El Trastorno Histriónico de la Personalidad y una mujer que sufre

Octubre 7, 2008

En nuestra experiencia la personalidad “histriónica” (luego explicaremos el sentido de estas comillas) es una de las más comunes. Consecuentemente es lógico suponer que su trastorno, es decir cuando ciertas características de la personalidad se hacen perjudiciales para la propia persona o para terceros, debe ser uno de los más frecuentes.
Y, sin embargo, es un trastorno poco diagnosticado. Es más, frecuentemente el profesional prefiere diagnosticar un Trastorno de la Personalidad sin especificar o incluso, en los casos más aparatosos, un Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). Muchas veces, cuando se rasca un poco la etiqueta con que ha sido diagnosticado, aparecen el llamado trastorno histriónico.
¿Por qué hay profesionales renuentes a explicitar éste diagnóstico? Porque, en general, la persona afectada se lo toma muy mal, y no sin razón.

El trastorno histriónico es uno de los desgajamientos que la psiquiatría moderna ha realizado de uno de los cuadros más antiguos de la psiquiatría clásica: la neurosis histérica (que abarcaba una amplia variedad de síndromes repartidos en los manuales modernos). Sin embargo, ni el CIE 10 (manual de clasificación diagnóstica internacional) ni el DSM IV (manual de clasificación diagnóstica norteamericano) recogen en ninguna de sus clasificaciones el término histeria o histéric@, y tienen sus razones: 

1 - La palabra histeria deriva del griego: hyaterá, es decir, útero. En tiempos de Hipócrates los griegos, que sólo encontraban esta enfermedad en mujeres, creían que efectivamente esta enfermedad se originaba en el útero, creencia que se mantuvo durante siglos. Hoy sabemos con certeza que carece de relación real con el útero y que no se presenta exclusivamente en mujeres. Ya en el siglo XIX se diagnosticaron casos de histeria masculina, y cada vez son más frecuentes.
2 - Las palabras histeria e histérica alcanzaron, con su uso y popularización, una valoración negativa y despectiva que se ha pretendido evitar.

Si la segunda razón puede considerarse válida, parece poco acertada la elección del término histriónico que recogen ambos manuales. Histrión es un término griego que designaba (y designa) al actor. En su uso ha pasado a ser un término despectivo para referirse al mal actor, al que actúa en forma desmedida y exagerada y, por extensión, a la “persona que se expresa con la afectación propia de un actor teatral” (insistimos, de un mal actor). ¿Quién podría sentirse a gusto con un calificativo como ese?

Creemos que la elección del término expresa una cierta dificultad ya histórica de la medicina con la histeria y un prejuicio, cuando no una animadversión.
Veamos cómo se manifiesta este prejuicio en los manuales.

Dice del Trastorno Histriónico de Personalidad el CIE 10, de uso obligatorio en Europa:
“Se trata de un trastorno de la personalidad caracterizado por:
a) Tendencia a la representación de un papel, teatralidad y expresión exagerada de las emociones.” (¿Expresión exagerada? ¿Cuál es el grado correcto de expresión? Algunos profesionales prefieren un término más respetuoso que el de “teatralidad”: “exceso de emoción expresada”, pero seguimos a vueltas con el exceso. Hay que entender que la persona “histriónica” no representa un papel teatral ni exagera sus emociones. Porque si consideramos que la expresión es excesiva, ¿significa eso que somos capaces de medir el grado de sentimiento real?)
b) Sugestibilidad y facilidad para dejarse influir por los demás.
c) Afectividad lábil y superficial.” (Afectividad lábil vale, pero ¿superficial?).
d) Búsqueda imperiosa de emociones y desarrollo de actividades en las que ser el centro de atención.
e) Comportamiento y aspecto marcados por un deseo inapropiado de seducir.” (¿Cuál es el deseo apropiado de seducir, es decir: de gustar a los demás?)
f) Preocupación excesiva por el aspecto físico.”
A estas lindezas el manual agrega: “egocentrismo, indulgencia para sí mismo, anhelo de ser apreciado (¿y quién no?), sentimientos de ser fácilmente heridos (¿no será que son fácilmente heridos?) y conducta manipulativa constante para satisfacer las propias necesidades” (lo que ya es pasarse).
“Incluye:
Personalidad psicoinfantil e histérica.
Trastorno psicoinfantil e histérico de la personalidad”

El DSM IV (manual de la Asociación de Psiquiatría Americana) parece, en principio, un poco más respetuoso.
“Criterios para el diagnóstico de F60.4 Trastorno histriónico de la personalidad (301.50):
Un patrón general de excesiva emotividad y una búsqueda de atención, que empiezan al principio de la edad adulta y que se dan en diversos contextos, como lo indican cinco (o más) de los siguientes ítems”.

Pero en los ítems no es mucho más amable: tiene que ser siempre “centro de la atención”, “comportamiento sexualmente provocador”, expresión emocional superficial y cambiante”, usa el “físico para llamar la atención”, su habla es “subjetiva y carente de matices”, autodramatiza, teatraliza y exagera, es sugestionable, cree a “sus relaciones más íntimas de lo que son”.

Parece una acumulación de críticas y ataques. Es como si los manuales fueran incapaces de registrar que esas personas sufren de verdad. La expresión puede parecerle a un observador excesiva, la afectividad superficial, pero el sufrimiento es real, y de eso es de lo que se trata.
 

Un caso histórico: Una mujer que sufre

Mujer de 30 años, sobriamente vestida, llega a la consulta de Kraepelin (célebre psiquiatra de fines del siglo XIX y comienzos del XX) caminando despacio y apoyándose en una enfermera. Se sienta, exhausta.
Es delgada, con la piel pálida y expresión triste. Un rictus de dolor contrae su rostro. Responde a las preguntas del médico en vos baja, cansada. De pronto se le cierran los ojos y cae en un sueño profundo. Cuando consiguen despertarla dice que padece estos ataques de sueño desde hace 7 años.

Antecedentes personales: fue educada en un colegio de monjas y prosiguió sus estudios hasta recibirse de maestra. De niña inhalaba un anestésico al que tenía fácil acceso y que comenzó a usar para combatir sus dolores dentales. Cuando estaba enferma la fiebre era muy alta y le producía delirios.
Trece años antes de esta consulta había obtenido un puesto de trabajo en el extranjero, pero al poco tiempo se enfermó y tuvo que dejarlo. Los últimos 7 años los ha pasado entrando y saliendo de hospitales por diversas causas.
La paciente parece haber sufrido enfermedades muy diversas y recibido variados tratamientos: dolor abdominal, dolor menstrual, afonía, contracción del antebrazo, opresión cardíaca, respiración espasmódica, alteraciones urinarias, diarreas y cefaleas.
Familiares y médicos que la han tratado refieren cambios rápidos en el estado de ánimo, introspección, quejas de falta de consideración por parte de su familia y amigos. También estos síntomas, más específicamente psíquicos, fueron tratados por los más diversos métodos utilizados en su época sin mayores beneficios.
La razón por la que fue ingresada en esta ocasión son sus trastornos del sueño.

Reacciona a la palpación con expresiones de dolor, resitencia e insultos, para luego pedir ayuda y que no la abandonen.
A lo largo de su ingreso permanece la mayor parte del tiempo acostada, con movimientos lentos y débiles. Padece de insomnio y no manifiesta apetito en las comidas, pero pica entre horas lo que le traen los familiares que vienen a visitarla.
Demanda atención permanente de médico y enfermeras. Agradece las atenciones recibidas pero no cesa en sus demandas. Cuenta a todos sus padecimientos con lo que se gana comprensión y simpatía. Se siente abandonada y marginada por todos y sólo confía en su médico, al que llama “mi mejor amigo”.

Diagnóstico:

Kraepelin no tiene mayores dificultades para emitir su diagnóstico puesto que cuenta en su clasificación con uno que abarca todos los síntomas: Histeria. Para la psiquiatría moderna la cosa no es tan sencilla y los diagnósticos se multiplican.

Resulta insoslayable, en primer lugar, un Trastorno Somatomorfo, por la “presentación reiterada de síntomas somáticos (corporales)” y de “demandas persitentes de exploraciones clínicas” pese a sus resultados negativos y la opinión de los médicos, y por su resistencia a admitir un posible orígen psicológico, considerando la depresión y ansiedad como efecto y no causa de su sufrimiento (aclaremos, de paso, que la somatización era para Kraepelin un síntoma característico de la histeria).
Más específicamente un Trastorno de Somatización, por la existencia de “síntomas somáticos múltiples, recurrentes y variables” tratados durante años médicamente sin éxito antes de recurrir a la atención psiquiátrica o psicológica.

Pero la cosa no es tan simple, porque los trastornos somatomorfos suelen estar asociados a los histriónicos. Veamos como lo expresa, en este caso, una de las fuentes más autorizadas de la psiquiatría actual, el “Libro de Casos del DSM IV”:
“La imagen viva de la enferma como una persona egocéntrica, que expresa las emociones de manera exagerada, que muestra un cambio rápido en éstas y que necesita ser el centro de atención, constituyen datos suficientes para establecer el diagnóstico adicional de trastorno histriónico de personalidad
Parece más un juicio condenatorio que un diagnóstico psiquiátrico o psicológico. Sin tomar en cuenta el hecho de que su cuerpo ha sido maltratado por la medicina y su sufrimiento no escuchado por los médicos, lo que podría explicar, en parte, su resentimiento y su demanda de atención.

Es más, el “Libro de Casos” estaría dispuesto a “realizar el diagnóstico adicional de trastorno narcisista de la personalidad” (“patrón general de grandiosidad, en la imaginación o en el comportamiento, necesidad de admiración y falta de empatía”) si tuvieran la certeza de que la enferma podría tener fantasías de amor con “su mejor amigo, el médico” (¿?)

Y no se añade un Trastorno Disociativo (alteración temporal de la conciencia) porque los “ataques de sueño” (síntoma disociativo por excelencia) podrían ser explicados como una somatización seudoneurológica, y eso pese a que, desde un punto de vista clínica, parece un claro síntoma disociativo.
 Y al cabo ¿qué nos queda? Dos diagnósticos certeros más uno probale, y una mujer que continua sufriendo.

Resumamos:
Esta mujer padece un Trastorno de Somatización, es decir que su cuerpo padece sin que la medicina pueda explicar su mal.
Más un Trastorno de Personalidad Histriónica, con la carga moral ya mencionada.
Un probale Trastorno de Personalidad Narcisista (también con su carga moral) fundado en la “sospecha” de que podría albergar fantasías amorosas con su médico. ¿Tan grandes se creen ciertos médicos que el sólo hecho de que su paciente pueda albergar fantasías amorosas hacia ellos, algo que no pocas veces facilita la relación médico – paciente, les hace “sospechar” un “patrón de grandiosidad”?
Y una disociación de la conciencia a la que no se otorga mucho valor.

Y, por otro lado, un cuerpo que sufre y al que ya nadie escucha, una mujer que habla y expresa sentimientos, pero ya no tiene nadie a quién decirlos porque su habla es “subjetiva y carente de matices”, y su expresión emocional”, pese a su intensidad, es designada como “superficial y cambiante”.

Lo que resta es una mujer que sufre sin que nadie ya se pregunte por la causa de tanto sufrimiento. No creemos que sea la mejor manera de tratarla.

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8 comentarios Agregue su comentario

  • 1. nelida Amaya  |  Octubre 8, 2008 at 1:28 am

    un padre preocupado por que su hijo de 12 años tiene comportamientos afeminados, le gusta estar siempre con las niñas, lo afecto creo la sobreprotección que le brindo la mamá. el es consciente que tiene comportamientos femeninos pero tiene claro su genero sexual- como empiezo abordar esta problematica

  • 2. PERSONA-PSI  |  Octubre 9, 2008 at 1:59 pm

    Nélida: Hay que diferenciar la identificación de la elección de objeto sexual. Vamos a intentar explicarnos: un sujeto humano, ya haya nacido anatómicamente como hombre o mujer, puede “elegir” una identificación masculina o femenina, es lo que habitualmente se llama “identidad de género”. Tampoco la anatomía determina absolutamente las preferencias sexuales. Ya Freud señaló que, para todo sujeto humano, tanto hombre como mujer, caben 4 distintas posibilidades (que estadísticamente, está claro, no se distribuyen uniformemente): - Puede identificarse con el género masculino y tener preferencia sexual por las mujeres. - Puede identificarse con el género masculino y tener preferencia sexual por los hombres. - Puede identificarse con el género femenino y tener preferencia sexual por los hombres. - Puede idenificarse con el género femenino y tener preferencia sexual por las mujeres. Tanto las identificaciones como las preferencias sexuales se establecen en la adolescencia, a partir de la pubertad, aunque hundan sus raíces en experiencias más tempranas y puedan haber llegado a manifestarse con anterioridad. Y no son modificables. La sociedad suele otorgar la calificación de homosexuales a las personas que prefieren partenaires sexuales de su mismo sexo, en tanto que de un hombre con una actitud femenina se dice que es un afeminado y de una mujer con una posición masculina que es un “marimacho”. Hasta hace poco tiempo, y aun hoy en buena parte de la sociedad, se pretendía que la anatomía determinara el destino sexual y se veía cualquier desviación de esta norma como una degeneración, un vicio o, más benevolamente, una enfermedad. Se exigía así que un hombre se comportara como un hombre y una mujer como mujer. Lo único que se conseguía, si esta presión tenía éxito, es que algunas personas vivieran como quienes no eran o eligieran pareja en función de su anatomía y no de su deseo. Su hijo puede tener fuertes identificaciones femeninas y, a la vez, una preferencia sexual por las mujeres, o lo contrario. Lo importante es que viva lo mejor posible en función de su identidad y su deseo. No hay terapia que pueda modificar realmente estas posiciones (todas las que se han practicado en el pasado han fracasado o producido una represión tan forzada como violenta con graves consecuencias en la vida del sujeto), ni tendría sentido que la hubiera. Pero como la familia y la sociedad no son neutrales, los efectos de la no correspondencia entre sexo anatómico y las identificaciones de género o las preferencias sexuales, suelen originar muchos conflictos secundarios (burlas, hostilidad, autodesvalorización o autoodio, confusión y malestar). Esto sí puede tratarlo una psicoterapia, para que pueda llegar a ser quien desea ser. Su hijo aun es muy joven, déjelo crecer. Y si sus comportamientos afeminados o su preferencia por estar con niñas, en lugar de participar de “pandas” masculinas, le producen conflictos y sufrimientos, condúzcalo a un psicoterapeuta. No para modificar sus preferencias, sino para vivir mejor con ellas. También podrá ayudar a los padres en los conflictos que esto les provoque.

  • 3. margarita granados  |  Octubre 9, 2008 at 4:24 pm

    DR LUIS MEGUSTARIA SABER DE DONDE ES USTED, POR QUE QIUERO ORGANIZAR UN GRUPO DE JOVENES PARA TRABAJAR A TRAVES DE FUNDACIONES SON JOVENES DE ESCASOS RECURSO

  • 4. PERSONA-PSI  |  Octubre 11, 2008 at 5:37 pm

    Margarita: va respuesta por correo privado

  • 5. Teresa Olivas  |  Noviembre 11, 2008 at 6:58 pm

    Si le damos significado a las palabras empleadas: “padre preocupado” y “sobreprotección de la madre” podemos decir: de la primera, padre preocupado y
    “no ocupado en” y sobreprotección como “incapacidad para amar”, en ambas frases se deja ver que la relación de pareja como padres del adolescente ha sido con poca comunicación y encaminada a proyectar en el hijo esa deficiencia.
    El padre orientado a dejar la responsabilidad de la educación del hijo en la madre y la madre encaminada a suplir la falta de padre intentando suplir la atención que considera deficiente del padre, proyectando en el hijo: “mira hijo ;…como yo si te pongo atención y tu padre no”.
    El padre como observador y crítico, ahora no le gustan los resultados obtenidos e inicia el mecanismo de defensa de culpar a alguien más en ese proceso educativo.
    El hijo sigue siendo el centro de los confilictos personales de los padres, solo que ahora él tendrá que definir que conducta deberá tener que sea del agrado de los padres……
    La sugerencia terapéutica deberá encaminarse a la atención del padre hacia su hijo para brindarle la seguridad y autoestima que el hijo requiere y la madre por su parte hacerse a un lado para brindarle al hijo la oportunidad de relacionarse con su padre.
    El hijo iniciará un proceso de cambios biológicos y anatómicos por su estado de preadolescente y deberá estar fuerte emocional y psicológicamente para no ser sujeto de manipulaciones que afecten su personalidad.
    Psic. Teresa Olivas

  • 6. PERSONA-PSI  |  Noviembre 12, 2008 at 12:04 pm

    Teresa: Estimada colega, coincidimos en muchos sentidos con usted, pero a nosotros nos parecen excesivas interpretaciones para una consulta (la de Nélida) de sólo 4 líneas y realizada en tercera persona, por eso hemos preferido responder en forma générica a situaciones nada infrecuentes.

    En primer lugar, en la consulta no se menciona en ningún momento que el muchacho viva en forma conflictiva su forma de ser. Pareciera que el motivo de consulta es la preocupación del padre, por lo que lo más lógico sería que fuera él, o la pareja parental, quienes consultaran a un/a psicoterapeuta para analizar el mejor modo de llevar la relación con su hijo.

    Tampoco nos parece que la preocupación de un padre indique siempre que no se ocupa de su hijo, muchas veces es la preocupación de los padres la que conduce al tratamiento de los hijos, sobre todo en niños y adolescentes.

    Ni somos partidarios de afirmaciones genéricas como que toda madre sobreprotectora es incapaz de amar, porque también puede ser su modo de amar u obedecer a muchas otras razones.

    Además habría que saber que entiende la persona que consulta por “preocupación” y “sobreprotección”.

    Por eso preferimos ver uno por uno, en cada caso, cada persona y cada familia qué es lo que realmente ocurre, qué preocupa al padre, qué preocupa al hijo, y de qué lo protege la madre.

  • 7. Julio Roberto Zazzali  |  Noviembre 16, 2008 at 3:06 pm

    Coincido totalmente con el señalamiento de las denominaciones inapropiadas de las manifestaciones (”síntomas”) que abundan en el DSM. Ocurre así en todo el Manual y no sólo en la personalidad histriónica. Además los fundamentos de los cambios de nombre no son convincente. Está bien que a nadie le gusta ser llamado histérico, pero… ¿ a quien le gusta ser designado “sociópata” o “sifilítico”? Los terminos, en medicina y psiquiatría, valen por el concepto que la ciencia tiene de ellos, y no por su uso en la calle. Alguna vez escribí sobre el horroroso “trastorno límite”, que empieza mal desde el nombre… ¿límite con qué? Y da como “síntomas” a “esfuerzos frenéticos para evitar un abandono real…” (esto.. ¿qué tiene de malo?), y también “ira inapropiada e intensa” (¿Cuál no lo es?). En fin… el DSM ignora la “doctrina de la discontinuidad” (adiós a Jaspers, Schneider, López Ibor, Alonso Fernández y a toda la fenomenológia psicopatógica) lo que lo lleva por caminos demasiados borrosos. Es una “clasificación” confeccionada por más de “150 expertos”, lo que lleva a suponer que en ella conviven demasiados criterios, lo que significa, en definitiva, que no sigue ningún criterio. Mucho más se podría decir del DSM, que significa un retroceso a antes de Kraepelin.
    Atte.
    Julio Zazzali, Mercedes, Buenos Aires, Argentina.

  • 8. PERSONA-PSI  |  Noviembre 17, 2008 at 6:56 pm

    Julio: sólo podemos decir que estamos totalmente de acuerdo con usted.
    Es decir que el DSM (como el CIE) nos parece un retroceso no justificado de la Psiquiatría a “antes de Kraepelin”, es decir, a antes de que mereciera ese nombre.
    150 expertos se ponen de acuerdo, hasta que ese acuerdo no significa nada más que la renuncia de cada uno a su saber y su experiencia.
    Es más, a una disolución de la psiquiatría en la neurología de la que Kraepelin, entre otros, la deslindó.
    La psiquiatría contemporánea no sólo parece haberse extraviado en la multiplicación de síndromes (agrupaciones de síntomas que, en ocasiones, parece hasta arbitraria), sino en la renuncia a su propia especificidad.
    Coincidimos con usted en que la fenomenología arrancó a la psiquiatría de las garras de la neurología. La psiquiatría biológica contemporánea, renunciando a una rica experiencia fenomenológica, parece haber renunciado a su propia especificidad.
    Si no existe aparato psíquico más que como manifestación o “emanación” del aparato neurológico, si la mente se reduce al cerebro, ¿qué sentido tiene la existencia misma de una psiquiatría sin objeto.
    El objeto de la psiquiatría, especificidad médica reciente en términos históricos, era la mente, si esta se reduce al cerebro ¿no pasa la psiquiatría misma a ser una dependencia de la neurología?
    Si además es una dependencia que no aporta conocimientos nuevos y que maneja un grupo limitado de fármacos, ¿no debería abdicar en beneficio de la atención primaria y la neurología, ya que se ubica a sí misma entre ellas más como un obstáculo que como una especificidad médica con algo diferente que aportar?
    Los psiquiatras que usted menciona, y muchos otros, probablemente se esacndalizarían si fueran testigos de que sus estudios y su aprendizajes han sido arrojados como deshechos fuera del campo del saber.

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