«El DSM IV (MANUAL DIAGNÓSTICO Y ESTADÍSTICO DE TRASTORNOS MENTALES de la American Psychiatric Association) considera Trastornos de la conducta alimentaria a la anorexia y la bulimia nerviosas, ambas asociadas con pérdida de peso o, al menos, deseo de perderlo.

El CIE 10 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud) incluye, además, la Hiperfagia, «ingesta excesiva de alimentos como reacción a acontecimientos estresantes que puede dar lugar a una “obesidad reactiva”», pero excluye explícitamente a la obesidad en sí. La obesidad no sería un desorden mental sino del cuerpo.

En los dos manuales queda así excluido de los trastornos de la conducta alimentaria el desorden más frecuente en la alimentación: comer excesivamente. La obesidad es una epidemia de la que se ocupan endocrinólogos, dietistas, todo el sistema de salud… excepto los profesionales de salud mental. Y, sin embargo, la mayoría de las obesidades, aun cuando haya una predisposición orgánica a la ganancia de peso, responden a causas psicológicas.

 

Excluidas así del campo de la salud mental, las obesidades y sobrepesos de origen psicológico quedan a merced de los prejuicios, tanto negativos como positivos. Como siempre que se habla de prejuicios, predominan los negativos, sobre todo respecto de los jóvenes:

         Si no es una enfermedad es un vicio o un mal hábito del que la persona con sobrepeso es culpable. Así, mientras se muestran muchas consideraciones por anoréxicos y bulímicos, personas reconocidamente enfermas, puede despreciarse al “gordo” o “gorda”  porque es culpable de su situación, y puede hacérselo víctima constante de burlas, apodos y comentarios desvalorizantes, algo que las mismas personas se cuidarían de hacer con alguien reconocidamente anoréxico o bulímico.

         En una sociedad en que se proclama la tolerancia con las diferencias individuales, esa tolerancia no alcanza a la persona obesa.

         En ciertos medios, particularmente en medios de gran competitividad, la anorexia, cuando no es extrema, es bien tolerada por otra razón: tiene el prestigio de estar imaginariamente asociada a actividad y eficiencia. Sucede todo lo contrario con la obesidad.

         La anoréxica puede llegar a encontrar apoyos en su grupo de amigas adolescentes o jóvenes porque comparte con ellas el ideal de delgadez. La obesa pone en escena lo temido y rechazado por lo que puede ser o sentirse marginada del grupo.    

 

En sentido contrario, existen prejuicios positivos. Pero que sean positivos no los hace beneficiosos, pueden ser igualmente perjudiciales:

         Sociedades, como la española, que han experimentado el azote del hambre en tiempos no tan lejanos como puede parecernos, han producido una cultura de cierta sobrevaloración de la comida como fuente de placer y signo de salud y bienestar. Así lo recoge el habla popular que de una persona con manifiesto sobrepeso dice que es “hermosa” o afirma que “la comida es salud”.

         Esta tradición impulsa a muchas madres a atosigar a sus hijos ofertándoles comida en exceso y ante cualquier malestar del niño. Ignoran que toda la comida que excede el propio apetito del niño puede contribuir a que, en un futuro, desarrolle un trastorno de alimentación en cualquier sentido (se observan antecedentes de este tipo en muchos casos de anorexia, pero también de bulimia y obesidad mórbida).

         Existe en el imaginario social la fantasía del “gordo feliz”, a la que muchos obesos contribuyen con la imagen que proyectan a los otros. Quien conozca a personas obesas verdaderamente, quien haya logrado franquear las barreras del pudor y comunicarse con ellos con sinceridad, sabe cuan lejos puede estar esta imagen de la realidad de una persona que se siente desvalorizada por los otros y por sí mismo.

          Todos estos factores contribuyen a que, cuando una persona con sobrepeso real intenta realizar una dieta, muchas de las personas que la rodean le oferten comida (“por una vez”, “si esto no engorda”, “te vas a amargar”), mientras que esas mismas personas quizás tengan más reparos en ofrecer bebidas a un alcohólico, marihuana a un toxicómano o cigarrillos a quien está intentando dejarlos.

 

La obesidad, una epidemia contemporánea

 

No es que la obesidad sea un síntoma nuevo, siempre hubo personas con excesivo sobrepeso, pero nunca hasta las últimas décadas había tenido en Europa este carácter epidémico. Para tomar conciencia de su envergadura basta con echar una ojeada a las estadísticas del país más poderoso de la tierra, Estados Unidos, donde la obesidad ya no es una excepción, es casi la regla. Y, vista la progresión, en España y Europa seguimos el mismo camino.

 

¿Cómo se puede explicar la extensión del exceso? Exceso de peso, exceso de drogas o alcohol, ludopatías y otras adicciones, compras compulsivas…

Vivimos en una sociedad en que se disuelven los valores tradicionales. Podemos juzgar como un progreso o como una catástrofe este naufragio, lo mismo da, lo importante es saber con qué se los remplaza.

El valor máximo parece ser la felicidad, y no está mal, pero ¿cómo se alcanza la felicidad?, ¿qué caminos se nos ofrecen para acceder a ella?

En una sociedad hedonista lo que se persigue es una felicidad individual. Por otro lado, la realidad económica y la vida social no hacen más que poner impedimentos en el camino. La sociedad nos dice “eres libre: goza”. Pero ¿cómo gozar? En nuestra sociedad ese mandato se traduce por un imperativo: ¡Consume!!! Para toda sensación de insatisfacción se oferta siempre un objeto de consumo, y ¿qué consumo más accesible e ilimitado que la comida?

 

Pongamos ejemplos para no perdernos en disquisiciones: ha muerto un ser querido, nos ha dejado la persona amada, perdimos el trabajo, tenemos dificultades económicas que parecen insalvables, nos sentimos poco valorados o no queridos… Todas estas pérdidas, estas frustraciones, parecen requerir una compensación.

No tenemos a mano nada que pueda compensarlas, pero siempre hay comida.

Ante la angustia que produce cualquier pérdida, siempre es posible pretender obturarla con un exceso en otro lugar: compras, alcohol, drogas o el más accesible de los objetos: comida.

 

Toda pérdida significativa requiere un trabajo de elaboración psíquica, al que en “jerga” profesional llamamos “duelo” por el modelo que nos ofrece la más significativa de las pérdidas: la muerte de un ser querido. En ocasiones no es factible para el sujeto realizar ese trabajo, el duelo se hace interminable y parece que no puede superarse. Muchas veces una terapia breve ayuda a derribar obstáculos y posibilita su terminación.

Con o sin ayuda, cuando el duelo concluye (se dice pronto, pero requiere un tiempo e, insistimos, un trabajo de elaboración psíquica) el sujeto ha aprendido a soportar la pérdida aunque conserve un resto de dolor. Continúa su trabajo o busca otro empleo, si es el empleo lo perdido; si lo perdido es un objeto de amor, se enamora de otra persona y  forma otra pareja; en suma: rehace su vida.

 

Si uno puede superar una pérdida significativa es porque así está constituido en su subjetividad y es de esperar que, con mayor o menor esfuerzo, pueda superar todas las pérdidas a las que lo confronte la vida. ¿Y si no está constituido así?

Si uno no puede superarla por sí mismo, debería recurrir a un sujeto exterior y buscar ayud
a terapéutica. Pero sabemos que mayormente no es así.

Cuando uno no puede superar interiormente una pérdida o frustración tiende a recurrir a un objeto exterior. En nuestra sociedad, ese objeto es casi siempre un objeto de consumo.

Cualquiera que haya estado deprimido (expresión de una pérdida difícil de elaborar, sobre todo porque muchas veces quien la padece no sabe qué es lo perdido) sabe por experiencia que familiares y amigos, con la mejor de las intenciones, le ofrecen objetos con que consolarse: “vamos a tomar unas copas”, “¿no quieres un porro?”, “¿por qué no te compras algo que te guste?”, “te invito a cenar”. La intención es siempre la mejor, pero el resultado es la oferta de un objeto de consumo (comida, ropa, droga, alcohol) para poner allí donde algo falta. Si el objeto sirve a negar lo perdido se corre el riesgo de haber adquirido una conducta que se repetirá, cada vez que uno se sienta mal al principio, automáticamente después.

 

¿No es acaso la adicción una vivencia extrema del consumo? ¿Y no es el consumo excesivo de comida una adicción?

 

Y la adicción a la comida tiene una desventaja respecto de las otras adicciones: al alcohólico se le indica que no ingiera alcohol y que intente evitar las situaciones que estimulan su consumo. Lo mismo se dice al toxicómano o al ludópata. Pero ¿cómo se hace para evitar la comida? La comida no puede llevarse a consumo cero.

Este artículo ha sido redactado por profesionales con más de 25 años de experiencia en el sector de psicología y psiquiatría. Tenemos gabinetes en Majadahonda y Madrid Centro. Si tienes más dudas o deseas consultarnos algo llámanos al 607 99 67 02 o escríbenos a info@persona-psi.com