El TDA es un diagnóstico construido en los años 90 sobre cuadros de niños “difíciles” que, con otros nombres, ya había sido descripto desde comienzos del siglo XX.

El DSM, manual diagnóstico de la Asociación de Psiquiatría Americana, lo incluye en los trastornos de inicio en la infancia o adolescencia, lo que, aunque el hecho de que se inicie en la infancia no implica que necesariamente desaparezca con la adultez,  lo ha circunscripto en la práctica a la psiquiatría y la psicología infantil, por lo que no hay estudios sobre su prevalencia en adultos.

 

Pero dado que los mismos síntomas que sirven para diagnosticarlo se han observado en adultos, parece lógico, sí admitimos este síndrome en niños, extender el diagnóstico y, probablemente, el tratamiento a adultos con sintomatología similar.

 

Hay que entender que un diagnóstico es “un juicio clínico sobre el estado psicofísico de una persona”, es decir sobre su estado de salud y enfermedad, y no nos aclara si el TDA es una enfermedad o un síndrome.

Una enfermedad presupone una causa común conocida. Así como sabemos que una gripe está causada por un virus no se ha demostrado una causa única eficaz para el TDA, ni siquiera sabemos si todos los casos responden a las mismas causas.

Un síndrome, en cambio, es un conjunto de síntomas que se presentan asociados dando lugar a un determinado cuadro clínico o estado patológico. Pero, a diferencia de la enfermedad, el síndrome es “plurietiológico”, porque admite la posibilidad de que las mismas manifestaciones en distintas personas (y aún en la misma persona) puedan ser producidas por diversas causas.

 

Resta ahora por ver el tratamiento. En los niños que se han mostrado resistentes a otros tratamientos se indica tratamiento farmacológico con metilfenidato (Rubifen, Concerta, etc.). Puesto que oficialmente no es reconocido este trastorno en adultos, los prospectos de esta medicación no incluyen su posología en adultos ni está reconocido normativamente su uso en estos casos.

Pero es lógico suponer que si ayuda a niños y adolescentes a “centrarse en su tarea” es probable que ayude a los adultos a concentrarse en su trabajo o en sus relaciones personales, como parecen demostrarlo ciertos casos. Y si es bien tolerado por niños, con más razón debería serlo por adultos. Por lo que no parecen haber razones para oponerse a su uso ni para no indicarlo en adultos, y en la práctica clínica puede utilizarse con las mismas precauciones que en niños y adolescentes, fundamentalmente: no cronificar su uso para no favorecer el desarrollo de mecanismos adictivos de tolerancia, dependencia y abuso.

 

Ahora bien, el metilfenidato ayuda eficazmente a la atención y concentración, pero no cura. Por eso su uso indicado es como apoyo, y no como sustituto, de una psicoterapia.