El metilfenidato (MFD) es un psicoestimulante, más conocido por las marcas comerciales con que se presenta, Concerta, Medikinet o Rubifen, entre otras, y es el medicamento de elección en niños y adultos diagnosticados de TDA, Trastorno por Déficit de Atención, antes llamado Hiperkinesia o Hiperactividad, ya que disminuye la inquietud motora y aumenta la atención y la memoria, favoreciendo la capacidad de concentración.

En realidad, desde los años 30 del siglo pasado se conocen los efectos positivos sobre la hiperactividad de las anfetaminas, pero su uso no se ha generalizado hasta encontrar un derivado con menos efectos adversos.

Los efectos secundarios son los propios de un estimulante. Los más frecuentes son: nerviosismo, insomnio, disminución del apetito. Aunque con menor frecuencia, pueden presentarse también cefaleas, dolor abdominal, sequedad de boca, taquicardia o pérdida de peso.

Todos estos efectos secundarios suelen presentarse en el inicio del tratamiento y desaparecer espontáneamente al poco tiempo, pero no siempre.

Por otro lado, existen evidencias de que el MFD puede causar una ligera desaceleración del crecimiento. Generalmente se recupera una altura normal en la adolescencia.

En sentido contrario, existen estudios que parecen establecer que, estadísticamente, los muchachos medicados con Ritalina serían menos proclives al consumo de drogas ilegales en la adolescencia, conclusión que se ve relativizada por ser el mismo medicamento un potente estimulante pasible de adicción, algo que adquiere importancia a medida que avanza la edad del paciente y el uso y abuso de la medicación escapan al control materno y paterno.

Estudios a largo plazo (uno o varios años) no evidencian efectos indeseados pero, al ser una droga cuyo uso se generalizó recién en los años 90, aún es pronto para contar con datos extensos a muy largo plazo.

Por el contrario, está contraindicado en presencia de glaucoma, hipertiroidismo, angina de pecho o arritmia cardiaca. También está contraindicado si el niño presenta mucha ansiedad o agitación porque sus propiedades estimulantes podrían agravarlas. 

En resumen, los potenciales efectos adversos no parecen tan graves como para desechar la medicación cuando su uso esté justificado, pero la Ritalina o Rubifen, como cualquier otro medicamento, no es inocuo ni carece de efectos secundarios, por lo que es el psiquiatra quien debe establecer si los beneficios esperables justifican los riesgos asumidos.

Lo que hace que en el caso de esta droga se haya producido un auténtico debate sobre su riesgo y su beneficio es que es el primer psicotrópico cuyo uso se ha generalizado en niños. No contribuyen a la pureza del debate los intereses económicos de los laboratorios productores del medicamento que han financiado, directa o indirectamente, la mayoría de los estudios, ni el rechazo por razones de prejuicio emprendido por organizaciones no científicas, como la Cienciología que, pese a su nombre, es un culto religioso, no científico.

Así, según algunos profesionales, el TDA está subdiagnosticado; mientras que, según otros, igualmente respetables, está sobrediagnosticado, cuando no absolutamente injustificado y, consecuentemente, el uso del MFD injustificadamente extendido.

Ciertos estudios en Estados Unidos (el país de “vanguardia” tanto en el diagnóstico como en el tratamiento) establecen que hasta un 5% de la población infantil podría padecer este trastorno. Comparando este dato con el hecho de que “sólo” el 2% de los niños están medicados, podríamos deducir un sub-diagnóstico del 3% de la población infantil (partiendo siempre de la idea de que todo niño con ese diagnóstico debe consumir medicación, algo que es discutible).

Este dato presenta una cierta dispersión: si limitamos el estudio a los niños a partir de los 10 años nos encontramos con que el 10% de ellos está siendo medicado, lo que indicaría un sobrediagnóstico en el 50%  de los casos en niños de esa edad.

El diagnóstico y tratamiento farmacológico se están extendiendo en el mundo. Dentro del mundo de habla hispana, España y Argentina se acercan rápidamente a los índices de medicación norteamericanos, mientras que en el resto de hispanoamérica el trastorno podría estar sub-diagnosticado (o sub-medicado).

En nuestra experiencia clínica recibimos en consulta muchos niños diagnosticados de TDA, incluyendo algunos a los que ya les ha sido indicada la medicación, y en 2 o 3 de cada 4 casos el diagnóstico parece apresurado, cuando no erróneo.

Muchas veces nos basta una entrevista para establecer la simple comprobación empírica de que ese niño, que supuestamente padece un déficit de atención de causa orgánica, ha mantenido su concentración durante los 30’, 40’ o 50’ que dura la entrevista. Sean cuales sean sus dificultades, lo más probable es que sean emocionales y, en ningún caso, un TDA. Esos niños podrían haber recibido un tratamiento médico innecesario, algo que en ningún caso es recomendable.

Por otro lado, los niños no diagnosticados no llegan a consulta, por lo que podría haber muchos casos en que el trastorno hubiera sido pasado por alto.     

Recientemente en USA, por recomendación de la Agencia del Medicamento de Estados Unidos (FDA), se ha incluido una advertencia en los envases de estos fármacos por su supuesta potencial peligrosidad. La FDA ha actuado movida fundamentalmente por la preocupación por los efectos a largo plazo sobre el sistema cardiovascular, dado que se han encontrado cambios menores, pero estadísticamente significativos, en la presión sanguínea y el ritmo cardiaco. En su recomendación podría también haber influido otra preocupación: la de que docentes y padres presionen a los médicos a indicar la medicación en los casos de niños de difícil manejo, aún cuando no padezcan el trastorno para el que el MFD está indicado.

Hay una evidencia que nos parece significativa porque pone al descubierto las complejas relaciones entre ciencia y sociedad en el campo de la medicina y, más aún, en el sensible campo de la psiquiatría y la psicofarmacología: a partir de esta advertencia de la FDA se ha reducido significativamente en USA la prescripción de MFD sin que se hubieran producido nuevos descubrimientos sobre el trastorno ni sobre la medicación.

Conclusiones:

 

1 – El Trastorno por Déficit de Atención (TDA) o Trastorno Hipercinésico de supuesto origen orgánico, pese a ser reconocido por la Asociación de Psiquiatría Americana y la Organización Mundial de la Salud continúa siendo un diagnóstico controvertido por:

            a – Pese a haber transcurrido más de un siglo de existencia del diagnóstico no ha llegado a demostrarse su origen orgánico en forma irrefutable. Esto no quiere decir que no tenga causas orgánicas, sino que probablemente se origine en más de una causa.

            b – El diagnóstico incluye valoraciones cuantitativas, subjetivamente interpretables

            c – No es de fácil manejo en la clínica. La falta de atención o la hiperactividad, sus síntomas más característicos, pueden responder a diversas causas y requerir diferentes tratamientos.

    2 –El metilfenidato ha demostrado su eficacia en la reducción de la inquietud motora y el aumento de la atención, la memoria y la capacidad de concentración tanto en niños como en adultos, con diagnóstico de TDA o sin él (por lo que su eficacia no es una prueba diagnóstica).

3 – Por lo tanto parece indicada su prescripción en aquellos casos en que no se hayan conseguido suficientes progresos con otras alternativas terapéuticas basadas en la palabra y el juego. Es más, al inhibir la hiperactividad puede llegar a facilitar el tratamiento psicoterapéutico.

4 – No parece indicado, en cambio, como tratamiento de primera elección.

5 – Tampoco como sustituto del tratamiento terapéutico al que, en todo caso, debe acompañar, ya que de reducirse el tratamiento a la medicación podría resultar que la interrupción de la medicación desencadenara una recaída con recrudecimiento de la sintomatología.