Suele identificarse al adolescente o la adolescente con el joven rebelde, pero no siempre es exactamente así (a partir de ahora usaremos el masculino como genérico, dando por sentado que abarca a ambos géneros). Según estudios estadísticos, la mayoría de los adolescentes, al menos en España, tienen los mismos valores sociales, religiosos y políticos que sus padres (raramente los mismos valores sexuales). Lo que ocurre, en algunos casos, es que la forma en que manifiestan sus valores puede ser distinta. Por ejemplo, un padre de pasado falangista, simpatizante del franquismo y firme defensor del orden y la unidad de España, descubre un día que su hijo se ha hecho skin hed, algo que él de ningún modo deseaba, pero que es el modo en que su hijo ha interpretado esos valores.

Pero, en general, el adolescente que adopta los valores que ha mamado en su casa no desencadena conflictos familiares, pese a que pueda estar inhibido en la búsqueda de su identidad singular, como el sujeto único que él es y no como mera reproducción de sus padres.

Así que la mayor parte de adolescentes que acuden a nuestras consultas lo hacen a instancias de ? sus padres y corresponden al tipo de “adolescentes rebeldes”.

Tenemos así, en los extremos, dos tipos de adolescentes, reflejados como tales en el cine, la TV y otros medios:

1 – El adolescente rebelde sin causa, que intenta, casi desesperadamente, cortar sus lazos afectivos con padres y, a veces, hermanos, para buscar un sí mismo, tarea no siempre fácil.

2 – El adolescente que, aunque también sufre cambios, conserva relaciones armoniosas con su familia (como Medow en la serie Los Soprano).

Y entre los dos, una amplia gama de tonos intermedios, que son la mayoría de los casos.

En la mayoría de las familias, a lo largo de la infancia, el padre es papá lo sabe todo. A falta de otras referencias y totalmente dependientes de sus padres, a los que necesitan como fuente principal de cariño y protección (incluyendo los límites, que son también una forma de protección y no la menos importante), tienden a idealizar a sus padres (algo que puede observarse incluso en niños maltratados).

Cierto es que bien pronto el niño descubre que los padres no son omnipotentes. Esto se refleja en una anécdota que me contó un padre de un hijo de 3 años. Al regresar del trabajo encontró a su hijo en la bañera acompañado por la madre:

Hijo:? ? ? ? ¡Papá! ¿Me trajiste la guitarra?

Padre:? Hijo, no sabía que querías una guitarrita. ¿Por qué no me la pediste antes?

Hijo:? ? ? ? (haciendo pucheros) Porque antes no sabía que quería una guitarra. ¡Tú tenias que saberlo! (ya no consigue contener el llanto).?

Aunque las primeras decepciones no tardan en producirse, es al llegar a la adolescencia, con sus nuevas demandas pulsionales y una mayor autonomía en su `pensamiento, que los jóvenes en tránsito a la adultez descubren que los padres están lejos de alcanzar la perfección que se les adjudicaba. Este descubrimiento produce una gran desilusión, no sólo en el hijo que comienza a juzgar por sí mismo, y no siempre favorablemente, las ideas, palabras y actos de sus padres. No es menor la desilusión de los padres al perder la incodicionalidad de sus hijos, porque siempre es agradable verse reflejado en un espejo que nos devuelve una imagen idealizada. Aquí vale el dicho: cuanto más grande el pedestal en que nos han aupado, “más dura será la caída”. Dejamos de ser modelos de padres para ser simplemente un padre y una madre y, más allá, un hombre y una mujer, con sus virtudes y defectos. Es más, los objetos ideales “padre ideal” y “madre ideal” ya no coinciden con los padres reales (precisamente porque son objetos ideales, que no existen en la realidad exterior, pero sí en la realidad psíquica). Por esa decepción, muchos adolescentes parecen perpetuamente enfadados con sus padres.

En su búsqueda de apropiarse de sí mismos, los adolescentes se sacuden el control de sus padres como una carga molesta. Pero, en una relación, todo cambio en uno de sus partícipes requiere el cambio de los otros, acomodación nada fácil para los padres, que continúan viendo en su hijo adolescente al niño que fue y temen por lo que pueda ocurrirle fuera de su control..

Hemos dicho que los adolescentes comienzan a pensar por sí mismos, pero esto no es exactamente así, también piensan con otros en el grupo de amigos, que empieza a ser un referente de ideas y valores mucho más significativo que el paterno. La amistad es una relación entre iguales, no tan jerarquizada como la familia. Entre iguales, el adolescente es un joven, no un niño.? ?

La mayoría de los adolescentes no rechaza todo control. Acepta que los padres fijen los horarios, pero ¿qué horarios? Lo que para los padres puede parecer demasiado tarde para los hijos es excesivamente temprano. Lo mismo ocurre con la paga, la hora de levantarse, ordenar la habitación y un largo etcétera. Y esto da lugar a una ardua y constante negociación en la que ambas partes deberán ceder parcialmente, no sin desgaste.

Por otro lado, los adolescentes muchas veces pueden aceptar cierta autoridad de los padres en ciertos ámbitos, pero no en el ámbito personal que sólo le incumbe a él. Pero ¿cuál es el límite entre lo personal y lo que no lo es?

Para los padres es una tarea compleja y de no fácil solución. Se supone que padres “excesivamente permisivos”, que no ponen límites claros, pueden favorecer que el hijo sienta que pasan de él. ? Si son “demasiado autoritarios”, si no dejan espacio para la progresiva independencia del hijo, producirán conflictos intensos, rebeldía, faltas de respeto o todo lo contrario: sumisión e inhibición, lo que tampoco es bueno. Los manuales aconsejan un “estilo democrático”, es decir con una buena proporción entre control y autonomía. Pero, ¿cuál es esa proporción mágica? Un ideal que, como todos los ideales, no está al alcance de los mortales. Siempre seremos un poco muy autoritarios o un poco muy permisivos, o demasiado mucho o demasiado poco… nunca alcanzaremos la perfección. Modelos de familia que nos hacen soñar con familias modelo y que introducen en los padres una perjudicial culpabilidad (que no es lo mismo que responsabilidad: actuar responsablemente ante los conflictos del hijo y, si es necesario, recurrir a un psicoterapeuta).

Los conflictos manifiestos, habitualmente, son más intensos con las madres, porque en nuestra sociedad los roles continúan distribuidos en forma desigual: El padre pasa menos tiempo en casa y es la madre la responsable del control cotidiano sobre los horarios (tema habitual de discusiones), la comida, la vestimenta.

También porque el adolescente, que siente bullir en su cuerpo la madurez sexual, empieza a rechazar las manifestaciones de afecto, tanto físicas como verbales, a las que son más proclives las madres. Comienzan por prohibir a sus padres abrazos, besos y palabras cariñosas en presencia de otros jóvenes y concluyen por oponerse en toda circunstancia (ésta, como las otras, es una generalización y, ya se sabe, toda generalización es necesariamente falsa, porque puede ocurrir exactamente lo contrario, u otra cosa).

En general, en esta batalla desigual, en la que el tiempo favorece al más joven, los conflictos se van reduciendo porque los padres van cediendo cuando se ven impotentes para imponerse. En general, hacia el final de la adolescencia, si el adolescente está un poco más seguro de sí mismo y los padres se han ido resignado a su progresiva autonomía, los conflictos manifiestos se moderan y las relaciones cogen una apariencia más armónica. Decimos en general, no siempre.

Últimamente estamos recibiendo en consulta a mucho
s adolescentes narcisistas y hedonistas, sólo preocupados por sí mismos, que no estudian ni trabajan y mantienen una relación utilitaria con los padres (situación que suele hacerse manifiesta entre el último año de la ESO, que muchos no llegan a terminar, y el comienzo de la Universidad o de la supuesta incorporación al trabajo). Los padres, por su parte, parecen carecer por completo de autoridad, por lo que no pueden ponerles límites y, habitualmente, sobre todo las madres, están desesperados en dos sentidos: muy angustiados y sin esperanzas. En algunos casos el hijo adolescente no está dispuesto a hacer una psicoterapia, aún así se puede trabajar con los padres (contener la angustia, ver qué pueden hacer para comenzar a modificar la relación, etc.). No diremos que es una nueva patología, pero sí que se está extendiendo mucho y que en ella pueden confluir distintos factores: un problema personal del adolescente, siempre presente, acompañado, en ocasiones, por un funcionamiento familiar distorsionado y un problema social, que explica la habitualidad de estos casos.

El problema principal, y al que debemos prestarle especial atención, es siempre personal e intransferible, porque el joven no tiene más remedio que vivir con la familia y en la sociedad que le han tocado en suerte. Pretender que cambien las circunstancias externas suele conducir al fracaso: no está al alcance de ningún adolescente, ni de ningún terapeuta, modificar las pautas básicas de la familia ni, mucho menos, las de la sociedad. Puesto que hay que vivir en ellas, mejor será que uno encuentre activamente su lugar.

Hecha esta aclaración, no es posible desestimar la influencia social (mucho menos considerada generalmente en psicología que la familiar, y mucho más determinante que ésta). Sólo así se explican los cambios en la manifestación de las patologías. Como dice Foucault en su libro Historia de la Locura, “cada sociedad fabrica sus enfermedades”. Así, y sin irnos muy lejos, a partir de los años 50 empezaron a generalizarse los “rebeldes sin causa”, en los 70 la rebeldía encontró su causa más en la sociedad que en la familia, y a partir de fines de los 80 se popularizaron las inhibiciones, aparentemente asintomáticas, pero sólo aparentemente.

Vivimos hoy en Occidente, y desde hace años, en una sociedad que, por un lado, ya no es la sociedad del trabajo y del idealismo que conocimos en nuestra juventud: supuesto fin de las ideologías y fin de la historia, que dejan al joven sin lugar para utopías; creciente desempleo juvenil, que quita sentido al esfuerzo en el estudio (a medida que el acceso a los estudios se ha democratizado, paradójicamente, ha disminuido el valor de las titulaciones); los jóvenes que no destacan en los estudios, condenados al paro o a un trabajo basura, y con una vida aceptable en casa de sus padres, ¿para qué van a trabajar?.

Por otro lado, la sociedad ofrece constantemente objetos para el goce hedonista y narcisista, sean drogas, alcohol, juegos, espacios virtuales. Objetos que el adolescente, y no sólo el adolescente, puede controlar imaginariamente, siempre a su alcance, siempre disponible. ? ? ? ?

Otros adolescentes presentan otras muchas dificultades: depresiones, problemas de conducta, problemas emocionales, fracaso escolar, o mucha conflictividad, rebeldía sin causa aparente, desafío abierto a la autoridad, u otras inhibiciones y síntomas psicológicos. En esos casos, dejemos en paz a los manuales y entendamos que, mucho mejor que culparnos, es brindarle al adolescente en dificultades la posibilidad de una psicoterapia individual, un espacio propio para pensar en voz alta frente a un profesional que escucha, sin que sea invadido por los otros (padres o amigos).