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13 – Trastorno Bipolar

/13 - Trastorno Bipolar

Las muertes por suicidio duplican a las de accidentes de tráfico

noviembre 29th, 2016|

Extractos del artículo publicado por Jessica Mouzo Quintáns en “El País” el 21 de octubre de 2016. Y reflexiones propias.

Más de 10 personas fallecen cada día en España por suicidio. Con 3.910 muertes al año el suicidio continúa por tercer año consecutivo marcando récord, situándose como primera causa de muerte no natural en nuestro país, más del doble de los fallecidos en accidentes de tráfico. Aunque con menos repercusión en los medios.

Y puede que sean más, porque hay un tabú al respecto y muchos suicidios se disfrazan bajo el eufemismo de “accidentes”, como el atropello mortal de una persona en las vías del tren sin que nadie parezca preguntarse por qué estaba allí.

El número de hospitalizaciones por tentativas de suicidio también se ha incrementado en los últimos años.

Desde el inicio de la crisis, los suicidios aumentaron un 48% y se mantienen como la primera causa de muerte prematura entre personas de 15 a 45 años. “La falta de ocupación se asocia con problemas de salud físicos y mentales que incluyen depresión, ansiedad y el aumento de las tasas de suicidio”. Aunque algunos expertos creen que: “Más allá de la influencia del aumento de paro, no se ha podido demostrar que la crisis económica provoque más suicidios. No hemos visto una asociación muy importante, aunque sí algunos casos”, matiza el doctor Diego Palao, jefe del servicio de salud mental del hospital Parc Taulí de Sabadell.

 

Hay más tentativas de suicidio en mujeres, pero más hombres fallecidos.

Aunque la mayoría de las tentativas de suicidios las realizan mujeres, un 74% de las muertes consumadas son hombres.

Más del 80% de las personas que intentan suicidarse tienen (…) algún trastorno mental, psiquiátrico o psicológico, como la depresión, otros trastornos afectivos (Trastorno Bipolar, distimia), trastornos de personalidad (fundamentalmente el Trastorno Límite de Personalidad o TLP), psicosis (esquizofrenia, paranoia, trastorno delirante persistente).  Cuando se asocia al consumo excesivo de alcohol el rieso es mayor. Trastornos psicológicos que en su mayoría no han sido debidamente atendidos por psiquiatras, psicólogos o psicoterapeutas.

El grueso de los fallecimientos se concentra en la edad adulta: entre los 45 y los 64 años, pero también es preocupante la incidencia en los más jóvenes, menores de 25 años. “En adolescentes son comunes las tentativas, pero son menos frecuentes los suicidios consumados”, apunta el Dr. Palao.

Suelen ser chicas, que no necesariamente padecen un trastorno mental grave, pero que pueden tener una reacción autodestructiva ante situaciones emocionales que las desbordan, y que no han consultado previamente a un psicólogo psicoterapeuta o han abandonado la psicoterapia.

Nunca debemos minimizar una tentativa de suicidio. Muchas veces no hay una auténtica voluntad de matarse, pero el riesgo existe. En ocasiones se interpreta que han querido “llamar la atención”. Mejor que sea así. Pero si han puesto en riesgo su vida para llamar la atención, debemos prestársela.

Lo más importante es la prevención del riesgo suicida, y ante una depresión, un trastorno afectivo, o cualquier otra perturbación psicológica, emocional o del estado de ánimo acudir al psicólogo psicoterapeuta.

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD MENTAL 2016

octubre 10th, 2016|

1 de cada 5 españoles (20%) ha padecido, padece o padecerá algún trastorno mental diagnosticado (hay muchos más sin diagnosticar porque no han consultado)

En el momento actual 1 de cada 10 españoles (10%) tiene algún tipo de tratamiento psiquiátrico, psicológico o psicoterapéutico.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) estima que 1 de cada 4 personas (25%) tiene un trastorno mental actual en el mundo*. Si las cifras en España son menores puede ser porque la salud mental de la población española es mejor, o porque los españoles consultan menos.

Pese a la frecuencia del padecimiento de trastornos mentales, más o menos severos, todavía en España no se aceptan estos trastornos con la misma naturalidad que otras enfermedades. Muchas personas que los padecen se dan múltiples excusas para no consultar. Quienes consultan muchas veces lo ocultan a familiares, amigos y conocidos como si de una vergüenza se tratara. Pareciera que reconocer que uno tiene problemas psíquicos o psicológicos y solicitar ayuda profesional implicara un estigma. Como si quienes padecen de sí mismos fueran “apestados” y no personas valiosas que requieren ayuda en algún momento de sus vidas.

Como sostiene el movimiento social asociativo Salud Mental España en su campaña con motivo del día mundial de la salud mental:“nadie elige tener un problema de salud mental, encontrarse mal o sufrir”. “Es cuestión de informarse, charlar, escuchar y apoyarse mutuamente”, dice González Zapico, presidente de esta confederación.

Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado en más de 100 países, no está de más reflexionar sobre esta falta de visibilidad de las personas afectadas de algún problema mental o psicológico y los prejuicios que les dificultan acceder a la atención profesional que necesitan. Hoy y todos los días.

*La información ha sido recogida del periódico digital lainformacion.com

10 BUENAS RAZONES PARA CONSULTARA UN PSICÓLOGO

octubre 1st, 2016|

¿Cuándo debo considerar que mis dificultades son parte del sufrimiento común de la vida? ¿Cuándo debemos pensar que ocurre algo más y consultar a un psicólogo?

Cuando existen trastornos mentales precisos la respuesta es sencilla: siempre. Pero con otras dificultades no tan definidas la frontera puede ser más confusa.

No podemos dar una respuesta general a estas preguntas que algunas personas nos han realizado en el blog, pero sí mencionar 10 situaciones (hay más) en las que la mayoría de las personas no suelen consultar, y deberían hacerlo:

1-Una emoción negativa que dura demasiado.

Todos sufrimos ansiedad de vez en cuando. Por ejemplo presentarnos a un examen, sufrir un accidente, tener que entregar un trabajo en determinada fecha, son hechos que provocan estrés y ansiedad en casi todas las personas.

Una mudanza, una separación, la pérdida de un ser querido, producen aun más estrés, ansiedad y/o depresión. Hay emociones negativas que no pueden evitarse porque forman parte de la vida y son consecuencia natural de algunos de sus avatares. ¿Pero qué pasa cuando duran más de lo esperable?

Estar un año, o incluso dos, deprimido por una separación puede ser normal; pasarse seis meses sin salir de casa es preocupante.

Estar preocupado por haber tenido un accidente o padecer una enfermedad es normal; “torturarse” porque “podría” sufrirse un accidente o contagiarse una enfermedad podemos considerarlo no tan normal.

Estar intensamente triste, ansioso o angustiado continuamente sin motivo aparente implica que ese motivo es desconocido para la persona que lo padece.

Ante estos síntomas es conveniente consultar a un psicoterapeuta.

(Nota: Como hemos explicado en otro artículo, la psicoterapia es el tratamiento de los problemas psicológicos y emocionales por medio de la palabra, y psicoterapeuta el profesional que la realiza. Psicólogo es un título universitario que, en su especialidad clínica, habilita al ejercicio de la psicoterapia. En el presente artículo utilizamos indistintamente los términos psicólogo y psicoterapeuta)

2- Haber padecido más de un ataque de pánico.

Los ataques de pánico se caracterizan por sensaciones de asfixia, ahogo, palpitaciones y, sobre todo, impresión de muerte inminente.

Cuando una persona sufre un ataque de pánico consulta a un médico o acude a urgencias hospitalarias. Si los médicos no encuentran ninguna causa orgánica para estos síntomas diagnostican ansiedad y recetan algún ansiolítico.

Si la crisis se repite vuelven a acudir a urgencias con el mismo resultado o la soportan estoicamente. Lo que casi nunca hacen es consultar a un psicólogo, porque difícilmente aceptan que esos síntomas físicos puedan ser de origen psicológico.

Si ese es su caso y no quiere vivir permanentemente en una espiral de temor a padecer un ataque, conductas evitativas de lugares en los que no sea fácil acceder a una atención médica inmediata (espacios cerrados o abiertos, supermercados, cines, salas de espectáculo…) y miedo a la enfermedad y la muerte, necesita consultar a un psicólogo.

3- Padecer de enfermedades psicosomáticas

Cuando uno padece de uno o más síntomas en el cuerpo debe consultar a un médico. Pero si, después de una revisión clínica y algunos estudios, no se encuentran causas en el cuerpo, no hay más remedio que buscarlas en la mente.

Esto es así porque mente y cuerpo están íntimamente relacionados y se afectan mutuamente. Ciertas enfermedades orgánicas pueden producir síntomas y trastornos mentales. Del mismo modo muchos problemas psícológicos originan síntomas en el cuerpo.

Si ha acudido al médico, éste ha considerado su malestar de posible origen psíquico y los síntomas persisten o se reiteran, consulte a un psicólogo.

4- Ciertos rasgos de personalidad producen sufrimiento en sí mismo o en terceros.

La personalidad y el carácter suelen ser estables a lo largo del tiempo. Un cambio radical (irascibilidad, impulsividad, agresividad con otros o consigo mismo, celos desmedidos, llanto inmotivado y muchos otros) puede ser síntoma de depresión encubierta, inestabilidad emocional, un trastorno de personalidad o, incluso, los primeros síntomas de una psicosis. Es preferible no esperar a que la enfermedad se desencadene en toda su virulencia.

Hay personas que viven con un sentimiento crónico de vacío. Necesitan mucho afecto pero sin darse cuenta alejan de sí a la gente, por lo que se sienten rechazados. No toleran la frustración, pero son presa fácil de ella. Idealizan a su pareja o amigos y ante la menor decepción los desvalorizan. Pasan del amor extremo al odio cuando se sienten decepcionados. Tienden a consumir alcohol u otras sustancias, asumen riesgos innecesarios, viven al límite, en un continuo sobresalto.

En un sentido opuesto hay personas perseverantes, obstinadas, preocupadas por detalles, exageradamente críticas consigo mismo y con los demás y, al mismo tiempo, dubitativas. En la mayoría de los casos la obsesividad excesiva afecta a la eficiencia en el trabajo; la alteración de normas o hábitos produce ansiedad y/o agresividad; las relaciones de parejas y con amigos están perturbadas por la frialdad afectiva y las “manías”. Y lo peor es que les es difícil experimentar placer ya que la obsesividad no descansa ni en tiempo de ocio.

Otras personas muestran una emotividad intensa y un exceso de emoción expresada. Necesitan ser siempre el centro de la atención. Esto puede hacer que sean seductoras y dramáticas, con relaciones intensas y conflictivas.

Los nombrados sólo son algunos ejemplos de comportamientos que pueden producir mucho sufrimiento sin que la persona piense que tiene una dificultad por la que debería consultar a un psicólogo, porque los experimenta como parte de su carácter o personalidad, y cree que no pueden cambiarse; o, al contrario, teme que una psicoterapia le haga perder su personalidad. No es así, hay métodos terapéuticos para intentar solucionar lo que no funciona, o funciona mal, respetando la individualidad de la persona.

5- No dormir bien es un problema más serio de lo que mucha gente cree.

Dormir un mínimo de seis horas diarias es necesario para la salud física y mental. Un insomnio prolongado puede alterar sensiblemente la estabilidad psíquica y emocional.

Si le cuesta conciliar o mantener el sueño, se despierta reiteradamente y tiene dificultad para volver a dormirse, debería consultar a un neurólogo o a un psiquiatra para remediarlo.

6- ¿Está aislado socialmente?.

Si usted en situaciones sociales manifiesta una gran inhibición que impide expresarse, sentimientos de inferioridad y mucha sensibilidad a posibles juicios negativos, es probable que padezca fobia social, un trastorno que tiene tratamiento psicológico.

¿Es vergonzoso, tímido, solitario y aislado? ¿No está contento con esta soledad y aislamiento? ¿En realidad desea tener más y mejores relaciones con otros y sufre por su soledad? ¿Pero a la vez evita las situaciones sociales por la ansiedad o malestar que le producen? En ese caso puede padecer un trastorno de personalidad por evitación, un trastorno más resistente pero que, como todo trastorno de personalidad, puede tratarse con psicoterapia.

7- Tener dificultades serias con el estado de ánimo.

Tanto la intensa tristeza en una persona que anteriormente se mostraba alegre, como la euforia excesiva e imprevista, o la alternancia entre esos estados de ánimo extremos en personas que supieron ser más estables, pueden ser señales de que se puede estar experimentando un trastorno del estádo de animo.

Las personas que sufren trastornos del humor muchas veces consultan al psiquiatra, pero raramente consultan a un psicólogo. Hacen mal, porque la medicación puede atenuar los síntomas más acuciantes, pero no puede resolver estos problemas en profundidad como sí puede hacerlo una psicoterapia.

8 – Infancias poco felices

El diagnóstico más frecuente con el que los niños vienen a consulta es el Trastorno por Déficit de Atención con o sin hiperactividad (TDAH), quizás porque es el que más habitualmente se realiza en niños. Muchos padres consultan al psicólogo o psicoterapeuta especializado en niños porque se resisten a medicar a sus hijos o no quieren que dependad indefinidamente de la medicación.

Pero pueden presentarse muchas otras dificultades psicológicas en la infancia a las que se da menos importancia porque son menos conflictivas para padres y docentes: encopresis (defecación involuntaria de un niño de más de tres años sin causas orgánicas) o enuresis (orinarse en la cama); síntomas obsesivos y compulsivos precoces; pesadillas, temores y angustias infantiles; sentimientos de impotencia y falta de confianza en sí mismos; omnipotencia temeraria; ánimo triste sostenido; rabietas intensas; etc. Signos todos ellos de perturbaciones emocionales tempranas.

Los padres no suelen consultar a un psicólogo de niños porque atribuyen erróneamente las causas de estas dificultades a faltas disciplinarias o educativas. Pero la infancia no siempre es ese paraíso que el adulto rememora cuando lo ha perdido.

Otro motivo por el que no se suele consultar a un psicoterapeuta es el prejuicio de que “es demasiado pequeño para ir al psicólogo”. En la práctica clínica ocurre todo lo contrario: cuanto más precoz es una psicoterapia más probabilidades tiene de ser más breve y más eficaz, tanto en los beneficios terapéuticos rápidos como en la prevención a largo plazo de problemas mayores.

9 – Adolescencias difíciles.

El psicólogo Aníbal Ponce decía que dos sentimientos caracterizan a la adolescencia: la ambición y la angustia. Ambición de los adolescentes porque aún no se ha topado con las inevitables frustraciones que impone la dura realidad y, por lo tanto, todo es posible; y angustia de los adolescentes porque, si todo es posible, también lo es lo peor.

Conflictos familiares; abuso de alcohol, dorgas o internet; una actitud “pasota”ante los estudios y obligaciones, irresponsabilidad y rebeldía; inhibición, retraimiento social y depresión, son algunas de las manifestaciones más frecuentes.

Cuando de nada sirve nuestra experiencia, porque la experiencia es, por definición, intransferible; cuando de nada sirven nuestros consejos, que a veces bastan para que el adolescente haga exactamente lo contrario; cuando de nada sirven el exceso de rigor ni el exceso de comprensión, cuando asistimos impotentes al proceso autodestructivo de un hijo; ha llegado la hora de consultar a un psicoterapeuta.

10 – Instatisfacción con la propia vida y el modo en que se está desarrollando

Mucha gente se siente insatisfecha con su vida, imposibilitada de disfrutarla, sin entusiasmo ni motivación. Han vivido mejor o peor, alcanzado más o menos sus objetivos, pero llega un momento en que no se reconocen a sí mismos y se preguntan “¿Quién soy yo?”. Quisieran cambiar su vida pero no saben como hacerlo.

Generalmente no se les ocurre consultar a un psicólogo porque no ven de qué modo podría ayudarlos. Y, sin embargo, estar insatisfecho y querer cambiar puede ser el mejor motivo para realizar una psicoterapia. Son esas personas, con esos conflictos, las que mejor provecho sacan de ella.

El terror de los diagnósticos

octubre 25th, 2013|

Un diagnóstico, pongamos como ejemplo el de Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), uno de los más frecuentes hoy en día, puede tranquilizar a un sujeto, porque le pone nombre a los problemas que tiene y les otorga una causa supuesta, una enfermedad.

Pero luego esa misma persona se pone a consultar por internet y encuentra comentarios de todo tipo, se siente identificado con muchos de ellos, se ve ante una enfermedad sin cura (eso es lo que dicen muchos comentarios y notas sobre el TLP) y lo inunda la angustia. Los efectos pueden ser devastadores.

No es esto lo que muestra nuestra experiencia clínica. Al contrario, en esa ya larga experiencia nos hemos encontrado con muchas personas distintas, también con muchos diagnósticos diferentes, y la mayoría de ellas, con un tratamiento adecuado y mucho trabajo por su parte, han progresado, evolucionado y desarrollado una vida que podemos llamar “normal” (palabra que no nos gusta porque implica una sujeción a la norma y nosotros trabajamos con personas, no con diagnósticos, personas que deben crear una solución personal y singular a los problemas que las aquejan).

Hay una diferencia significativa entre el ser y el tener. Muchas personas se presentan en nuestras consultas diciendo “Soy un TLP” o “Soy un TOC”, o “Soy un bipolar”, etc. Nadie es un TLP, nadie es un diagnóstico, sino una persona con determinados problemas que le han valido ese diagnóstico. La esencia de las personas no suele variar, pero las enfermedades, trastornos o diagnósticos sí pueden cambiar trabajando con ese fin.

EL TRASTORNO BIPOLAR, Un diagnóstico difícil

junio 4th, 2012|

Trastorno bipolar tipo I

Durante mucho tiempo la medicina psiquiátrica desarrolló una fina descripción de los cuadros clínicos que se le presentaban, pero carecía de herramientas para tratarlos.

Así ocurrió con la Psicosis Maníaco Depresiva (hoy llamada Trastorno Bipolar Tipo I), una enfermedad episódica que alterna episodios maníacos y episodios depresivos o melancólicos, con intervalos libres de síntomas

Los episodios maníacos se caracterizan por un estado de ánimo eufórico y un sentimiento de omnipotencia, negando los obstáculos que la realidad impone al cumplimiento de sus deseos. Uno de los rasgos más característicos es la fuga de ideas: verbalizaciones rápidas, con saltos de una idea a otra, sin poder centrarse en ninguna de ellas.

En este estado los sujetos afectados actúan con gran impulsividad y suelen incurrir en conductas de riesgo, gastos desmedidos, etc.

Muchos autores consideran a la manía un rechazo de los sentimientos depresivos que caracterizan a estas personas.

Los episodios maníacos suelen resolverse en episodios depresivos intensos en los que, todo lo contrario al estadío anterior, los sujetos se sienten miserables, carentes de todo valor, verdaderos deshechos. Los episodios melancólicos son muy intensos y con un alto riesgo suicida.

 

La melancolía y la manía son enfermedades ya descriptas por los antiguos griegos, el ciclo alternante de ambas en una única enfermedad es conocido desde el siglo XVII, y la moderna medicina psiquiátrica describió el cuadro clínico con finura y precisión a fines del siglo XIX.

Pero no se contó con un medicamento eficaz en la manía hasta 1949, con el descubrimiento del carbonato de litio. Posteriormente se incorporaron neurolépticos al tratamiento y, más recientemente, se descubrió que ciertos anticonvulsivantes tenían eficacia como estabilizadores del estado de ánimo, tanto en el momento maníaco como para prevenir recaídas.

Varios inconvenientes persisten:

Primero: en los episodios maníacos el vertiginoso aumento de la estimación de sí mismo y las ideas de grandeza pueden desembocar en ideas delirantes, así como la irritabilidad y el recelo pueden dar paso a ideas delirantes de persecución. Por otra parte, la fuga de ideas y la logorrea pueden dar lugar a una falta de comprensibilidad del lenguaje. Estos síntomas psicóticos pueden hacer que la manía se confunda con otra enfermedad, la esquizofrenia por ejemplo.

Segundo: el primer episodio maníaco puede producirse en cualquier momento a lo largo de la vida, lo que, en ocasiones, demora mucho el diagnóstico.

Tercero: muchos pacientes interrumpen la medicación llevados por su deseo de volver a vivenciar los momentos eufóricos propios de los episodios maníacos, pese a las terribles depresiones subsecuentes.

 

Hasta aquí el proceso sigue una determinada lógica: se cuenta con un cuadro clínico y se descubren medicaciones para tratarlo. Pero esta lógica se invierte cuando se producen nuevos descubrimientos farmacológicos. Así ocurre que los llamados estabilizadores del estado de ánimo muestran eficacia en personas que tienen episodios recurrentes de depresión sin antecedentes de episodios maníacos. Esto va a dar lugar al surgimiento del Trastorno Bipolar Tipo II.

 

Trastorno bipolar tipo II

Aquí también se trata de alternancia entre episodios con etapas libres de síntomas. Pero, mientras que para los episodios depresivos se sigue exigiendo que sean episodios de depresión mayor, los estados de ánimo elevados son episodios hipomaníacos.

La hipomanía es un estado de ánimo persistente elevado, expansivo, hiperactivo y/o irritable. Las personas en estado hipomaníaco tienen menos necesidad de dormir y descansar y son extremadamente extrovertidas.

Trastorno ciclotímico

Este trastorno consiste en la alternancia de episodios depresivos que no llegan a constituir una depresión mayor y episodios hipomaníacos con o sin épocas libres de síntomas.

Puesto que la mayoría de las personas tienen un estado de ánimo variable, el único criterio que tiene sentido para diagnosticar una ciclotimia es que los síntomas provoquen un malestar significativo o afecten a actividades importantes (trabajo, estudio, relaciones).

La gran dificultad de este diagnóstico reside en que es muy difícil diferenciar un estado de ánimo hipomaníaco de un estado de ánimo elevado normal. Corremos así el riesgo de, después de haber transformado la tristeza, toda tristeza, en una enfermedad: la depresión,  patologizar también los sentimientos de alegría.

Probablemente se trate de no privar a las personas que la necesiten de la medicación adecuada, pero sin por eso estigmatizarlas adjudicándoles un trastorno mental. Necesitar medicación psicotrópica no implica estar trastornado o ser un enfermo

 

El Trastorno Bipolar o cómo sobrevivir en la montaña rusa

marzo 10th, 2009|

El trastorno afectivo bipolar (TAB), conocido hasta no hace mucho como psicosis maníaco-depresiva, es un trastorno del estado del ánimo que se caracteriza por alternar períodos de depresión repetitivos con temporadas de euforia (fases maníacas).

Aunque aun no está totalmente probado, se lo supone causado por un desequilibrio químico en ciertos neurotransmisores, desequilibrio que produciría cierta labilidad en el estado de ánimo. Dado que ésta es una hipótesis válida pero carente de pruebas, otros autores sostienen una causalidad psíquica.

Se ha hecho bastante popular por la película “Mr. Jones”, en la que el personaje interpretado por Richard Gere oscila entre la alegría y la tristeza, ambas extremas.

Lo primero que hay que decir es que el trastorno bipolar es tratable y que, con un tratamiento adecuado, el pronóstico puede llegar a ser optimista.

Puede llevarse una vida normal, siempre que se siga un tratamiento apropiado, tanto médico como psicoterapéutico, y se tenga conciencia de que se trata de un trastorno crónico, por lo que el tratamiento no debe interrumpirse ni siquiera en los momentos asintomáticos. Pero esto no es tan sencillo como parece, y por razones diversas:

– En el Trastorno Bipolar tipo I (el más típico), el problema suele residir en que la persona “disfruta” de sus fases maníacas o eufóricas, con el sentimiento de omnipotencia característico y la excitación que lo acompaña, por lo que suele abandonar el tratamiento, al que ve como un freno a su “alegría”, pese a la experiencia de que a esos períodos eufóricos les suceden, inevitablemente, otros de intensa depresión, más aguda aun que en las depresiones típicas y con mayor riesgo suicida.

– En el Trastorno Bipolar tipo II (probablemente el más frecuente y el menos diagnosticado) no se producen estados maníacos o eufóricos manifiestos, por lo que pueden ser erróneamente diagnosticados como depresiones y no recibir, por lo tanto, el tratamiento adecuado.

El Trastorno Bipolar I:

Consideramos a una persona bipolar cuando los episodios depresivos se alternan con otros episodios llamados maníacos. Estos episodios se caracterizan (CIE.10 – Clasificación Internacional estadística de la OMS- Organización Mundial de la Salud) por “un período diferenciado de un estado de ánimo anormal y persistentemente elevado, expansivo o irritable, que dura al menos 1 semana, con al menos 3 de los siguientes síntomas”:
1. autoestima exagerada
2. disminución de la necesidad de dormir
3. verborrea
4. experiencia subjetiva de que el pensamiento está acelerado
5. distraibilidad
6. agitación psicomotora
7. implicación excesiva en actividades placenteras que tienen un alto potencial para producir consecuencias graves (p. ej.: compras irrefrenables, indiscreciones sexuales o inversiones económicas alocadas)

Acompañados por deterioro laboral, de las actividades sociales habituales o de las relaciones con los demás

El Trastorno Bipolar II:

El problema es más complejo cuando hablamos de un Trastorno Bipolar Tipo II, porque en ese caso hablamos de la presencia (o historia) de uno o más episodios depresivos acompañados por la presencia (o historia) de al menos un episodio hipomaníaco. Pero ¿qué es un episodio hipomaníaco?

“Un período en el que el estado de ánimo es elevado, expansivo o irritable durante al menos 4 días y que es claramente diferente del estado de ánimo habitual” de esa persona, no “suficientemente grave como para provocar un deterioro laboral o social importante o para necesitar hospitalización.”

¿Cómo distinguir entonces una “hipomanía” de la alegría “normal”?

Simplemente, son indistinguibles.

Lo que sucede es que los psiquiatras, en su experiencia clínica, se han encontrado con depresiones, frecuentemente muy graves y peligrosas, en personas cuyo estado de ánimo habitual no es depresivo sino, al contrario, lo que podemos llamar un estado de ánimo alegre. Y su experiencia les demuestra también que, en estos casos, los estabilizantes del estado de ánimo (medicamentos de uso habitual en el trastorno bipolar), solos o combinados con medicación antidepresiva o neuroléptica, son más eficaces que los antidepresivos.

¿Justifica ésto la creación de un nuevo trastorno,el bipolar tipo II, o se trata sólo de una depresión con un funcionamiento neuroquímico singular?

En todo caso, lo más significativo en la clínica es la existencia de muchas depresiones que, durante años, no reciben el tratamiento médico adecuado, con consecuencias gravosas para las personas que las padecen y, muchas veces, fatales.

La felicidad como deber:

A esto se suma una sociedad que exige la felicidad, no sólo como un derecho, sino también como un “deber”. Basta con leer casi cualquier artículo de divulgación “psi” en un periódico, una revista o una página web para comprobarlo.

Pero ¿qué es la felicidad?. Según el diccionario “un estado de ánimo del que disfruta de lo que desea” o “satisfacción, alegría y contento”. Es decir: un estado de ánimo altamente inestable.

Porque ¿qué es el deseo sino precisamente deseo de aquello que cr
eemos que nos falta y cuya consecución nos aporta una satisfacción siempre temporal? Porque siempre desearemos algo más, y ese deseo es precisamente la fuente de la vida.

¿No estamos autorizados a suponer que el sorprendente incremento de los trastornos bipolares en los últimos tiempos no se debe sólo a haber afinado el diagnóstico sino también a una sociedad que nos demanda estar siempre satisfechos?

Porque, cualquiera sea la causa que le supongamos, la persona bipolar pretende sostener la felicidad (o euforia) como un estado de ánimo permanente. Y cuando, como es inevitable, esa sensación se pierde, se siente hundida por la falta de satisfacción.

CONCLUSIÓN:

La vida siempre nos provee de motivos de tristeza y de alegría. Lo “normal” es estar alegre cuando nos da motivos de alegría y triste cuando ocurre lo contrario.

Muchas veces nos confunde más que lo que nos aclara llamar depresión a la tristeza o manía a la alegría.

Cuando la tristeza es excesivamente intensa y/o prolongada respecto a los sinsabores de la realidad, requiere un tratamiento específico.

Dependiendo de las características de esa tristeza patológica (depresión, distimia, bipolar I o II) recurriremos a diferentes medicamentos (antidepresivos, estabilizantes del estado de ánimo, neurolépticos o diversas combinaciones entre ellos).

Cuando la alegría se transforma en euforia y ésta en manía, también debemos tratarla, no porque nos moleste la alegría, sino porque la experiencia nos enseña que a los estados maníacos les suceden, inevitablemente, profundos estados depresivos.

Como ni la tristeza ni la alegría pueden reducirse a simples reacciones químicas, el tratamiento médico debe ser acompañado por un tratamiento psicoterapéutico, realizado por el mismo profesional o por dos profesionales diferentes,

¿Cómo apañárselas con la cronicidad?

Hay depresiones que son crónicas (como la distimia), la bipolaridad siempre lo es. Pero cronicidad no es sinónimo de condena.

Como cualquier persona que padece una enfermedad crónica (diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia) es necesario aprender a no interrumpir el tratamiento en los períodos asintomáticos. Éstos demuestran la eficacia del tratamiento, no de su supresión.

El tratamiento combinado, médico y psicoterapéutico, puede prever las crisis, espaciarlas, atenuarlas, incluso suprimirlas.

Y, si ésto no fuera posible, proveer a las personas de las herramientas y mecanismos necesarios para manejar mejor sus crisis y su realidad, que es siempre única y singular, como su persona.

Una persona bipolar, con el tratamiento adecuado, puede llevar una vida “normal”, con las mismas alegrías y sinsabores del resto del mundo.