Vistos desde fuera, sin comprensión de sus mecanismos ni, menos aún, de sus padecimientos, los obsesivos se prestan fácilmente a la ironía, cuando no a la burla de los otros. Vistos desde fuera, “dan risa”.

Y así, en “Mejor Imposible”, Jack Nicholson hizo reír a millones de personas con las dificultades de su personaje para llevar una vida “normal” y placentera, forzado por un impulso desconocido a caminar por las calles sin pisar las separaciones entre baldosas (algo, por cierto, nada fácil), a oprimir un número determinado de veces el interruptor para poder encender una luz, incapacitado para relacionarse amorosa o afectivamente con los otros personajes de la película.

O podemos reír en TV Digital con las desgracias de “Monk”, un detective capaz de resolver los casos más difíciles con su asombrosa inteligencia, pero incapaz de no contar los postes junto a los que pasa corriendo tras un criminal, o de estrechar una mano sin tener que lavarse inmediatamente, mientras lo asaltan múltiples fobias y lleva una vida social empobrecida, rechazado por el cuerpo de policía al que desea volver a pertenecer.

O recordar cómo nos hemos divertido, viendo la ya clásica “La extraña pareja”, con las tribulaciones de Jack Lemmon para mantener limpio e impoluto el piso de solteros que comparte con Walter Matthau.

Pero ¿de qué nos reímos? En esas películas está claro que el personaje sufre, y en la vida real la Neurosis Obsesiva no resulta para nada graciosa.

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Marcelo necesita trabajo. Le ofrecen un puesto que le interesa y para el que está muy capacitado. Su curriculum ha gustado y el jefe de personal es amigo de la familia. No falta más que pasar la entrevista. Y ahí empiezan los problemas.

Está ansioso desde la mañana. Comienza a vestirse con mucha anticipación, pero el traje que había elegido de pronto le parece inadecuado. Revisa el armario probándose todo su contenido. Por una razón o por otra nada le convence y opta por volver a ponerse el primer traje, aunque con disgusto.

Ya en la calle, duda entre coger el bus o el metro. El metro es más rápido, pero lo deja más lejos y quizás el tiempo total sea mayor. Ayer había decidido coger el bus, pero ya perdió mucho tiempo vistiéndose. También podría ir en coche, aunque ¿dónde estacionarlo?…

Llega corriendo, tarde y sudoroso. Su aspecto le parece deplorable. Ya en la entrevista, todas las frases ensayadas se le antojan absurdas, no sabe cómo responder, duda, balbucea…

Cuando, por excepción, logra realizar una entrevista en condiciones, aún así, sale de ella atacado por lo que los franceses llaman “espíritu de escalera” y, mientras baja en ascensor, comienza a repasar los errores cometidos, a pensar en lo que debería haber dicho, rehaciendo una y otra vez la entrevista en su imaginación, corrigiéndola. Le espera otra noche de insomnio.

¿Es graciosa esta historia real? Seguramente no para Marcelo.

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Pablo se ha casado con la muchacha que ama. A los pocos meses ella lo deja. Dice que no soporta su manía de orden, su costumbre de reordenar lo que ella ya ha ordenado, su furia contenida cada vez que ella guarda el salero en el sitio que, según él, no le estaba destinado.

Mónica se pasa el día limpiando. Limpiando la casa, sus manos, su cuerpo. Llega a la noche agotada y frustrada por todas las cosas que hubiera querido hacer y no ha hecho. Y, lo que es peor, desesperada porque sabe que mañana le ocurrirá lo mismo.

No, el Trastorno Obsesivo Compulsivo no es gracioso, es muy triste. Porque, aún en casos menos extremos que los citados, siempre hay algo de vida desperdiciada, de posibilidades de placer desaprovechadas, de exceso de esfuerzo en el trabajo o los estudios. Siempre dudando, sin llegar siquiera a saber qué es lo que desea, siempre forzado a realizar pequeños actos inútiles, condenado a la angustia o la ansiedad por cualquier alteración en su rutina. Los obsesivos padecen, y mucho.?

Pero, pese a su padecimiento, el pronóstico, con un tratamiento adecuado,? es optimista, porque, a diferencia de otros trastornos de personalidad, las personas con personalidad obsesivo compulsiva suelen ser conscientes de su sufrimiento y pueden aceptar ayuda más fácilmente.

L. Luis Teszkiewicz
Dra. Marina Averbach