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08 – Para Profesionales

/08 - Para Profesionales

Las principales especialidades de psicología

enero 31st, 2017|

Recientemente la Universidad Internacional de Valencia ha publicado un artículo que abarca las principales especialidades de psicología y sus aplicaciones. Desde Persona-Psi nos parece fundamental estas diferenciaciones: “Así como a un cardiólogo seguramente no le pedirás que te opere un riñón, a un psicólogo educativo no irás para que trate a tu madre con demencia. Las especialidades de psicología son variadas y dependiendo del enfoque que utilicemos para clasificar los campos de especialización, éstas pueden variar”i.

Conoce las principales especialidades de psicología, esas que son las más conocidas y también las más demandadas:

Principales especialidades de psicología.

Psicología clínica: la más conocida de las especialidades de psicología. Un psicólogo clínico evalúa, diagnostica y ofrece tratamiento a personas con trastornos psicológicos”, dificultades emocionales, o simplemente personas que quieren mejorar su vida.

También es conocida como psicoterapia: tratamiento que se da a algunas enfermedades nerviosas y mentales, y que consiste en la aplicación de determinados procedimientos psíquicos o psicológicos. Abarca diferentes técnicas en función de los diferentes enfoques teórico – metodológicos: Por ejemplo, la psicoterapia conductista; la psicoterapia cognitiva, la psicoterapia de orientación psicoanalítica y la sugestión sugestión hipnótica, entre otras, son técnicas de psicoterapia.

Psicología familiar y de pareja: “Los psicólogos de familia se ocupan de intervenir cuando existen conflictos familiares o problemas del comportamiento en niños y adolescentes”.

Psicología organizacional o industrial: “El psicólogo organizacional aplica los principios y métodos de la psicología para mejorar la productividad y la calidad del trabajo. También se ocupa de la prevención de los riesgos asociados al puesto de trabajo y de gestionar los recursos humanos de la entidad a la que pertenece.”

Psicología educativa: “la actividad profesional se oriente a mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje y a intervenir ante las necesidades que desde el punto de vista de la psicológico-educativo tienen los alumnos. Los psicólogos educativos también participan en los procesos de orientación vocacional y en la prevención y resolución de conflictos que puedan generarse en los entornos educativos.”

 Neuropsicología: “Un neuro-psicólogo se centra en aquellos trastornos que tienen una clara relación con una alteración del funcionamiento cerebral, por ejemplo: demencia, parálisis cerebral infantil o ictus con secuelas neuro-psicológicas”.

Psicología social: “La psicología social nos ayuda a entender muchos procesos individuales enmarcándolos en un contexto social, por ejemplo: las actitudes, los prejuicios o los resultados de unas elecciones”.

Psicología del deporte: Sonpsicólogos dedicados a estudiar e intervenir en la conducta del deportista para optimizar sus resultados”.

Psicología forense: “Los psicólogos forenses (…) aplican los principios, métodos y técnicas de la psicología a temas jurídicos, por ejemplo: ayudando a definir si la salud mental de una persona la hace legalmente responsable.”

En Persona Psi tenemos una amplia variedad de tratamientos y tenemos distintas especializaciones psicológicas. Si tienes cualquier duda contacta con nosotros y te ayudaremos.

iResumen del texto del mismo nombre publicado por la Universidad Internacional de Valencia el 10 de enero de 2017.

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD MENTAL 2016

octubre 10th, 2016|

1 de cada 5 españoles (20%) ha padecido, padece o padecerá algún trastorno mental diagnosticado (hay muchos más sin diagnosticar porque no han consultado)

En el momento actual 1 de cada 10 españoles (10%) tiene algún tipo de tratamiento psiquiátrico, psicológico o psicoterapéutico.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) estima que 1 de cada 4 personas (25%) tiene un trastorno mental actual en el mundo*. Si las cifras en España son menores puede ser porque la salud mental de la población española es mejor, o porque los españoles consultan menos.

Pese a la frecuencia del padecimiento de trastornos mentales, más o menos severos, todavía en España no se aceptan estos trastornos con la misma naturalidad que otras enfermedades. Muchas personas que los padecen se dan múltiples excusas para no consultar. Quienes consultan muchas veces lo ocultan a familiares, amigos y conocidos como si de una vergüenza se tratara. Pareciera que reconocer que uno tiene problemas psíquicos o psicológicos y solicitar ayuda profesional implicara un estigma. Como si quienes padecen de sí mismos fueran “apestados” y no personas valiosas que requieren ayuda en algún momento de sus vidas.

Como sostiene el movimiento social asociativo Salud Mental España en su campaña con motivo del día mundial de la salud mental:“nadie elige tener un problema de salud mental, encontrarse mal o sufrir”. “Es cuestión de informarse, charlar, escuchar y apoyarse mutuamente”, dice González Zapico, presidente de esta confederación.

Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado en más de 100 países, no está de más reflexionar sobre esta falta de visibilidad de las personas afectadas de algún problema mental o psicológico y los prejuicios que les dificultan acceder a la atención profesional que necesitan. Hoy y todos los días.

*La información ha sido recogida del periódico digital lainformacion.com

TDA y TDAH. ¿Es la infancia una enfermedad mental?

marzo 8th, 2016|

Trastorno de déficit de atención, hiperactividad, trastorno negativista desafiante, trastornos de aprendizaje y conducta… y hasta 15 diagnósticos más. Desde hace años asistimos a una proliferación de diagnósticos psiquiátricos en la infancia y en la adolescencia y, consecuentemente de la prescripción de medicación.

¿Qué beneficios y qué perjuicios producen estos cambios? ¿Qué consecuencias tienen para el niño, su familia, la escuela y la sociedad? ¿Estamos ocultando otros problemas?

Hablaremos sobre esto con Luis Teszkiewicz, psicoterapeuta de niños y adolescentes de nuestra localidad, Enrique González Duro, psiquiatra, profesor universitario, historiador y escritos con 33 títulos publicados; y Mercedes Babío, del Equipo de Orientación Educativa y Psicopedagógica de Pozuelo.

TALLER: FREUD en la ACTUALIDAD

marzo 7th, 2008|

Parece que hoy Freud es una antigualla, que su obra carece de valor frente a la última novedad. ¿Es cualquier best-seller superior a la obra de Shakespeare o Cervantes? ¿Son las teorías de  Einstein o Plank demodées porque las hicieron hace mucho?
Es obvio que no podemos leer a Feud del mismo modo, pero ¿por eso no habría que leerlo?

El psicoanálisis no es sólo un modo de tratamiento del padecimiento psíquico, es también un modo de conocimiento y una teoría de la subjetividad. Si parece desterrado de muchos espacios de conocimiento no es porque sea antiguo, sino porque vivimos en una sociedad que se dice individualista pero trata a los individuos como números: un divisor en el PBI per cápita, un consumidor, un dato estadístico en un diagnóstico psiquiátrico. En ese mundo Freud no parece fuera de lugar, Y sin embargo…

El taller se realizará en Majadahonda, con grupos reducidos, y se propone una lectura contemporánea de textos de Sigmund Freud, a la luz de aportes posteriores, sobre todo de Lacan.

Su metodología será la lectura reflexiva y contemporánea de los textos fundadores del psicoanálisis y su discusión, y el estudio de casos clínicos actuales.

Está dirigido a:

         Psicólogos, Psiquiatras y otros trabajadores de Salud Mental.

         Estudiantes

         Personas interesadas en el conocimiento de una de las obras de mayor influencia en los siglos XX y XXI

13 clases en 3 meses – Vacantes limitadas

Programa:

El descubrimiento del psicoanálisis: Estudios sobre la Histeria.
  Historiales clínicos: Katarina e Isabel de R.

 Las formas de enfermar: Las neuropsicosis de defensa.
   Nuevas puntualizaciones sobre neuropsicosis de defensa.   

 La interpretación de los sueños:
   El método de la interpretación de los sueños.
   Análisis de un sueño paradigmático.
   Sobre la psicología de los procesos oníricos.

   Tres ensayos de teoría sexual:
    La sexualidad infantil
    Sobre las teorías sexuales infantiles.

  El caso Juanito: Análisis de la fobia de un niño de 5 años.

  El hombre de las ratas: A propósito de un caso de neurosis obsesiva.

  Homosexualidad: Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci 

Homosexualidad:  

  Contribuciones a la psicología del amor:
  I – Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre.
 II – Sobre la más generalizada degradación de la vida sexual.
III – El tabú de la virginidad.

      Nuevos conejos sobre la técnica del psicoanálisis:
  I – Sobre la iniciación del tratamiento
 II – Recordar, repetir y reelaborar
III – Puntualizaciones sobre el amor de transferencia

Docente coordinador:              Luis Teszkiewicz – Psicoanalista y Psicoterapeuta
                                            Socio de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

Con la colaboración de:           Dra. Marina Averbach – Psiquiatra y Psicoanalista  
                                           
Ex docente de la Escuela Argentina de Psicoterapias para Graduados
                                           
y de la Facultad de Psicología de la UBA (Buenos Aires – Argentina).
                                           Docente colaborador
 en el Master de Psicoterapias de la Universidad Complutense de Madrid.
                                           Ex Investigador colaborador de la OMS Control de Calidad en Servicios de Salud Mental.

 

   Más información: 
    Llamar al 607 99 67 02 
   
info@persona-psi.com

La Ciudad Analítica (¿Una identificación al síntoma?)

octubre 27th, 2005|


“… por apego a sus opiniones, esas personas parecen comportarse como aquellos que en las discusiones defienden sus tesis contra viento y marea. Soportan sin flaquear cualquier consecuencia, convencidos de poseer principios verdaderos. ¡Cómo si algunos principios no debieran ser juzgados por las consecuencias que de ellos resultan y, sobre todo, por su fin!”
Aristóteles, “De Caelo”

“… a menudo se habla de la virulencia del narcisismo que reina en los grupos analíticos. Desde el exterior hay quienes se asombran de que algunos que han hecho un análisis no sean más sabios y sí tan ávidos, y tan vindicativos, cuando se trata de ponerse ahí”. (…) “Veo en ello una manifestación del fin (de análisis) por el “hacerse ser”, por lo que podemos llamar el narcisismo del ser, que no es el único. Y, después de todo, en efecto, un sujeto puede haberlo aprendido en un análisis”.
Colette Soler, “Qué fin para el analista”
en “Estudios sobre las psicosis”

 

¿Cómo explicar la fragmentación del movimiento psicoanalítico internacional (y local), la multiplicación de instituciones diferentes, aún entre quienes leen a Freud bajo la inspiración de un mismo autor? (Sólo la IPA conserva cierta unidad, y esto al precio de renegar las diferencias). ¿Sólo diferencias teóricas?. ¿Simples diferencias de interpretación en la lectura?. ¿Sólo movimiento pasional (que, en nuestro medio, se bautiza como transferencia)?. ¿Síntomas, entonces, de los analistas que las componen?. ¿Revelación de una crisis que afecta al movimiento psicoanalítico en su conjunto y a las instituciones que pretenden ser depositarias de su saber (casi siempre en exclusiva)? … No lo sabemos.

Pero creemos que se trata de algo que pone en juego la opción política (más que psicoanalítica) de cada uno. Entendiendo el término política en su sentido original: “orientación o directrices que dirigen la actuación de una persona con relación a la “polis” (ciudad y, por extensión, toda sociedad organizada políticamente. En nuestro caso, la ciudad analítica).

La palabra política nos hace pensar en otra palabra: polémica, y no creemos que sea mera asociación fonética. Se trata de algo que responde a otro discurso, el del amo, no al psicoanalítico, aún cuando, en este caso, ambos discursos sean emitidos por los mismos sujetos.

Esto es tanto más interesante (al menos para nosotros) en tanto la crítica de las sociedades analíticas ha podido comenzar a realizarse con cierta seriedad teórica gracias a las contribuciones de Jaques Lacan. ¿Libra esto a las asociaciones lacanianas de la contradicción entre ambos discursos? O, al contrario, la alienación que la constitución de toda sociedad parece inducir, ¿es una alienación inevitable?. ¿Es posible preservarse de esta alienación?.

Freud se percata tempranamente de estas paradojas. En 1902 comienza a reunirse, en su casa, el grupo de los miércoles, que será el germen de la IPA y, por extensión (y sucesivas escisiones), de todas las asociaciones psicoanalíticas. En principio es una fratria, una horda salvaje que ha asesinado al saber heredado (y a la creencia en la certeza positiva de ese saber), al incorporar un nuevo concepto que descentra al Yo y a todo su saber racional: el Inconsciente. Hasta 1908 toda persona que asista a las discusiones tiene la obligación de participar de ellas.

Pero la horda no tiene más remedio que fundar una sociedad (en este caso, la analítica) para no verse destruida por las luchas imaginarias. Cuando en 1908 un nuevo reglamento autoriza al silencio, da cuenta así del crecimiento del grupo, pero también de la aceptación de miembros fantasmas, receptores pasivos de un saber o meros voyers.

Con esta modificación reglamentaria el grupo de los miércoles da entrada a otro discurso, un discurso político, el de la democracia, que garantiza la libertad de palabra y, con ella, la libertad del silencio.

Pero el descubrimiento del Inconsciente demuestra que el sujeto no posee libertad de palabra. ¿Significa esto que una sociedad analítica no puede ser democrática?. Evidentemente, no. Pero esto no niega que la libertad de palabra sea una libertad democrática, es decir: política, que nada tiene que ver con la ética del psicoanálisis.

La libertad de palabra es opuesta a la asociación libre, en tanto que, paradójicamente, esta asociación libre no es libre en absoluto. Asociar libremente es someterse a la primacía del proceso primario, a un Inconsciente que es Otro. Esta es la única política psicoanalítica posible, pero ¿es una política posible?.

Se produce así una paradoja: por un lado, es inevitable que la teoría psicoanalítica se dé los medios para existir materialmente, so pena de circunscribirse a sus fundadores (y perecer con ellos). Por otro, el discurso político es discurso del Amo, es discurso que resiste al Inconsciente. O sea que se funda la comunidad analítica reprimiendo aquello que es su fundamento: el Inconsciente (¿será por eso por lo que las sociedades analíticas parecen condenadas a ser reuniones en perpetua división?).

Freud se encuentra (como más tarde Lacan) en un lugar imposible: imposibilidad de ser el maestro, imposibilidad de no serlo. ¿Se puede ser Maestro sin encarnar el discurso del Amo?. ¿Cómo ser un dominus, se pregunta Elizabeth Rudinesco, si el descubrimiento del inconsciente implica el reconocimiento de la imposibilidad de dominio?. Y otra pregunta: ¿se puede ocupar el lugar del Amo sin renegar de la herida narcisista que conlleva el descubrimiento del inconsciente?.

¿Cómo ser un maestro sin ocupar el lugar del Maestro?, parece ser la pregunta de Freud en “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”:
“Encaraba, sin valentía, la perspectiva de tener que asumir, en mi vejez, el papel de jefe y de guía y, sin embargo, me decía para mis adentros, que un jefe es necesario”.

En 1907 estas contradicciones ya deben ser manifiestas para Freud. Propone disolver el grupo de los miércoles para refundarlo inmediatamente, actos que deberían repetirse cada 3 años. Disolución y refundación que pretenden tener en cuenta al inconsciente en el propio funcionamiento de la institución. Al disolverse el grupo sus miembros quedan libres, no necesitando de ninguna palabra ni de ninguna acción para abandonarlo. Al refundarlo se los invita a una decisión política, un acto de adhesión que testimonia su libre elección más allá de las palabras (y de los silencios).

Freud intenta, con este acto político, acordar su organización a la teoría que la ha fundado. La disolución – refundación sería así un medio político para intentar poner en acto al inconsciente. La disolución es una innovación en política. Disolverse es “el rapto de una muerte que, al mismo tiempo, precipita”. Pero ¿podemos sostener su corrección más allá de sus efectos?.

Lacan comparaba a los analistas con los políticos griegos: “sacar la flota al mar en el momento oportuno”. Hacer lo correcto en el momento correcto, he ahí la función del buen político (y la del buen analista). ¿Eficacia política? ¿Eficacia analítica? ¿Punto de encuentro de los dos discursos?.

¿Cómo evaluar la correcc
ión de una decisión si no es por la praxis?. La de esta invención freudiana no fue precisamente exitosa. ¿Es posible anular con una medida legal, estatutaria, la transferencia y sus consecuencias?.

Por un lado tenemos un discurso (el analítico) que pone en juego una ley (la del Inconsciente) por la que ningún hombre es libre en lo que dice o hace. Por el otro, otro discurso (el de la democracia social) por el que todo hombre es libre en sus palabras o actos. La libre asociación nos habla de individuos que se agrupan o asocian según su libre voluntad. La asociación libre de la imposibilidad de libertad.

Sólo 4 de los 22 miembros del grupo de los miércoles no se inscriben en la nueva asociación. Ninguno de ellos está en conflicto teórico con Freud ni es participante pasivo, y Freud deberá recurrir (más adelante) a medidas más enérgicas para desprenderse de aquellos en los que la disensión se ha hecho insalvable (Adler, Jung). Como dice Octave Mannoni, la transferencia, teorizada pero no considerada en la práctica por Freud, ha actuado más allá del deseo de su fundador.

La posición de Freud es, cuanto menos, izquierdista (en el sentido que le daba Lenin a esta palabra, el de enfermedad infantil). La disolución es la conservación de una ilusión: está institución ha muerto pero renacerá purificada, más bella y más feliz. La disolución tiende así a la eternidad, es decir, a la repetición.

Freud, al intentar construir una sociedad alrededor de su causa, produce divisiones internas. En su inevitable y deseable crecimiento deja de ser una asociación entre iguales. Permitir el silencio es reconocer, en la asociación, la primacía del discurso democrático sobre el del psicoanálisis. Forzar una decisión es obligar a hablar. Aquellos que no se van, ganan en democracia lo que pierden en sumisión al inconsciente. Del inconsciente se pasa a la relación social, de la asociación libre a la libre asociación, de la casa de Freud al Colegio de Doctores.

El derecho a la libertad de palabra es un derecho político, no ético. Un derecho que implica la incuestionable libertad de teorizar para cada uno de los miembros. Pero es, también, un derecho imaginario del Yo a defender el goce de la palabra. ¿Cómo evitar que la libertad de teorizar para cada uno desemboque en la lucha imaginaria por el triunfo de las ideas verdaderas?.

La política de Freud, quien pretende ser consecuente con su descubrimiento y, dentro de esa consecuencia, difundirlo; llevará, a pesar suyo, a la construcción de un gigante burocrático que transformará al maestro en un amo sin mando, es decir, en un Tótem (recuérdese la polémica en torno al análisis silvestre y el requisito de la titulación médica, entre tantas otras en las que la opinión del maestro no fue tomada en cuenta). Es la ilusión de un movimiento que simula vivir porque se ha transformado en una institución.

La política de Lacan, permanentemente preocupado por adecuar las formas institucionales a la originalidad del descubrimiento freudiano, llevará a la atomización de su movimiento (pese a los esfuerzos en contrario de la AMP).

Lacan nos dice, en el momento de su excomunión: “Todos saben que la política consiste en negociar, y en su caso, al por mayor, por paquetes, a los mismos sujetos, llamados ciudadanos, por cientos de miles”.

¿Es posible expulsar la dimensión política de las instituciones psicoanalíticas (aunque en su caso los paquetes no lleguen a cientos de miles y deban conformarse con cantidades más modestas)?. ¿Es posible preservar a los sujetos analistas en su singularidad de esta dimensión de ciudadanos que el discurso político genera?.

Continúa Lacan, refiriéndose a su expulsión de la IPA: “Algunos, desde fuera, pueden asombrarse de que en esta negociación hayan participado, de manera muy insistente, algunos de mis analizados, y hasta analizados que aún estaban en análisis”. Esto hace surgir una pregunta: “¿Cómo es posible una cosa semejante, a no ser que exista, en las relaciones con sus analizados, alguna discordia que pone en tela de juicio el valor del análisis?”. Pregunta que resuena cuando recordamos que el propio Lacan reconoció que llegó un momento en el que en su análisis con Lowenstein sólo le interesaba que éste lo promocionara a analista didacta. O que Miller ocultaría en su análisis con Mellman, los actos políticos que preparaba con el fin de excluir de la institución a algunos analistas, entre los que se contaba el suyo.

Podemos rastrear una respuesta en lo que escribiera Colette Soler, mucho antes de su propia separación de la AMP:
“… a menudo se habla de la virulencia del narcisismo que reina en los grupos analíticos. Desde el exterior hay quienes se asombran de que algunos que han hecho un análisis no sean más sabios y sí tan ávido, y tan vindicativos, cuando se trata de ponerse ahí”. (…) “Veo en ello una manifestación del fin (de análisis) por el “hacerse ser”, por lo que podemos llamar el narcisismo del ser, que no es el único. Y, después de todo, en efecto, un sujeto puede haberlo aprendido en un análisis”.

Si el análisis no suprime la estructura neurótica, ni los síntomas a que ésta da lugar, ni el inconsciente, ni la transferencia, habrá que aprender a convivir con ellos también entre analistas. O sustraerse a toda institución o grupo. Pero las instituciones analíticas son necesarias si se pretende, no ya seducir al Amo, que no es seducible, sino a algunos de sus esclavos.

¿Se trata entonces de que el discurso analítico no nos sirve de nada en nuestra praxis institucional?. Se trata de hacer consciente, no lo inconsciente, sino el inconsciente, el hecho de que tenemos uno, y desarrollar nuestra praxis, también la institucional, contando con el inconsciente y sabiéndola sometida a sus efectos.

Luis Teszkiewicz y Marina Averbach.

¿QUIÉN DIRIGE LA CURA EN LAS PSICOSIS?

octubre 17th, 2004|

«Los intolerantes empiezan por aniquilar el pensamiento; después enlodan los adjetivos, secuestran el verbo, y, al final, van a por el sujeto»

BERTOLT BRECHT

La crisis ideológica (fin de la ilusión de que hay que hacer algo por los otros); la crisis económica (enorme costo del tratamiento ambulatorio); la crisis de representatividad de los analistas en la sociedad; ponen en peligro a la Reforma Psiquiátrica en su conjunto y empujan, no sólo a la respuesta biologicista, sino hacia la solución manicomial.

Ahora bien, ¿tenemos los analistas una respuesta alternativa a las psicosis?.

Estamos acostumbrados a una serie de fórmulas: No hay Inconsciente, No hay objeto, No hay elección de objeto, No hay Nombre-del-Padre, No hay simbolización. Todas frases negativas.

Freud ha aportado una comprensión de las psicosis, una serie de hipótesis causales, pero, con una honestidad que lo honra, concluyó: «No es posible el Psicoanálisis con pacientes psicóticos». (Otra fórmula negativa).

¿Qué hacer entonces cuando aceptamos en nuestra consulta, pública o privada, a un paciente al que hemos vedado de entrada el acceso a los frutos del análisis?

Lo cierto es que cada vez que me encuentro con un psicótico, animada con “mi deseo de analista”, deseo de apertura del Inconsciente, allí donde el Inconsciente ha sido rechazado; con una técnica y un encuadre que serán de continuo violentados; cada vez que se establece un encuentro (lo que no ocurre siempre) sucede algo allí que interroga a la teoría.

La psicosis plantea muchos interrogantes. Escogí uno de ellos para titular esta presentación: «¿Quién dirige la cura en las psicosis?».

Es una pregunta con trampa, ya que quien dirige la cura es siempre el mismo: el deseo del analista. No el analista, sino su deseo.

La pregunta que me formulo es: ¿qué deseo pone en juego la psicosis en el lugar del analista?, allí donde ya no nos vale la feliz fórmula: el deseo de apertura del inconsciente.

Cuando nos encontramos con un psicótico nos enfrentamos a la ausencia de unos presupuestos compartidos, ausencia que hace que para él nuestro discurso sea tan discutible y carente de todo poder de certeza como el suyo para nuestra escucha.

Dos discursos se encuentran, y cada uno se revela ante el otro como lugar en que todo enunciado puede ser replanteado radicalmente, en el que ninguna evidencia tiene certeza de ser evidente para el otro. La psicosis cuestiona el patrimonio común de certeza y la lógica causal en que se funda nuestra cultura.

El psicoanálisis es una praxis. Esto quiere decir que en el campo de la experiencia freudiana no hay lugar para un conocimiento teórico de un fenómeno psíquico, sin que este conocimiento posibilite (no digo que asegure) una acción sobre el fenómeno.

La paradoja reside en que, por un lado, contamos con un modelo teórico que nos permite “comprender” el discurso psicótico y, por otro, esa comprensión resulta en general (o en buena parte de los casos) ineficaz.

Las psicosis cuestionan lo que entendemos por psicoanálisis, por dispositivo analítico y por lugar del analista.

Voy a enunciar entonces la hipótesis que pretendo sostener en este trabajo: “no hay psicoanalisis del psicótico” pero el psicótico puede beneficiarse del psicoánalisis, usar a su analista para obtener algo que ( en determinadas circunstancias ) él ,y sólo él entre todos los especialistas en salud mental, está en condiciones de ofrecerle, precisamente por ser psicoanalista.

¿Que nos autoriza a hablar de una aventura (la del psicótico) que, a diferencia de la neurosis, no hemos vivido subjetivamente?. Esto hace obstáculo en la cura.

No podemos entender nada de la psicosis, porque nuestro esquema mental de neuróticos está organizado de acuerdo a nuestro fantasma neurótico, fantasma que se funda en la castración, que es lo que en el psicótico no hay.

Podemos vivir con nuestras “paranoias”, nuestra “esquizia”, aquello que llamamos nuestra “melancolía”, con todos esos horrores que nos apasionan y enferman, con nuestra “locura” en suma; sin la cual no seríamos quienes somos.

Dice Lacán: «Y al ser del hombre no sólo no se lo puede comprender sin la locura, sino que ni siquiera sería el ser del hombre, sino llevara en sí la locura cómo límite de su libertad” (”Acerca de la causalidad psiquica”)

Todos deliramos. Pero el delirio psicótico, lo sabemos, es otra cosa. El saber que despliega el psicótico es un saber que no está reprimido, que está ahí.

Sólo, quizás, el haber hecho la experiencia de su propio inconsciente, permita a un analista consentir a abandonar la seguridad de un dispositivo, de un lugar y un deseo de analistas; consentir a que ese dispositivo, ese lugar y ese deseo, sean orientados por la llamada misma del psicótico.

¿En qué consiste esta llamada?.

Una de las respuestas que se ha dado a porqué el psicoanálisis no es posible con sujetos psicóticos, es porque no hay transferencia en las psicosis.

No es una explicación baladí, ya que es la que da el mismo Freud en Introducción al Narcisismo (1914).

La transferencia es amor, y el amor es el signo de máximo desarrollo de la libido objetal, la libido del sujeto está fuera de él, está puesta en otro.

Freud hace una cita: «Allí donde el amor despierta, muere el yo déspota, sombrío» y la invierte: «Allí donde el amor muere (en la esuizofrenia) se afirma el yo déspota, sombrío».

No hay relación de objeto, dice Freud. Y no hay relación de objeto porque él, el psicótico, está en el lugar del objeto.

Hace unos pocos días, un paciente psicótico, al que llamaré Nicolás, me dio un ejemplo sencillo y acabado de esta muerte del objeto.

Se trata de un esquizofrénico que, desde hace un tiempo excesivamente largo, se ve arrastrado por una hiperactividad física que ningún medicamento ha podido refrenar, y una hiperactividad imaginaria, metonímica, que lo lleva de un significante a otro, de un objeto a otro, sin poder anudar su libido a ninguno.

De pronto emerge un objeto privilegiado: una mujer a la que ha conocido hace tiempo. Proyecta casarse con ella y hace planes para eso. Después de tanto tiempo a la deriva, que canalice su libido en un objeto resulta, cuanto menos, tranquilizador.

Pero me inquieta que haga planes irrealizables que puedan llevarlo a un nuevo fracaso, a un nuevo brote y a un nuevo ingreso. Le aporto entonces aquella significación que está eliminada en su discurso: la posibilidad de que esta mujer no comparta sus proyectos. ¡Ingenua de mí!… Me responde: “¿Y eso qué importa? ¡Hay tantas mujeres!”. Ése es el lugar del objeto para él: “¿qué importa? ¡hay tantos!”, y prosigue su loca carrera a ninguna parte.

No hay deseo, no hay objeto de deseo, porque no está la libido puesta en el campo del Otro. Esto trastoca toda
la relación con el Otro: en el campo del amor, en el campo del deseo, en el campo del análisis.

Entonces, ¿no hay transferencia en la psicosis?. Evidentemente la transferencia imaginaria, la catexis libidinal de una imagen proyectada sobre el analista, se da en las psicosis, lo que resiste el análisis es su exceso, no su ausencia.

El psicótico transfiere a la situación analítica lo que continúa repitiendo de su relación con el discurso del Otro: su relación delirante con el Otro .

José fue un niño inteligente, “normal”, lo único que llamaba la atención en el pequeño José, era un temor obsesivo a que otros utilizaran sus pertenencias: ropa, utensilios, etc.

Luego de la muerte del padre, José ingresa a una secta religiosa. La Secta lo absorbe por completo. Le encarga incluso el que sería su mayor trabajo profesional: la construcción de un templo.

Todo parece marchar sobre ruedas, al menos para José, y entonces, la ruptura.

José rompe con su novia. Antes o después rompe con la secta.

Regresa entonces al hogar materno, para ofrecerse como objeto del Otro.

El primer síntoma registrado por la familia es un intento incestuoso de besar en la boca a su madre.

Poco después no puede localizar unos calzoncillos. Este extravío lo desmorona . Permanece 18 horas de pie, inmóvil y en silencio.

?

Cuando vuelve a hablar (esto se dice rápido: fueron necesarios meses de paciencia para que hablara, primero, y para que dijera algo, después). Cuando vuelve a decir “algo”, nos dice su delirio:

Hay un Consejo que todo lo sabe, es EL que toma las decisiones. José no sabe porqué hace las cosas que hace, son designios del Consejo.

Ya está: ahora delira. Y ahora, ¿qué hacemos?

Lo que recibe José de Consejo no son imágenes, son ideas, que él ni siquiera vehiculiza por medio de imágenes acústicas: no oye voces, sólo recibe sentidos, sentidos plenos, acabados, que no hacen cadena..

Eso no requiere ninguna explicación, es así y él lo sabe. Y si me lo dice a mí es para transmitirme un saber que para él es evidencia.

Por eso no parece posible el análisis, no hay ningún saber analítico (ni médico) posible. Él es quien sabe, y lo que sabe lo aplasta, lo borra como sujeto, sólo resta de él eso que sabe y que le viene del Otro.

José va a dar de baja a su coche. En Tráfico ponen un sello a los documentos que él ha llevado. El sello dice: “FUERA DE CIRCULACIÓN”, y ese significante viene al lugar de una respuesta respecto de su identidad. Es él quien está “fuera de circulación” y José se dirige al Hospital a solicitar su ingreso.

¿Qué hacer entonces? ¿Estimular lo imaginario? ¿Ayudarlo a encontrar un objeto imaginario de su elección al que anudar su libido?. Puede ser, pero no es siempre posible. Puede ocurrir como con Nicolás, que capte aquello que el neurótico no “ve”: que no vale la pena anudarse a un objeto, siempre “hay otros”.

Otras elaboraciones han apuntado en sentido contrario. Puesto que en las psicosis hay un déficit simbólico, habría que apuntalar lo simbólico, hacer del análisis o de la Institución una prótesis simbólica.

Él ya ha buscado (luego de la muerte de su padre, no lo olvidemos) una prótesis simbólica en la Secta. La Secta se ha presentado así en el lugar del padre, en un lugar no inscripto, y lo ha convocado a él a ese lugar al encargarle la construcción de un templo, contribuyendo aldesencadenamiento de la psicosis.

¿No nos ocurriría lo mismo si nos ofreciéramos como prótesis simbólica?.

Y, sin embargo, muchas veces la Institución funciona como prótesis que calma los trastornos imaginarios. Aplacamiento que puede durar toda la vida. Una vida muy pobre subjetivamente, pero muchos psicóticos se acomodan muy bien a la condición de objetos: objetos de la madre, objetos de la psiquiatría, objetos de la Institución, objetos, ¿por qué no?, del psicoanálisis .

A condición, claro, de que permanezca la prótesis institucional: Muchas veces, al abandonar, por cualquier razón, la Institución, se produce un nuevo desencadenamiento.

Recuerdo en particular un caso, de hace ya bastantes años. Se trata de una paciente, que atendía en consultas externas. Al anunciarle que yo iba a dejar mi trabajo en el Hospital (esto fue en la Argentina) la paciente me pide continuar su terapia en mi consulta, a lo que accedo.

En la entrevista siguiente, aún en el Hospital, comienza a interrogarme por cómo es mi consulta. En una serie de preguntas, hay una que destaca:

“¿Hay otra gente en su consulta? ¿Hay sala de espera?”.

Cometí el error de interpretarlo en relación a su temor a quedar encerrada en una relación dual conmigo.

Al otro día, la paciente me llama y me dice muy angustiada:

?

-”Dra., quiero acostarme con usted”.

Ésa es su respuesta a mi interpretación. Una precipitación, una confusión entre Sujeto y otro (con minúsculas) por eliminación del Otro (con mayúsculas). Una colisión imaginaria, por falta de mediación simbólica.

Lo que falla allí no es la transferencia, es el Inconsciente.

Creo que a este error me llevó mi deseo, que es, paradójicamente, el mismo deseo que me llevó a ser analista: deseo de saber sobre el deseo, deseo de apertura del Inconsciente

La pregunta esencial para todo sujeto es: ¿Quién soy yo?. Mi palabra no interrogó el Inconsciente de esta paciente, sino que fue respuesta que se articuló en el lugar de una pregunta imposible de formular.

Nuestro saber de analistas puede ser escuchado por el psicótico como certeza que se hace respuesta, con el riesgo de que el análisis mismo se vuelva lugar de repetición de su relación delirante con el Otro.

Piera Aulagnier cita un caso muy interesante de un sujeto psicótico. El núcleo del delirio es muy similar al de Schreber: Dios quiere femineizarlo.

A poco de comenzar su análisis, rechaza su delirio. El discurso analítico le ha enseñado que no era Dios quien quería hacerlo mujer. Eso ha sido un error. Ahora sabe que no es Dios sino su madre quien sostiene ese deseo.

El delirio cambia de lenguaje, pero se mantiene igual a sí mismo.

Nicolás me hace regalos, me trae objetos, significativos para él, y roba objetos, indiferentes para mí, de mi consulta. Busca en los objetos una concreción del amor, articula el amor con el goce del Otro, representado por su analista. Busco una instancia tercera, que se interponga en la colisión imaginaria. Lo derivo a otro psiquiatra para que lo medique.

Hacerse objeto de la transferencia psicótica tiene sus riesgos, no podemos recurrir a la interpretacíon para cortar la transferencia, lo único que podemos hacer es soportarla… Pero esto nos puede
conducir a un impasse

Nicolás saldrá del impasse, interponiendo allí, entre él y su analista, una mediación imaginaria: una mujer que lleva mi nombre.

Él mismo se construye un camino que conduce (son sus palabras):

“De la madre a la mujer, de la mujer a las mujeres”.

Ahora el “hay tantas mujeres en el mundo” puede adquirir un nuevo sentido: no el de la caída, el de la desvalorización del objeto; sino “hay otras mujeres” que no son ni mi madre, ni mi analista, construyendo así un esbozo de objeto o, al menos, un lugar para albergarlo.

Otro riesgo en el trabajo con psicóticos, es la erotomanía, sólo aparentemente opuesta al “delirio de amor”. Ambos responden a la pregunta por el goce del Otro. Uno no puede preguntarse: “¿Quién soy yo?” sin preguntarse “¿Qué es el Otro para mí?” (pregunta a la que responde el amor delirante) y “¿Quién soy yo para el otro?” (pregunta a la que responde la erotomanía). Expondré un momento erotómano en un análisis:

José construye un delirio en el que estoy celosa de la enfermera, celos de los que él es el motivo. Me acusa de “celotípica” (acusación que la madre ya le había formulado al padre). Se pregunta qué quiero yo de él, de quien nadie parece esperar nada, acomodado como está en su lugar de “loco simpático”. La única respuesta que encuentra es el amor.

Pero no respondo a su llamada de amor, ni la rechazo; no acudo al encuentro que su acusación de “celosa” me propone. Le pido que dé cuenta de ello, que añada significaciones. Se hace cargo entonces del lugar del que proviene esta llamada, de que es él quien espera algo de mí. La placa gira de “me ama” a “la amo”. Entonces me pide un beso. Demanda de amor a la que respondo señalándole que éste es mi trabajo.

?

La ecuación es sencilla: si es mi trabajo, lo que quiero es dinero. En la próxima sesión reitera su pedido al mismo tiempo que extiende un billete sobre la mesa. Le señalo que es la Comunidad de Madrid la que paga por mi trabajo.

José se ofrece al Otro como objeto, en un lugar que espera sea más tolerable para sí mismo, en la medida en que un analista suele ser una encarnación más benigna del Otro que una madre cocodrilo que todo lo devora.

Es sólo al no poder localizar en su analista un deseo que lo aloje como objeto, que un trabajo se hace posible.

El deseo del analista indica un lugar en el que espera que emerja un sujeto, lugar que el sujeto psicótico nunca encontró en el campo del Otro.

Si no podemos esperar que se abra una puerta de una casa que no existe, quizás podamos dejarnos usar, soportar la transferencia, dejarnos trabajar por ella, estar ahí, para que ahí el psicótico encuentre un lugar desde el cual reconstruirse. No huir de la transferencia imaginaria con que el psicótico nos invade, no huir ni dejarnos fijar en ella.

Esos movimientos transferenciales del psicótico en relación a su analista, que lo inclinan ora del lado de la erotomanía, ora del lado del delirio de amor, no son más que intentos de ser objetos de amor del Otro (lo que debe ser bastante mejor que ser objetos de la voluntad destructora, “insensata” del Otro).

Pero esta misma voluntad de ser objeto de nuestro amor, objeto de nuestro deseo, nos señala que esta allí la transferencia. Transferencia que, si somos capaces de soportar, quizás permita anudar algo de su “extravío”, de aquello que no tiene palabras para decirse porque no tiene inscripción en el Inconsciente.

Lo que vale para el amor, vale para el odio. A veces el sólo soportar la transferencia homicida de un paciente paranoico le permite detener ahí algo de su locura (eso sí, es preferible que sea con un guardia forzudo en la puerta. Otra ventaja del CSM respecto al consultorio).

Como el psicótico no puede demandarnos un saber sobre un objeto que no ha constituido en cuanto objeto de deseo, en su llamada se nos ofrece como el objeto que nos falta a nosotros, a quienes, en tanto neuróticos, sí nos falta el objeto.

Entonces, ¿cómo responder?.

En principio sabemos que, en cuanto analistas, nunca debemos responder desde el lugar en el que somos interpelados.

?

José ha subdividido los seres humanos en cuatro clases que no debemos confundir con clases económico-sociales:

1) LOS PIJOS: Personajes que José no cualifica, pero por los que no parece sentir ninguna simpatía.

2) LOS YUPPIES: Adictos al trabajo, que se han dejado seducir por la “engañifa” del prestigio social.

3) LOS PARIAS: Seres despreciados por los otros (pijos y yuppies), desechos de los otros.

4) LOS MACARRAS: (Grupo en que se inscribe el propio José) . Son aquellos que hacen circular la energía que en los otros está estancada, ayudando de esta manera a todos, en particular a los PARIAS.

Él se inscribe como macarra, para no ser paria, objeto de desecho del Otro. A mí, en principio, me ubica como Yuppie. Poco después, ya no soy yuppie, sino una paria, luego seré una macarra, como él: “Los dos somos iguales”. Pero no, parece que no siempre respondo como macarra.

“Tía, tú sí que eres extraña. A veces eres Yuppie, otras macarra. NO TE PUEDO UBICAR. USAS MUCHOS VELOS”.

Y va a intentar ubicarme en otro eje, no sincrónico sino diacrónico: el eje de las reencarnaciones.

Intento no confirmar ni desconfirmar el delirio, no adherirme a las significaciones que me ofrece, ni oponerme a ellas. Ofrecer mi lugar como un espacio vacío: vacío de saber, vacío de poder, vacío de cualquier deseo en relación a él.

Intento empujarlo a decirse como sujeto, a dar explicaciones de lo que le pasa. Lo invito a que me diga algo de un saber que él tiene. Y, si no lo tiene, que se lo invente.

Esto no me excluye de ciertas responsabilidades. No puedo evitar tomar decisiones en ciertos momentos. Actuar como psiquiatra a veces es la responsabilidad que he aceptado, al aceptar en análisis a un psicótico. Si un sujeto no tiene recursos para protegerse de los fenómenos que lo invaden, me siento en la obligación de proveerlo de otros recursos, otras mediaciones: la de la medicación, la del ingreso, la de la intervención con la familia o el entorno.

No siempre es posible conjugar ambos discursos. A veces, el indicar un ingreso o una medicación, nos ubica en el lugar del Amo. En esos casos creo que se necesitan dos, uno que haga las veces de psiquiatra, otro de analista que conserve su lugar vacío de deseo.

Deseo del analista que habita un lugar vacío. Eso lo sabemos… Pero, ¿qué deseo? ¿Qué deseo nos lleva a hacer de “secretarios”, de “testigos”, de “semejantes” o, por qué no, de “basureros”?.

Deseo de que el psicótico, por medio de su trabajo, se invente un lugar, se invente un saber, que le permitan hacer lazo social. Que con su delirio haga algo, que invente algo. Que viva
con
su delirio, como nosotros intentamos vivir con nuestro Inconsciente, y no para su delirio, como el neurótico vive para su Inconsciente. Que no sea un autómata del Significante, que viva dentro de un lazo social que no agota la vida, pero que es imprescindible para que ésta sea posible.

Para esto es necesario que el psicótico consienta a la experiencia que le proponemos.

Para concluir quería referirme a ciertos términos que he utilizado un poco “alegremente” en esta exposición:

Si el psicótico no es Sujeto, ni puede serlo, porque no es sujeto de deseo, no está barrado; deberemos inventar otra escritura para designar su subjetividad y no reducirlo al lugar de objeto. Como dice Lacán en el Sem. III “en tanto habla al otro… existe como sujeto”. (¡Y cómo hablan al otro! ¡Con qué ironía!).

Si no hay Inconsciente en la psicosis, al menos si lo pensamos como el Inconsciente neurótico; sí algo hay ahí, algo que Freud llamó “Inconsciente a cielo abierto”, algo que permite al psicótico soñar. Si a eso, según nuestro modelo, no podemos llamarlo Inconsciente, tendremos que inventarle un Significante a ese “Inconsciente”.

Si no hay Fantasma en la psicosis, (al menos si aceptamos que el fantasma es respuesta subjetiva al deseo del Otro), sí hay algo allí que se parece a un fantasma: una serie de fantasías con las que el psicótico intenta arreglárselas con “lo que hay”. Y , en algunos casos, podremos ayudarlo, como agentes simbólicos, a que realice una construcción fantasmática que le permita cierto lazo social.

Si no hay transferencia simbólica en la psicosis, hay algo que permite nuestro trabajo y a lo que, de algún modo, tendremos que nombrar.

Respecto de los pacientes que han contribuido a esta presentación, no diré que están estabilizados, pero sí que José ha abandonado su rigidez corporal, estudia inglés y va retomando poco a poco cierto lazo social.

Mientras me cuenta su delirio, se lo inventa para contármelo:

“Tía” -me dice- “¿Tengo que explicártelo todo?”.

Sí, y mientras me lo explica, sistematiza un delirio y, en él, se inventa un mundo que él pueda habitar. Se construye así una historia de re-encarnaciones y, a la vez, re-crea una historia infantil.

Es mi ignorancia, porque yo sí estoy tachada, barrada, lo que me permite ubicar, en el lugar del analista, una demanda de trabajo que incita a ese psicótico a la producción.

En cuanto a Nicolás, continúa intentando construirse un objeto mujer para su uso.

Por mi parte, lo único que he hecho ha sido incitarlos a trabajar. Suyos serán los frutos de ese trabajo. ¿Qué pasará más adelante?. No lo sé.

Marina Averbach y Luis Teszkiewicz

PRESENTADO EN LES ÉTATS GENERAUX DE LA PSICANALYS? – UNIVERSIDAD DE LA SORBONA – PARÍS – 2.000

PULICADO EN “ACHERONTA Nº 8?, REVISTA DE PSICOANÁLISIS. http://www.acheronta.org/

DE LA MELANCOLÍA, MAL DEL SIGLO

octubre 17th, 2004|

POR UNA LIBRA DE CARNE

En un encuentro reciente en Madrid, Elizabeth Roudinesco comentaba que a fines del siglo pasado, en el momento inaugural del psicoanálisis, las consultas psiquiátricas estaban plenas de histerias, pero que a fines del siglo XX y comienzos del XXI son poco frecuentes las histerias clásicas y la mayor demanda explícita que debemos afrontar psiquiatras, psicoanalistas, psicoterapeutas y demás trabajadores de salud mental es la de las melancolías y depresiones.

Pero mientras que la histeria, patología fundante del psicoanálisis, parece acabadamente definida, entre los términos que define el “Diccionario Psicoanalítico” de Laplanche y Pontalis no figuran la melancolía ni la depresión.

Esto nos plantea una pregunta: ¿A qué llamamos melancolía?¿, ¿En qué consiste esta patología que los analistas dicen encontrar frecuentemente en sus consultas pero que no figura en sus léxicos?

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Una libra de Carne

“La verdad, no sé por qué estoy tan triste.
Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros;
Pero ¿cómo me ha dado o venido?,
¿En qué consiste?, ¿de dónde salió?,
Lo ignoro.
Y tan torpe me vuelve este desánimo,
Que me cuesta trabajo conocerme.

Con estas palabras se nos presenta Antonio, “el mercader de Venecia”. Éstas son las palabras que elige Shakespeare para iniciar una comedia. Palabras que manifiestan una tristeza que permanece inalterada a lo largo de la obra. No la agravan las circunstancias dramáticas de la trama, no la alivia el final feliz que el autor ha elegido; nada la justifica, ninguna palabra en el texto viene a responder a la pregunta inaugural sobre su causa.

En la primera escena Antonio se compromete a saldar una deuda con una libra de su propia carne, pero “¿cuánto vale una libra de carne humana?”. Y, sin embargo, ese es el precio que paga el hablante ser para ser precisamente eso: un ser hablante. Sacrifica al lenguaje algo del orden de la materialidad de su cuerpo, de su condición de viviente: “su buena libra de carne”, según la metáfora que Lacan tomó prestada a Shakespeare.

No es pequeño el sacrificio que a cada sujeto impone el lenguaje, y, sin embargo, el Otro podría responder, como lo hace Shylock, el acreedor del mercader de Venecia:

“…¿Y yo qué gano exigiendo la sanción?.
(…) Oídme:
Por complacerlo ofrezco gentileza.
Si la toma, bien; si no, adiós”

Pero el Lenguaje, ya se sabe, no responde. Ante ese silencio al sujeto sólo le queda inventarse una respuesta: culpabilizar al Otro por su falta, o culpabilizarse a sí mismo.

Culpabilizar al Otro es la elección del paranoico. ¿Diremos, como hace Colette Soler, que el melancólico es aquel que se culpabiliza a sí mismo? Pero ¿acaso Freud no nos señaló la universalidad del sentimiento de culpa?. ¿Es entonces universal la melancolía?

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A esa conclusión ha llegado la psiquiatría por ortos derroteros. Llevada por la eficacia medicamentosa (única posible para un discurso amo que sólo valora la eficacia) ha terminado por disolver el cuadro clínico Melancolía, vigente desde los griegos, en la depresión, o sea: todos aquellos casos en los que los antidepresivos son eficaces. Y en muchos casos lo son.

En función de estos nuevos psicotrópicos, la depresión misma parece universalizarse: se incluyen en ella las anorexias, las ludopatías, las neurosis obsesivas, y (¿por qué no?) ciertas psicosis.

A esta “globalización” de la depresión contribuye también el hecho de que es hoy el diagnóstico que hace lazo social. Los que hacemos de psiquiatras en la Seguridad Social, aconsejamos muchas veces a “nuestros” psicóticos que presenten sus brotes como “depresiones”, el síntoma que la sociedad, la cultura, el amo, aceptan.

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Algunos analistas, guiados por la enseñanza de Freud, han llegado a postular la existencia de un núcleo melancólico en todo sujeto humano.

Para Pichon-Rivière la tristeza es el síntoma nuclear de cualquier patología.

Winnicott, en “La defensa maníaca” (1935), sostiene que toda relación con la realidad: la compañía, el amor, la amistad; todo lazo social (incluido el erotismo), toda acción, son defensas maníacas. Defensas contra aquello que Lacan llamará “el dolor de existir”.

Son posiciones que se autorizan en Freud: el principio de inercia, la pérdida originaria, la pulsión de muerte, la tendencia a lo inorgánico, el masoquismo primario… son todos términos con resonancias melancólicas.

Dice Lacan en su “Respuesta al informe de Daniel Lagache”: “El sujeto no encuentra más eco que el silencio de la pulsión de muerte, que es necesario que entre en juego para provocar ese fondo de depresión, reconstituido por la Sra. Melanie Klein con ese genio que la guía al filo de los fantasmas”.

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Cuando llega el momento en que debe saldar su deuda pagando con su vida, Antonio nos dice:

“…la fortuna se porta mejor que de costumbre,
pues deja al desgraciado con más años que dinero,
para que, con ojos hundidos y arrugas en la frente,
sufra la pobreza en la vejez;
mientras que a mí me libra de esta angustia interminable”

La vida es para él “esta angustia interminable”. Es el discurso de un melancólico, pero ¿qué es un melancólico?

Shakespeare le hace decir a Antonio, el mercader:

“Soy la oveja enferma del rebaño, la primera en morir.
El fruto más débil cae antes al suelo;
Así sea conmigo.”

¿Llamamos entonces melancólico al “fruto más débil”? ¿A aquél que opone a la falta de certeza del neurótico su certeza de ser “la oveja negra del rebaño”, la excrecencia del mundo? ¿Es ésta una certeza psicótica? O, mejor dicho, ¿existe dentro de las melancolías, dentro de las diferentes posiciones melancólicas, una psicosis melancólica?

Y, si es así, ¿se trata de una psicosis al mismo titulo que las otras? ¿Podemos, como hace Colette Soler, oponerla a la paranoia? Esta autora caracteriza la melancolía por su proyección de la culpa sobre sí mismo, en oposición a la proyección paranoica de la culpa sobre el Otro. ¿Podemos oponer así (y, por lo tanto, involucrar en una misma estructura) al melancólico culpable y al inocente paranoico?

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La ubicación nosológica de la melancolía es un problema de larga data en psicoanálisis. Quizás sea oportuno recordar que en el proyecto original de Freud. “Duelo y Melancolía” estaba destinado a ser uno de los capítulos de su “Introducción al narcisismo”, ya que es la relectura de este último libro la que nos ha inducido a sugerir un lugar específico para la psicosis melancólicas dentro de la estructura psicótica.

Es en “Introducción al Narcisismo” donde Freud está más cerca de definir un mecanismo espec?
?fico para el proceso psicótico: Ante una incidencia de la vida, una “frustración” (una “pérdida” podríamos decir utilizando el vocabulario de “Duelo y Melancolía”), los sujetos tienden a retirar su libido del mundo exterior v volcarla sobre los objetos de la fantasía (el objeto perdido, en el duelo). ¿Pero qué sucede con los sujetos que llamamos psicóticos?

Freud escribe que la libido retraída del mundo exterior no encuentra objetos a los que ligarse por déficit del mundo fantasmático, es decir, del inconsciente. La libido, imposibilitada de ligarse a objetos fantasmáticos, recae sobre el Yo.

Esto produciría un engrandecimiento del Yo, una “megalomanía” dice Freud, y una cancelación del interés por el mundo descatectizado. Momento silencioso que suele quedar oculto por un segundo momento más ruidoso, el del delirio, que es ya un intento de curación. Y en un sorprendente salto lógico, es a ese momento “catastrófico”, mudo, no observable, al que Freud considera nuclear, patognomónico de las psicosis.

Freud encuentra ecos de ese silencio en ciertas producciones delirantes: delirios de fin del mundo, “hombrecillos hechos a la ligera” en Schreber. En otros delirios no quedan rastros, pero esto no hace vacilar a Freud. “Terquedad” por la que apostamos, nosotros mismos hemos constatado en la clínica que muchos cuadros psicóticos comienzan con una catatonía, o con silencio.

Llegados a este punto nos asalta una duda: ¿Y cuando no hay delirio?, ¿Si no hay “intento de curación? La primera respuesta que se nos ocurre es que nos encontramos con una esquizofrenia simple. ¿Pero no será la psicosis melancólica otra de las formas que puede adoptar esa catástrofe del Yo en ausencia de intento de curación?

Se podría hacer una primer objeción: hay melancólicos que deliran. No hemos visto muchos, pero cuando lo hacen (la Depresión con Síntomas Psicóticos de la que habla el DSM4) su delirio no es ni de lejos tan florido como las producciones paranoicas o esquizofrénicas. Se limita a un sólo y único tema: delirio de culpabilidad, delirio de indignidad. Y cuando alzan esta queja hacia el Otro, no son los casos de peor pronostico. En los casos más graves sólo hay silencio.

¿Nos autoriza este razonamiento a pensar el silencio melancólico como momento mudo de la psicosis? ¿Una psicosis en estado puro, sin intento de curación?

Pensar así, sería otorgar a la Melancolía un estatuto de placa giratoria en el campo de la psicosis similar al que Lacan propusiera para la fobia en el campo de las neurosis. No estamos seguros de ello, pero algunos casos hallados en nuestra experiencia nos permiten sugerir esta posibilidad.

Juan acude desde hace años al Centro de Salud Mental, está diagnosticado como Depresión Mayor sin síntomas psicóticos. No tienemucho que decir, sólo repite una frase como una letanía: “Quiero tirarme del viaducto” (lugar emblemático del suicidio madrileño y próximo a su casa). Pero no se tira.

Le digo que eso ya lo sé, que me diga otra cosa. Un día dice algo nuevo: sus vecinos conspiran contra él, quieren que se tire desde el viaducto. Quizás sólo responde a mi demanda, pero produce un nuevo significante con el que, por paradójico que parezca, es posible trabajar.

Huyendo de los vecinos es acogido por su hermana. En el pueblo encuentra cierta serenidad de ánimo. Sólo recae cada vez que debe regresar a su piso, a sus vecinos, a la proximidad del viaducto (a pesar de que el ayuntamiento a erigido allí una protección para que los suicidas se busquen la muerte en otros barrios)

¿No cabe la posibilidad de que su delirio paranoico sea un intento de curación, un intento de salida de un estado melancólico de puro narcisismo? Ahora su deseo de muerte aparece invertido, proyectado sobre otros, pero él lucha por vivir.

Héctor me visita en la consulta privada. Permanece silencioso tras una máscara trágica que le ha valido un diagnóstico de Depresión Mayor.

Un día sale a dar un paseo. Se descubre eufórico. Aborda a los transeúntes, conversa con ellos, les hace regalos o les pide dinero. Corre aullando como un lobo por las calles. Es lobo, es pájaro, es árbol, es el dios de la suerte.

Su ingreso en una institución psiquiátrica, decidido por su familia, y una “buena” medicación harán de él otra voz un melancólico. Los psiquiatras que lo atienden cambian su diagnóstico de Depresión Mayor por el de Psicosis Maníaco Depresiva. ¿Haremos nosotros lo mismo?

¿No cabe la posibilidad de que su delirio maníaco sea una producción secundaria que le permite abandonar temporalmente su mortífero silencio narcisista y reemplazarlo por el sonido y la furia, también narcisistas? ¿Su manera de re-catectizar el mundo?

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Es una posibilidad que sugerimos según nuestra lectura de “Introducción al Narcisismo”, libro en el que Freud incluye la Melancolía en las Psiconeurosis Narcisistas, junto con la Paranoia, la Esquizofrenia y otras psicosis. Pero en 1924, en “Neurosis y Psicosis”, Freud limita el término “Neurosis Narcisistas” a las afecciones de tipo melancólico, diferenciándolas así tanto de las neurosis de transferencia como de las psicosis. ¿Cuál es la singularidad de esta melancolía, esta neurosis narcisista, que no puede ser incluida en las neurosis ni en las psicosis?

Freud no pretendía ser estructuralista, pero si se pretende hacer una lectura estructural del psicoanálisis caben dos posibilidades: considerar que el viejo Freud se equivocaba a este respecto y contar a la melancolía entre las psicosis, que es lo que hemos hecho la mayoría de los analistas al usar una nosografía no propuesta por Freud en la que las neurosis narcisistas pasan a ser un sub grupo de las psicosis; o bien coincidir con él y conservar para la melancolía un lugar tercero, independiente de ambas. Pero, en éste último caso, ¿cuál es su mecanismo específico? ¿Cuál es su manera de tratar lo real? ¿Se trata de producir un significante para la Melancolía? ¿O es la misma noción de estructura la que está puesta en cuestión?

A lo largo de nuestra lectura, sobre todo de autores contemporáneos; de nuestra clínica; de intercambios con colegas, hemos sentido que algo insistía en colarse bajo el término “melancolía”. Algo insiste. Y cuando algo insiste en tantos analistas es señal de que hay algo a lo que nos enfrenta la clínica y para lo que no bastan los saberes con que la acometemos. Tenemos la sensación de que los bordes que hemos expulsado por la puerta se nos cuelan por la ventana, y que los “casos límite” no se limitan en la práctica a las “esquizofrenias latentes que presentan una sintomatología de apariencia neurótica” (”Diccionario de Psicoanálisis”, de Laplanche y Pontalis). En esta bolsa, en que todo cabe, se suelen incluir las neurosis narcisistas de la última nosografía freudiana, cuyo paradigma es la melancolía.

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Creemos haber expuesto los diferentes conceptos con los que hemos topado en nuestra búsqueda bajo el término común Melancolía:

  • La melancolía como fondo de depresión común a todos los sujetos.

?

  • La melancolía como psicosis; y aún como momento mudo, catastrófico, común a
    toda psicosis.
  • ?

  • La melancolía como psiconeurosis narcisista, diferente tanto de la psicosis como de la neurosis (en la última nosografía freudiana); a la espera de un significante que la incluya en la concepción estructural del psicoanálisis.
  • ?

  • La melancolía como borde que parece escapar a toda noción estructural.
  • ?

¿Debemos entonces renunciar al concepto mismo de melancolía? ¿O preguntarnos qué es lo que tienen en común todas estas diferentes melancolías y que permite que utilicemos un mismo y único significante para designarlas?.

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“El Mercader de Venecia” se abandona a su suerte. Otros lo salvan, y Antonio conservará su vida y su fortuna (aunque de ambas su “humor” melancólico sacará poco provecho). ¿A qué recurso apela Shakespeare para salvar al bueno de Antonio? A ningún destino, a ningún azar. Sólo a la Ley.

Dice Porcia en el papel de jurista:

“El contrato no te da ni una gota de sangre.
Dice expresamente: “una libra de carne”
Conque llévate lo tuyo, tu libra de carne;
Mas, si al cortarla viertes una gota de sangre…”

El filo mortal del lenguaje realiza un corte en el viviente para extraer una libra de carne. Pero algunos sujetos padecen lo que Freud llamaba en sus primeros escritos sobre la melancolía “una hemorragia de libido”. Se identifican (en el sentido de identidad más que de identificación) a esa libra de carne y se pierden con ella. Quizás el término melancólico englobe a todos aquellos que, transgrediendo la ley, intentan acompañar con su sangre, sacrificando su vida, la libra de carne requerida para ingresar en el universo humano.

Barcelona – 2.000

PSIQUIATRÍA, PSICOFÁRMACOS Y DERECHOS HUMANOS (artículo completo)

octubre 10th, 2004|

Capítulo del libro “Historia de la Psiauiatría en Europa”, compilado por la Sociedad Europea de Historia y Filosofía de la Psiquiatría. Ed. Frenia.Madrid, 2.002

Al finalizar la 2ª Guerra Mundial, Occidente se encontró frente a un horror hasta entonces desconocido, o que no había querido conocer (al extremo que, a medida que transcurren los años, se pone en duda que alguna vez haya sucedido). La reacción fue un creciente anhelo por la democracia y los derechos humanos que, en pocos años, dio lugar al Pacto Contra el Genocidio y a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Tratado y Declaración que en muchos sentidos pueden parecer papel mojado, pero de los que no es conveniente burlarse porque han plasmado el sueño de una cosa, un ideal hasta entonces desconocido: igualdad de derechos para todos los seres humanos.

Puede que, de no haber mediado el exterminio sistemático de millones de personas mentalmente sanas, la crueldad extrema empleada por el régimen nazi con los diminuidos psíquicos hubiera pasado desapercibida. Después de todo, políticos y psiquiatras nazis no hicieron más que llevar a su extremo lógico lo que era de uso habitual en Occidente y que, en muchos casos continuaría siéndolo: esterilizaciones involuntarias en EE.UU. y Suiza, experimentación con seres humanos, lobotomías.

Pero los nazis se pasaron de la raya: “En 1939, Adolf Hitler ordenó la ’solución final’, la eutanasia masiva para todas las “vidas improductivas”, “vidas desprovistas de valor e indignas de ser vividas”, lo que supuso el exterminio de casi 300.000 enfermos mentales, con la activa colaboración de distinguidos psiquiatras alemanes de la época.”, como nos recuerda González Duro Ya no era posible continuar siendo indiferente al trato dado a los disminuidos psíquicos, y la Declaración de Derechos Humanos de la ONU recogió este compromiso: “La persona mentalmente retrasada tiene básicamente los mismos derechos que los demás ciudadanos pertenecientes a su mismo país y de su misma edad”.

Los esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de los enfermos mentales tienen una larga historia. Pinel, primer médico en hacerse cargo de un asilo, libera a los internados de sus cadenas, no casualmente en plena revolución francesa. Convencido de que era la sociedad la que enfermaba, el Dr. Pinel confiaba en que la sociedad sana, surgida de la revolución, permitiría acabar con la enfermedad mental. Por eso introdujo el tratamiento moral y proclamó encendidas arengas revolucionarias, seguramente tan apasionadas como ineficaces, llamando a los internos a integrarse en la nueva sociedad.

Se percibe ya una triple condición que acompañará a todas las reformas psiquiátricas democratizadoras: una situación histórica convulsa, médicos comprometidos con los sectores progresistas, y una concepción social de la salud y enfermedad mental. Con el permiso de los estudiosos de la historia y filosofía de la psiquiatría aquí presentes, aún siendo lega, voy a aventurarme en la materia.

LA REFORMA Casi un siglo y medio después de la reforma de Pinel, en la Cataluña republicana, el Dr. Tosquelles, y otros psiquiatras anarquistas organizan las Comarcas Catalanas, primer experiencia en psiquiatría comunitaria, al menos que yo sepa. Derrotada la República, la experiencia catalana se prolonga al otro lado de los Pirineos en la Geo-psiquiatría llevada a cabo por el psiquiátrico de Saint-Alban en plena ocupación alemana, y que se difundirá a toda Francia en la pos guerra.

El Sector francés comenzará a operar en los 50, se hará ley en los 60, se extenderá al conjunto de la población francesa en los 70… y comenzará a involucionar en los 80. Paralelamente, en una Gran Bretaña en guerra, los psicoanalistas movilizados se verán forzados a abandonar la paz de sus divanes.

Gracias a ello, Bion y otros psicoanalistas desarrollarán las técnicas de la Comunidad Terapéutica con soldados afectados de stress post traumático. Algunos de los partidarios de esta tendencia, especialmente anti-psiquiatras, interaccionales y ciertos psicoanalistas, se oponían a las terapias biológicas, a las que consideraban enmascaradoras de la verdadera problemática del paciente.

Paradójicamente, creo que los primeros neurolépticos, primeras herramientas farmacológicas eficaces en las psicosis, favorecieron el éxito ideológico de estas corrientes. Éxito tan espectacular que, en 1953, a pocos años de las primeras experiencias, la OMS promulga una recomendación para la reconversión de todos los hospitales psiquiátricos en comunidades terapéuticas.

Se pretendía favorecer así la psicoterapia institucional, pero no se afrontaba la problemática del encierro. El resultado fue que, extrañamente, los reformadores de la psiquiatría asilar convivían con ella en los asilos.

En los años 60, un grupo de psiquiatras italianos de izquierdas, encabezados por Basaglia, comienza a teorizar la supresión de las instituciones asilares y la creación de centros de salud mental ambulatorios integrados en las comunidades. Un homicidio cometido por un interno de permiso traslada el debate a la sociedad.

Es el agitado año de 1968 y la polémica, pretendidamente científica, divide rápidamente las aguas entre izquierda y derecha: una pide libertad, la otra seguridad y, consecuentemente, represión (Permítanme una anécdota significativa: cuando el Hospital Psiquiátrico de Gorizia anuncia que va a dar de alta a 130 internados, el gobierno provincial acuartela a las fuerzas de seguridad).

En los años 70 surge un movimiento por la Psiquiatría Democrática que integra, junto a personal de salud mental, a sindicatos, partidos políticos, intelectuales y artistas, como el prestigioso director de cine Marco Belochio, que realiza la extraordinaria película documental “Locos de desatar”, producida por Psiquiatría Democrática y la RAI.

En 1978 el Partido Radical presenta al congreso italiano un proyecto de ley de reforma psiquiátrica avalado por 500.000 firmas, lo que obliga a su discusión en el Parlamento. La reforma es aprobada. Todo este proceso pone de manifiesto que lo que está en juego no es una cuestión médico-psiquiátrica, sino una problemática de derechos humanos y un conflicto político y social.

Consciente de que las razones que lo impulsaban al cambio eran más ideológicas que médicas, Basaglia, siguiendo al psiquiatra francés Frantz Fanon, decía: “Somos perfectamente conscientes de comprometernos en una empresa absurda.” “Absurda pero inevitable, si no se quiere ser cómplice del no derecho, de la desigualdad, de la muerte cotidiana del hombre”. Si la precursora experiencia de psiquiatría comunitaria catalana fue derrotada por el fascismo junto con la República Española, se proyectó en otras experiencias europeas y retornó en las postrimerías del franquismo con la lucha por la reforma psiquiátrica que muchos de ustedes conocen de primera mano.

LA CONTRARREFORMA Pero los años 2.000 no son los 70, las condiciones históricas e ideológicas han cambiado y supongo que no digo nada nuevo si afirmo que la Reforma Psiquiátrica está en retroceso. Y creo que este retroceso se debe más al cambio en las condiciones sociales que a razones estrictamente psiquiátricas.

LA CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR: Las reformas psiquiátricas se han realizado en el marco del Estado de Bienestar impulsado por las socialdemocracias europeas
a partir de la posguerra. Todas han contado con un estado fuerte, con capacidad y vocación de inversión social y ninguna ha logrado alcanzar sus objetivos por falta de recursos.

Las asignaturas pendientes las resumen acertadamente Ana Martínez Valis y otros familiares de enfermos psicóticos jóvenes de un CAP de Salud Mental catalán: “La llamada Psiquiatría Comunitaria prometió a los familiares del enfermo mental suficientes recursos. Hoy sigue prometiendo mientras las familias soportamos presiones y responsabilidades excesivas (…) a menudo nos toca pagar con dinero (los que pueden) las insuficiencias de una “reforma” precaria, incompleta y que ha descargado sobre la familia a un sector de la sociedad demasiado complejo para que encuentre ahí su solución”.

Y concluyen demandando promesas incumplidas por la psiquiatría comunitaria: “Estancias de corta duración”, “visitas psiquiátricas domiciliarias de urgencias”, “una dotación suficiente de viviendas asistidas”, “una infraestructura para la integración socio-laboral de los enfermos psicóticos jóvenes” y “dotación asistencial.” Puesto que todas las reformas psiquiátricas europeas han quedado inconclusas, ninguna ha soportado bien el contraataque neo-liberal.

El sistema de salud está cediendo ante la presión de las empresas que ven en la salud pública un buen mercado de negocios, y no sólo en otros países: en Cataluña muchos CAP de Salud Mental son gestionados por instituciones privadas. Y si este trasvase de la salud pública a manos privadas a algunos nos preocupa en su conjunto, la situación es particularmente riesgosa en el sector de la salud mental.

En el Diario Médico del 3 de septiembre del 2.002, bajo el título “La asistencia en salud mental no es rentable” y el epígrafe “el retorno de la inversión es bajo”, leemos que un centro médico “de Estados Unidos ha decidido suspender su programa de asistencia a pacientes con patología mental debido a su baja rentabilidad”. Si el estado de bienestar no ha podido asegurar la reforma, ¿qué podemos esperar cuando asistimos a su desmantelamiento?.

No ha sido necesario modificar ninguna disposición legal para que inspectores, tribunales médicos y jueces nos sorprendan denegando jubilaciones y asignaciones mensuales a pacientes en casos idénticos a otros que hace poco tiempo eran aprobados sin reparos. En estas circunstancias, los familiares que reclaman “una buena dotación de servicios alternativos”, difícilmente serán atendidos. Atormentados por la situación de desamparo en que se encuentran, dicen que, “hablando claro”, la Reforma “empezó la casa por el tejado”, pero lo cierto es que, lejos de reforzarse los cimientos, el tejado está por desplomarse sobre la cabeza de sus familiares enfermos.

Dicho esto, no creo que el problema se reduzca al debilitamiento progresivo del sistema de Seguridad Social. Contribuye también que esta desinversión se encuentra con un extraordinario incremento de la demanda que obedece a diversas causas. Entre ellas: la misma Reforma y la democratización de la psiquiatría, el desarrollo de nuevos psicofármacos y su difusión – promoción en medios de comunicación masivos, pero también el mundo en que vivimos.

LA IDEOLOGÍA PSIQUIÁTRICA Y SUS CONSECUENCIAS Dice Foucault que toda cultura crea sus propias plagas y la forma de representárselas.

Consecuentemente, en la Edad Media la locura fue una enfermedad demoníaca, y durante el absolutismo una enfermedad moral.

El capitalismo naciente incorporó una nueva categoría moral: la utilidad, entendida como productividad. Como lógica consecuencia, los enfermos mentales pasaron a ser aquello que tan bien expresa el decreto de su exterminio promulgado por los nazis en 1939: “vidas improductivas” y, por lo tanto, “vidas desprovistas de valor e indignas de ser vividas”.

Se consideró conveniente encerrarlos y así alejarlos de la sociedad productiva que se estaba construyendo. Con el descubrimiento de los neurolépticos los psicóticos encontraron una nueva utilidad: la del consumo. Claro que la mayoría no estaban en condiciones de pagar sus costosos tratamientos, el estado de bienestar lo hizo por ellos. Para entonces los enfermos mentales ya estaban incluidos en el saber médico.

La psiquiatría había alcanzado una nosología coherente y una fina descripción de cuadros clínicos, pero era poco lo que podía hacer por sus pacientes. Los neurolépticos vinieron, retroactivamente, a dar sentido a esta inclusión.

Los médicos no encerraron a los locos, los encontraron encerrados y no hallaron motivos para modificar esta situación.

El psicoanálisis, sin pronunciarse sobre el predominio de las causas orgánicas o psíquicas de la enfermedad, restituyó al enfermo mental una cierta responsabilidad en su propia enfermedad y, por lo tanto, en su cura, pero no por ello halló motivos para liberarlos de su encierro.

Fue necesario que psiquiatras como Tosquelles y psicoanalistas como Bion se encontraran frente a casos en los que la participación del hecho social era evidente para que comenzara a reconsiderarse la condición del enfermo mental.

Fue necesario que psicoanalistas, anti-psiquiatras e interaccionales creyeran en la participación de una estructura familiar patológica en la génesis y desarrollo de la enfermedad mental para que las Comunidades Terapéuticas se generalizaran.

Fue necesario que un conjunto significativo de psiquiatras, sociólogos y antropólogos incluyeran en el campo de la salud y enfermedad mental al conjunto de la sociedad, para que Basaglia pudiera decir que “se hace necesario eliminar el asilo, para reinstalar el problema de la producción de enfermedad mental – marginación – segregación en el seno de la comunidad”.

No pretendo sostener el acierto de estas hipótesis, no sólo porque excede el campo de ésta comunicación sino porque considero que en el campo de la etiogenia todos seguimos moviéndonos por indicios y conjeturas, es decir: ideología más prejuicios, sin que ninguna de las hipótesis existentes haya sido ratificada científicamente hasta la fecha; y en el campo del tratamiento todos los resultados obtenidos son parciales, ninguno concluyente.

Lo que me parece evidente es que de cómo concibamos la causa y la terapéutica de la enfermedad mental dependerá, en buena medida, el lugar que la sociedad asigne a los psicóticos.

Hoy en la psiquiatría predomina una concepción organogenética (algo que no nos ha dejado indiferentes ni a los psicoanalistas, cada vez más interesados en las neurociencias).

Consecuentemente, predomina un tratamiento biológico. Cuando es acompañado por psicoterapias, lo que no es frecuente, éstas son casi exclusivamente cognitivas o conductuales (creo que es diferente en EE.UU. o Francia, países con una gran proliferación de psicoterapias).

Personalmente no me considero en condiciones de sostener ni de rebatir estas hipótesis, por lo que renuncio de antemano a discutir su posible verdad para limitarme a destacar lo que considero uno de sus efectos más significativos.

La psiquiatría biológica no autoriza en modo alguno a responsabilizar por su enfermedad, en ningún grado, al sujeto diagnosticado como enfermo mental.

Ni su familia, ni la sociedad tienen ninguna participación en la génesis ni
en la evolución de la enfermedad mental.

Y las teorías cognitivas, que sí responsabilizan de algún modo al sujeto, excluyen de esta responsabilidad a su familia y al conjunto de la sociedad. Sin entrar a discutir el grado de verdad de estas teorías, lo que me parece indudable es que presentan una contradicción lógica con el actual sistema psiquiátrico, surgido de otras concepciones.

Esta contradicción la expresan con claridad los familiares de psicóticos del CAP de Sarriá-Sant Gervasi: “Antaño los familiares de los enfermos mentales, especialmente si se trataba de esquizofrénicos, eran culpabilizados por el “discurso psiquiátrico”. Ahora ya no, pero sigue exigiéndose de ellos que carguen con las consecuencias.

Liberados los pacientes y sus familias de toda responsabilidad, ésta sólo puede recaer en el estado. Pero no ya con la participación de la comunidad, como pretendía la Psiquiatría Comunitaria, puesto que la comunidad también ha quedado desresponsabilizada de la génesis de la enfermedad y, por lo tanto, de la marginación y segregación que padece el enfermo mental a causa de ella.

Es el estado en su función asistencial el que carga con la responsabilidad, función de asistencia en la que ha venido a relevar a la Iglesia, como corresponde a una sociedad laica.

En términos de Foucault, las Instituciones de Asistencia (sean de la Iglesia o del Estado) excluyen y segregan a los asistidos en la medida en que los objetivizan, los hacen objetos, es decir, no-sujetos, de su propia asistencia, generando así una conciencia social del asistido como lo otro.

Así lo expresa una pacienta que tuve la oportunidad de tratar en el CSM, diagnosticada de esquizofrenia paranoide, con seis ingresos a sus espaldas, y en tratamiento farmacológico con neurolépticos atípicos y psicoterapia psicoanalítica: “…Al final yo iba a un hospital de día, comía en un comedor del Ayuntamiento, me iban a dar 40.000 pesetas, que es una ridiculez, por parte del estado y me iban a meter en un albergue, porque yo no tenía casa, e iba a acabar siendo una de estas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que vive, ¿no?” “Entonces yo, viendo que esa era la solución que se me ofrecía, yo decidí…, no, no, no, un momento, yo voy a ver si, por mi propio pie, puedo funcionar yo de una manera mejor”.

No todos los pacientes tienen los recursos psíquicos e intelectuales con los que ella cuenta, es cierto. Pero también lo es que cuando la conocí, cuando era “una de estas personas que depende de todo lo que sobra en la sociedad en la que vive”, nadie hubiera creído, ni ella misma, que contaba con esos recursos. Y que de no haber aparecido, en un momento determinado, los recursos económicos necesarios para que pudiera realizar una psicoterapia privada con la frecuencia y dedicación que necesitaba, continuaríamos sin saberlo.

EL LOCO EN LA IMAGINERÍA POPULAR Tampoco contribuye a superar la marginación de los psicóticos la representación que el común de la población se hace de ellos. La figura del loco parece haber tenido desde siempre una gran presencia en nuestros sueños y pesadillas, y así lo ha reflejado el arte.

Don Quijote está loco por su adherencia a valores caballerescos pretéritos en la sociedad de su tiempo: el loco quijotesco es un inadaptado.

Al mismo tiempo, el teatro isabelino recoge una larga tradición por la que el loco y el bufón son los únicos que pueden decir la verdad (significativamente, en inglés, como en francés, loco y bufón se designan por un mismo término: fool).

Así el Rey Lear cuando descubre la verdad enloquece, o Hamlet simula estar loco para poder decir la verdad. Son locuras de ficción, pero reflejan una singular relación entre locura y verdad que, si está en el arte, es porque está en el imaginario de la época. Además de las imágenes literarias o pictóricas, el hombre de la calle tiene un conocimiento directo del psicótico y del disminuido psíquico, como ocurre aún en los pueblos, porque ¿quién ha conocido un pueblo sin su loco y su tonto?.

Foucault nos dice que, a partir del año 1656, en que comienza el encierro sistemático de los locos, éstos comienzan a desaparecer de la prosa del mundo.

Aún así, la figura del loco ha estado presente en nuestra cultura de las más diversas formas. Pero una vez supuestas causas biológicas o genéticas para su enfermedad, su verdad, es decir, su delirio, ya no tiene nada que decirnos.

Poco a poco van desapareciendo de la literatura y el cine, para reaparecer sólo como figuras de terror, encarnaciones del mal que perturba el orden social, en la literatura, el cine y la televisión (incluidos los telediarios), con el agravante de que muchas veces la imagen proyectada por los medios es la única representación del psicótico que se tiene en la actual cultura urbana. “Siempre es más fácil suponer que quién perpetra un crimen horripilante está loco, que no demostrar que es un malvado”, leemos en “Locuras de Cine”, un interesante libro editado por los laboratorios Jannsen-Cilag Y seguimos leyendo: “La omnipresencia de éste y otros estereotipos es preocupante, porque marcan con un doble estigma a quienes sufren dolencias psíquicas (…) y a sus familiares: además de locos, vapuleados por la ignorancia cruel de los demás…

El miedo a la peligrosidad del enfermo mental es el factor que más ha influido en su discriminación y en su rechazo social, y el cine, como medio de comunicación y difusor de ideología, ha contribuido con eficacia a forjar los tópicos en torno a la irracionalidad de una violencia que no es sólo expresión de la locura sino casi su único síntoma”.

JUSTICIA Y PSIQUIATRÍA.

Espero que me perdonarán si aventuro una hipótesis personal: la psiquiatrización de la justicia tampoco contribuye a la imagen que el hombre común tiene de los psicóticos.

Psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas han contribuido a humanizar la justicia penal, demostrando que, en muchos casos, la perturbación psíquica del criminal podía explicar crímenes sin motivo aparente y atenuar la responsabilidad de sus autores.

Se trataba de salvar a los psicóticos-criminales de la guillotina o la silla eléctrica, de permitirles continuar viviendo, aunque eso sí, rigurosamente vigilados.

Una vez iniciada, esta humanización de la justicia continuó ampliándose y extendiéndose. Así, abogados, jueces y psiquiatras podían librar a los enfermos mentales de la prisión (y a las prisiones de enfermos mentales), entregándolos a los asilos, aunque esto no siempre redundara en beneficio del delincuente.

La Reforma Psiquiátrica liberó a los enfermos mentales de los hospitales psiquiátricos, pero eso no afectó a la justicia penal. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos con los que, además de enfermos mentales son delincuentes?.

Cada vez en más casos los jueces aplican el atenuante o eximente por enfermedad mental, permanente o transitoria, o porque en el momento de cometer el delito el inculpado llevaban unas copas de más.

Así llegan a nuestra consulta delincuentes habituales por robos con o sin violencia, agresiones físicas, malos tratos o violaciones, condenados a tratamiento psiquiátrico. Es decir que el condenado es el psiquiatra. Condenado a tratar con pacientes forzosos, a veces violentos, que
sólo vienen a nuestra consulta para evitar la cárcel, que casi seguramente no cumplirán con el tratamiento que les indiquemos y que, muy probablemente, volverán a delinquir.

Tengo la sensación de que la Justicia, en ocasiones, remplaza el mediocre juicio humano de los actos por el más elevado y divino de las causas.

Nos encontramos así con crímenes sin criminales, porque sus autores padecen algún trastorno mental, incluida la adicción a drogas o alcohol. Más de un juez me ha manifestado algo así como: “¡Mójese doctora! ¿Lo metemos prisión o lo soltamos?”.

En esos casos no sé si se apela a una especie de don oracular por el que los psiquiatras sabríamos de antemano si ese paciente delinquirá otra vez o no, o si se pretende erigirnos en jueces, función para la que carezco de conocimientos y de vocación.

Como consecuencia de esta función, cada vez que un psicótico comete un crimen oímos en televisión que los culpables son los psiquiatras o el sistema de salud mental. Todos sabemos lo infrecuente que es que un psicótico cometa un crimen, pero también sabemos que no será eso lo que se reflejará en los medios de comunicación, más atentos a los estudios de audiencia que a los de campo .

Así cuando se supo que uno de los pocos asesinos en serie que ha habido en España había tenido reiterados ingresos en el psiquiátrico, se reprochó a los médicos que no hubieran tomado medidas ante su peligrosidad potencial.

El razonamiento es lógico: si un sujeto no puede ser juzgado por sus crímenes, porque no puede controlar sus impulsos, parece natural encerrarlo preventivamente. Pero si se comienza por encerrar a los potencialmente peligrosos, se termina en Auschwitz.

De este modo, la ley ha despenalizado a los enfermos mentales que cometen un delito, pero al precio de transformar a todos los enfermos mentales en sospechosos.

PARA TERMINAR Si alguno ha consultado la sinopsis notará que, en el camino de su construcción, este trabajo ha seguido derroteros muy distintos que los que me había propuesto. Pero lo que no ha cambiado es el motivo principal que me impulsó a escribirlo.

Creo que hemos avanzado mucho en los últimos años en el tratamiento de las psicosis y otros trastornos psíquicos, fundamentalmente gracias a la aparición de nuevos psicotrópicos.

Pero creo también que en el camino nos hemos dejado lo que, más allá de sus errores, nos habían aportado la fenomenología y el psicoanálisis, las comunidades terapéuticas y la psiquiatría comunitaria: devolverle la palabra al enfermo mental, intentar integrarlo a la comunidad de los hombres.

Y de esta pérdida no podemos culpar a los psicotrópicos ni a los avances de la psiquiatría biológica, puesto que ya se habían iniciado cuando se desarrollaron las diversas reformas psiquiátricas. Lo que a mi entender ha ocurrido es que, simultáneamente a los avances producidos en la psiquiatría biológica, se ha estrechado el campo de la Salud Mental hasta hacerlo coincidir con ella.

Gracias a los psicofármacos los psicóticos han recuperado parcialmente sus derechos, pero simultáneamente han perdido el derecho a la palabra, a que su palabra tenga algún valor.

Una vez supuestas causas biológicas o genéticas para la enfermedad mental, el enfermo, delirante o no, tampoco a los psiquiatras tiene nada que decirnos.

Y los psicóticos, liberados de su encierro, vagan por el mundo ajenos a todo, objetos de atención médica y asistencia social, sin ningún espacio para expresar su subjetividad.

Simultáneamente retornan prácticas que creíamos desterradas, al menos en este país y esta comunidad, como la sujeción mecánica prolongada, algo que hoy no se toleraría ni en instituciones penitenciarias sin provocar un reclamo por los derechos humanos de los presos.

Por otro lado, somos concientes del carácter muchas veces utópico de la psiquiatría comunitaria. ¿Cómo devolver a la comunidad sus responsabilidades si la comunidad ya no es lo que era?.

En palabras de Tosquelles: “Yo me he preguntado, en un proceso autocrítico, si esta noción de Sector no era una concepción que valía solamente en la Cataluña de 1934 o en la Francia de posguerra, es decir, cuando el ciudadano medio pesaba como tal, realmente, en las relaciones de producción”.

Y en palabras de Lion Murad, psiquiatra del Sector francés: “¿Qué es esto, en efecto, sino el fantasma arcaico, el sueño pasado de un modelo organizacional referido a una comunidad estable, asentada en un territorio, que no existe más en las nuevas poblaciones y menos aún en las grandes aglomeraciones urbanas? ¿Psiquiatría familiar?, ¿Psiquiatría barrial?, ¿Qué pueden significar hoy, en estas poblaciones, estas palabras…? .

Perdidas las relaciones comunales, con el anonimato creciente de los individuos, la dispersión de las familias y la ruptura de los lazos sociales de solidaridad, la empresa de la psiquiatría comunitaria, además de absurda como decía Basaglia, se ha vuelto imposible. Llegan cada vez más a nuestras consultas pacientes aquejados con problemas por lo que no hace tantos años se recurría a otras soluciones.

Se dirigen a nosotros pacientes con problemas sociales (parados de larga duración, personas disconformes con su trabajo o su remuneración, etc.).

En más de una ocasión me he encontrado con madres sufrientes por la muerte de un hijo que en otros tiempos hubieran recibido el apoyo de la familia o la comunidad; hoy nos los traen familiares o vecinos que ya no saben qué hacer ante esa angustia. ¿Qué esperan estas personas de nosotros? Que les recetemos una pastilla ¿Y qué podemos ofrecerles? Una pastilla. ¿Es necesario aclarar que no tengo nada en contra de los psicofármacos, que los utilizo cotidianamente en mi práctica y que agradezco su existencia?.

Lo que no cesa de sorprenderme es la extraña función que parecen estar llamados a cumplir Laborit declaró en una entrevista: “¿Por qué estamos contentos de tener psicotrópicos?. Porque la sociedad en que vivimos es insoportable. La gente ya no puede dormir, está angustiada, tiene necesidad de ser tranquilizada, sobre todo en las megalópolis.” (…) “La humanidad, en el curso de su evolución, estaba obligada a resignarse a las drogas.

Sin los psicotrópicos se hubiera producido tal vez una revolución en la conciencia humana que clamara: “¡Esto no se soporta más!”. Mientras, seguimos soportando gracias a los psicotrópicos”.

Y la falta de otras alternativas comunitarias hace que las más diversas formas de malestar psíquico y vital se dirijan a nuestros CSM.

O se crean los necesarios puestos profesionales para atender esta demanda (pero ¿cuántos serían necesarios en una sociedad que tiende a incrementar el malestar individual?), o forzados a responder a una demanda que nos excede, sin tiempo para dejar hablar al malestar subjetivo, nos veremos obligados a recurrir a la psicofarmacología como respuesta única.

La consecuencia será (ya es) la medicalización del malestar individual y social y la psiquiatrización de la sociedad (algo fácilmente verificable en el incremento continuo del consumo de psicofármacos).

Y los psiquiatras, en nuestra labor asistencial, serem
os poco más que expendedores de medicamentos.

PSICOANALISTAS ARGENTINOS EN LA SALUD MENTAL ESPAÑOLA

octubre 6th, 2004|

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