PSICOANALISTAS ARGENTINOS EN LA SALUD MENTAL ESPAÑOLA
Octubre 6, 2004
Capítulo del libro “La psiquiatría española en la transición”, compilado por la Sociedad Europea de Historia y Filosofía de la Psiquiatría. Extra Ediciones, Madrid, 2.001
Autor: Marina Averbach y Luis Teszkiewicz
Dedicatoria: Al Dr. Valentín Barenblit, que tanto ha contribuido a la Salud Mental en España y a la inserción de los profesionales argentinos.
Es de todo punto de vista imposible hablar de la presencia masiva de psicoanalistas argentinos en el campo de la Salud Mental española ignorando las causas que originaron esta migración.
En noviembre de 1975, luego de una prolongada enfermedad, fallecía Francisco Franco, el Generalísimo; dejando vacante un lugar que había ocupado en exclusiva durante más de treinta y cinco años, espacio en el que se desarrollaría la transición hacia la democracia española.
En ese momento, la Argentina se encontraba en una crisis económica que significaría el comienzo del fin de un cierto bienestar que había sostenido unas amplias capas medias con elevada capacidad de consumo, tanto de objetos de bienestar, como de servicios y producciones culturales. Simultáneamente se agudizaban los conflictos políticos con la creación de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) que, desde el mismo aparato del estado, asesinaba a militantes de la Juventud Peronista, y amenazaba a artistas e intelectuales de izquierda forzándolos al exilio.
El 24 de marzo de 1976 tenía lugar un golpe de estado, avalado por el FMI, que requería de un gobierno represivo para poder aplicar sus políticas económicas sin oposición política ni gremial.
Este golpe se diferenciaba de los que se habían reiterado desde 1930 en su objetivo criminal que se proponía subsanar los errores de los anteriores exterminando, por la muerte o por el terror, a la izquierda argentina en su conjunto.
A los sobrevivientes sólo les quedaba la alternativa del exilio, interior o exterior. Se produjo así la emigración de un gran número de personas para salvar sus vidas o las de sus hijos, o para escapar de un clima de terror que se hacía insoportable.
Muchos de estos exiliados eran psicoanalistas, uno de los grupos profesionales más afectados por la persecución política; la mayor parte de ellos eligió España como país de destino.
Algunos regresaban así a su país de origen, país que sus familias habían abandonado escapando de la guerra o, más frecuentemente, del triunfo franquista o del hambre; completaban así un extraño viaje de ida y vuelta, un doble cruce del Atlántico forzado por la persecución de regímenes fascistas.
Otros, originarios de otros países (muchos de ellos judíos procedentes de Europa central y oriental), se dirigían al encuentro con una cultura que les era desconocida, pero con la que tenían en común la lengua, herramienta fundamental del trabajo analítico.
Algunos ya tenían contacto con grupos de psicoanalistas locales, con los que habían compartido congresos, encuentros o grupos de estudio; otros iban a su encuentro con un medio psicoanalítico desconocido.
Todos ellos, sin constituir un conjunto homogéneo, tenían algo en común: dejaban un país en que el psicoanálisis constituía la teoría dominante (aunque no necesariamente mayoritaria) en el campo de la salud mental, por otro en que el psicoanálisis se había desarrollado en las catacumbas de un régimen al que no le era simpático.
Casi todos huían de un país que se sumergía en el terrorismo de estado y se dirigían hacia otro en que se anunciaba el inicio de un tránsito hacia las libertades democráticas.
El psicoanálisis en Argentina, ¿un fenómeno de masas?Ángel Garma (1904 – 1993), psiquiatra bilbaíno, fue el primer psicoanalista español y el primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (A.P.A.). Formado en Berlín y miembro de la DPG, la sociedad psicoanalítica alemana; en 1931 regresa a Madrid con la ambición de fundar un grupo psicoanalítico y difundir el psicoanálisis en España; con escaso éxito.
El estallido de la guerra civil acaba con su proyecto. Su llegada a la Argentina, en 1938, no pudo ser más oportuna. En torno a dos médicos argentinos, Enrique Pichón Rivière y Arnaldo Rascovsky, había comenzado a reunirse un grupo de médicos e intelectuales interesados en el psicoanálisis.
Ellos necesitaban didactas autorizados para ser reconocidos por la Asociación Psicoanalítica Internacional (I.P.A.) y Garma, recién llegado al país en que residiría el resto de su vida, pronto no tendría horas suficientes para atender a sus pacientes.
Además participaría allí del sueño que no había podido realizar en España: la fundación de una asociación psicoanalítica.
El boom del psicoanálisis en Argentina: El psicoanálisis conoció su mayor popularidad en dos países: Estados Unidos y Argentina.
A este hecho no parece ajeno el que fueran dos países cuya población mayoritaria era producto del aluvión migratorio.
El inmigrante, fugitivo de la miseria económica y la persecución étnica, tenía dos objetivos primordiales en esta nueva tierra prometida: el progreso económico y el reconocimiento social que les habían sido negados en sus países de origen.
El primero de estos objetivos vitales se reflejó en una sobrevaloración del trabajo que motivó que, en muchos casos, esta aspiración se viera cumplida; el segundo se proyectó sobre la siguiente generación.
El deseo de estos inmigrantes era que sus hijos accedieran a un título universitario y a una profesión liberal que, por razones económicas o raciales, les había estado vedada.
En Argentina la profesión más prestigiosa era la medicina y el sueño de todo inmigrante que su hijo fuera Doctor.
La técnica freudiana implicaba la creación de una nueva profesión liberal: “El pago directo, el aislamiento de la relación entre analista y analizado, la neutralidad del analista y su abstención ante las demandas puntuales del analizado o su familia…”, hacían del psicoanálisis “una técnica psicoterapéutica particularmente apropiada al contexto del consultorio privado” , generando una nueva especialidad médica, liberal y de prestigio.
Mientras tanto, los psiquiatras continuaban encerrados en el Hospicio con sus locos, constituyendo así una especialidad, de escaso prestigio social. Si ésta es una explicación posible para el rápido crecimiento de la oferta de psicoanalistas, no basta para explicar la demanda, aún teniendo en cuenta que por su formación, más próxima al modelo maestro – discípulo que a la enseñanza universitaria, todo aspirante a analista es, ante todo, un analizado.
Una de las causas de esta gran demanda de análisis, sin pretender agotar en ella la repuesta, reside en que la Argentina es un país en el que, aún hoy, es difícil encontrar sujetos adultos cuyos padres o abuelos no sean inmigrantes.
Para el inmigrante y su descendencia, la extranjeridad radical del sujeto respecto del medio y de sí mismo, la división subjetiva, todos estos cuestionamentos que postula el psicoanálisis y que tan extraños resultan al lego, son datos de la realidad inmediata, una evidencia que es difícil desconocer.
El psicoanálisis argentino y la Salud Mental Pública�
La preocupación por la salud mental pública no es ajena a Freud, quien, en 1918, en la Budapest socialista de su amigo Ferenczi, manifestó la necesidad de hacer llegar los beneficios del psicoanálisis al conjunto de la población, aunque fuera al precio de crear una aleación entre el oro puro del psicoanálisis y el cobre de otras prácticas.
O, más explícitamente aún, en una carta que le dirige a Max Eingtinton: “Si, además de su importancia científica, el psicoanálisis tiene valor como método terapéutico, si es capaz de prestar auxilio a la humanidad sufriente…, entonces este auxilio también debe ser dispensado a la gran masa de aquellos que son demasiado pobres para retribuir con sus propios medios la ardua labor del analista”.
Y, volviendo al discurso de Budapest: “El tratamiento sería, naturalmente, gratuito. Pasará mucho tiempo hasta que el Estado se dé cuenta de la urgencia de esta obligación suya”.
Desde sus inicios el psicoanálisis argentino, a diferencia del de otros países, estuvo relacionado con la salud pública. Los dos grandes arquitectos de su institucionalización trabajaban en la salud pública y no abandonaron esa práctica después de su conversión.
Al contrario, intentaron introducir la práctica del psicoanálisis en los hospitales. Arnaldo Rascovsky, pediatra del Hospital de Niños, fundó y dirigió un departamento de psiquiatría infantil.
Enrique Pichon Rivière introdujo la psicoterapia de orientación psicoanalítica, en el Hospicio de las Mercedes. Durante varios años fue obligatorio para los adherentes de la APA concurrir a estas clases en el Hospital Psiquiátrico como parte de su formación.
Desde los años 50 un grupo de psiquiatras impulsaba una reforma profunda del sistema de salud mental: apertura de servicios de psicopatología en los hospitales generales (hasta entonces la atención psiquiátrica estaba confinada en los Hospitales Psiquiátricos), creación de hospitales de día, consultorios externos, etc.
No se trataba de una auténtica Reforma Psiquiátrica como la que más adelante tendría lugar en Europa, ya que estos nuevos servicios estaban destinados a coexistir con los manicomios, no a cerrarlos.
El Policlínico Gregorio Áraoz Alfaro, de Lanús (una barrio obrero del Gran Buenos Aires), abrió en 1958 un pequeño Servicio de Psicopatología, el primero en un hospital general, bajo la dirección de Mauricio Goldenberg, psiquiatra ecléctico, nada reacio al psicoanálisis, que incluso recomendaba a sus discípulos.
Bajo su impulso, este servicio se convirtió pronto en un modelo que atraía a jóvenes profesionales, no sólo médicos, sino también psicólogos, que por primera vez participaban en un hospital público; la mayoría de formación psicoanalítica y ávidos de participar de una experiencia absolutamente extraordinaria.
La actividad de todos estos profesionales, poco o nada remunerada, constituía una verdadera militancia, un trabajo voluntario que se hacía como servicio para los pacientes y la sociedad en que vivían.
Esta experiencia, con la dirección de Valentín Barenblit, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, se prolongó hasta 1976, “cuando la dictadura militar acabó (…) con el proyecto y dispersó a tantos argentinos preocupados por la salud mental por el mundo”.
Al calor de esta experiencia se introdujeron técnicas de psiquiatría comunitaria y la teoría y la clínica psicoanalíticas en gran cantidad de servicios de psicopatología públicos y privados, actividad que no se interrumpió ni siquiera con el golpe militar del 76.
El psicoanálisis argentino en los 70�
El psicoanálisis, en sus múltiples variantes, estaba profundamente arraigado en la sociedad argentina, fundamentalmente en sus capas medias.
Las vías de formación eran muchas. Había una asociación reconocidas por la IPA: la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), pero ésta no podía atender a una demanda creciente.
Tanto es así que la propia APA se vio en la necesidad de impulsar la creación de la Escuela de Psicoterapia Para Graduados, que acogía la demanda de formación de psicólogos, excluidos de la APA por no ser médicos, y de médicos que no podían costearse la cara formación oficial, con sus años de análisis didáctico de cuatro sesiones semanales.
Por otro lado, en un país siempre abierto a las nuevas ideas, habían hecho su espectacular aparición los psicoanalistas lacanianos. Éstos no aceptaban las reglas ni la autoridad que se había autoconferido la Internacional, de la que Lacan había sido expulsado, y con su slogan “el psicoanalista se autoriza en su propio análisis”, expresaban su rechazo a toda norma corporativa, recuperando así para el psicoanálisis su carácter original de praxis abierta a todos los que tuvieran cualificación para ejercerlo, sin restricciones de titulación y libre de toda tutela médica.
Pero la actividad psicoanalítica no se restringía a estos ámbitos y se extendía al conjunto de la sociedad. Los psicoanalistas daban clases en la carrera de Psicología, que llegó a ser la de mayor número de alumnos, desplazando así a carreras tradicionales como Medicina, Derecho y Ciencias Económicas.
Muchos de estos alumnos aspiraban a ejercer la práctica psicoanalítica y casi todos consideraban al psicoanálisis fundamental para su formación. También el psicoanálisis estaba presente en los servicios de psicopatología de los hospitales públicos (Lanús, Piñero, Pirovano, etc.) y privados (Italiano, Israelita, Británico) e, incluso, en ciertas áreas de los hospitales psiquiátricos.
En otros servicios predominaban otras corrientes psicoterapéuticas, como la sistémica en el Hospital de Niños de La Matanza, contribuyendo así a acabar con el monopolio de la psiquiatría tradicional en la salud pública.
Además proliferaban las psicoterapias breves de orientación psicoanalítica ,los grupos terapéuticos de orientación psicoanalítica, los psicodramas de orientación psicoanalítica, y las escuelas y grupos de estudio en que se formaban sus practicantes.
En 1960 Pichon Rivière había fundado la Escuela de Psicología Social, donde no se formaban psicoterapeutas sino que se entrenaba a gente de muy diversa formación en aplicaciones del psicoanálisis en otras áreas.
Y , efectivamente, el psicoanálisis estaba presente en muchos colegios, grupos operativos, actividades barriales, etc.
También en los medios de comunicación estaban presentes los psicoanalistas, expresando su opinión autorizada sobre diversos temas de interés público.
En los primeros años setenta no había casi ningún acontecimiento de repercusión social en el que no se consultara la opinión de algún psicoanalista y Arnaldo Rascovsky había llegado a ser una figura conocida en Televisión.
El psicoanálisis como ficciónEn un país con una psiquiatría débil, enclaustrada en las cátedras de la facultad de Medicina y en los hospitales psiquiátricos, sin capacidad de renovación y, en contraposición, un psicoanálisis masivo e hiper activo, era natural ver en éste una alternativa a la psiquiatría asilar.
Pero “cualquier innovación institucional tiene las limitaciones de las exigencias políticas del estado en que se erigen las instituciones”.
Eso nos lleva indefectiblemente a recluirse en la práctica privada, o aplicar terapias de orientación psicoanalítica con pacientes recluidos en hospicios y carentes de los más elementales derechos humanos.
Por otro lado, la tarea de modificar las instituciones es más una tarea política que psicoanalítica, y requiere otro tipo de militancia.
Militancia política a la que, en general, las instituciones psicoanalíticas han sido reacias por redoblar la persecución a la que el psicoanálisis se hacía acreedor per se.
Dos posiciones coexisten desde la misma fundación de la APA. Una de ellas, la podríamos encarnar, un tanto arbitrariamente, en la figura de A. Rascovsky, quien, a pesar de ser originalmente pediatra y haber impulsado la práctica psicoanalítica en el Hospital de Niños, terminaría por calificar la práctica pública como una manifestación sintomática de masoquismo por parte del psicoanalista que participa de ella.
Esta posición propugna la práctica privada del psicoanálisis y considera a la salud mental pública extraterritorial respecto del campo analítico.
Otra corriente, más preocupada por la inserción social del psicoanálisis, podríamos encarnarla en la figura, igualmente significativa, de Enrique Pichon Rivière, desde la incorporación del psicoanálisis en el Hospicio de las Mercedes hasta la fundación de la Escuela de Psicología Social.
Algunos de los seguidores de esta última tendencia entran en conflicto con la realidad social a partir de su propia práctica, sobre todo en los campos de las psicosis en los hospicios, del psicoanálisis infantil en servicios pediátricos, de enfermedades psicosomáticas en hospitales generales.
Para desarrollar su praxis psicoanalítica se ven forzados a aceptar algún tipo de compromiso con la institución en la que trabajan.
Es más, en un estado policial, no es posible criticar en voz alta las injusticias sociales a las que su trabajo los enfrenta cotidianamente. ¿Cómo tolerar un discurso que se pretende científico al precio de renunciar a lo real?, sobre todo cuando la realidad incluye la persecución, prisión o desaparición de colegas, amigos y familiares.
En palabras de Maud Mannoni: “¿Qué sentido tiene ejercer el psicoanálisis en un contexto en el que hay que hacerse sordos a los gritos de los prisioneros para poder seguir ejerciéndolo?”.
En este contexto, ¿no se manifiesta el discurso analítico mismo como un discurso delirante, en tanto discurso que rechaza lo real?.
En 1971, mientras los militares se aprestan a abandonar el gobierno en medio de una aguda polarización entre las fuerzas de la derecha y de la izquierda, dos grupos minoritarios renuncian colectivamente a la APA, por razones más políticas que científicas, cuestionando tanto la falta de democracia interna de la Asociación como su papel en la sociedad: “Plataforma”, movimiento internacional psicoanalítico fundado en Roma en 1969 por jóvenes candidatos de diversas latitudes al calor del mayo francés, pero que sólo tuvo continuidad en Argentina, con el impulso de Armando Bauleo y Hernán Kesselman, jóvenes adherentes que habían estado en Roma, y la incorporación de los didactas Marie Langer, Emilio Rodrigué, Diego y Gilou García Reinoso y “Documento”, del que participan, entre otros, Fernando Ulloa (especialista en análisis institucional), Fanny Shutt y Alba Kaplán (hoy también en España).
Sus primeras acciones fueron un seminario sobre psicoanálisis y marxismo, y la edición de dos libros colectivos: Cuestionamos I y II, con un significativo epígrafe de Marie Langer: “Freud y Marx han descubierto, por igual, detrás de una realidad aparente, las fuerzas verdaderas que nos gobiernan: Freud, el inconsciente; Marx, la lucha de clases”.
La sola enumeración de algunos de los títulos que componen estos libros nos da una idea de su contenido: Psicoanálisis y marxismo, Violencia y represión, Marxismo y psicoanálisis, Realidad y violencia en el proceso psicoanalítico, Psicoanálisis, ideología y política, Psicoanálisis y antiimperialismo, Psicoanálisis y/o revolución social, en Cuestionamos I. Psicoanálisis: institucionalización y/o cambio, Sobre la tortura, Algo más sobre la tortura, Premisas ideológicas de la investigación psiquiátrica, La mujer: sus limitaciones y potencialidades, en Cuestionamos II.
No nos sorprenderemos si a muchos de estos autores los reencontraremos en las listas de psicoanalistas exiliados cuatro años después. Pero no serán únicamente ellos los perseguidos. Sería una reducción excesivamente simplista de la realidad decir que la izquierda rompió con la institución y la derecha permaneció en ella.
Algunos de los referentes más significativos de la izquierda, como Pichon Rivière y José Bleger, optaron por permanecer en la APA. Bleger, que fallecería al año siguiente, llegó incluso a estigmatizar a los renunciantes: “Me temo que parte de los que renunciaron a la Asociación Psicoanalítica Argentina (y, en rigor, al psicoanálisis) en pro de la política, van a ser malos políticos, malos profesionales y malos intelectuales… La revolución social no se hace dentro de la APA”.
La posición ideológica común a éstos y otros analistas la resume Maud Mannoni en la obra citada: “La ruptura gira alrededor del rechazo de la teoría considerada como un monumento de seguridad, hasta el punto de auto limitarse.
La teoría debe ser un instrumento, un modo de elucidación; y todo trabajo teórico sólo tiene sentido si hay algo que lo supere (es decir, una práctica en la que el paciente, a través del proceso psicoanalítico, pueda crearse a sí mismo, en vez de normalizarse)” ¿Abría esta ruptura nuevas perspectivas para el psicoanálisis? Nunca lo sabremos.
El golpe de marzo de 1976 obligaría a estos analistas a desperdigarse por el mundo o a refugiarse en el exilio interior.
El psicoanálisis sólo puede continuar practicándose en Argentina al precio de hacer un “psicoanálisis de cámara”, de espaldas a la realidad. Los analistas deben elegir cuidadosamente a sus pacientes y los pacientes a sus analistas, si no quieren correr el riesgo de la desaparición forzada (como ocurrió en el caso del psiquiatra psico dinámico Juan Carlos Rissau, desaparecido en 1976 en el curso de una investigación sobre uno de sus pacientes y por su pertenencia a la combativa Federación Argentina de Psiquiatras).
En estas condiciones puede entenderse, se justifique o no, la posición de la APA, que en el Congreso de la IPA realizado en Jerusalén en 1977 se opuso a una condena pública de la represión en Argentina para no comprometer a sus miembros, sospechosos por su misma profesión de ser potenciales subversivos a los ojos de los represores.
Maud Mannoni recuerda una advertencia que le hiciera Arminda Abarastury en 1972, respecto a un congreso lacaniano en Brasil: “¡No vayáis! ¿Qué significa el psicoanálisis en un país en que todo el mundo tiene a un ser querido en la cárcel?” ¿ Qué significa el psicoanálisis si sólo es posible su práctica al precio de no plantear la cuestión de la verdad, piedra angular de la teoría que funda esa práxis? Sólo resta una teoría que gira sobre sí misma sin consecuencias en la realidad. ¿Puede el psicoanálisis coexistir, sin traicionar a su esencia, con un régimen psiquiátrico – policial? ¿Puede, se pregunta Elizabeth Roudinesco , alimentar un discurso psiquiátrico – jurídico que castiga la diferencia con la exclusión en la cárcel o en el hospital psiquiátrico, sin renunciar a su razón de ser?.
Pero si estos interrogantes son válidos en todo tiempo y lugar, el precio pagado para ejercer el psicoanálisis en la Argentina del Proceso era aún mayor: la renegación de la realidad.
Recuerdo, como experiencia personal cuasi delirante, escuchar las quejas de un paciente sobre su infancia desgraciada, con el sonido de fondo de un tiroteo ¿Tiene sentido ejercer el psicoanálisis bajo una negación tan brutal de la percepción?.
Y, sin embargo, en esos difíciles años el psicoanálisis continua practicándose, no sólo en consultas privadas sino también en hospitales públicos.
El encuentro con el psicoanálisis españolA los psicoanalistas que eligieron el exilio, o se vieron forzados a él, les aguardaba un encuentro con una realidad muy diferente.
El psicoanálisis en España, carente de la tradición y el arraigo que tenía en Argentina y Latinoamérica, expulsado de las instituciones públicas, circulaba en ámbitos reducidos y en la semi clandestinidad.
El psicoanálisis, ya sea por su origen judío, por su afrenta a la moral o por su relativización de toda autoridad y toda ilusión social (baste leer El malestar en la cultura, El porvenir de una ilusión, o Psicología de las masas y análisis del Yo, de S. Freud), nunca tuvo buenas relaciones con los regímenes totalitarios.
Quemados sus libros y perseguidos sus practicantes en la Alemania y la Austria nazis, la Sociedad Psicoanalítica Alemana sólo sobrevivió una vez depurada racialmente, como psicoanálisis ario, y eso gracias al prestigio del apellido de M. Heinrich Göring, director del Instituto Alemán de Investigación Psicológica y Psicoterapia, y familiar del célebre ministro nazi.
Incipiente en la Rusia bolchevique, fue prohibido bajo el stalinismo por su carácter burgués. No podía correr mucha mejor suerte bajo el franquismo.
Pero reducir el fracaso del psicoanálisis en España a la antipatía del régimen sería una excesiva simplificación.
¿Por qué fracasa el psicoanálisis en España?�
En Argentina el psicoanálisis adquiere prestigio intelectual gracias a los escritos de Ortega y Gasset y las conferencias de Rodríguez Lafora, se lee a Freud en la edición española con traducción de López Ballestero, el primer analista didácta y el primer presidente de la APA es Ángel Garma, también español.
Y sin embargo el psicoanálisis arraiga en la sociedad porteña y no en la española. ¿Por qué?.
Muchas eran las razones para que las ideas freudianas no arraigaran en la península: el catolicismo y su moral, opuestos a la nueva ética fundada por Freud; una cultura que rechaza tradicionalmente la mención de los propios problemas y dificultades, sobre todo si éstos son de índole sexual; el estoicismo castellano y el carácter épico del español (López Ibor).
Pero, después de citar algunas de estas dificultades, ya enunciadas en 1932 por Juarros, María Luisa Muñoz, con extraordinaria perspicacia, cita otra causa para este fracaso: “la ausencia en España de una intelectualidad judía, abierta científicamente, que hubiera acogido sin prejuicios las nuevas aportaciones freudianas, facilitando su implantación y desarrollo.”
¿Es el psicoanálisis un chiste judío?�
El estigma de ser una ciencia judía persiguió al psicoanálisis desde sus comienzos.
Podemos interpretar este estigma como una defensa que erigió occidente ante una nueva teoría que parecía socavar sus bases ideológicas; cuestionando la razón de un sujeto que no es ya dueño de su discurso, con el descubrimiento del inconsciente; y sus bases morales, con la teoría de la sexualidad infantil.
De esta manera se podía desautorizar al psicoanálisis atribuyendo sus desviaciones al carácter degenerado de una raza, o simplemente descalificarlo, como hizo Pío Baroja al definirlo escuetamente como palabrería judía.
Las principales teorías destinadas a conmover los cimientos del pensamiento occidental (marxismo, freudismo, teoría de la relatividad) surgieron en las mentes de judíos germanos asimilacionistas (judíos que hablaban alemán y no ydish, como los judíos del ghetto).
Distanciados de sus orígenes judíos por su deseo de integrarse a la sociedad en que residían, y rechazados por ésta por su origen judío, esta extranjería radical hizo de la intelectualidad judia un sector menos prejuicioso y más abierto a las nuevas ideas, así como a una mayor reflexión sobre su propia interioridad y su subjetividad.
España no tenía relación alguna con esta cultura en la que germinó y floreció el psicoanálisis. Cuando Freud empezó a hacer sus descubrimientos ya hacía cuatrocientos años que los judíos habían sido expulsados de la península.
La psicología en la cultura españolaAsí como España ha sido tradicionalmente hospitalaria para la pintura y el genio de la lengua, ha sido refractaria al pensamiento europeo.
Si tuviéramos que elegir un género literario como el más representativo del español, designaríamos sin duda al esperpento, con su deformación sistemática de la realidad, sus rasgos grotescos y absurdos, su lenguaje coloquial y desgarrado, sus expresiones cínicas y jergales.
En palabras de Valle Inclán: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”.
Si bien es Valle su creador, esta modalidad literaria, hunde sus raíces en El Quijote y la literatura del siglo de oro, y se prolonga en el cine: Buñuel, Berlanga, Almodóvar, Álex de la Iglesia.
Diríamos entonces que la literatura española, en su tipicidad, es una literatura del exceso. Del exceso y de su rectificación, vía los grandes moralistas, tanto en su vertiente religiosa como en la laica (Unamuno, Ortega, Sabater).
Pero difícilmente encontremos en la literatura española un equivalente de la novela psicológica de un Flaubert, un Thomas Mann o un Dostoievsky.
Incluso el gran realista español, Pérez Galdós, trabaja más con arquetipos, como Doña Perfecta, que con verdaderos caracteres psicológicos individuales.
Esta ausencia de realismo psicológico no responde sólo al carácter de una raza, sino a la ausencia del pensamiento moderno en Castilla.
La subjetividad en la literatura es un reflejo del pensamiento burgués, y España no es cartesiana.
Por esa razón el psicoanálisis no despertó el mismo interés en sus escritores que en los americanos o europeos; o, mejor dicho, si hubo artistas que se interesaron en el psicoanálisis (Dalí, Buñuel), lo que les interesó fueron sus procedimientos (asociación libre, atención flotante) y no su psicología.
El psicoanálisis es ajeno a la tradición cultural española.
El psicoanálisis antes de la guerra civilQue la obra de Freud interesa en la España anterior a la guerra civil no admite dudas: los más eminentes psiquiatras e intelectuales de la época leen y publican comentarios sobre esta obra, pero la mayor parte de lo que se escribe es crítico; de tal modo que lo que llega al lector, psiquiatra, médico, filósofo o intelectual, no es tanto un pensamiento innovador como la crítica del mismo.
Más aun, los pioneros del psicoanálisis en España, los que se sienten favorablemente inclinados hacia él, pretenden incorporar el saber analítico a la ortodoxia psiquiátrica, en lugar de constituir una alternativa a la misma. Valentín Corcés cita entre estos pensadores interesados en incorporar el psicoanálisis a Lafora en la psiquitría, Marañón en la medicina, Ortega y Gasset en la filosofía, Barnes en la pedagogía.
Pero añade: “Sin embargo, la obra psicoanalítica de estos autores es pobre y coexiste en condiciones de inferioridad epistemológica con otras teorías y disciplinas; es, por tanto, simplemente parte integrante de un bagaje cultural, en ciertas ocasiones enciclopédicos, en muchos de nuestros pensadores.”.
Es recién en 1931, cuando Garma regresa a España, que un español comienza a escribir y a publicar no sólo sobre psicoanálisis, sino desde del psicoanálisis.
Más importante aún, es el primer español que escribe sobre psicoanálisis desde una experiencia como analizado y como analista. Sus colegas están dispuestos a leer a Freud, a incorporar algunas de sus ideas a su práctica médica o psiquiátrica; pero no a psicoanalizarse. Su ex analista, T. Reik, le escribe: “Yo ya sé que los conocimientos teóricos del psicoanálisis son bastante conocidos por los psiquiatras y psicólogos de su hermoso país; pero sé también que pocos han comprendido que solamente aquel que se somete a un psicoanálisis puede adquirir un conocimiento verdadero de este método psicológico”.
Podemos concluir, como lo hace Valentín Corcés, “que la guerra civil, más que cortar el proceso histórico e institucional de institucionalización psicoanalítica, lo que hizo fue cerrar el proceso personal emprendido por A. GARMA.”.
Aventurar que de haberse prolongado la existencia de la II República la institucionalización del psicoanálisis hubiera tenido lugar menos tardíamente, sería hacer historia – ficción; pero es indudable que el triunfo del franquismo y el exilio de significativos psiquiatras de manifiesta simpatía por la obra de Freud, como Lafora y Mira, condenó al psicoanálisis español a desarrollarse en las catacumbas.
El psicoanálisis en la pos guerra“ La historiografía rigurosa rechaza la idea de que el psicoanálisis no era conocido en España en los años de posguerra; por el contrario, en estas fechas, se iniciaba –lenta y trabajosamente- un proceso de institucionalización del pensamiento freudiano.
Este intento estuvo fuertemente mediatizado y dificultado por la situación política y por el empuje de la pastoral católica denominada “pastoral psiquiátrica”…” Dice la pastoral: “… si el psicoanálisis descubre la causa de tal perturbación, él querrá, según su principio, evocar totalmente ese inconsciente para hacerlo consciente y suprimir el obstáculo.
Pero hay secretos que es absolutamente necesario callar, incluso al médico, aun a pesar de graves inconvenientes personales.”
La oposición de la psiquiatría oficial al psicoanálisis es aun más férrea que la de la Iglesia. Esta oposición se encarna magistralmente en el Dr. López Ibor, figura dominante de la teoría y práctica psiquiátricas bajo el franquismo.
El fundamento ideológico de esta crítica reside en “la opinión de que el psicoanálisis valía para los países anglosajones, pero para Europa, especialmente para España,(…) no tenía ningún valor”.
Opinión que López Ibor expone con claridad en una conferencia de 1956: “El proyecto vital del español y la crísis del saber ”.
Proyecto vital que consiste en cumplir una misión, la de fundar un nuevo humanismo, una forma de vida distinta, más próxima a la eternidad y a lo absoluto. Esta misión le corresponde al español por la superioridad del hombre hispánico.
Para cumplir con ella, el español debe olvidarse de sí mismo, de sus problemas y sus conflictos, tanto internos como externos, para volcarse en valores universales.
No es de extrañar que en España tuvieran más aceptación las ideas de Jung, con su teoría del Inconsciente Colectivo, propio de cada pueblo, que el Inconsciente freudiano, individual, propio de cada sujeto, y, a la vez, universal en las leyes que lo rigen.
En ese clima social, el incipiente movimiento psicoanalítico español se desarrolla en los márgenes de la sociedad.
Así lo explicita Margaret Steinbach, única didacta en la península, en su informe a la Sociedad Psicoanalítica Alemana que la ha designado en esa función: “Como en España la Iglesia Católica tiene más poder que en otros países, tenemos que contar con eso a propósito del psicoanálisis.
Pero, aparte de esto, hasta ahora no hemos tenido ninguna oposición, aunque esto, a lo mejor, tiene que ver con el hecho de que nosotros trabajamos de forma discreta y no hemos tenido ninguna manifestación pública…”
“Yo creo que en este país lo mejor es no entrar en polémicas, sino todo lo contrario” Subsumido al “interés” del Dr. López Ibor y al beneplácito de los confesores; a trabajar “de forma discreta”, sin “ninguna manifestación pública” y sin “entrar en polémicas”, el psicoanálisis español estaba condenado al ostracismo, sin la carga subversiva ni la repercusión social que tuvo en otras latitudes. La “coexistencia pacífica” del psicoanalisis con el régimen franquista nos devuelve al problema ya apuntado respecto al psicoanálisis como ficción.
La buena predisposición hacia el psicoanálisis de ciertos sectores de la Iglesia y la voluntad manifiesta de no “entrar en polémicas”, ¿no corre el riesgo de condicionar el psicoanálisis a ciertos límites dentro de los cuales más que psicoanálisis se produzca una ficción psicoanalítica? ¿Los católicos que se acercan al psicoanálisis pueden acaso obviar la indicación de Pío XII: “…hay secretos que es absolutamente necesario callar, incluso al médico…” ? ¿Es posible servir a la vez al Dios de la iglesia y al demonio del psicoanálisis?
Las relaciones del psicoanálisis español y el argentinoEl incipiente grupo de psicoanalistas españoles, que surge con retraso respecto a otros países, requiere el apoyo de asociaciones psicoanalíticas ya consolidadas.
Ya sea por razones lingüísticas o por el interés personal de Ángel Garma, la APA cumple un papel destacado en estos intercambios, sobre todo con Madrid.
Mientras tanto, en Barcelona predomina la colaboración con las sociedades británica y francesa.
En 1952, Garma viaja a Madrid para dictar dos conferencias en la clínica de Gregorio Marañón.
En 1954, Alberto Tallaferro da un curso de psicoanálisis al grupo madrileño y conferencias en Madrid y Barcelona.
Ese mismo año fallece Margarita Steinbach, única psicoanalista didacta reconocida por la IPA residente en España.
Los que quieran continuar con su formación analítica deberán hacerlo en el exterior: en París, Ginebra o Buenos Aires.
Ramón del Portillo se analiza con Garma, María Teresa Ruíz con León Grinberg y Eduardo Blaise con Pichon Rivière.
En 1955 se realiza en Barcelona el I Congreso Iberoaméricano de Intercambio Médico – Psicológico con la colaboración de la APA y la presencia de gran número de psicoanalistas argentinos, congreso que es la presentación en sociedad del psicoanálisis español.
Ese mismo año, dos grupos de estudios, uno de Madrid y otro de Barcelona, se presentan al XIX Congreso de la IPA celebrado en Ginebra.
Como no hay ningún miembro de la IPA residente en el país, según exigen sus estatutos, estos grupos no pueden ser reconocidos.
En el mismo congreso, Arnaldo Raskowsky se ofrece a pasar tres meses al año en España y recibir durante otros tres meses a los candidatos españoles en Buenos Aires, completando así seis meses de formación anuales.
En 1957, Jaime Tomás, psicoanalista español formado en Argentina, se traslada a Madrid, donde, durante dos años, analizará a diez candidatos.
La trayectoria de Jaime Tomás es representativa de esta historia de viajes de ida y vuelta entre España y Argentina. Nacido en 1921 en Irún, hijo del presidente del partido Social Radical de Guipuzcoa y sobrino de Victoria Kent y de Thomás Meabe, uno de los fundadores de las Juventudes Socialistas; al iniciarse la guerra civil se traslada a París con su padre, Cónsul General de la República Española.
Ante el avance de los nazis, como tantos otros españoles, se exilian en Méjico, donde Jaime estudia Medicina.
Al terminar la carrera funda el primer Grupo de Psicoanálisis de Méjico, junto con el también exiliado Avelino González y colegas mejicanos.
Se traslada a Buenos Aires para completar su formación. Llega a ser miembro titular de la APA y participa de la restringida Comisión de Enseñanza. Y precisamente entonces, cuando ha alcanzado el éxito profesional y el reconocimiento social, la nostalgia lo lleva a regresar a España.
Pero, después de dos años, ante el ambiente represivo y la falta de libertad con que se desarrolla el psicoanálisis en España, decide retornar a la Argentina.
En 1973 lo reencontraremos en Madrid. Uno de sus analizantes, Juan Francisco Rodríguez, se traslada a Buenos Aires para continuar allí su formación: “En los finales de la década de los 50, cuando el psicoanálisis en España empezaba apenas a salir de las catacumbas de la posguerra, decidí irme al extranjero en busca de una formación psicoanalítica en un Instituto que fuera reconocido por la International Psychoanalitical Association.
Con esa finalidad me puse en contacto con Ángel Garma, que era en ese momento presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina, y llegué a Buenos Aires en marzo de 1960.
Una de las cosas que más me sorprendieron a mi llegada a la ciudad fueron precisamente los cursos de psicoanálisis que todos los miércoles a las 8 de la tarde daba Ángel Garma en la Facultad de Medicina de Buenos Aires.
Viniendo del páramo psicoanalítico que era la España de aquellos años, quedé completamente sorprendido de ver un aula de 500 personas escuchando a Garma que, con su clara y potente voz y acento castellano (que, por cierto, nunca perdió en sus muchos años de vida en Argentina), explicaba con toda naturalidad los más complicados y poco convencionales aspectos de la teoría y la práctica psicoanalíticas”
El psicoanálisis como contracultura�
La principal diferencia con que tuvieron que encontrarse los psicoanalistas inmigrantes fue que, mientras que el psicoanálisis era parte destacada de la cultura argentina, en España era contra cultural.
Mientras que el argentino de clase media es consciente, no de su inconsciente, pero sí de tener uno; ésta es una idea extraña al común de la población española.
No se trata de establecer una diferencia de valor entre ambas características, pero sí de reconocer una diferencia en la maneras de estar en el mundo, en la percepción que se tiene de uno mismo y de los otros, en los modos del goce.
Una diferencia entre una españolidad (o una catalunyedad) arraigada a la tierra y a las generaciones, y una argentinidad nacida de un cocido de culturas en un puchero en constante ebullición. Una diferencia entre el tango y la copla.
El triunfo del franquismo redobló un modo feudal, religioso y campesino, en el mismo momento en que éste empezaba a derrumbarse.
Bajo el prolongado gobierno que siguió, una España (último bastión de occidente) devastada por la guerra civil y aislada internacionalmente, se volvió sobre sí misma, con la pretensión de permanecer inmune a las influencias extranjeras.
La transición fue, en mi opinión, un salto sobre el vacío de la pre-modernidad a la post-modernidad, sin haber atravesado los aportes y sinsabores de la modernidad.
En Argentina, en cambio, se fusionó una inmigración mayoritariamente europea que siguió teniendo su referencia en Europa, en una negación de su nuevo lugar en el mundo.
Durante muchos años los Pirineos fueron más altos que ancho el Atlántico, con una doble consecuencia: una España geográficamente europea, pero viviendo de espaldas a lo que allí se cocía; y una Argentina hipertróficamente intelectual, pero al precio de renegar el destino al que su pertenencia al tercer mundo inexorablemente la empujaba.
Es tarea del que llega hallar los puntos de encuentro con la cultura de un país al que no ha sido convocado. Pero ¿cómo entrecruzar la historia psicoanalítica argentina con las articulaciones culturales españolas?.
Rechazado por la derecha por su inmoralidad y menospreciado por la izquierda por su adaptabilidad al sistema y su idealismo, el psicoanálisis madrileño circulaba en medios reducidos de adeptos sin alcanzar popularidad.
La psiquiatría oficial era definidamente biologicista; con escasas excepciones psicodinámicas, fundamentalmente la del Servicio de Psiquiatría de la Clínica de la Concepción de la Fundación Jiménez Díaz que, con la jefatura desde 1956 de José Rallo, psiquiatra formado psicoanalíticamente en Suiza , funcionaba como un servicio de psiquiatría psico - dinámica y permitía a muchos analistas realizar una experiencia clínica.
La psicología era hegemonizada por el conductismo, sin distinciones ideológicas. El papel de acompañante como ideología de salud mental de una izquierda en alza en un momento de cambios, que en otros tiempos y otros ámbitos fue jugado por el psicoanálisis, estaba ocupado por la anti-psiquiatría y, en menor medida, las corrientes interaccionales, más adecuadas a la tradición materialista y humanista de la izquierda.
La llegada de los psico - argentinos�
Las experiencias de cada uno de ellos son significativamente diferentes, por lo que vamos a considerarlas según los grupos a los que terminaron incorporándose.
La selección de instituciones y nombres propios será necesariamente arbitraria, pero sería vano pretender una exposición exhaustiva dada la cantidad de psicoanalistas argentinos que llegaron entre 1975 y 1980, y la variedad de las experiencias e instituciones a las que se incorporaron o dieron lugar.
Los psicoanalistas argentinos en las instituciones psicoanalíticas españolas�
1972 es un año clave en el inicio del viaje Buenos Aires – Madrid, recorrido al que terminarán por sumarse muchos psicoanalistas argentino en busca de nuevos horizontes,� algunos psicoanalistas españoles de retorno a un país que comienza a abrirse al psicoanálisis.
En España el declive biológico del generalísimo Franco y la necesidad de incorporarse a una Europa que pretende emanciparse del imperio americano sin abandonar el sistema capitalista, abre un espacio a cierta modernidad que no excluye el psicoanálisis.
En Argentina, la decadencia del gobierno militar y la inevitabilidad del triunfo peronista en las próximas elecciones, abren paso al socialismo con Perón que propugna una Juventud Peronista radicalizada, o al retorno al totalitarismo que empujó hacia el anti – peronismo a buena parte de la intelectualidad argentina; en cualquier caso a una radicalización de las contradicciones que servirá de prólogo al establecimiento de un nuevo régimen militar.
En ese año, Alberto Campo, psicoanalista argentino, didacta de la APA y jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital de Niños Dr. Elizalde de Buenos Aires, se traslada a Barcelona y se integra en la Sociedad Española de Psicoanálisis.
El mismo año, Juan Francisco Rodríguez, luego de su formación en Buenos Aires y catorce años de permanencia en esa ciudad, estimulado por la apertura que se produce en estos últimos años del franquismo, retorna a Madrid y es reconocido por la Sociedad Española como miembro adherente, categoría que tenía en la APA desde 1968.
También en 1972, retorna al país Jaime Tomás, nacido en España y formado como psicoanalista en Argentina, quien hasta poco antes había presidido la APA, durante el conflicto que acabó con las traumáticas renuncias de los miembros de Plataforma y Documento, reflejo de las convulsiones políticas del país.
Lo acompaña su esposa argentina, Pola Tomás, que había trabajado en el Hospital de Niños con Alberto Campo. Su llegada es muy bien recibida por los psicoanalistas madrileños, ya que la incorporación de estos didactas reconocidos por la IPA a la tarea formativa permite fundar en 1971 la Asociación Psicoanalítica de Madrid, independiente de la Sociedad Española de Psicoanálisis con sede en Barcelona.
Jaime Tomás impulsa la creación del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Madrid e interviene ante la IPA para su reconocimiento internacional.
La misma buena acogida reciben otros psicoanalistas rioplatenses que van llegando al ritmo del incremento de la represión en sus países, como el uruguayo Carlos Sopena, que llega en 1975 y es reconocido como miembro titular en 1978, y los argentinos León y Rebeca Grinberg, que llegan en 1976, se incorporan inmediatamente a las tareas formativas (cursos, seminarios, supervisiones) de la APM y serán reconocidos como miembros titulares y didactas en 1980, una vez que decidan fijar su residencia definitiva en Madrid.
Estas incorporaciones contribuyen decisivamente al reconocimiento de la APM como sociedad componente de la IPA, hecho que se concretará en 1979, de forma provisional, y definitivamente en 1981.
Pero después de esta fecha y a medida que se incrementa el arribo de psicoanalistas exiliados desde Argentina, hasta constituir una verdadera avalancha, comienzan a ser recibidos con mayor reticencia.
Isabel Luzuriaga, española de nacimiento y psicoanalista argentina por formación, es admitida en 1982. Forzada al exilio de España en su niñez (1939) por la militancia comunista de su padre; regresa desde su país de adopción en 1978, meses después de haber sido nombrada didacta por la Asociación Psicoanalítica Argentina, a causa de la militancia política de sus hijos.
Apoyada desde su llegada por el Dr. Rallo, deberá esperar cuatro años hasta su reconocimiento por la APM.
Otros analistas formados en Latinoamérica tendrán aun que aguardar muchos años más para ser aceptados; entre ellos Nicolás Spiro, Elba Izarduy, Carlos Paz y Jaime Spilka, que había impulsado desde la presidencia de la APA, entre 1974 y 1976, una liberalización del plan de enseñanza, dando lugar a la libre elección de los candidatos de su plan de estudios y a la presencia de diversas corrientes teóricas en el Instituto de Enseñanza.
Además, bajo su mandato, todos los miembros titulares pasaron a cumplir funciones didácticas, algo que no ocurría en la APM. Otros miembros de la Internacional Psicoanalítica por su pertenencia a la APA, renunciarán a incorporarse a la APM, desarrollando sus actividades psicoanalíticas fuera del campo de la Internacional en España y contribuyendo así a la difusión del psicoanálisis más allá de sus límites institucionales.
Este conflicto merece una reflexión.
Por un lado, carece de sentido lógico negar el reconocimiento a colegas que ya son miembros titulares y/o didactas reconocidos por la IPA en razón de haber adquirido estos reconocimientos en la asociación de otro país.
Aclaremos desde ya que no era la nacionalidad del solicitante lo que estaba en juego, ya que muchos de los analistas provenientes de Argentina eran españoles por nacimiento o por derecho (hijos de españoles emigrados), sino el reconocimiento por parte de la APM de los grados adquiridos en otra institución de la IPA.
El psicoanálisis, como teoría y como clínica, no es una cuestión de nacionalidades, ni siquiera de la nacionalidad de las asociaciones.
Que los títulos y derechos adquiridos por sus practicantes en un país no le sean reconocidos por una Asociación Psicoanalítica de otro país con similares reglas de formación, parece negar el carácter científico del psicoanálisis y poner en evidencia el corporativismo de las reglas de la Internacional.
Además, dadas las circunstancias en que se produce (exilio, emigración forzada), resulta poco solidario Pero, por otro lado, hay que entender las singulares circunstancias en que este conflicto se produce.
Una Asociación Madrileña en formación (y no muy distinta fue la situación en Barcelona), con un reducido número de componentes, se encuentra con una demanda masiva de incorporación que amenaza con “colonizarla”.
No se trata sólo de reconocer los títulos y el saber de los que ya son didactas, sino que junto con ellos llegan muchos analizantes suyos que, lógicamente, tendrían también derecho a su reconocimiento como analistas en formación.
Los psicoanalistas argentinos de la IPA no llegan como individuos aislados, sino con sus pacientes y discípulos, sus amistades y enemistades, sus coincidencias y disidencias teóricas y político – institucionales, e inevitablemente las trasladarán a la asociación que los acoja.
Los lacanianos: París - Buenos Aires – Barcelona - Madrid, un largo viaje�
Una misma figura cumple la función de introducir el pensamiento de Lacan en Argentina y España.
Esta figura es la de Oscar Masotta, de quien dicen los que lo conocieron que daba gusto oírlo hablar, no sólo porque le gustara hacerlo, como a casi todos los argentinos, sino por la lucidez de sus articulaciones y la claridad de su exposición.
Masotta era un intelectual, interesado tanto en la filosofía como en el psicoanálisis, en la lingüística como en el arte y la literatura, capaz de organizar un ciclo de happenings en 1966, y de dirigir la Primer Bienal Mundial de la Historieta en 1968.
No deja de ser curioso que sea un bohemio, sin título universitario alguno ni formación psicoanalítica previa, interesado en la filosofía y el arte, quien descubra a Lacan y, por su intermedio, una nueva lectura de Freud, en un Buenos Aires en el que el psicoanálisis ya está firmemente implantado, mucho más que en el propio París.
Y será por medio de la enseñanza de este intruso en el campo analítico, como jóvenes analistas, médicos, psicólogos, filósofos e intelectuales, accederán a un nuevo modo de entender el psicoanálisis, mucho más seductor para la generación de los 60 y 70, por su “ataque a las instituciones del psicoanálisis oficial, el halo de rebeldía, el clima intelectual francés, en contraste con el estrecho profesionalismo norteamericano. El solo cambio de idioma tenía resonancias ideológicas y políticas: el francés “sonaba” mejor que el inglés para una postura antiimperialista”.
La enseñanza de Masotta, nos cuenta uno de sus discípulos más destacados, Isidoro Vegh: “tenía lugar fuera de cualquier institución, en las casas;(…).
Los mismos alumnos iban difundiendo sus clases”; remplazando así la enseñanza académica de la APA por un modo de transmisión aun más antiguo: el de los sofistas.
“Después hubo algunas experiencias públicas que tuvieron gran efecto; dos de ellas fueron hitos en la historia del lacanismo en Argentina”, continua I. Vegh.
“La primera fue en 1972, cuando vinieron Maud y Octave Mannoni, psicoanalistas lacanianos franceses.(…)
La segunda fue en la época de Cámpora, aquella jornada del Instituto Goethe.” “ Masotta vino un día y nos dijo: “Vamos a fundar una escuela.
Propongo que los que estuvimos en las Jornadas del Goethe y en la organización de la visita de los Mannoni, y en la revista, hagamos un acto de fundación.(…).
Todos estuvimos de acuerdo en eso. Pero, al poco tiempo, ocurrió un fenómeno realmente sorprendente: Masotta se fue a España.”
Masotta en BarcelonaMasotta retoma su tarea de sofista en Barcelona en noviembre de 1975, el mismo mes en que muere Franco.
Llega así a España, desde el lejano Buenos Aires, el pensamiento de un autor vivo, que imparte sus seminarios no muy lejos de la ciudad condal, en el mismo momento en que agoniza el representante de un régimen que mantuvo a la reserva espiritual de occidente protegida, no sólo de Lacan, sino de todo el pensamiento contemporáneo francés: Althuser, Levi-Strauss, Jakobson, etc.
Si Masotta pudo ser sofista en España, es porque su oferta se encontró con una demanda ávida de participar de los debates intelectuales europeos.
“Todo ello explica la peculiar composición de los grupos de estudio de Oscar Masotta de entonces. Al principio, si habían practicantes de psicoanálisis, procedían casi exclusivamente de Argentina, mientras que los españoles eran estudiantes, intelectuales, incluso artistas – durante un tiempo (…) el estudio del pintor catalán Guinovart fue el escenario donde se desarrollaban las clases”.
Con el tiempo la composición de los grupos de estudio se fue decantando entre quienes se habían acercado por curiosidad intelectual y quienes descubrían en ellos su vocación de analistas.
El clima de estas reuniones es muy distendido, como de charla de café, y, aun en la versión revisada y corregida por Marcelo Ríos y Enric Berenguer para su publicación pos mortem, se puede observar el esfuerzo de clarificación de Masotta para exponer el intrincado pensamiento de Lacan, sin traicionarlo, a un auditorio totalmente lego en la materia.
Es como si dijera: “Bueno, vamos a ver qué significa todo esto del Complejo de Edipo y de que uno quiere acostarse con su madre…”.
Gracias a Masotta, Barcelona es la primera ciudad en España en la difusión del pensamiento de Lacan.
Pero Masotta no limita su acción a Barcelona, y viaja a dar sus lecciones a grupos de Madrid, Vigo y Valencia.
No conforme con eso, y fiel al afán institucionalizador que lo había llevado a fundar la Escuela Freudiana de Buenos Aires, funda en 1977 la Biblioteca Freudiana de Barcelona.
No llega a ver plenamente desarrollado su proyecto al fallecer tempranamente en 1979, pero éste se prolonga hasta el presente, no sólo como biblioteca, con la conducción de Germán García, sino sirviendo de base a la institucionalización del lacanismo catalán en 1990, con la creación de la Filial de Catalunya de la Escuela Europea de Psicoanálisis, la institución lacaniana numéricamente más importante de la península.
Lacanianos en Madrid�
Así describe Jorge Aleman su llegada a Madrid: “Llegué a Madrid en 1976 con tres tomos de Freud, las ediciones I y II de los Escritos de Lacan, el curso de Lingüística General de Saussure, las obras completas de Borges, los libros de Masotta y el libro de Siglo XXI que incluía el trabajo de J.A. Miller sobre Significante y Sutura. (…) ¿dónde estaban los posibles interlocutores de aquellas lecturas?, no había ni rastros de la fauna argentina, no estaban los althusserianos, ni los estructuralistas, ni los semiólogos, ni los matemáticos interesados en Lacan.
En Castilla los intelectuales se repartían entre las tradiciones anglosajonas y alemanas”.
Tampoco estaba Masotta, con su capacidad institucional.
Además, la psiquiatría progresista se hallaba embarcada plenamente en la lucha por el cambio institucional, sin tiempo ni deseos de embarcarse en aventuras intelectuales de torres de marfil.
Aleman, como otros, encontró sus interlocutores fuera del campo específico del psicoanálisis y la salud mental: en intelectuales y escritores, filósofos y lingüistas (García Calvo, Leopoldo Panero, Eugenio Trías), en las tertulias de los cafés madrileños, o en las actividades de los Colegios Mayores; abiertos al psicoanálisis o, al menos, al inconsciente.
Jorge Aleman se pregunta: “¿Cómo fue posible constituir un grupo de estudios en una ciudad donde ningún hábito institucional o intelectual posibilitaba semejante forzamiento?, ¿cómo pudieron los sofistas cobrar su dinero por una enseñanza apartada de los reglamentos institucionales?”.
No se percata (o quizás es una pregunta retórica) de que unas líneas antes ha respondido a su pregunta: “Cuando no se tiene una situación social, honores, reconocimiento, la gente joven se convierte en el único lujo; es “la única aristocracia accesible”, dice Gombrowicz [escritor polaco exiliado en Argentina].
Y así fue: jóvenes, preferentemente militantes de izquierda, algunos participantes en las instituciones de salud mental, y otros intelectuales, se prestaron a iniciar el extraño y sofisticado invento del grupo”.
La tradición porteña del grupo de estudios fuera de toda institución, se encontró con la más antigua tradición madrileña de la tertulia, también apartada de los reglamentos institucionales.
Es en este marco en el que debemos inscribir la constitución por parte de el mismo Aleman y el también argentino Sergio Larriera (que había llegado en 1979) de Serie Psicoanalítica, primer grupo institucionalizado del lacanismo en Madrid.
Este grupo, tan precario en lo económico que, para aquellas reuniones que exceden la capacidad de sus viviendas y/o consultas, debe recurrir al espacioso bar Manuela, en Malasaña, edita la revista Serie Psicoanalítica, primer publicación lacaniana en Madrid.
Poco después se constituyen otros dos grupos de orientación lacaniana: Analytica, fundado por José Simonovich, y el Ateneo Freudiano de Madrid, fundado por Miriam Chorney y Gustavo Dessal, que edita la revista El Criticón.
No puede pasarse por alto el hecho de que sean tres grupos fundados por argentinos los primeros en intentar implantar una enseñanza lacaniana en Madrid. Españoles en París: Mientras los lacanianos argentinos intentan abrir un espacio para esta orientación del psicoanálisis en Madrid, médicos españoles con el deseo de ser analistas se forman en el Campo Freudiano de París.
Dentro de los psicoanalistas españoles formados en la ortodoxia milleriana en la capital del lacanismo, no se puede dejar de destacar a Carmen Gallano y Vicente Mira.
Estos analistas, una vez cumplida su formación, regresan a España dispuestos a institucionalizar el psicoanálisis mediante la creación de una filial del Campo Freudiano en Madrid.
Pero ya existían tres grupos de estudios fundados por argentinos en Madrid que estaban vinculados al Campo parisino y a J.A.Miller, realidad que no podía ignorarse.
El problema consistía en la poca disposición de los argentinos de Madrid, que no pertenecían a ninguna institución psicoanalítica lacaniana en Argentina, a integrarse en una institución de alcance internacional. J. A. Miller decidió entonces forzar una decisión por parte de los dubitativos argentinos: “Conviene ver que un debate, y sólo uno, divide al psicoanálisis: Lacan o la IPA” .
Esto era algo totalmente nuevo para los argentinos, en Buenos Aires los lacanianos habían fundado sus instituciones sin dependencia de las de Paris y sin preocuparse por la IPA.
Ahora eran legión, y la IPA no ocupaba un lugar significativo en sus debates. Es más, corrían ya los años 80: muchos miembros de la IPA no sólo leían a Lacan, sino que aplicaban sus enseñanzas en su clínica; y era bastante habitual que compartieran mesas de debate con miembros de alguna de las dos Escuelas Freudianas existentes en Argentina y con otros analistas independientes.
Evidentemente no era eso mismo lo que ocurría en París.
La carta de Miller terminaba así: “La fundación del Campo Freudiano podrá mañana abrir al retorno a Freud las formas que España merece.”
Los argentinos de Madrid (como los llama Aleman) se encontraban ante una elección forzada: cortar sus vínculos con el Campo Freudiano o participar de la fundación de su filial madrileña en conjunto con los españoles de París. Los tres grupos argentinos terminan por disolverse e incorporarse a la corriente mayoritaria del lacanismo internacional.
Sin duda era necesario superar las diferencias entre las dos corrientes lacanianas, española y argentina, si el objetivo era que confluyeran en un solo movimiento: el Campo Freudiano de Madrid. Pero ¿dónde confluían?, ¿en Madrid, o en París?.
La pregunta adquiere hoy una nueva dimensión: una escisión del Campo Freudiano en París, encabezada por Colette Soler, tuvo su réplica con la creación del Colegio de Psicoanálisis de Madrid.
Este cisma parece haberse producido en Madrid sobre una falla pre existente: los argentinos de Madrid permanecen en la Escuela, los españoles de París van al Colegio.
La división se produce en direcciones opuestas a lo que podían hacer presumir los orígenes: son Carmen Gallano y Vicente Mira, los españoles fieles entonces a la ortodoxia milleriana los que se van del Campo Freudiano, en el que permanecen los díscolos argentinos de entonces.
Pero si esto es lo que ocurre en las alturas, las bases ya se han mezclado, y los analistas de las siguientes generaciones se distribuyen entre la Escuela y el Colegio según las transferencias que se han generado durante años de trabajo en común en el Campo Freudiano e independientemente de las nacionalidades de origen.
Lacanianos en EspañaMe he concentrado, en lo que al lacanismo se refiere, en los avatares de la corriente milleriana porque “España se ha convertido (…) en el único país en el que esta tendencia es considerablemente mayoritaria, a diferencia de la Argentina y Francia: doce grupos distribuidos en treinta ciudades (…), y ligadas a la École Européenne de Psychanalyse (EEP), a su vez adherente de la AMP [Association Mondiale de Psychanalyse]”.
Libres de las restricciones de la Internacional (IPA), y con una política institucional más agresiva, en un país “en el que durante todo el franquismo no se había implantado en el ambiente psiquiátrico ninguna tradición clínica de inspiración psicoanalítica” , han tenido una difusión proporcionalmente mucho más masiva.
Pero el lacanismo en España, como en el resto del mundo, no se limita a esta corriente.
Los grupos lacanianos presentan una gran variedad y una cierta tendencia a la atomización, con algunos intentos de confluencia.
Algunos han nacido por escisiones de el tronco milleriano, como el mencionado Colegio de Psicoanálisis de Madrid; pero la mayoría se han fundado fuera de él.
De limitado peso tomados de uno en uno, en su conjunto han contribuido a la difusión del psicoanálisis en España.
Psicoanalistas argentinos en la sociedad españolaLa mayoría de los profesionales de salud mental argentinos no participó directamente de la Reforma Psiquiátrica.
En primer lugar porque, a pesar de la presencia masiva de psicoanalistas en instituciones públicas, las ricas experiencias en Comunidad Terapéutica (fundamentalmente en el Hospital Lanús), la existencia de salas psiquiátricas y atención ambulatoria en hospitales públicos, etc.; en Argentina no se había producido entonces, ni ahora, una reforma psiquiátrica con cierre de manicomios.
Tampoco participaron todos de la salud pública española. Algunos porque no lo hacían en su país de origen, ya fuera por adherir a una tendencia que consideraba masoquista el trabajo público, dadas las difíciles condiciones para ejercer el psicoanálisis y los bajos salarios; o porque, aun deseándolo, no encontraban plazas disponibles en instituciones ya sobre saturadas de analistas voluntarios.
Muchos de los que sí traían una rica experiencia institucional se veían limitados por su extranjeridad a concurrir como voluntarios, y los inmigrantes suelen tener necesidades más perentorias que la voluntad.
Claro que, como toda generalización, esta observación es poco justa con quienes tenían el interés ideológico y las condiciones personales que hacían posible su participación en la salud mental pública española.
Como ejemplo, citaré a Pola Tomás, nacida Pola Ivancich, pero que conserva el uso argentino del apellido del esposo, Jaime Tomás, a quien ya nos hemos referido.
Pola Tomás llega a Madrid a mediados de 1972, apoyando el deseo de su marido de retornar al país que se vio forzado a abandonar 35 años atrás. Lleva tan sólo seis meses en España cuando, a la salida de una conferencia sobre psicoanálisis infantil que pronuncia en la Clínica de la Concepción, la abordan Luis Guzmán y José Jaime Melendo, médicos residentes en el Hospital Psiquiátrico de Leganés, que estaba en pleno proceso de sectorización, derribando sus muros y abriéndose a la población, compuesta en gran medida por niños y adolescentes, por medio de los Centros de Salud Mental.
Pola Tomás se pone inmediatamente manos a la obra: diseña un programa infantil adecuado a las circunstancias, que incluye prácticas nuevas, como psicoterapia de grupos de niños y de grupos de madres, y supervisa durante años a una nueva generación de psiquiatras y psicólogos que se incorporan a la profesión en plena ebullición reformista.
Si importante fue su aporte a la Reforma, también lo fue para el psicoanálisis español, ya que muchos de sus discípulos terminaron orientándose en esa dirección, dentro o fuera de la APM, ampliando así la presencia del psicoanálisis en la salud mental pública y, fundamentalmente, la oferta de psicoanálisis infantil.
Pero, pese a ejemplos como éste, la mayor influencia de los psicoanalistas argentinos en la Reforma fue indirecta, por medio de psicoanálisis, cursos o grupos de estudio en los que participaban algunos de sus impulsores.
Otras experiencias�
Puede que a algunos psicoanalistas no todas estas experiencias les parezcan verdaderamente psicoanalíticas, pero mi propósito no es juzgar la pureza de tal o cual forma de aplicar el psicoanálisis ni definir sus límites; sino ejemplificar, por medio de las experiencias que me parecen más significativas (al menos de las que tengo conocimiento) cómo la llegada masiva de psicoanalistas argentinos produjo un fenómeno de masificación y democratización del psicoanálisis en España y, más específicamente, en Madrid; fenómeno que ha dado lugar al calidoscopio que es el psicoanálisis español actual.
La ayuda psicológica a los refugiados�
Desde 1977 a 1982, tuvo lugar en España una experiencia nueva en la ayuda psicológica a los refugiados auspiciada por ACNUR (organización que en esos años obtendría el Premio Nobel de la Paz).
Guy Prim, que había participado en Brasil de la creación de un jardín de infantes con asistencia psicológica específica para niños refugiados, era en 1977 representante en España del Alto Comisionado de la ONU para ACNUR y, como tal, propició un Programa de Ayuda Psicológica a los Refugiados en España, del que nombró Responsable a la recientemente exiliada psicoanalista argentina Elba Izarduy, miembro de la IPA.
Este programa tenía un doble objetivo: ayudar a la integración de los refugiados y, simultáneamente, estudiar la problemática psicológica específica de su condición.
El programa se proponía para todos los refugiados, sin ninguna discriminación respecto a su origen, pero en la práctica, quizás porque la primera condición era la voluntariedad de los pacientes, se limitó a los que provenían de países en los que la psicología y las psicoterapias estaban implantadas en la cultura y la sociedad, es decir, los latinoamericanos, en particular argentinos, chilenos y uruguayos.
Trabajaron en la experiencia tres equipos, dos en Madrid y uno en Barcelona.
En todos los casos la ayuda consistía en psicoterapias breves, con un objetivo limitado: la integración del paciente a su nuevo país de residencia; pero con el psicoanálisis como referencia teórica y clínica, y llevada a cabo por psicoanalistas.
En la atención de niños, adolescentes y familias colaboraba el Instituto de Psicoterapia del Niño y el Adolescente, primera institución psicoanalítica de esta especialidad en Madrid.
El trabajo se realizaba en colaboración con el equipo de ACNUR (asistentes sociales, abogados, etc.) y, a veces, la Cruz Roja Española u otra institución.
En Barcelona trabajaban, entre otros, la argentina Mª Luisa Siquier (que más adelante fundaría la Escuela de Clínica Psicoanalítica de Niños y Adolescentes), y el uruguayo Guillermo Bodner (hoy presidente de la Societat Espanyola de Psicoan� lisis).
La experiencia ayudó efectivamente a muchos refugiados a conquistar un trabajo, un amigo, un proyecto, un lugar; gracias a palabras que circulan y que, por eso mismo, no quedan coaguladas.
Permitió a ACNUR un mejor conocimiento de la problemática psicológica que, a la manera de una neurosis traumática, padecen los refugiados; trauma actual que no significa negar “la patología anterior al exilio” porque “cada uno somos producto de nuestra historia, tanto social como psicológica, por lo que no es lo mismo quien puede simbolizar y sublimar, ocupar un lugar, aceptar los límites y, desde allí, crear, producir, militar, vivir; que el que sólo actúa por formación reactiva, quedándose encerrado en su propio narcisismo…”.
También los profesionales que participaron del trabajo, según sus propias manifestaciones, se beneficiaron de esta experiencia.
La mayoría de ellos eran españoles, pero tuvo que haber tenido una especial significación para los psicoanalistas latinoamericanos, víctimas ellos mismos de una emigración forzada.
La psicología social�
Era un concepto inexistente en España o, al menos, sin ninguna relación con el psicoanálisis, pero tenía vasta experiencia y amplia difusión en Argentina, sobre todo por la Escuela fundada por Pichon Rivière que continua después de su muerte con la dirección de Ana Quiroga.
Del interés que suscita allí dan prueba las largas y tediosas colas que se reiteran cada año desde la noche previa a la matriculación.
En 1978 se funda la Escuela de Psicología Social Pichon Rivière en Madrid, dirigida, como su homónima argentina, a un público heterogéneo: psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas, asistentes sociales, pedagogos, actores.
Participan del proyecto muchos de los que habían trabajado en el Servicio de Psicopatología del Hospital de Lanús.
Sus métodos no son habituales en España, como lo cuenta uno de sus partícipes: grupo operativo, multiplicación dramática, otra manera de enseñar, y de aprender, otra manera de transmitir las ideas psicoanalíticas de Freud, Klein, Lacan, Pichon Rivière; en un medio ávido y acogedor” Encabezan el proyecto Norma Ferro y Hernán Kesselmán, que habían renunciado conjuntamente al Hospital Clínico de la Universidad de Buenos Aires en 1976, él a su cátedra de Psicología Médica, ella a la jefatura de Consultas Externas de Psicopatología.
Norma Ferro, hija de españoles exiliados y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, en un viaje en 1971, se relaciona con psicólogos ávidos de aprender psicoanálisis pero excluidos del Grupo Psicoanalítico de Madrid por carecer de titulación médica.
Acuerda con ellos la realización de un curso / taller de psicodrama de orientación psicoanalítica que dará durante un mes al año, para lo que viajará regularmente a España.
En 1972 ya son cuatro los grupos, y participan de ellos miembros de la Peña Retama, del Instituto de Técnicas de Grupo y Psicodrama, e incluso, miembros del Grupo Psicoanalítico de Madrid, como Carolina Zamora y Enriqueta Moreno.
En 1973 coordina un grupo de psicodrama compuesto por peluqueros, en el que se trabaja la repercusión de los conflictos subjetivos e intersubjetivos en la actividad profesional.
A partir de 1974 comienza a viajar dos veces al año para atender a una demanda creciente.
En 1976, después del golpe militar, decide emigrara a España.
Ese mismo año, Hernán Kesselman, compañero suyo en el Hospital Clínico de la Universidad de Buenos Aires, también elige Madrid como puerto de destino de su exilio. Inmediatamente contacta con psiquiatras y psicoanalistas vinculados a la reforma psiquiátrica, como Antonio Espino y Pilar de Miguel.
En 1977 edita en España “Psicoterapia Breve” , libro que había dejado de circular en Argentina después del golpe de estado.
Con este libro introduce algunas ideas novedosas, totalmente alejadas de la ortodoxia analítica: Fotobiografía, Documentos Gráficos para la Anamnesis, Autobiografía en Escenas, Encuadres Situacionales, Multirecursos interdisciplinarios; ideas que influirán en Eduardo Cabau, José Luis Marín y la Sociedad Española de Medicina y Psicología Psicosomática, importando con ellas la heterodoxia psi argentina.
Simultáneamente abre una consulta en Madrid en la que se desarrollan terapias individuales y grupales, grupos de estudio y grupos operativos; muchos de sus partícipes serán docentes, coordinadores, observadores y colaboradores de la Escuela de Psicología Social.
Pero la Escuela de Psicología Social, transplantada a un ámbito diferente, sin la tradición de psicoanálisis aplicado del argentino, no alcanza la misma repercusión; y en 1984, con las renuncias de Norma Ferro y Hernán Kesselman, acaba la experiencia.
Sus partícipes continuarán difundiendo y practicando el psicoanálisis en España.
Para la mayor parte de ellos, la psicología social sólo habrá sido un tránsito hacia un psicoanálisis más ortodoxo, otros continuarán practicando las técnicas que se desarrollaban en la escuela, y algunos continuarán sus caminos fuera del campo psicoanalítico.
El análisis en grupo y la multiplicación psicoanalíticaParalelamente a las actividades que conducen a la fundación de la Escuela de Psicología Social, Hernán Kesselman y otros analistas desarrollan una intensa actividad que contribuye a difundir las técnicas de grupo psicoanalítico, el psicodrama y otras prácticas terapéuticas.
“ En la España de los 70, las creencias instituidas en el campo “psi” y correlativas al imaginario colectivo, naturalizaban el criterio de que la psicoterapia correcta y capaz de cambiar al sujeto debía ser individual (bi-personal); aún cuando algunos grupos eran, como excepción a la regla, bastiones de resistencia y creación de producciones y difusión de creencias propias y extranjeras. Lo “personal” (…) debía estar reservado sólo para las relaciones “íntimas” (intimidad del hogar, de la amistad, del confesionario o de la consulta) y hacerlo fuera de estos ámbitos era excéntrico, anormal, para la cultura propia; aún cuando, a mediados de esa década, era bien recibido el aporte a lo grupal de algunos argentinos”.
No son ellos los primeros ni los únicos en practicar y transmitir algunas de estas técnicas en la península, ya que desde muchos años antes existen los grupos psicoterapéuticos y la SEPTG (Sociedad Española de Psicoterapia de Grupos) ya ha realizado cinco symposium; pero sí en hacerlo bajo la denominación de psicoanálisis.
Esto admite dos explicaciones opuestas.
Una de ellas nos la da el propio Kesselman a propósito de su libro Psicoterapia breve: “Este libro resumía los productos de mi formación psiquiátrica con Goldenberg, mi formación psicoanalítica en la Asociación Psicoanalítica Argentina y mi formación analítica grupal con Pichon Rivière, en cuya escuela privada ejercí el profesorado de Psicología Social hasta 1976.
Mostraba (como ya lo venían haciendo Alexander y Malan, entre otros) que se podía operar con un Psicoanálisis “no elitario, no exageradamente diario y en décadas” como se usaba en nuestra formación con los psicoanalistas clásicos en Buenos Aires, y que las experiencias grupal e individual no era incompatibles (yo mismo me analicé en individual y en grupo preformado – con León Grinberg -, e integré muchos laboratorios sociales con Psicodrama y Técnicas de Acción, pero sólo antes [de ingresar] y después de egresar de la Asociación Psicoanalítica Argentina”.
Para él todo intento de limitar el campo analítico, de definir qué es, y qué no es, verdadero psicoanálisis, respondería a maniobras de poder “de la IPA y los grupos lacanianos de poder internacional”, para dejar de lado “a los grupalistas, psicodramatistas, sistémicos, gestálticos, bioenergicistas, y otros”.
Para otros psicoanalistas, y no sólo de la IPA o de la AMP, esta dispersión del campo analítico hasta el borramiento de todo límite corre el riesgo de difuminar el auténtico sentido del término psicoanálisis, para designar con él a toda psicoterapia, con lo que el psicoanálisis perdería su especificidad.
Esto podría ejemplificarse por el absurdo con la película “El color de la noche”, en la que su protagonista, encarnado por Bruce Willis, se identifica como psicoanalista conductista, lo que representa una tan manifiesta contradicción en sus términos que pocos psicoanalistas y pocos conductistas estarían dispuestos a aceptarla.
Por esa razón, para estos psicoanalistas, sería preferible que quienes se sienten inclinados a otras prácticas psicoterapéuticas utilicen otra denominación, como hicieron Adler y Jung a instancias del propio Freud.
Ya vimos con que escrupulosidad Elba Izarduy y María Luisa Siquier, entre otros psicoanalistas participantes, prefieren denominar a la técnica utilizada en su experiencia con refugiados como psicoterapia breve de objetivo limitado en un marco referencial psicoanalítico.
Por otro lado, esta es una discusión que sólo tiene sentido en Estados Unidos o en Argentina, donde el término psicoanálisis lleva añadido un cierto prestigio social; muchos sistémicos, gestálticos y bioenergicistas de otras latitudes no se consideran a sí mismos psicoanalistas.
Puesto que este artículo pretende reseñar la influencia de los psicoanalistas argentinos en España, y no la del psicoanálisis; y que aquellos que trasladaron estas prácticas desde Argentina son psicoanalistas, en la mayor parte de los casos formados conforme a las reglas de la IPA y, por lo tanto, reconocidos por ella; no pueden estar ausentes los heterodoxos.
Las técnicas grupales nacieron en Estados Unidos, pero no fueron importadas a Argentina.
El psicoanálisis de grupos argentino tiene su propia teorización (León Grinberg, Marie Langer, Emilio Rodrigué) y, en este sentido, no es heredero del norteamericano.
Su teoría y sus técnicas, así como las de psicoterapia breve, son difundidas por Rodrigué, Berlín, Kesselman, en el Instituto Psicoanalítico de Madrid (IPM) presidido por Alejandro Gallego, en Peña Retama (Marina Prado de Molina, Víctor de Dios Galocha, Carlos González), y en sus propias consultas. La avidez por “teorías y técnicas que permitan la apertura que tantos años de represión acorazaron” no se limita a Madrid.
La enseñanza y la práctica de técnicas lúdicas de acción, entrevistas operativas, maratones psicoanalíticas, laboratorios intensivos de psicoterapia institucional, etc, se extiende al Instituto Psicoanalítico de Zaragoza; el Hospital Psiquiátrico de Miraflores y diversas comunidades terapéuticas, en Sevilla; la Cátedra de José Guimón en la Universidad del País Vasco; y otros lugares de la geografía española.
De estas actividades y otras relacionadas con la psicoterapia de grupos, aparte de los ya nombrados, participan Bauleo, Caparrós, Pavlovsky, O´Donnell, Satne (en Barcelona), Susana Kesselman (bioenergética), Evans (profesora de expresión corporal), Volosin (danzoterapeuta), Sluzki (sistémico residente en Berkeley, California), y otros argentinos, en estrecha colaboración con psicoterapeutas de grupos españoles.
La EPNA: el psicoanálisis y su enseñanzaNorma Ferro funda la Escuela de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes (EPNA), tomando como modelo los programas de la Escuela Argentina de Psicoterapia Para Graduados.
En 1981, la EPNA es reconocida por la Universidad Pontificia de Comillas, y en 1985 se incorpora como curso de pos grado (status que conserva hasta 1999).
El problema que plantea su incorporación a la Universidad es que, junto con el consecuente incremento de la demanda, está se modifica, y comienza a predominar el lógico interés de los estudiantes por puntos, créditos y títulos, algo a lo que es especialmente sensible la enseñanza psicoanalítica.
En primer lugar porque la enseñanza del psicoanálisis se concibe como el complemento del diván, no su remplazo.
Para comprender esto hay que entender que Freud realiza una ruptura tajante con la tradición psiquiátrica: borra las diferencias entre salud y enfermedad mental.
Y quizás sea éste el mayor aporte de la difusión y la socialización del psicoanálisis: si todos somos neuróticos (excepto los psicóticos y perversos), la neurosis deja de ser una enfermedad, y cualquier persona que padezca un malestar subjetivo o un sufrimiento excesivo puede consultar a un psicoanalista e iniciar una psicoterapia sin que esto lo señale como enfermo o diferente.
Si esta experiencia del inconsciente , este viaje a la búsqueda del propio deseo más allá de los condicionantes impuestos por el deseo de otros, por identificaciones con los ideales de otros, por la sumisión a mandatos superyoicos, depende del libre albedrío de cada sujeto; es imperativa para quien desea ser analista.
El psicoanalista debe ser consciente de su inconsciente para no contaminar a su paciente con la transferencia de sus propios conflictos subjetivos, con la proyección sobre él de sus propios prejuicios y deseos y, además, si no cree que él mismo puede beneficiare del psicoanálisis, ¿con qué autoridad puede ofertarlo a otros?.
Por eso, la enseñanza del psicoanálisis parte del presupuesto de que quien la recibe, excepto que lo haga sólo por una muy respetable curiosidad intelectual, simultáneamente realiza su propio análisis.
Pero esto no es siempre así en un país en el que cada santo aguanta su vela, y en el que la tradición psiquiátrica ha hecho del escritorio una frontera: de un lado de la misma está el médico, que se presupone sano; del otro, el paciente, que, por su misma presencia se asume como enfermo.
El hecho de que, por medio de su reconocimiento universitario, la enseñanza de la teoría psicoanalítica otorgue un determinado puntaje válido para las oposiciones, favorece el acceso de profesionales con formación psicoanalítica a la función pública, en la que, al menos en principio, cada profesional ejerce según arte, es decir, según sus propias convicciones y haciéndose responsable de su actividad.
Pero también favorece el acceso a esta enseñanza de jóvenes profesionales poco motivados hacia el psicoanálisis.
Esto podía tener interés en la época de la psiquiatría clásica, cuando la palabra jugaba algún papel tanto en el diagnóstico como en el tratamiento .
Hoy, cuando la psiquiatría se interesa más por la mente que por la psiquis, y más por el cerebro que por la mente, en un alejamiento de la psicología y un acercamiento progresivo a la neurología, hasta el extremo en que se confunden ambas especialidades; la formación psiquiátrica es tan heterogénea al discurso psicoanalítico que se ha vuelto impermeable a él.
Argentinos en Catalunya�
Barcelona es, sin duda, la capital del psicoanálisis en España.
Ya ha sido mencionada en este artículo, sobre todo en relación a Oscar Masotta y la introducción del lacnismo en la península.
Pero, por su importancia, no parece posible concluir este texto sin alguna referencia explícita a la participación de los profesionales rioplatenses en la democratización y popularización del psicoanálisis en esta comunidad.
En Catalunya, como en otros territorios españoles, los años que van de 1973 a 1975, fueron años de movilización y crítica abierta al régimen imperante.
En lo que nos atañe, fueron años de lucha contra el sistema oficial en psiquiatría, manicomial, y su funcionamento represivo y patogeno, reproducción acentuada de los males del régimen agonizante.
Estas luchas se saldaron con la expulsión masiva de profesionales combativos de los hospitales psiquiátricos en los que la correlación de fuerzas no era particularmente revolucionaria; pero éstas expulsiones no pudieron evitar que sus víctimas se reagruparan en la creación de Centros de Higiene Mental (hoy incorporados al programa de Salud Mental del Servei Catal� de la Salut) y otros sistemas de salud mental comunitaria, sobre todo en los ayuntamientos que, una vez sobrevenida la democracia, eligieron a candidatos de la izquierda.
Estos centros se nuclean en una Coordinadora que lucha por un Sistema de Salud Mental público y gratuito.
Comienzan así los movimientos reformistas desde las mismas instituciones psiquiátricas.
Los Centres d’ Higiene Mental intentaban constituirse como servicios públicos, tanto en su financiación como respecto a la población a que estaban destinados.
Según el patrón de otros sistemas similares europeos, particularmente el italiano, pretendía articularse con otros recursos sanitarios, sociales y educativos, de la red pública.
Este movimiento, conocido como la reforma psiquiátrica, tenía como objetivos principales la recuperación de los derechos humanos para los enfermos mentales (entre ellos el derecho a la libertad de palabra, libertad que aparentemente ejercían pero que no era tal por su carencia de valor ante las autoridades del asilo y el conjunto de la sociedad), por medio del cierre de los manicomios; y el desarrollo de un sistema social de prevención.
Pero, en la práctica, y a diferencia de lo acaecido en Madrid en las mismas fechas, la reforma fue mucho más exitosa en la creación de sistemas de atención ambulatoria que en la modificación del sistema asilar.
Estos objetivos se veían facilitados por el desarrollo de los psicofármacos, medicinas que podían tanto facilitar la liberalización de los locos presos del sistema como su mantenimiento en tratamientos ambulatorios.
Pero las drogas de por sí no son suficientes para devolver el derecho a la palabra de los enfermos mentales; es necesario un sistema de pensamiento en el que esa palabra recupere su valor.
El sistema que mejor se prestaba a este fin era la psiquiatría dinámica, que no es otra cosa que la manifestación en el discurso psiquiátrico del impacto producido por el discurso psicoanalítico.
El psicoanálisis en Catalunya, como en el resto de España, era un discurso marginal, practicado por un reducido número de profesionales, en su mayor parte en la órbita de la Sociedad Española de Psicoanálisis, con un importante desarrollo intelectual e institucional interno, pero con poca o ninguna inserción en la salud mental pública ni en la enseñanza universitaria.
La hegemonía académica pertenecía a la psiquiatría biológica y la asistencia se concentraba en los grandes asilos, con escasas excepciones psicodinámicas, como la Sala de Psiquiatría del Hospital Clinic, en la que se concentraban profesionales simultáneamente interesados en la reforma psiquiátrica y en el psicoanálisis.
En esta clínica psiquiátrica, dependiente de la Facultad de Medicina, y bajo la generosa dirección de Joan Obiols, participarían de forma honoraria, como psiquiatras asistentes, muchos de los exiliados latinoaméricanos, que con esta tarea se incorporaban al medio profesional catalán y legalizaban su residencia en España.
Algunos de ellos eran psicoanalistas.
Tampoco los psicoanalistas catalanes, como los de otras latitudes, parecían en su mayor parte interesados en abandonar la comodidad de sus consultas y la seguridad de los rituales psicoanalíticos bendecidos por la Internacional.
Como manifestación de esta aseveración, un tanto audaz, podemos citar los infructuosos esfuerzos del Centro de Higiene Mental de Cornellá por conseguir asesoramiento y supervisión de psicoanalistas catalanes.
Es en ese momento cuando se produce la llegada masiva de psicoanalistas latinoamericanos en fuga de la doctrina de seguridad nacional impuesta desde Estados Unidos al Cono Sur, quienes se encuentran con una apertura institucional consecuente a la etapa pos franquista y a la apertura democrática.
Estos analistas, ya sea por convicción ideológica, por aportar una vasta experiencia de trabajo psicoanalítico en instituciones públicas y/o por su deseo y necesidad de hallar un lugar en el que inscribirse en su nueva sociedad de residencia, se ofrecían más generosamente que los psiquiatras y psicoanalistas locales, ya más instalados en sus respectivas prácticas y, por lo tanto, menos disponibles.
Suplieron así esta carencia del psicoanálisis catalán, al comprometerse en los procesos de reforma y cambio que se estaban produciendo en la psiquiatría y los sistemas de salud mental.
Los recién llegados en general no participaron directamente de la tarea asistencial, pero aportaron seminarios y grupos de estudio, supervisiones, y otras formas de transmisión de su experiencia institucional en servicios públicos a los profesionales que lideraban estos cambios.
La base para este encuentro se hallaba en su comunidad ética e ideológica con el proyecto reformador, ideología y ética que, en la mayor parte de los casos, eran causa directa de su exilio.
Es de destacar su presencia, por ejemplo, en la creación y desarrollo de un equipo comunitario de Psiquiatría y Psicología Infantil y Adolescente, dependiente de la Asamblea Local de Cruz Roja de Hospitalet de Llobregat , o en el Centre Psicoterapia Barcelona – Serveis de Salut Mental, dirigido por Josep Fabregas i Poveda.
También hubo quienes, como el Dr. Varenblit, contribuyeron como asesores a los cambios en la Salud Mental Pública, que, paradójicamente, tenía y tiene un desarrollo precario en Argentina.
En cambio, su presencia en los hospitales psiquiátricos fue escasa o poco significativa.
Pero aun más importante fue su aporte en la formación de nuevos analistas mediante el psicoanálisis personal, supervisiones, cursos y seminarios. “ Indudablemente abrieron el campo teórico y práctico del psicoanálisis, especialmente de influencia lacaniana, (…), mayormente en Catalunya, donde encontró campo abonado, especialmente en multitud de psicólogos con déficit de formación y de trabajo” [en los años 70 hacen su aparición las primeras promociones de psicólogos].
“Hay que decir que, tanto por la ideología de reformular dogmas y axiomas, como por la necesidad de insertarse en la práctica privada y [para ello] facilitar el acceso de [nuevos] alumnos, profesionales y candidatos al psicoanálisis, [los psicoanalistas latinoamericanos] flexibilizaron una amplia oferta de formación y asistencia privada, lo que facilitó la divulgación, tanto en el campo cultural como en el propiamente sanitario, de la teoría y práctica psicoanalítica”.
Esta divulgación no se hacia sobre un terreno virgen, ya que este estaba abonado por la SEP, que había mantenido la existencia del psicoanálisis catalán en los difíciles años del franquismo.
Pero ahora era la difusión del psicoanálisis producida por los sudamericanos la que facilitaba la apertura a la sociedad del cuerpo tradicional psicoanalítico catalán.
Toda lista de psicoanalistas argentinos y latinoamericanos que hayan contribuido a la expansión del psicoanálisis en Catalunya será forzosamente incompleta y arbitraria; pero no podemos dejar de mencionar los nombres que más se han repetido en nuestro intercambio con profesionales catalanes: Oscar Masotta, insigne francotirador de inteligencia sorprendente , introductor de la enseñanza de Lacan en Barcelona y España, y fundador de la Biblioteca Freudiana de Catalunya (hoy Biblioteca del Campo Freudiano), primer institución lacaniana en la península.
Valentín Barenblit, jefe del Servicio de Psicopatología del Hospital de Lanús hasta el golpe militar de 1976, continuó en Catalunya su compromiso con la salud mental pública desde la docencia, supervisión y asesoramiento, tanto de profesionales, equipos e instituciones, como de la propia administración.
También contribuyó a la formación de nuevos psicoanalistas desde su consulta privada y desde IPSI, institución que él fundó y de la que es director, y de cuyas actividades participan muchos profesionales que realizan labores asistenciales en la Salud Mental.
Fanny Shutt, una de las fundadoras del movimiento interno Documento que renunció colectivamente a la Asociación Psicoanalítica Argentina en 1971.
Aun sin haber trabajado directamente en servicios públicos de salud mental, colaboró con ellos desde la formación y supervisión de muchos integrantes de su personal.
María Luisa Siquier, fundadora de la Escuela de Clínica Psicoanalítica de Niños y Adolescentes, donde se formaron muchos profesionales catalanes en esa especialidad.
Guillermo Bodner, psicoanalista uruguayo, psiquiatra asistente en la Clínica Psiquiátrica de la Facultad de Medicina de Barcelona, partícipe con Mª Luisa Siquier en la experiencia con refugidos en Barcelona, supervisor en Centros de Higiene Mental y Centros de Atención Primaria, y hoy presidente de la Sociedad Española de Psicoanálisis.
Leonardo Satne, de gran actividad e influencia en psicoanálisis grupal y psicodrama psicoanalítico.
Nilda Vanstein y Nélida García Márquez, psicopedagógas clínicas que participaron en la organización y desarrollo de servicios de atención infantil.
Alberto Campo, didacta en la Sociedad Espanyola de Psicoanálisis y pionero de la presencia de psicoanalistas argentinos en Catalunya.
Germán García, continuador de la obra de Masota.
Víctor Korman, Claudio Bergman, Alba Kaplan, y Benito López, son otros nombres que se han reiterado espontáneamente en el recuerdo de esos años de los colegas catalanes que han colaborado en este artículo.
A manera de conclusión
Cuando se produjo el golpe de estado en Argentina (1976) y el consecuente exilio masivo, una nueva generación de psiquiatras españoles estaba embarcada en la prodigiosa aventura de la Reforma Psiquiátrica.
La reforma hundía sus raíces en una larga tradición humanista y correspondía al espíritu de los tiempos, a las libertades democráticas recién adquiridas, a la lucha por la libertad, no sólo la propia sino también la de los otros, a la defensa de los derechos humanos. Los argentinos llegaban de otra experiencia: de una derrota de las fuerzas progresistas, del terror, del fracaso de sus proyectos vitales y profesionales que se habían visto bruscamente truncados.
Y, también, con otras necesidades: la de ganarse el pan, la de hacerse un lugar; en suma: la dura lucha por la vida, redoblada por su condición de inmigrantes recientes.
La Reforma Psiquiátrica, al abrir los manicomios y los servicios de larga estancia, no sólo deja salir a los locos, sino que permite entrar a otras corrientes distintas a la psiquiatría tradicional; y algunos psicoanalistas, entre ellos muchos argentinos y latinoamericanos, las atraviesan.
Si la participación de estos profesionales en la Reforma no es más destacada, es porque casi todos ellos eran psicoanalistas; y los psicoanalistas, en España como en otros países, no fueron los promotores del cierre de los manicomios.
Esa tarea, más política que psiquiátrica, vinculada a la lucha por los derechos humanos de los que los psicóticos se veían privados más que a una corriente científica; fue realizada por psiquiatras que habían tomado conciencia del papel policial y carcelario, más que médico, que se veían forzados a cumplir.
Algunos terminaron adhiriendo al psicoanálisis, pero esa adhesión fue contemporánea o, más habitualmente, posterior a la reforma; no previa a ella.
En lo que sí esta inmigración masiva tuvo una influencia decisiva fue en la difusión y democratización del psicoanálisis, aportando no sólo un gran número de analistas y analizantes, sino una variedad de experiencias “psi” que hasta entonces era desconocida.
En este sentido, podemos decir que los psicoanalistas argentinos y latinoamericanos contribuyeron enormemente a la expansión y divulgación del psicoanálisis en España y a su inserción en la Reforma Psiquiátrica mediante su participación en los procesos de cambio en la atención a la salud mental y en el desarrollo de instituciones, servicios sociales, educativos, de planificación familiar, judiciales y otras organizaciones.
Hoy en día somos testigos de cómo la reducción presupuestaria, el estancamiento de una oferta que no acompaña al incremento de la demanda, el traspaso de la red de Salud Mental a la gestión privada (en Catalunya), la presión de los laboratorios y el retroceso de la izquierda, favorecen la congelación de la reforma, su limitación a la sustitución de la prisión manicomial por el chaleco químico (lo que no es poco, al menos en el terreno de los derechos humanos), y, simultáneamente, la exclusión del psicoanálisis, como la de toda teoría que sostenga una ética de la palabra, de la salud pública.
La calidad de la asistencia disminuye y el desánimo se apodera de los profesionales.
Éste no es un fenómeno exclusivamente español.
“Una encuesta reciente publicada por Le Monde” [22 de diciembre de 1998] “muestra que numerosos médicos franceses, especialmente los que se ocupan de estados de urgencia, no están mejor que sus pacientes. Inquietos, desgraciados, hostigados por los laboratorios e impotentes para curar, para escuchar un dolor psíquico que los desborda cotidianamente, parecen no tener otras soluciones que responder a la demanda masiva de psicotrópicos. ¿Quién se atrevería a culparlos”.
La reforma psiquiátrica es un acto inconcluso, una deuda que aun tiene la psiquiatría con la sociedad: hospitales psiquiátricos de larga estancia que perduran, algunos en condiciones deplorables, falta de una auténtica política de prevención, sobre todo en atención primaria, etc.
Es como si pasada la oleada de entusiasmo que acompañó a la transición y acompañando el giro a la derecha de la sociedad, se hubiera impuesto en la psiquiatría como en el conjunto de la sociedad aquello que Foucault llamó bio-poder, una política que pretende gobernar el cuerpo y el espíritu en nombre de una biología erigida sistema totalizador y ocupando el lugar de la religión.
Los psicoanalistas latinoamericanos, que tanto aportaron a la presencia del psicoanálisis en una reforma con la que se encontraron a su llegada, y a su expansión en la sociedad española; pasado el empuje de aquella y una vez establecidos en el país, salvo algunas excepciones, también han participado de la implosión del psicoanálisis y de su retorno a las consultas privadas, sin influencia alguna sobre la sociedad.
Agradecimientos:
No puedo concluir este artículo sin agradecer a:
JORGE ALEMAN, Escuela del Campo Freudiano de Madrid.
GUILLERMO BODNER, Presidente de la Societat Espanyola de Psicoan� lisis.
JOSEP FÀBREGAS i POVEDA, Director del Centre de Psicoter� pia Barcelona - SSM. NORMA FERRO, Escuela de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes.
ELBA IZARDUY, Asociación Psicoanalítica Argentina.
ALFONS ICART, Director de la Fundació Orienta.
HERNÁN KESSELMAN, Sociedad Española de Psicoterapia de Grupo.
SUSANA KESSELMAN, Sociedad Española de Psicoterapia de Grupo.
JOSÉ LEAL RUBIO, Supervisor de Servicios de Salud Mental de Barcelona.
ISABEL LUZURIAGA, Asociación Psicoanalítica de Madrid.
MANINA PEYRÚ, Instituto de Psicoterapia del Niño y del adolescente.
JUAN FRANCISCO RODRÍGUEZ, Asociación Psicoanalítica de Madrid.
GABRIEL SAPOSICHI, Asociación Psicoanalítica de Madrid.
ANTONIO SOLER AGUADO, psicólogo y psicoanalista, Barcelona.
POLA TOMÁS, Asociación Psicoanalítica de Madrid.
ELINA WECHLER, Asociación Psicoanalítica de Madrid.
Y especialmente a: VALENTÍN BARENBLIT, IPSI; y VALENTÍN CORCÉS, Hospital Psiquiátrico de Madrid.
Todas estas personas han contribuido desinteresadamente con su tiempo y sus conocimientos a que yo pudiera escribir este artículo, espero no haberlos defraudado
BIBLIOGRAFÍA:
ALEMAN, J., “Argentinos de Madrid”, Revista Respuestas, M. Gómez Ediciones, 1991.
BALÁN, J. Cuéntame tu vida, una biografía colectiva del psicoanálisis argentino, Planeta.
BERENGUER, E., Presentación, en Lecciones de O. MASOTTA, Paidós, 1992 BLESS, H. Pastoral psiquiátrica, vol.XV, Razón y Fe, 1957 CORCÉS PANDO, V. Tesis doctoral.
CORCÉS PANDO, V., La Introducción del Psicoanálisis: posibilidad de una Institucionalización , Un siglo de psiquiatría en España, Sociedad de Historia y Filosofía de la Psiquiatría, 1995 CORCÉS PANDO, V. Martín – Santos en la encrucijada psicoanalítica.
Psiquiatría y Cultura en España en un Tiempo de Silencio.
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FERNÁNDEZ GALINDO, M.A., intervención en el VII Congreso de la Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y el Adolescente (SEPYNA) FOUCAULT, M., Defender la sociedad, Fondo de Cultura Económica, 1998 FREUD, S.
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KESSELMAN, H., Veinticinco años de la SEPTG, una historia abierta.
LANGER, M. y otros. Cuestionamos I y II, Granica editor, 1971 y 1973.
LEAL RUBIO, J., Informe sobre la participación de psicoanalistas argentinos en el desarrollo de la reforma psiquiátrica y de la salud mental en Catalunya, inédito.
LÓPEZ IBOR, J.J., Discurso a los universitarios españoles, Rialp, 1960.
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Luces de Bohemia, 1920. WECHSLER, E., Las estrategias de la memoria, inédito.
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11 comentarios Agregue su comentario
1. Sergio Visacovsky | Enero 23, 2007 at 4:57 pm
Estimados Dres. Marina Averbach Provisor y Luis Teszkiewicz::
Mi nombre es Sergio Visacovsky, soy antropólogo social, y autor del libro El Lanús. Memoria y política en la construcción de una tradición psiquiátrica y psicoanalítica argentina, que editara Alianza en el año 2002. Les escribo debido a que estoy trabajando en un artículo acerca de la difusión del psicoanálisis en España a través de emigrados argentinos, y he podido ver en su página web el capítulo “Psicoanalistas argentinos en la salud mental española”, del libro La psiquiatría española en la transición, el cual me ha resultado muy útil. Me gustaría saber si Uds. podrían ayudarme en esta tarea desde su experiencia personal, y proporcionándome el contacto con otros colegas, instituciones y publicaciones. Desde ya, les estaré profundamente agradecido.
Quedo a su entera disposición.
Aprovecho para saludarlos con la mayor estima.
Cordialmente,
Sergio E. Visacovsky
Departamento de Ciencias Antropológicas,
Universidad de Buenos Aires
Centro y Maestría en Antropología Social (IDES)
seredvisac@fibertel.com.ar
2. Luis Teszkiewicz y Marina Averbach (Persona-psi) | Enero 23, 2007 at 4:58 pm
Sergio,
No tenemos ningún inconveniente en que uses partes de nuestro trabajo, siempre que cites la fuente y nuestra web (es nuestra política de copy free).
Te enviaremos correo privado con más información.
Si crees que podemos ayudarte en algo más, háznolos saber.
3. carmen martinez | Febrero 23, 2007 at 8:05 pm
hola.
agradezco el espacio y su tiempo para poder leer este comentario. Soy estudiante de la carrera de Trabajo Social de la Universidad Nacional Autonoma de Mexico(UNAM),, consulte este articulo y me parece muiy interesante, pero tambien me gustaria que si pudiesen adherir una paguina de consulta de la reforma psiquiatrica en españa, es de mayor interes para mi sabr de esa reforma. gracias. saludos desde mexico
4. PERSONA-PSI | Febrero 28, 2007 at 8:32 am
Carmen: Podemos sugerirle consultar las siguientes entradas sobre la Reforma Psiquiátrica en España: http://www.dinarte.es/salud-mental/experiencia/48_a.htm que contiene un artículo muy interesante sobre el tema del psiquiatra español Alberto Fernández Liria http://www.dinarte.es/salud-mental/experiencia/48_c.htm idem de Manuel Desviat Y otros artículos, con diferentes puntos de vista en: http://www.psiquiatria.com/psiquiatria/vol2num3/artic_4.htm http://www.economiadelasalud.com/Ediciones/08/08_enportada/08_enportada_victimas.htm http://www.ucm.es/info/nomadas/10/jrarribas.pdf http://www.cop.es/papeles/vernumero.asp?id=774
5. CARMEN MARQUEZ | Marzo 12, 2007 at 10:16 pm
me gustaria saber en donde puedo encontrar articulos relacionados con la epidemiologia de las enfermedades mentales. gracias
6. PERSONA-PSI | Marzo 13, 2007 at 8:41 am
Carmen: Podrá encontrar referencias sobre epidemiología en la revista de su propio país de salud mental INPFR, http://www.inprf-cd.org.mx/revista_sm/descriptores.php?mots=e&debut=100.
7. los argentinos psicoanali&hellip<