El trastorno afectivo bipolar (TAB), conocido hasta no hace mucho como psicosis maníaco-depresiva, es un trastorno del estado del ánimo que se caracteriza por alternar períodos de depresión repetitivos con temporadas de euforia (fases maníacas).

Aunque aun no está totalmente probado, se lo supone causado por un desequilibrio químico en ciertos neurotransmisores, desequilibrio que produciría cierta labilidad en el estado de ánimo. Dado que ésta es una hipótesis válida pero carente de pruebas, otros autores sostienen una causalidad psíquica.

Se ha hecho bastante popular por la película “Mr. Jones”, en la que el personaje interpretado por Richard Gere oscila entre la alegría y la tristeza, ambas extremas.

Lo primero que hay que decir es que el trastorno bipolar es tratable y que, con un tratamiento adecuado, el pronóstico puede llegar a ser optimista.

Puede llevarse una vida normal, siempre que se siga un tratamiento apropiado, tanto médico como psicoterapéutico, y se tenga conciencia de que se trata de un trastorno crónico, por lo que el tratamiento no debe interrumpirse ni siquiera en los momentos asintomáticos. Pero esto no es tan sencillo como parece, y por razones diversas:

– En el Trastorno Bipolar tipo I (el más típico), el problema suele residir en que la persona “disfruta” de sus fases maníacas o eufóricas, con el sentimiento de omnipotencia característico y la excitación que lo acompaña, por lo que suele abandonar el tratamiento, al que ve como un freno a su “alegría”, pese a la experiencia de que a esos períodos eufóricos les suceden, inevitablemente, otros de intensa depresión, más aguda aun que en las depresiones típicas y con mayor riesgo suicida.

– En el Trastorno Bipolar tipo II (probablemente el más frecuente y el menos diagnosticado) no se producen estados maníacos o eufóricos manifiestos, por lo que pueden ser erróneamente diagnosticados como depresiones y no recibir, por lo tanto, el tratamiento adecuado.

El Trastorno Bipolar I:

Consideramos a una persona bipolar cuando los episodios depresivos se alternan con otros episodios llamados maníacos. Estos episodios se caracterizan (CIE.10 – Clasificación Internacional estadística de la OMS- Organización Mundial de la Salud) por “un período diferenciado de un estado de ánimo anormal y persistentemente elevado, expansivo o irritable, que dura al menos 1 semana, con al menos 3 de los siguientes síntomas”:
1. autoestima exagerada
2. disminución de la necesidad de dormir
3. verborrea
4. experiencia subjetiva de que el pensamiento está acelerado
5. distraibilidad
6. agitación psicomotora
7. implicación excesiva en actividades placenteras que tienen un alto potencial para producir consecuencias graves (p. ej.: compras irrefrenables, indiscreciones sexuales o inversiones económicas alocadas)

Acompañados por deterioro laboral, de las actividades sociales habituales o de las relaciones con los demás

El Trastorno Bipolar II:

El problema es más complejo cuando hablamos de un Trastorno Bipolar Tipo II, porque en ese caso hablamos de la presencia (o historia) de uno o más episodios depresivos acompañados por la presencia (o historia) de al menos un episodio hipomaníaco. Pero ¿qué es un episodio hipomaníaco?

“Un período en el que el estado de ánimo es elevado, expansivo o irritable durante al menos 4 días y que es claramente diferente del estado de ánimo habitual” de esa persona, no “suficientemente grave como para provocar un deterioro laboral o social importante o para necesitar hospitalización.”

¿Cómo distinguir entonces una “hipomanía” de la alegría “normal”?

Simplemente, son indistinguibles.

Lo que sucede es que los psiquiatras, en su experiencia clínica, se han encontrado con depresiones, frecuentemente muy graves y peligrosas, en personas cuyo estado de ánimo habitual no es depresivo sino, al contrario, lo que podemos llamar un estado de ánimo alegre. Y su experiencia les demuestra también que, en estos casos, los estabilizantes del estado de ánimo (medicamentos de uso habitual en el trastorno bipolar), solos o combinados con medicación antidepresiva o neuroléptica, son más eficaces que los antidepresivos.

¿Justifica ésto la creación de un nuevo trastorno,el bipolar tipo II, o se trata sólo de una depresión con un funcionamiento neuroquímico singular?

En todo caso, lo más significativo en la clínica es la existencia de muchas depresiones que, durante años, no reciben el tratamiento médico adecuado, con consecuencias gravosas para las personas que las padecen y, muchas veces, fatales.

La felicidad como deber:

A esto se suma una sociedad que exige la felicidad, no sólo como un derecho, sino también como un “deber”. Basta con leer casi cualquier artículo de divulgación “psi” en un periódico, una revista o una página web para comprobarlo.

Pero ¿qué es la felicidad?. Según el diccionario “un estado de ánimo del que disfruta de lo que desea” o “satisfacción, alegría y contento”. Es decir: un estado de ánimo altamente inestable.

Porque ¿qué es el deseo sino precisamente deseo de aquello que cr
eemos que nos falta y cuya consecución nos aporta una satisfacción siempre temporal? Porque siempre desearemos algo más, y ese deseo es precisamente la fuente de la vida.

¿No estamos autorizados a suponer que el sorprendente incremento de los trastornos bipolares en los últimos tiempos no se debe sólo a haber afinado el diagnóstico sino también a una sociedad que nos demanda estar siempre satisfechos?

Porque, cualquiera sea la causa que le supongamos, la persona bipolar pretende sostener la felicidad (o euforia) como un estado de ánimo permanente. Y cuando, como es inevitable, esa sensación se pierde, se siente hundida por la falta de satisfacción.

CONCLUSIÓN:

La vida siempre nos provee de motivos de tristeza y de alegría. Lo “normal” es estar alegre cuando nos da motivos de alegría y triste cuando ocurre lo contrario.

Muchas veces nos confunde más que lo que nos aclara llamar depresión a la tristeza o manía a la alegría.

Cuando la tristeza es excesivamente intensa y/o prolongada respecto a los sinsabores de la realidad, requiere un tratamiento específico.

Dependiendo de las características de esa tristeza patológica (depresión, distimia, bipolar I o II) recurriremos a diferentes medicamentos (antidepresivos, estabilizantes del estado de ánimo, neurolépticos o diversas combinaciones entre ellos).

Cuando la alegría se transforma en euforia y ésta en manía, también debemos tratarla, no porque nos moleste la alegría, sino porque la experiencia nos enseña que a los estados maníacos les suceden, inevitablemente, profundos estados depresivos.

Como ni la tristeza ni la alegría pueden reducirse a simples reacciones químicas, el tratamiento médico debe ser acompañado por un tratamiento psicoterapéutico, realizado por el mismo profesional o por dos profesionales diferentes,

¿Cómo apañárselas con la cronicidad?

Hay depresiones que son crónicas (como la distimia), la bipolaridad siempre lo es. Pero cronicidad no es sinónimo de condena.

Como cualquier persona que padece una enfermedad crónica (diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia) es necesario aprender a no interrumpir el tratamiento en los períodos asintomáticos. Éstos demuestran la eficacia del tratamiento, no de su supresión.

El tratamiento combinado, médico y psicoterapéutico, puede prever las crisis, espaciarlas, atenuarlas, incluso suprimirlas.

Y, si ésto no fuera posible, proveer a las personas de las herramientas y mecanismos necesarios para manejar mejor sus crisis y su realidad, que es siempre única y singular, como su persona.

Una persona bipolar, con el tratamiento adecuado, puede llevar una vida “normal”, con las mismas alegrías y sinsabores del resto del mundo.