Mundial de Psiquiatría celebrado. Madrid – 2.006

[xi] Franco Basaglia, psiquiatra italiano fundador del movimiento por una Psiquiatría Democrática

Links sobre Reforma Psiquiátrica en España

abril 13th, 2006|

PSICOFÁRMACOS Y DERECHOS HUMANOS (síntesis)

octubre 6th, 2005|

En los últimos años hemos avanzado mucho en el tratamiento de las psicosis y otros trastornos psíquicos, fundamentalmente gracias a la aparición de nuevos psicotrópicos. Pero creemos que en el camino nos hemos dejado lo que, más allá de sus errores, nos habían aportado la fenomenología y el psicoanálisis, las comunidades terapéuticas y la psiquiatría comunitaria: devolverle la palabra al enfermo mental, intentar integrarlo a la comunidad de los hombres.

De esta pérdida no podemos culpar a los psicotrópicos ni a los avances de la psiquiatría biológica. Lo que a nuestro entender ha ocurrido es que, simultáneamente a los avances producidos en la psiquiatría biológica, se ha estrechado el campo de la Salud Mental hasta hacerlo coincidir con ella.

Gracias a los psicofármacos los psicóticos han recuperado parcialmente sus derechos, pero simultáneamente han perdido el derecho a la palabra, a que su palabra tenga algún valor.

Una vez supuestas exclusivamente causas biológicas o genéticas para la enfermedad mental, el enfermo, delirante o no, tampoco a los psiquiatras tiene nada que decirnos. Y los psicóticos, liberados de su encierro, vagan por el mundo ajenos a todo, objetos de atención médica y asistencia social, sin ningún espacio para expresar su subjetividad.

Simultáneamente retornan prácticas que creíamos desterradas, al menos en este país, como la sujeción mecánica prolongada, algo que hoy no se toleraría ni en instituciones penitenciarias sin provocar un reclamo por los derechos humanos de los presos.

Por otro lado, llegan cada vez más a nuestras consultas pacientes aquejados con problemas por lo que no hace tantos años se recurría a otras soluciones. Se dirigen a nosotros pacientes con problemas sociales (parados de larga duración, personas disconformes con su trabajo o su remuneración, etc.)

En más de una ocasión nos hemos encontrado con madres sufrientes por la muerte reciente de un hijo. En otros tiempos hubieran recibido el apoyo de la familia o la comunidad; hoy nos los traen familiares o vecinos que ya no saben qué hacer ante esa angustia. ¿Qué esperan estas personas de nosotros? Que les recetemos una pastilla ¿Y qué podemos ofrecerles? Una pastilla.

¿Es necesario aclarar que no tengo nada en contra de los psicofármacos, que los utilizo cotidianamente en mi práctica y que agradezco su existencia? Lo que no cesa de sorprenderme es la extraña función que parecen estar llamados a cumplir.

Laborit, descubridor de los primeros psicotrópicos, declaró en una entrevista: “¿Por qué estamos contentos de tener psicotrópicos?. Porque la sociedad en que vivimos es insoportable. La gente ya no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada, sobre todo en las megalópolis.” (…) “La humanidad, en el curso de su evolución, estaba obligada a resignarse a las drogas. Sin los psicotrópicos se hubiera producido tal vez una revolución en la conciencia humana que clamara: “¡Esto no se soporta más!”.

“Mientras, seguimos soportando gracias a los psicotrópicos”. Y la falta de otras alternativas comunitarias hace que las más diversas formas de malestar psíquico y vital se dirijan a nuestros CSM. O se crean los necesarios puestos profesionales para atender esta demanda (pero ¿cuántos serían necesarios en una sociedad que tiende a incrementar el malestar individual?), o forzados a responder a una demanda que nos excede, sin tiempo para dejar hablar al malestar subjetivo, nos veremos obligados a recurrir a la psicofarmacología como respuesta única.

La consecuencia será (ya es) la medicalización del malestar individual y social y la psiquiatrización de la sociedad (algo fácilmente verificable en el incremento continuo del consumo de psicofármacos) Y los psiquiatras, en nuestra labor asistencial, seremos poco más que expendedores de medicamentos.

Marina Averbach

PSIQUIATRÍA, PSICOFÁRMACOS Y DERECHOS HUMANOS (artículo completo)

octubre 10th, 2004|

Capítulo del libro “Historia de la Psiauiatría en Europa”, compilado por la Sociedad Europea de Historia y Filosofía de la Psiquiatría. Ed. Frenia.Madrid, 2.002

Al finalizar la 2ª Guerra Mundial, Occidente se encontró frente a un horror hasta entonces desconocido, o que no había querido conocer (al extremo que, a medida que transcurren los años, se pone en duda que alguna vez haya sucedido). La reacción fue un creciente anhelo por la democracia y los derechos humanos que, en pocos años, dio lugar al Pacto Contra el Genocidio y a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Tratado y Declaración que en muchos sentidos pueden parecer papel mojado, pero de los que no es conveniente burlarse porque han plasmado el sueño de una cosa, un ideal hasta entonces desconocido: igualdad de derechos para todos los seres humanos.

Puede que, de no haber mediado el exterminio sistemático de millones de personas mentalmente sanas, la crueldad extrema empleada por el régimen nazi con los diminuidos psíquicos hubiera pasado desapercibida. Después de todo, políticos y psiquiatras nazis no hicieron más que llevar a su extremo lógico lo que era de uso habitual en Occidente y que, en muchos casos continuaría siéndolo: esterilizaciones involuntarias en EE.UU. y Suiza, experimentación con seres humanos, lobotomías.

Pero los nazis se pasaron de la raya: “En 1939, Adolf Hitler ordenó la ’solución final’, la eutanasia masiva para todas las “vidas improductivas”, “vidas desprovistas de valor e indignas de ser vividas”, lo que supuso el exterminio de casi 300.000 enfermos mentales, con la activa colaboración de distinguidos psiquiatras alemanes de la época.”, como nos recuerda González Duro Ya no era posible continuar siendo indiferente al trato dado a los disminuidos psíquicos, y la Declaración de Derechos Humanos de la ONU recogió este compromiso: “La persona mentalmente retrasada tiene básicamente los mismos derechos que los demás ciudadanos pertenecientes a su mismo país y de su misma edad”.

Los esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de los enfermos mentales tienen una larga historia. Pinel, primer médico en hacerse cargo de un asilo, libera a los internados de sus cadenas, no casualmente en plena revolución francesa. Convencido de que era la sociedad la que enfermaba, el Dr. Pinel confiaba en que la sociedad sana, surgida de la revolución, permitiría acabar con la enfermedad mental. Por eso introdujo el tratamiento moral y proclamó encendidas arengas revolucionarias, seguramente tan apasionadas como ineficaces, llamando a los internos a integrarse en la nueva sociedad.

Se percibe ya una triple condición que acompañará a todas las reformas psiquiátricas democratizadoras: una situación histórica convulsa, médicos comprometidos con los sectores progresistas, y una concepción social de la salud y enfermedad mental. Con el permiso de los estudiosos de la historia y filosofía de la psiquiatría aquí presentes, aún siendo lega, voy a aventurarme en la materia.

LA REFORMA Casi un siglo y medio después de la reforma de Pinel, en la Cataluña republicana, el Dr. Tosquelles, y otros psiquiatras anarquistas organizan las Comarcas Catalanas, primer experiencia en psiquiatría comunitaria, al menos que yo sepa. Derrotada la República, la experiencia catalana se prolonga al otro lado de los Pirineos en la Geo-psiquiatría llevada a cabo por el psiquiátrico de Saint-Alban en plena ocupación alemana, y que se difundirá a toda Francia en la pos guerra.

El Sector francés comenzará a operar en los 50, se hará ley en los 60, se extenderá al conjunto de la población francesa en los 70… y comenzará a involucionar en los 80. Paralelamente, en una Gran Bretaña en guerra, los psicoanalistas movilizados se verán forzados a abandonar la paz de sus divanes.

Gracias a ello, Bion y otros psicoanalistas desarrollarán las técnicas de la Comunidad Terapéutica con soldados afectados de stress post traumático. Algunos de los partidarios de esta tendencia, especialmente anti-psiquiatras, interaccionales y ciertos psicoanalistas, se oponían a las terapias biológicas, a las que consideraban enmascaradoras de la verdadera problemática del paciente.

Paradójicamente, creo que los primeros neurolépticos, primeras herramientas farmacológicas eficaces en las psicosis, favorecieron el éxito ideológico de estas corrientes. Éxito tan espectacular que, en 1953, a pocos años de las primeras experiencias, la OMS promulga una recomendación para la reconversión de todos los hospitales psiquiátricos en comunidades terapéuticas.

Se pretendía favorecer así la psicoterapia institucional, pero no se afrontaba la problemática del encierro. El resultado fue que, extrañamente, los reformadores de la psiquiatría asilar convivían con ella en los asilos.

En los años 60, un grupo de psiquiatras italianos de izquierdas, encabezados por Basaglia, comienza a teorizar la supresión de las instituciones asilares y la creación de centros de salud mental ambulatorios integrados en las comunidades. Un homicidio cometido por un interno de permiso traslada el debate a la sociedad.

Es el agitado año de 1968 y la polémica, pretendidamente científica, divide rápidamente las aguas entre izquierda y derecha: una pide libertad, la otra seguridad y, consecuentemente, represión (Permítanme una anécdota significativa: cuando el Hospital Psiquiátrico de Gorizia anuncia que va a dar de alta a 130 internados, el gobierno provincial acuartela a las fuerzas de seguridad).

En los años 70 surge un movimiento por la Psiquiatría Democrática que integra, junto a personal de salud mental, a sindicatos, partidos políticos, intelectuales y artistas, como el prestigioso director de cine Marco Belochio, que realiza la extraordinaria película documental “Locos de desatar”, producida por Psiquiatría Democrática y la RAI.

En 1978 el Partido Radical presenta al congreso italiano un proyecto de ley de reforma psiquiátrica avalado por 500.000 firmas, lo que obliga a su discusión en el Parlamento. La reforma es aprobada. Todo este proceso pone de manifiesto que lo que está en juego no es una cuestión médico-psiquiátrica, sino una problemática de derechos humanos y un conflicto político y social.

Consciente de que las razones que lo impulsaban al cambio eran más ideológicas que médicas, Basaglia, siguiendo al psiquiatra francés Frantz Fanon, decía: “Somos perfectamente conscientes de comprometernos en una empresa absurda.” “Absurda pero inevitable, si no se quiere ser cómplice del no derecho, de la desigualdad, de la muerte cotidiana del hombre”. Si la precursora experiencia de psiquiatría comunitaria catalana fue derrotada por el fascismo junto con la República Española, se proyectó en otras experiencias europeas y retornó en las postrimerías del franquismo con la lucha por la reforma psiquiátrica que muchos de ustedes conocen de primera mano.

LA CONTRARREFORMA Pero los años 2.000 no son los 70, las condiciones históricas e ideológicas han cambiado y supongo que no digo nada nuevo si afirmo que la Reforma Psiquiátrica está en retroceso. Y creo que este retroceso se debe más al cambio en las condiciones sociales que a razones estrictamente psiquiátricas.

LA CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR: Las reformas psiquiátricas se han realizado en el marco del Estado de Bienestar impulsado por las socialdemocracias europeas
a partir de la posguerra. Todas han contado con un estado fuerte, con capacidad y vocación de inversión social y ninguna ha logrado alcanzar sus objetivos por falta de recursos.

Las asignaturas pendientes las resumen acertadamente Ana Martínez Valis y otros familiares de enfermos psicóticos jóvenes de un CAP de Salud Mental catalán: “La llamada Psiquiatría Comunitaria prometió a los familiares del enfermo mental suficientes recursos. Hoy sigue prometiendo mientras las familias soportamos presiones y responsabilidades excesivas (…) a menudo nos toca pagar con dinero (los que pueden) las insuficiencias de una “reforma” precaria, incompleta y que ha descargado sobre la familia a un sector de la sociedad demasiado complejo para que encuentre ahí su solución”.

Y concluyen demandando promesas incumplidas por la psiquiatría comunitaria: “Estancias de corta duración”, “visitas psiquiátricas domiciliarias de urgencias”, “una dotación suficiente de viviendas asistidas”, “una infraestructura para la integración socio-laboral de los enfermos psicóticos jóvenes” y “dotación asistencial.” Puesto que todas las reformas psiquiátricas europeas han quedado inconclusas, ninguna ha soportado bien el contraataque neo-liberal.

El sistema de salud está cediendo ante la presión de las empresas que ven en la salud pública un buen mercado de negocios, y no sólo en otros países: en Cataluña muchos CAP de Salud Mental son gestionados por instituciones privadas. Y si este trasvase de la salud pública a manos privadas a algunos nos preocupa en su conjunto, la situación es particularmente riesgosa en el sector de la salud mental.

En el Diario Médico del 3 de septiembre del 2.002, bajo el título “La asistencia en salud mental no es rentable” y el epígrafe “el retorno de la inversión es bajo”, leemos que un centro médico “de Estados Unidos ha decidido suspender su programa de asistencia a pacientes con patología mental debido a su baja rentabilidad”. Si el estado de bienestar no ha podido asegurar la reforma, ¿qué podemos esperar cuando asistimos a su desmantelamiento?.

No ha sido necesario modificar ninguna disposición legal para que inspectores, tribunales médicos y jueces nos sorprendan denegando jubilaciones y asignaciones mensuales a pacientes en casos idénticos a otros que hace poco tiempo eran aprobados sin reparos. En estas circunstancias, los familiares que reclaman “una buena dotación de servicios alternativos”, difícilmente serán atendidos. Atormentados por la situación de desamparo en que se encuentran, dicen que, “hablando claro”, la Reforma “empezó la casa por el tejado”, pero lo cierto es que, lejos de reforzarse los cimientos, el tejado está por desplomarse sobre la cabeza de sus familiares enfermos.

Dicho esto, no creo que el problema se reduzca al debilitamiento progresivo del sistema de Seguridad Social. Contribuye también que esta desinversión se encuentra con un extraordinario incremento de la demanda que obedece a diversas causas. Entre ellas: la misma Reforma y la democratización de la psiquiatría, el desarrollo de nuevos psicofármacos y su difusión – promoción en medios de comunicación masivos, pero también el mundo en que vivimos.

LA IDEOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y SUS CONSECUENCIAS Dice Foucault que toda cultura crea sus propias plagas y la forma de representárselas.

Consecuentemente, en la Edad Media la locura fue una enfermedad demoníaca, y durante el absolutismo una enfermedad moral.

El capitalismo naciente incorporó una nueva categoría moral: la utilidad, entendida como productividad. Como lógica consecuencia, los enfermos mentales pasaron a ser aquello que tan bien expresa el decreto de su exterminio promulgado por los nazis en 1939: “vidas improductivas” y, por lo tanto, “vidas desprovistas de valor e indignas de ser vividas”.

Se consideró conveniente encerrarlos y así alejarlos de la sociedad productiva que se estaba construyendo. Con el descubrimiento de los neurolépticos los psicóticos encontraron una nueva utilidad: la del consumo. Claro que la mayoría no estaban en condiciones de pagar sus costosos tratamientos, el estado de bienestar lo hizo por ellos. Para entonces los enfermos mentales ya estaban incluidos en el saber médico.

La psiquiatría había alcanzado una nosología coherente y una fina descripción de cuadros clínicos, pero era poco lo que podía hacer por sus pacientes. Los neurolépticos vinieron, retroactivamente, a dar sentido a esta inclusión.

Los médicos no encerraron a los locos, los encontraron encerrados y no hallaron motivos para modificar esta situación.

El psicoanálisis, sin pronunciarse sobre el predominio de las causas orgánicas o psíquicas de la enfermedad, restituyó al enfermo mental una cierta responsabilidad en su propia enfermedad y, por lo tanto, en su cura, pero no por ello halló motivos para liberarlos de su encierro.

Fue necesario que psiquiatras como Tosquelles y psicoanalistas como Bion se encontraran frente a casos en los que la participación del hecho social era evidente para que comenzara a reconsiderarse la condición del enfermo mental.

Fue necesario que psicoanalistas, anti-psiquiatras e interaccionales creyeran en la participación de una estructura familiar patológica en la génesis y desarrollo de la enfermedad mental para que las Comunidades Terapéuticas se generalizaran.

Fue necesario que un conjunto significativo de psiquiatras, sociólogos y antropólogos incluyeran en el campo de la salud y enfermedad mental al conjunto de la sociedad, para que Basaglia pudiera decir que “se hace necesario eliminar el asilo, para reinstalar el problema de la producción de enfermedad mental – marginación – segregación en el seno de la comunidad”.

No pretendo sostener el acierto de estas hipótesis, no sólo porque excede el campo de ésta comunicación sino porque considero que en el campo de la etiogenia todos seguimos moviéndonos por indicios y conjeturas, es decir: ideología más prejuicios, sin que ninguna de las hipótesis existentes haya sido ratificada científicamente hasta la fecha; y en el campo del tratamiento todos los resultados obtenidos son parciales, ninguno concluyente.

Lo que me parece evidente es que de cómo concibamos la causa y la terapéutica de la enfermedad mental dependerá, en buena medida, el lugar que la sociedad asigne a los psicóticos.

Hoy en la psiquiatría predomina una concepción organogenética (algo que no nos ha dejado indiferentes ni a los psicoanalistas, cada vez más interesados en las neurociencias).

Consecuentemente, predomina un tratamiento biológico. Cuando es acompañado por psicoterapias, lo que no es frecuente, éstas son casi exclusivamente cognitivas o conductuales (creo que es diferente en EE.UU. o Francia, países con una gran proliferación de psicoterapias).

Personalmente no me considero en condiciones de sostener ni de rebatir estas hipótesis, por lo que renuncio de antemano a discutir su posible verdad para limitarme a destacar lo que considero uno de sus efectos más significativos.

La psiquiatría biológica no autoriza en modo alguno a responsabilizar por su enfermedad, en ningún grado, al sujeto diagnosticado como enfermo mental.

Ni su familia, ni la sociedad tienen ninguna participación en la génesis ni
en la evolución de la enfermedad mental.

Y las teorías cognitivas, que sí responsabilizan de algún modo al sujeto, excluyen de esta responsabilidad a su familia y al conjunto de la sociedad. Sin entrar a discutir el grado de verdad de estas teorías, lo que me parece indudable es que presentan una contradicción lógica con el actual sistema psiquiátrico, surgido de otras concepciones.

Esta contradicción la expresan con claridad los familiares de psicóticos del CAP de Sarriá-Sant Gervasi: “Antaño los familiares de los enfermos mentales, especialmente si se trataba de esquizofrénicos, eran culpabilizados por el “discurso psiquiátrico”. Ahora ya no, pero sigue exigiéndose de ellos que carguen con las consecuencias.

Liberados los pacientes y sus familias de toda responsabilidad, ésta sólo puede recaer en el estado. Pero no ya con la participación de la comunidad, como pretendía la Psiquiatría Comunitaria, puesto que la comunidad también ha quedado desresponsabilizada de la génesis de la enfermedad y, por lo tanto, de la marginación y segregación que padece el enfermo mental a causa de ella.

Es el estado en su función asistencial el que carga con la responsabilidad, función de asistencia en la que ha venido a relevar a la Iglesia, como corresponde a una sociedad laica.

En términos de Foucault, las Instituciones de Asistencia (sean de la Iglesia o del Estado) excluyen y segregan a los asistidos en la medida en que los objetivizan, los hacen objetos, es decir, no-sujetos, de su propia asistencia, generando así una conciencia social del asistido como lo otro.

Así lo expresa una pacienta que tuve la oportunidad de tratar en el CSM, diagnosticada de esquizofrenia paranoide, con seis ingresos a sus espaldas, y en tratamiento farmacológico con neurolépticos atípicos y psicoterapia psicoanalítica: “…Al final yo iba a un hospital de día, comía en un comedor del Ayuntamiento, me iban a dar 40.000 pesetas, que es una ridiculez, por parte del estado y me iban a meter en un albergue, porque yo no tenía casa, e iba a acabar siendo una de estas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que vive, ¿no?” “Entonces yo, viendo que esa era la solución que se me ofrecía, yo decidí…, no, no, no, un momento, yo voy a ver si, por mi propio pie, puedo funcionar yo de una manera mejor”.

No todos los pacientes tienen los recursos psíquicos e intelectuales con los que ella cuenta, es cierto. Pero también lo es que cuando la conocí, cuando era “una de estas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que vive”, nadie hubiera creído, ni ella misma, que contaba con esos recursos. Y que de no haber aparecido, en un momento determinado, los recursos económicos necesarios para que pudiera realizar una psicoterapia privada con la frecuencia y dedicación que necesitaba, continuaríamos sin saberlo.

EL LOCO EN LA IMAGINERÍA POPULAR Tampoco contribuye a superar la marginación de los psicóticos la representación que el común de la población se hace de ellos. La figura del loco parece haber tenido desde siempre una gran presencia en nuestros sueños y pesadillas, y así lo ha reflejado el arte.

Don Quijote está loco por su adherencia a valores caballerescos pretéritos en la sociedad de su tiempo: el loco quijotesco es un inadaptado.

Al mismo tiempo, el teatro isabelino recoge una larga tradición por la que el loco y el bufón son los únicos que pueden decir la verdad (significativamente, en inglés, como en francés, loco y bufón se designan por un mismo término: fool).

Así el Rey Lear cuando descubre la verdad enloquece, o Hamlet simula estar loco para poder decir la verdad. Son locuras de ficción, pero reflejan una singular relación entre locura y verdad que, si está en el arte, es porque está en el imaginario de la época. Además de las imágenes literarias o pictóricas, el hombre de la calle tiene un conocimiento directo del psicótico y del disminuido psíquico, como ocurre aún en los pueblos, porque ¿quién ha conocido un pueblo sin su loco y su tonto?.

Foucault nos dice que, a partir del año 1656, en que comienza el encierro sistemático de los locos, éstos comienzan a desaparecer de la prosa del mundo.

Aún así, la figura del loco ha estado presente en nuestra cultura de las más diversas formas. Pero una vez supuestas causas biológicas o genéticas para su enfermedad, su verdad, es decir, su delirio, ya no tiene nada que decirnos.

Poco a poco van desapareciendo de la literatura y el cine, para reaparecer sólo como figuras de terror, encarnaciones del mal que perturba el orden social, en la literatura, el cine y la televisión (incluidos los telediarios), con el agravante de que muchas veces la imagen proyectada por los medios es la única representación del psicótico que se tiene en la actual cultura urbana. “Siempre es más fácil suponer que quién perpetra un crimen horripilante está loco, que no demostrar que es un malvado”, leemos en “Locuras de Cine”, un interesante libro editado por los laboratorios Jannsen-Cilag Y seguimos leyendo: “La omnipresencia de éste y otros estereotipos es preocupante, porque marcan con un doble estigma a quienes sufren dolencias psíquicas (…) y a sus familiares: además de locos, vapuleados por la ignorancia cruel de los demás…

El miedo a la peligrosidad del enfermo mental es el factor que más ha influido en su discriminación y en su rechazo social, y el cine, como medio de comunicación y difusor de ideología, ha contribuido con eficacia a forjar los tópicos en torno a la irracionalidad de una violencia que no es sólo expresión de la locura sino casi su único síntoma”.

JUSTICIA Y PSIQUIATRÍA.

Espero que me perdonarán si aventuro una hipótesis personal: la psiquiatrización de la justicia tampoco contribuye a la imagen que el hombre común tiene de los psicóticos.

Psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas han contribuido a humanizar la justicia penal, demostrando que, en muchos casos, la perturbación psíquica del criminal podía explicar crímenes sin motivo aparente y atenuar la responsabilidad de sus autores.

Se trataba de salvar a los psicóticos-criminales de la guillotina o la silla eléctrica, de permitirles continuar viviendo, aunque eso sí, rigurosamente vigilados.

Una vez iniciada, esta humanización de la justicia continuó ampliándose y extendiéndose. Así, abogados, jueces y psiquiatras podían librar a los enfermos mentales de la prisión (y a las prisiones de enfermos mentales), entregándolos a los asilos, aunque esto no siempre redundara en beneficio del delincuente.

La Reforma Psiquiátrica liberó a los enfermos mentales de los hospitales psiquiátricos, pero eso no afectó a la justicia penal. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos con los que, además de enfermos mentales son delincuentes?.

Cada vez en más casos los jueces aplican el atenuante o eximente por enfermedad mental, permanente o transitoria, o porque en el momento de cometer el delito el inculpado llevaban unas copas de más.

Así llegan a nuestra consulta delincuentes habituales por robos con o sin violencia, agresiones físicas, malos tratos o violaciones, condenados a tratamiento psiquiátrico. Es decir que el condenado es el psiquiatra. Condenado a tratar con pacientes forzosos, a veces violentos, que
sólo vienen a nuestra consulta para evitar la cárcel, que casi seguramente no cumplirán con el tratamiento que les indiquemos y que, muy probablemente, volverán a delinquir.

Tengo la sensación de que la Justicia, en ocasiones, remplaza el mediocre juicio humano de los actos por el más elevado y divino de las causas.

Nos encontramos así con crímenes sin criminales, porque sus autores padecen algún trastorno mental, incluida la adicción a drogas o alcohol. Más de un juez me ha manifestado algo así como: “¡Mójese doctora! ¿Lo metemos prisión o lo soltamos?”.

En esos casos no sé si se apela a una especie de don oracular por el que los psiquiatras sabríamos de antemano si ese paciente delinquirá otra vez o no, o si se pretende erigirnos en jueces, función para la que carezco de conocimientos y de vocación.

Como consecuencia de esta función, cada vez que un psicótico comete un crimen oímos en televisión que los culpables son los psiquiatras o el sistema de salud mental. Todos sabemos lo infrecuente que es que un psicótico cometa un crimen, pero también sabemos que no será eso lo que se reflejará en los medios de comunicación, más atentos a los estudios de audiencia que a los de campo .

Así cuando se supo que uno de los pocos asesinos en serie que ha habido en España había tenido reiterados ingresos en el psiquiátrico, se reprochó a los médicos que no hubieran tomado medidas ante su peligrosidad potencial.

El razonamiento es lógico: si un sujeto no puede ser juzgado por sus crímenes, porque no puede controlar sus impulsos, parece natural encerrarlo preventivamente. Pero si se comienza por encerrar a los potencialmente peligrosos, se termina en Auschwitz.

De este modo, la ley ha despenalizado a los enfermos mentales que cometen un delito, pero al precio de transformar a todos los enfermos mentales en sospechosos.

PARA TERMINAR Si alguno ha consultado la sinopsis notará que, en el camino de su construcción, este trabajo ha seguido derroteros muy distintos que los que me había propuesto. Pero lo que no ha cambiado es el motivo principal que me impulsó a escribirlo.

Creo que hemos avanzado mucho en los últimos años en el tratamiento de las psicosis y otros trastornos psíquicos, fundamentalmente gracias a la aparición de nuevos psicotrópicos.

Pero creo también que en el camino nos hemos dejado lo que, más allá de sus errores, nos habían aportado la fenomenología y el psicoanálisis, las comunidades terapéuticas y la psiquiatría comunitaria: devolverle la palabra al enfermo mental, intentar integrarlo a la comunidad de los hombres.

Y de esta pérdida no podemos culpar a los psicotrópicos ni a los avances de la psiquiatría biológica, puesto que ya se habían iniciado cuando se desarrollaron las diversas reformas psiquiátricas. Lo que a mi entender ha ocurrido es que, simultáneamente a los avances producidos en la psiquiatría biológica, se ha estrechado el campo de la Salud Mental hasta hacerlo coincidir con ella.

Gracias a los psicofármacos los psicóticos han recuperado parcialmente sus derechos, pero simultáneamente han perdido el derecho a la palabra, a que su palabra tenga algún valor.

Una vez supuestas causas biológicas o genéticas para la enfermedad mental, el enfermo, delirante o no, tampoco a los psiquiatras tiene nada que decirnos.

Y los psicóticos, liberados de su encierro, vagan por el mundo ajenos a todo, objetos de atención médica y asistencia social, sin ningún espacio para expresar su subjetividad.

Simultáneamente retornan prácticas que creíamos desterradas, al menos en este país y esta comunidad, como la sujeción mecánica prolongada, algo que hoy no se toleraría ni en instituciones penitenciarias sin provocar un reclamo por los derechos humanos de los presos.

Por otro lado, somos concientes del carácter muchas veces utópico de la psiquiatría comunitaria. ¿Cómo devolver a la comunidad sus responsabilidades si la comunidad ya no es lo que era?.

En palabras de Tosquelles: “Yo me he preguntado, en un proceso autocrítico, si esta noción de Sector no era una concepción que valía solamente en la Cataluña de 1934 o en la Francia de posguerra, es decir, cuando el ciudadano medio pesaba como tal, realmente, en las relaciones de producción”.

Y en palabras de Lion Murad, psiquiatra del Sector francés: “¿Qué es esto, en efecto, sino el fantasma arcaico, el sueño pasado de un modelo organizacional referido a una comunidad estable, asentada en un territorio, que no existe más en las nuevas poblaciones y menos aún en las grandes aglomeraciones urbanas? ¿Psiquiatría familiar?, ¿Psiquiatría barrial?, ¿Qué pueden significar hoy, en estas poblaciones, estas palabras…? .

Perdidas las relaciones comunales, con el anonimato creciente de los individuos, la dispersión de las familias y la ruptura de los lazos sociales de solidaridad, la empresa de la psiquiatría comunitaria, además de absurda como decía Basaglia, se ha vuelto imposible. Llegan cada vez más a nuestras consultas pacientes aquejados con problemas por lo que no hace tantos años se recurría a otras soluciones.

Se dirigen a nosotros pacientes con problemas sociales (parados de larga duración, personas disconformes con su trabajo o su remuneración, etc.).

En más de una ocasión me he encontrado con madres sufrientes por la muerte de un hijo que en otros tiempos hubieran recibido el apoyo de la familia o la comunidad; hoy nos los traen familiares o vecinos que ya no saben qué hacer ante esa angustia. ¿Qué esperan estas personas de nosotros? Que les recetemos una pastilla ¿Y qué podemos ofrecerles? Una pastilla. ¿Es necesario aclarar que no tengo nada en contra de los psicofármacos, que los utilizo cotidianamente en mi práctica y que agradezco su existencia?.

Lo que no cesa de sorprenderme es la extraña función que parecen estar llamados a cumplir Laborit declaró en una entrevista: “¿Por qué estamos contentos de tener psicotrópicos?. Porque la sociedad en que vivimos es insoportable. La gente ya no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada, sobre todo en las megalópolis.” (…) “La humanidad, en el curso de su evolución, estaba obligada a resignarse a las drogas.

Sin los psicotrópicos se hubiera producido tal vez una revolución en la conciencia humana que clamara: “¡Esto no se soporta más!”. Mientras, seguimos soportando gracias a los psicotrópicos”.

Y la falta de otras alternativas comunitarias hace que las más diversas formas de malestar psíquico y vital se dirijan a nuestros CSM.

O se crean los necesarios puestos profesionales para atender esta demanda (pero ¿cuántos serían necesarios en una sociedad que tiende a incrementar el malestar individual?), o forzados a responder a una demanda que nos excede, sin tiempo para dejar hablar al malestar subjetivo, nos veremos obligados a recurrir a la psicofarmacología como respuesta única.

La consecuencia será (ya es) la medicalización del malestar individual y social y la psiquiatrización de la sociedad (algo fácilmente verificable en el incremento continuo del consumo de psicofármacos).

Y los psiquiatras, en nuestra labor asistencial, serem
os poco más que expendedores de medicamentos.

PSICOANALISTAS ARGENTINOS EN LA SALUD MENTAL ESPAÑOLA

octubre 6th, 2004|