Una vez resuelto el diagnóstico (tema tratado en otro artículo), querremos saber ¿por qué nuestro hijo tiene problemas psíquicos?.

Existe una tendencia, bastante generalizada hoy en día, a atribuir a todos los trastornos psíquicos causas biológicas (incluidas las genéticas, que también son biológicas), con lo que éstos ya no serían trastornos mentales sino trastornos cerebrales o neurológicos. La psiquiatría se reduciría así a una rama de la neurología y la psicoterapia perdería su razón de ser.

Sorprende muchas veces la ligereza con la que se afirma que tal o cual trastorno es de causa orgánica, cuando en realidad son muy pocos los trastornos psíquicos de probado origen orgánico. En la amplia mayoría de los casos el posible origen orgánico no pasa de ser una hipótesis.

Incluso el hallazgo de ciertas alteraciones bioquímicas que puedan presentarse, con relativa frecuencia estadística, asociadas a ciertos trastornos, no nos autoriza a afirmar que los originen. En ciencia las relaciones de simultaneidad no se confunden con las causas. Por ejemplo, el crecimiento del pelo y el de los dientes pueden ser simultáneos en un bebé, pero esto no significa que uno cause al otro, sino que ambos tienen una causa común (el programa genético).

El problema es aún más complejo en el tema que nos ocupa. Como explicamos en el artículo sobre depresión, sabemos que ciertos trastornos orgánicos producen una alteración de mecanismos receptores neuronales y depresión (que podemos suponer, en estos casos, secundaria a la alteración). Pero también sabemos que ciertos acontecimientos vitales traumáticos (muerte de un ser querido, separación o peleas de los padres, pérdida de un juguete valorado) producen depresión y alteración de mecanismos receptores neuronales (y en estos casos tenemos razones para suponer que el acontecimiento traumático ha producido esa alteración o, al menos, que la ha precedido). Con lo que nos encontramos ante la vieja disyuntiva entre la gallina y el huevo, para la que no hay una respuesta correcta simplemente porque la pregunta está mal planteada.

No es nueva la tendencia a atribuir una causa única a todos los trastornos mentales o psíquicos de todas las personas. Pero estas generalizaciones obedecen a razones más ideológicas que científicas (entiéndase bien, hablamos de ideologías psiquiátricas o psicológicas, no políticas). Así en los años 60, a partir del hallazgo realizado por algunos investigadores de que los trastornos psíquicos infantiles estaban frecuentemente asociados a problemas familiares, se generalizó la hipótesis de que dichos trastornos eran producidos por una disfunción familiar. Pero la experiencia clínica nos demuestra que esto puede ser cierto en algunos casos, pero no en todos, y que en muchas ocasiones nos encontramos con niños o adolescentes con dificultades psicológicas cuyas familias no pueden ser consideradas de ningún modo disfuncionales. Algo similar ocurrió con las hipótesis sociológicas habituales en los 70, y otras.

Creemos que el funcionamiento psíquico es un sistema complejo que responde a múltiples causalidades (orgánicas, psicológicas o psíquicas, relacionales) y que lo conveniente es estudiar en cada persona (niño o adulto) qué es lo que está fallando, es decir, funcionando de un modo que es perjudicial para la propia persona.

Todos estos factores seguramente han contribuido, aunque en diversa medida, a configurar la situación vital por la que el pequeño paciente ha sido conducido a la consulta. Nos encontraremos con algunos casos en los que la situación familiar (separación de los padres, conflictos con los hermanos, etc.), incluso la situación social, ejercen un papel significativo; en otros casos (pocos) encontraremos un factor orgánico definido; y habrán otros muchos en los que predominarán problemas psicológicos del propio niño o adolescente. ¿Por qué presuponer una causa única antes de haber escuchado al niño y a su familia?. Es como poner el carro delante de los caballos

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El Pronóstico


Los padres, lógicamente, querrán saber cuál es el pronóstico para su hijo, es decir, qué expectativas razonables pueden tener en un tiempo dado. Esto dependerá, en gran medida, del trastorno que presente su hijo. Evidentemente no es lo mismo un niño autista que un niño hiperkinético, ni éste que un niño excesivamente inquieto.

En cualquier caso, será importante que el profesional, luego de las entrevistas diagnósticas, exprese a los padres, con claridad y franqueza, qué progresos pueden esperar de su hijo y cuánto tiempo podrá llevar el que esos resultados sean apreciables, entendiendo, eso sí, que el tiempo es un factor muy variable, y depende no sólo de la idoneidad profesional sino, en buena medida, de la disposición del niño y la colaboración de los propios padres, que serán agentes activos del proceso, tanto más activos cuanto menor sea la edad del niño.

Lo importante es entender que, pese a la resistencia que pueda tener una familia a que su hijo realice un tratamiento psicológico o psiquiátrico, las expectativas serán siempre mejores con un tratamiento adecuado que sin él.