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18 – Sin categorizar

/18 - Sin categorizar

TDAH: RECOMENDACIONES DE BUENA PRÁCTICA 2

septiembre 22nd, 2014|

3-¿Cómo tratar a un niño con dificultades de atención y problemas de hiperactividad, es decir: distraído e inquieto?

En la mayoría de los casos, en la práctica actual, a partir de un diagnóstico teórico (TDAH) realizado exclusivamente mediante la observación del comportamiento del niño, sin llegar a conocer en profundidad sus pensamientos y sentimientos, se elige como primera línea de acción el tratamiento medicamentoso con metilfenidato. Sólo en algunos casos este tratamiento es acompañado por una psicoterapia cognitivo – conductual específica que se limita a intentar corregir, con técnicas educativas y dudosa eficacia, el supuesto déficit de atención y la hiperactividad.

Así, las consultas terapéuticas, sede del trabajo clínico de los que trabajamos con niños, son relegadas a ser un ítem más entre otros (la medicina, medidas educativas en la casa y en el colegio). Nosotros consideramos, por el contrario, que las consultas terapéuticas constituyen el pivote fundamental para elaborar, con el niño y con los padres, un proyecto de orientación.

Nuestro trabajo psicodinámico no se limita a tratar el TDAH, al que consideramos un diagnóstico poco específico, para centrarnos en un tratamiento integral de cada niño, con sus singularidades, apuntando a las causas de las dificultades de atención e inquietud, que pueden ser diferentes para cada niño. Se trata de un trabajo de escucha y acción en conjunto con los niños con dificultades y los padres angustiados.

La psicoterapia psicodinámica desarrolla una aproximación multidimensional, tomando en cuenta al niño en su conjunto, respetando su desarrollo y sus potencialidades individuales. Para ello nos apoyamos en una pluralidad de modelos de comprensión (psicoanalíticos, cognitivo conductuales, etc.). Nos inquieta el recorte sintomático que muchas veces se realiza, limitándose a intentar “educar” al niño en la atención y sin tenerlo en cuenta en su conjunto, como el sujeto humano que ya es, y la precipitación en recurrir a la medicación, muchas veces tan innecesaria como ineficaz.

4 – ¿Qué hacer después del diagnóstico de TDA?

En ciertas perspectivas de tratamiento sólo se toma en cuenta la adaptación a la escuela, a la familia, etc. No es que esto no importe, pero que sea la única referencia es grave.

Un niño que no tiene problemas de comportamiento, que no hace ruido, que se porta bien, no forzosamente goza de buena salud mental. Muchas veces se trata de una inhibición (que es también un síntoma de que algo no marcha bien), y en ocasiones detrás de esta inhibición se avivan pensamientos tan inquietantes como silenciosos. Hay, por ejemplo, adolescentes que aparentan ser gentiles y discretos y son capaces de cometer los peores actos.

El acompañamiento y cuidado de niños y adolescentes que presentan síntomas de sufrimiento psíquico es fundamental.

Además de realizar un diagnóstico y tratar la patología del niño, un buen psicoterapeuta debe orientar a los padres para que ellos, a su vez, puedan influir con sus actos a la escuela y el entorno del niño.

5 – Conclusión

Las clasificaciones del DSM y el ICE nos parecen no sólo vanas sino también peligrosas para el porvenir de los niños ya que se limitan a enumerar sus síntomas  desconociendo sus angustias.

Estas clasificaciones etiquetan al niño y reducen el tratamiento a la prescripción de medicinas que no son inocuas y/ o a una adaptación forzosa que enmascara los auténticos problemas del niño  y puede llegar a desvirtuar el natural funcionamiento familiar.

Nuestra extensa experiencia en el tratamiento de niños y adolescentes diagnosticados de TDAH nos demuestra que la mayor parte de las veces se descubre que los resortes que desencadenan los problemas de atención y/o hiperactividad son diversos, desde simples dificultades emocionales y psicológicas que el niño no ha digerido bien hasta auténticas psicosis infantiles, por lo que el diagnóstico debe ser dinámico, a medida de cada niño o adolescente, y no genérico, para todos igual. El pronóstico también es diverso y los tratamientos integrales y particularizados.

TDAH: RECOMENDACIONES DE BUENA PRÁCTICA: ¿Qué hacer con un niño o adolescente con trastorno por déficit de atención (TDAH) y/o hiperactividad?

septiembre 19th, 2014|

Primera parte

1 – En la práctica actual lo primero que se hace ante la sospecha de que un niño o adolescente padece TDA es recurrir a un médico, sea éste el pediatra, médico de familia o neurólogo (más frecuentemente éste último).

Esto ya es un problema, porque se encara exclusivamente desde un punto de vista médico-somático un problema que no es exactamente un problema médico.

Es totalmente respetable que padres y docentes designen la dificultad detectada como hiperactividad. Es éste el término utilizado en la jerga profesional de médicos y psicólogos, y en los medios de comunicación, para designar algunos síntomas presentados por su hijo o alumno. Pero ¿qué es la hiperactividad? Para utilizar palabras corrientes podemos decir que es inestabilidad y/o agitación. Es decir que hiperactividad es un término descriptivo más que el nombre de una enfermedad o síndrome.

2 – La única razón para que se la considere una enfermedad o síndrome es que figura como una categoría diagnóstica en los manuales diagnósticos y estadísticos DSM y CIE. Es decir que en primer lugar está un supuesto diagnóstico que se trata de aplicar al niño en cuestión, desconociendo así su unidad como sujeto humano.

Para nosotros se trata, por el contrario, de intentar entender a ese niño individual como una totalidad, con toda su complejidad psicológica, dentro de la cual pueden considerarse sus rasgos de inestabilidad o agitación, y no de aislar un aspecto de su persona, la atención, y definirla como un déficit cognitivo en sí.

La idea tan difundida de que un niño con un déficit de atención o hiperactividad es un niño que “actúa antes de pensar” tropieza, en la mayoría de los casos, en nuestra experiencia en consulta, con que es un niño con una extrema sensibilidad a los dichos y miradas de su entorno, de los que se defiende con una aparente falta de atención. Esta sería una conducta paradojal que es la manifestación sintomática de dificultades psíquicas que van más allá.

Al no tomar al niño como una unidad, como un sujeto único, se elaboran una lista interminable de problemas que, además, puede ampliarse con otros problemas expresados como co-morbilidad, como si el niño pudiera fragmentarse para su observación. Por otro lado, todos los problemas enumerados se reducen a las dificultades de adaptación al medio escolar, familiar o social, pero muchas veces estas dificultades adaptativas enmascaran angustias, ideas obsesivas, fobias, etc., o incluso delirios difícilmente perceptibles.

Las técnicas de evaluación utilizadas se limitan a extensas escalas y cuestionarios que pueden facilitar la identificación de los padres, pero también pueden incrementar el tormento del niño y los padres.

En resumen, pensamos que nuestro deber es atender el sufrimiento de los niños y sus familias, concebidos todos como seres individuales y únicos, y no reducirse a tratar mediante protocolos previos un síntoma que se califica como Trastorno y no como Enfermedad pero al que, a pesar de ello, se le intenta aplicar un modelo médico tratándolo exclusivamente con medicación.

Pocos padres saben que los estudios neurológicos no permiten diagnosticar TDAH, sino descartar otras patologías. No existe hasta el presente ninguna prueba neurológica que permita realizar este diagnóstico. El TDAH es un diagnóstico descriptivo que no puede presuponer una causa neurológica ni ninguna causa única, quizás sus causas sean múltiples y diferentes en cada niño.

No lo decimos sólo nosotros. Un meta-análisis, es decir un estudio comparativo de un gran número de investigaciones, publicado en 2010 por F. Gonon, J. M. Guilé y D. Cohen en Francia, “El trastorno por déficit de atención con hiperactividad: datos recientes de las neurociencias y de la experiencia norteamericana”, concluye en que no existe ninguna teoría neurobiológica sólida al respecto.

¿ESTÁN LAS MUJERES MÁS “LOCAS” QUE LOS HOMBRES? La depresión masculina

febrero 5th, 2014|

Todos los estudios demuestran que las mujeres consultan más que los hombres a los profesionales “psi”: psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas o psicoterapeutas, tanto en los sistemas públicos de salud como en las consultas privadas. ¿Quiere esto decir que las mujeres padecen más de “trastornos mentales” o problemas psíquicos? No necesariamente, hay muchas otras razones que pueden explicar este fenómeno.

Nuestras sociedades han avanzado mucho respecto de la igualdad de géneros, pero aun lo masculino y sus valores siguen siendo considerados signos de normalidad y, por lo tanto, de salud mental. De hecho, se consideran representantes del progreso en la igualdad de géneros a las mujeres que han adquirido para sí mismas las prácticas y valores tradicionalmente masculinos.

Pero ¿acaso no son en su mayoría hombres los que padecen trastornos de mayor repercusión social: alcoholismo, drogodependencias, falta de control de impulsos, violencia? También son mayoritariamente hombres los que mueren por suicidios (en una proporción de 3 a 1 en España), accidentes, violencia. También son masculinos la mayoría de los pederastas. Y esto por sólo mencionar las patologías que más alarman a la sociedad.

Se denuncian los resabios de la sociedad patriarcal y su efecto patológico sobre las mujeres, y está bien que así sea, pero no se tienen en cuenta los efectos patológicos que esa misma sociedad produce sobre los hombres.

Las comparativamente altas tasas de suicidio masculino, el abuso de sustancias y el estrés en el trabajo o por su falta, son algunos de los signos del alto costo de ejercer el rol masculino en la sociedad actual. La lenta pero inevitable emancipación de las mujeres, cada vez menos dispuestas a someter su vida a un hombre, produce en la mayor parte de la población masculina desconcierto  respecto del rol para el que han sido formados.

¿Qué es ser un hombre?

De los muchos atributos que se han adjudicado tradicionalmente a la masculinidad (y se continúan adjudicando) mencionaremos sólo algunos útiles a los fines de este artículo, carecer de ellos supone un menoscabo a la virilidad.

1 – No tener rasgos considerados femeninos: pasividad, fragilidad, debilidad, sensibilidad, ternura. Esto lleva a los hombres a reprimir inconscientemente u ocultar conscientemente sus sentimientos, lo que los inunda de emociones inexpresadas y sin descarga, que hacen de muchos de ellos verdaderas bombas de tiempo destinadas a explotar en algún momento.

2 – Ser un hombre duro como ideal, lo que implica necesariamente reprimir u ocultar las propias emociones. Ser duro implica no doblegarse, lo que puede llevar a quebrarse; y apañárselas sólo, que es una de las principales razones por las que los hombres consultan menos que las mujeres y, en general, cuando ya han desarrollado una problemática alarmante, lo que dificulta su cura.

3 – Identificación de la masculinidad con la potencia. Esto puede llevar a extremos indeseados: confundir la potencia con la violencia (cuyo límite se alcanza en la llamada violencia de género); vivir en permanente rivalidad con otros hombres, en la competencia por quién es “más macho”, con sus consecuencias de envidia, engrandecimiento desproporcionado del yo; o, al contrario, decepción por la imposibilidad de alcanzar ese ideal, sentimientos de impotencia, denigración de sí mismo, auto-desprecio.

Cada hombre es un sujeto individual, con su singularidad y características propias, con cualidades y carencias que también le son propias, y así deben ser tratadas. Pero esto no impide que existan ciertos  rasgos comunes a la mayoría de los sujetos masculinos, que son los que demanda la cultura social, si no como características personales, como ideales que condicionan su vida y su auto-valoración.

Un Ideal del Yo extremadamente elevado que, lejos de servirles como estímulo, produce la minusvaloración del yo de la realidad. Un Superyó perseguidor que lo invade de auto-reproches y culpa. Y una relación con la mujer en la que predomina el ubicarla como objeto.

La depresión invisible:

La depresión, uno de los trastornos más frecuentes, es una de las afecciones en las que están sobre-representadas las mujeres. Y, sin embargo, hay (como dijimos) el triple de suicidios en hombres que en mujeres. ¿Cómo se explica?

Que haya más diagnósticos de depresión en mujeres que en hombres, quizás sólo represente que ellas consultan más que ellos por ese motivo. La queja por su malestar, tan frecuente en las mujeres deprimidas, puede no manifestarse en un hombre igualmente deprimido. La falta de habituación a verbalizar sus problemas puede hacer que, en su caso, el malestar se manifieste en silencio, ensimismamiento, hosquedad, mal humor.

Estas depresiones masculinas que cursan en silencio son difíciles de ser diagnosticadas y, por lo tanto, tratadas. En demasiadas oportunidades sólo se reconocen a posteriori, una vez que el hombre ya ha realizado un pasaje al acto, ya sea autolítico o heterolítico.

LA PSICOTERAPIA EN LOS TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD

diciembre 13th, 2013|

La personalidad o carácter de una persona está determinada en parte por la dotación con que ha venido al mundo, pero fundamentalmente por sus identificaciones o contra-identificaciones realizadas en edades muy tempranas sobre su percepción de las personas significativas de su entorno, fundamentalmente los padres.

De allí resulta un Yo no unificado ni sintético sino, como sostenía Freud, un Yo caracterizado por la dispersión  y fragmentación. De esto se deduce lo que se experimenta en la práctica: el Yo, lejos de manifestar unificación y síntesis, está fragmentado, dividido y, a la vez, multiplicado, expuesto a la compulsión a la repetición que se manifiesta en la repetición de conductas que ya nos han perjudicado con anterioridad, por ejemplo: eligiendo parejas de ciertas características poco favorables para el sujeto.

Esto tiene su incidencia clínica. Muchas psicoterapias actuales buscan corregir los “errores” de apreciación de un yo consciente, pero olvidan o minusvaloran lo que hay de inconsciente en el Yo y lo impulsa a repetir una y otra vez las mismas conductas más allá de su voluntad consciente.

Esto es singularmente manifiesto en los tratamientos de los llamados TLP, Trastornos Límites de la Personalidad, borders o “fronterizos” y, en general, en los llamados “trastornos de la personalidad”. Son trastornos en los que el sujeto ha perdido todo control sobre sus pensamientos y sus actos, y no encuentra ninguna estabilización posible, al contrario, es víctima de sus impulsos.

En su libro “Trastornos graves de la personalidad”, Kernberg (1985. pág 68), expresa que”… estoy utilizando el término “trastornos de la personalidad” para referirme a constelaciones de rasgos del carácter  anormales o patológicos de intensidad suficiente para implicar una perturbación significativa en el funcionamiento intra-psíquico, interpersonal o ambos…”

Ninguna psicoterapia puede desconocer sus propios principio teóricos. No existe teoría sin clínica ni clínica sin teoría, esta es la primera enseñanza de cualquier psicoterapia y que no debe ser nunca olvidada.

La psicoterapia en los trastornos de personalidad debe atravesar un proceso de desidentificación, porque hay identificaciones patológicas muy arraigadas que el sujeto suele considerar como parte de su personalidad aunque no lo sean.

En este sentido los manuales clasificatorios, como el DSM IV-R o el ICE 10, pueden resultar contraproducentes, porque identifican ciertos síntomas y ciertos rasgos de la persona con su supuesta personalidad, lo que las hace sentir que estos síntomas y rasgos no son transformables, algo que no puede asegurarse. Las clasificaciones actuales de los trastornos de personalidad “límite”, “obsesivo – compulsiva”, “histriónica”, etc., anticipan un diagnóstico que aparece como la causa de sufrimiento del paciente y obtura la creatividad del proceso psicoterapéutico. Se remplaza al sujeto individual por una clasificación diagnóstica ignorando la subjetividad de la persona y la función liberadora de la palabra en una psicoterapia dinámica.

Si hay algo que pueda llegar a justificar los diagnósticos de trastorno de la personalidad como diferenciados del resto de los diagnósticos es que en aquellos se ve afectada la totalidad de la vida del sujeto. Los síntomas, en cambio, se presentan para el propio sujeto como parciales, localizados y extraños.

Los síntomas psicológicos son manifestaciones de aquello que ha sido reprimido, es decir, imposibilitado su acceso a la conciencia, y retorna desde lo reprimido como síntoma.

Los trastornos de personalidad se presentan como estereotipias, comportamientos infantiles, inconscientes en su origen también, pero a los que el sujeto se haya tan arraigado que confunde con su propia esencia, es decir: con su subjetividad.

Se trata de repeticiones compulsivas, de una inercia psíquica que hace que para el sujeto sean identificables con su persona y que, por lo tanto, no pueda renunciar a ellas.

Estas compulsiones que determinan sus actos dificultan sus relaciones consigo mismos y con los otros.

Así nos encontramos, por ejemplo, con el trastorno de personalidad paranoide en el que el sujeto se somete a su propia auto-vigilancia y tiene la sensación de ser permanentemente observado, o con personas que viven torturadas y humilladas por sí mismas en los trastornos límites de la personalidad.

Ya Freud señala en  “La división de la personalidad psíquica”: “Allí donde se nos muestra una fractura, una grieta, puede existir normalmente una articulación. Cuando arrojamos al suelo un cristal se rompe, mas no caprichosamente, se rompe con arreglo a sus líneas de fractura, en pedazos cuya delimitación, aunque invisible, estaba predeterminada por la estructura del cristal. También los enfermos mentales son como estructuras agrietadas y rotas.”.

Así las vivencias de desamparo y desvalimiento pueden llegar a provocar una sensación de inconsistencia, y el cuestionamiento de toda identidad, todo amarre a la vida.

Por eso la propuesta terapéutica no debe centrarse en un reforzamiento del Yo, mediante consejos e indicaciones, como pretenden muchas psicoterapias, sino en la posibilidad de reintegrar en sí mismo el significado de sus compulsiones. No se trata de adaptar al paciente a una realidad idealizada, sino de que se adapte a sí mismo y encuentre un modo de funcionamiento que sea compatible con la realidad.

 

OTRA FORMA DE TRATAR LA ANOREXIA Y LA BULIMIA

diciembre 3rd, 2013|

Los llamados trastornos del comportamiento alimentario se extienden continuamente tanto en su frecuencia como en la trascendencia social que han adquirido. Se trata de una auténtica epidemia.

Su epidemiología nos señala que los trastornos de la conducta alimentaria son mucho más frecuentes en mujeres que en hombres en una proporción de 10 a 1, aunque están creciendo en varones. La edad de comienzo más habitual es la adolescencia, aunque se registra un alarmante crecimiento en edades infantiles. La frecuencia es mayor entre las clases medias y altas de los países occidentales, aunque se están extendiendo a otras clases y otros países. También se registra un incremento en la incidencia en ciertas profesiones (azafatas, modelos, deportistas, bailarines). Con frecuencia la investigación demuestra la existencia en la familia de casos de depresión, alcoholismo y trastornos de la alimentación.

Los criterios diagnósticos para la anorexia son: miedo intenso a engordar, que no disminuye con la pérdida de peso; alteración de la imagen corporal; disminución del 25% del peso corporal, aunque últimamente se considera más importante la reducción del índice de masa corporal porque se relaciona más directamente con el riesgo médico; negativa a mantener el peso corporal por encima del mínimo según edad y talla; ausencia de enfermedades orgánicas que justifiquen la pérdida de peso.

Otros síntomas habituales son: amenorrea, trastornos del sueño, estreñimiento, dolor abdominal, saciedad prematura, intolerancia al frío, hipotermia, cianosis, vasoconstricción. En su extremo pueden presentarse: caquexia (estado de extrema desnutrición), bradicardia (lentitud anormal del pulso), hipotensión, lanugo (vello corporal muy fino, que crece como aislante de la piel por razón de ausencia de grasa) y edemas (hinchazón blanda de una parte del cuerpo producida por acumulación de líquido):

Siendo muy diferentes entre sí, las anoréxicas suelen presentar ciertos rasgos estereotipados comunes: negación o desconocimiento de sensaciones de hambre y de fatiga; pueden preparar comidas muy elaboradas que ellas no consumen, acaparan alimentos en casa, conocen el contenido calórico de los alimentos, se resisten a todo tratamiento y, cualquiera sea su aspecto físico para los demás, se sienten desmesuradamente gordas, realizan ejercicios físicos exagerados y pueden llegar a tomar laxantes y diuréticos y autoprovocarse vómitos en su afán de disminuir de peso; conductas todas estas que suelen producir gran alarma familiar.

Otra característica común a muchas mujeres anoréxicas es la de haber sido niñas modélicas: obedientes, perfeccionistas, buenas alumnas, exigentes consigo mismas y con los demás, agradables y complacientes.

La anorexia puede desencadenarse después de una separación o pérdida significativa, pero no es necesariamente así y en muchas anoréxicas es difícil, cuando no imposible, determinar el momento del desencadenamiento..

Puesto que buena parte de los lazos familiares y sociales se realizan en torno a la comida, la anoréxica suele aislarse social y familiarmente para evitar situaciones en que se le demande que coma.

Los tratamientos centrados en el aumento de peso han demostrado  efectos iatrogénicos, con una intensificación del rechazo de la imagen corporal y de alimentos cuando finalizan las “dietas de engorde” y/o un ingreso (sólo aconsejable cuando está en riesgo efectivo la vida de la persona anoréxica).

La bulimia, por lo contrario, se caracteriza por episodios recurrentes de voracidad en los que se ingiere gran cantidad de alimentos en un corto período de tiempo, en episodios impulsivos con total falta de control. Los manuales diagnósticos requieren dos episodios de voracidad semanales durante al menos tres meses. Esta voracidad suele verse acompañada por una autoevaluación crítica de la forma corporal y el peso. También son frecuentes en la bulimia conductas compensatorias, como los vómitos auto-inducidos y el empleo de laxantes y/o diuréticos. Nos encontramos así en las bulimias con deseos irrefrenables de comer (atracones), unidos a una búsqueda desesperada de la delgadez y un miedo intenso a engordar, que promueven estrategias para bajar de peso (dietas hipocalóricas, vómitos auto inducidos, purgantes). Frecuentemente se asocia con ingesta de drogas (incluido el alcohol), intentos de suicidio, cleptomanía o conductas auto líticas, aunque esto no se presenta en todas las bulímicas.

La clasificación de estos problemas como trastornos de la conducta alimentaria no hace más que agregar confusión y llevar a tratamientos estériles. Esta clasificación da a entender que los llamados Trastornos de la Conducta Alimentaria constituyen una enfermedad en sí. Pero la experiencia clínica nos demuestra que se trata de síndromes (conjunto de síntomas) que pueden presentarse en muy diferentes patologías y muy diversas estructuras de personalidad, que son las que realmente debemos tratar.

Al calificar a los llamados trastornos de la conducta alimentaria (fundamentalmente anorexia y bulimia) como una categoría diagnóstica se cataloga como enfermedad una conducta manifiesta y no las causas profundas de la misma, eso nos lleva a tratamientos de la conducta y dietas de engorde, con o sin internación, de breve eficacia temporal.

Si, en cambio, consideramos a la anorexia y la bulimia conductas sintomáticas, el tratamiento es conducido necesariamente a la significación que estas conductas tienen en cada una de las personas que las padecen y a tratarlas una por una, conforme a su singularidad.

Si consideramos que el síntoma muestra y oculta los deseos, angustias y conflictos de la persona que lo padece, es necesario escuchar al sujeto, sus pensamientos y asociaciones. Así sustituimos la balanza y el aspecto físico de la persona por una escucha que ofrece la posibilidad de hablar, de expresar sus pensamientos y sentimientos, y de ir construyendo una subjetividad que le permita descubrir el sentido de su conducta alimentaria.

Tanto en la anorexia como en la bulimia el sujeto y lo que tiene para decir son borrados, haciendo que su vida, tanto para él mismo como para su familia, se reduzca a una serie de actos repetitivos: control de peso, negativa a ingerir alimentos o ingesta excesiva en actos impulsivos, ritos, vómitos, purgas. Si médicos y psicólogos hacen lo mismo y ponen el acento en el peso corporal, intentando corregir las conductas y modificar el peso del paciente, sin prestar la debida atención y escucha a la problemática subjetiva que lo lleva a esa conducta, no hacen más que entrar en una lucha con el paciente, reforzar sus conductas respecto de los alimentos y alimentar así este circuito infernal. Por eso los tratamientos habituales producen efectos en el corto plazo pero no pueden evitar las recaídas.

El sujeto anoréxico o bulímico así tratado queda reducido a su condición orgánica, puro cuerpo, objeto de los deseos e intenciones de los otros – el personal sanitario, la familia. La etiqueta diagnóstica de anoréxica o bulímica, garantizada por una supuesta cientificidad, produce en los sujetos una certeza sobre su identidad, “Yo soy eso”, obturando así toda pregunta sobre su ser, su identidad y su deseo.

Se trata de entender lo que la experiencia demuestra: que los síntomas de anorexias y bulimias, pese a sus similitudes, no tienen el mismo significado para cada persona que las padece. Que en cada caso se trata del modo singular en que se constituyó el sujeto en relación a su familia y a otras personas de su entorno. Claro que el paciente no tiene conciencia de esto, y ahí comienza nuestro trabajo.

 

PSICOTERAPIA PSICODINÁMICA BREVE.

noviembre 19th, 2013|

La psicoterapia psicodinámica breve es una de las prácticas psicoterapéuticas con mayor experiencia y con efectos psicoterapéutico mejor demostrados.

En el mundo de hoy existen muchas teorías y, consecuentemente, técnicas psicoterapéuticas. Lo que tienen en común, y que permite que a todas las llamemos psicoterapias, es que se trata en todos los casos de un intento de cura por la palabra, a diferencia de los tratamientos psicofarmacológicos que pretenden obtener la cura por medio de medicamentos (aunque ambos pueden coincidir en el tiempo).

Pero las diversas psicoterapias difieren significativamente entre sí  en los conceptos, métodos y técnicas empleados. Hoy expondremos brevemente una de las más importantes y significativas tanto por la frecuencia de su práctica como por diferenciarse radicalmente de todas las otras psicoterapias: la psicoterapia psicodinámica breve.

La diferencia más radical de la psicoterapia psicodinámica con otras terapias reside en el reconocimiento del inconsciente. Todas las patologías psíquicas presentan pensamientos, conductas y actos aparentemente inmotivados, que se manifiestan independientemente de la voluntad del paciente, y para los cuáles él no tiene una explicación satisfactoria. Así ocurre con los pensamientos obsesivos y los actos compulsivos en los pacientes diagnosticados como padeciendo un TOC o Trastorno Obsesivo Compulsivo, las conductas y actos impulsivos de los borderlines, diagnosticados de TLP o Trastorno Límite de la Personalidad, los ataques de pánico en quienes los padecen, los miedos desproporcionados y muchas veces incapacitantes de las personas fóbicas (incluidas las fobias sociales y las agorafobias), la tristeza intensa en las depresiones, la ansiedad en los trastorno de ansiedad, y así podríamos seguir con todas y cada una de las patologías descriptas.

Para la psicoterapia psicodinámica estas conductas y actos no son en absoluto inmotivados, lo que ocurre es  que su causa es desconocida para la persona que los padece, es una causa inconsciente. Precisamente del hecho de ser inconsciente proviene la potencia con que se impone al sujeto sin que éste pueda manejarlas con su pensamiento consciente. Por eso las psicoterapias psicodinámicas cuentan con métodos y técnicas (asociación libre, atención flotante, interpretaciones y señalamientos) que favorecen la emergencia de esas causas profundas a la conciencia, permitiendo así que la persona se apropie de su propia vida, sufra menos y disfrute más.

Otra diferencia radical de la psicoterapia psicodinámica con otras terapias es que la esencia de la psicoterapia psicodinámica reside en la convicción de que toda persona es un ser individual, no idéntico a ninguna otra persona y, de ahí, el carácter específicamente individual de toda experiencia humana. Como dice Erich Fromm: “nunca la experiencia de una persona es idéntica a la experiencia de otra… de hecho, hasta la experiencia de una misma persona no es nunca la misma en ocasiones diferentes, porque nadie es exactamente el mismo en dos momentos de su vida”.

Por eso en la psicoterapia psicodinámica no se trabaja, como en otras terapias, con protocolos elaborados en función de la patología, sino que el trabajo debe adecuarse a la persona individual que consulta y a su problemática, también individual, en un trabajo centrado en la persona (más que en la patología) y adecuado a sus necesidades individuales.

Como podemos apreciar por lo hasta ahora dicho, la psicoterapia psicodinámica es una terapia inspirada en el psicoanálisis, pero con diferencias radicales respecto de un análisis ortodoxo.

1 – La psicoterapia psicodinámica breve se propone como un tratamiento limitado en el tiempo, dependiendo de la persona y de la dificultad que se desarrolle en 8, 12, 16, 20 o 30 sesiones.

2 – Para eso en psicoterapia psicodinámica breve se focaliza el tratamiento en el motivo de consulta, la mayor dificultad del paciente, el síntoma más acuciante. Una vez resuelto éste el paciente puede dar por finalizada su terapia, habiendo obtenido una ganancia de saber sobre sí mismo y erradicado aquello que más lo torturaba, inhibía y limitaba su vida. O puede solicitar continuar para resolver otros conflictos.

 

PSICOTERAPIA DE NIÑOS O PSICOTERAPIA INFANTIL, BENEFICIOS Y PREJUICIOS

noviembre 6th, 2013|

Vivimos una época contradictoria que no hace más que confundir a los padres.

Por un lado se diagnostican como trastornos mentales particularidades de muchos niños que en nuestras infancias no eran consideradas como tales. Echemos sino una rápida ojeada sobre algunos de los trastornos mentales de inicio en la infancia, la niñez o las adolescencia clasificado en el DSM IV-R, manual de diagnóstico de trastornos mentales de uso habitual hoy. Allí, junto a trastornos mentales indiscutibles, más allá del acierto o no en su denominación, como retraso mental o Trastornos generalizados del desarrollo, incluyendo al autismo, aparecen otros más discutibles. Veamos si no:

Trastornos del aprendizaje
F81.0 Trastorno de la lectura (315.00)
F81.2 Trastorno del cálculo (315.1)
F81.8 Trastorno de la expresión escrita (315.2)
F81.9 Trastorno del aprendizaje no especificado (315.9)Así la dificultad en el aprendizaje de cualquiera de las materias que componen el currículo escolar puede pasar a ser considerada un trastorno mental y, consecuentemente, el niño que las padece un enfermo mental.Llegamos así al más frecuente de los diagnósticos de trastornos mentales en la infancia, el Trastorno por Déficit de atención con o sin hiperactividad. Con esta categoría diagnóstica cualquier niño distraído y/o inquieto pasa a ser un enfermo mental.

 

Este diagnóstico adquiere un mayor prestigio porque, aunque pueda ser supuesto por un docente con un niño demasiado difícil de llevar, o por un psicólogo especializado en niños, el diagnóstico es realizado las más de las veces por un neurólogo infantil, y ya se sabe que un neurólogo es un científico.

Lo que no se les dice a los padres, o no de manera suficientemente clara, es que lo que hace el neurólogo es descartar la existencia de lesiones neuronales o cerebrales. En ausencia de una lesión identificable, se le supone al niño una lesión no identificable, lo que ya no es tan científico.

 

Esto no sería excesivamente preocupante si supusiera la solución del problema. Pero no. Se indica una medicación (habitualmente metilfenidato, bajo cualquiera de sus múltiples nombres comerciales, un derivado anfetamínico) que en algunos casos contribuye a mejorar la atención y disminuir la inquietud, pero no en todos. Nos encontramos así con muchos niños y adolescentes que consumen durante años una medicación que no es inocua sin obtener mayor beneficio y pudiendo llegar a padecer alguno de los llamados efectos secundarios (sería más correcto decir “efectos no deseados”).

Por otro lado hay cada vez una mayor reticencia de padres y docentes a dirigir al niño a una psicoterapia para niños o psicoterapia infantil, pese a que, las más de las veces, las dificultades de atención y la hiperactividad son causadas por dificultades psicológicas y/o emocionales del niño.

Y es que hay demasiados prejuicios al respecto. Contra lo que muchas veces se piensa, una psicoterapia temprana puede permitirle al niño no sólo resolver los problemas o dificultades que actualmente presenta, sino ser preventivas de otras dificultades o conflictos que podrían llegar a presentarse más adelante, incluso en la adolescencia.

No hay que olvidar que las psicoterapias con niños suelen ser de gran eficacia y breve duración, porque el niño o niña está en plena elaboración de lo que llegará a ser su personalidad.

No se trata de “adoctrinar” al niño,  sino de permitirle desbloquear sus inhibiciones y angustias

¿EN QUÉ CONSISTE LA PSICOTERAPIA DE PAREJA?

octubre 14th, 2013|

El objetivo de la psicoterapia de pareja es generar un cambio en la relación. Cuando una pareja consulta es porque desean mejorar su relación y no han conseguido hacerlo solos. Generalmente la acción de uno provoca una reacción en el otro que, a su vez, provoca una nueva conducta en el primero, generándose una espiral conflictiva aparentemente sin salida. Para cortar esa espiral destructiva es necesaria la intervención de un tercero, un profesional formado y experimentado para realizar un trabajo conjunto.

El terapeuta ofrece un espacio que facilita la interacción de la pareja, invita a un trabajo de investigación que permite una mejor comprensión del funcionamiento de la pareja y pone al descubierto aspectos de la relación que permanecían ocultos para ellos mismos.

La terapia cumple así diversas funciones: favorece una mejor relación de pareja, produce un mejor conocimiento de cada uno de sus integrantes, y permite valorar si el cambio es posible o no. En este sentido la terapia de pareja puede terminar con una mejor relación o una separación mutuamente aceptada y un enriquecimiento de ambos que impida que en el futuro, en futuras relaciones, repitan las mismas experiencias.

Nuestros objetivos terapéuticos son

–          Generar un cambio terapéutico en la relación.

–          Alcanzar un mejor conocimiento personal de cada uno de los miembros de la pareja y un conocimiento más profundo de cómo actúan en su relación.

–          Alcanzar un mejor conocimiento de la otra persona con la que conforma una pareja

–          Encontrar perspectivas y proyectos realistas respecto del otro y de su relación.

–          Tolerar y respetar los espacios personales de cada uno

–          Detectar e interpretar lo que funciona patológicamente en la pareja.

 

Indicaciones para realizar terapia de pareja

 

–          que presenten un problema de pareja, no sólo problemas individuales.

–          que ambos estén de acuerdo en realizar la terapia, aunque muchas veces predomina el deseo de uno y el otro se suma después de las primeras entrevistas.

–          Que busquen una  mejora en la comunicación para la mejora de la vida en común.

–          que acuerden en la necesidad de un tercero con formación y experiencia, el terapeuta, para producir el cambio.

 

Límites para realizar terapia de pareja

 

–          que uno de los dos venga forzado por la insistencia del otro y que después de las primeras entrevistas este forzamiento no cambie.

–          Que la psicoterapia sea utilizada por uno o ambos exclusivamente para agredir al otro.

–          que los cónyuges presenten un frente unido que boicotee la terapia y cualquier posibilidad de cambio.

–          Que después de las primeras entrevistas se considere más conveniente una psicoterapia individual.

 

Características y particularidades de un tratamiento conjunto:

Del lado del terapeuta lo fundamental es una escucha activa. Es decir que sepa escuchar las dificultades conscientes e inconscientes de cada miembro de la pareja, sus preocupaciones  y ansiedades. La función del terapeuta es la de facilitar la comunicación entre los cónyuges, despejando los malentendidos y facilitando la posibilidad de llegar a conclusiones y acuerdos, aunque sean parciales.

 

El comienzo del tratamiento

Es conveniente que la pareja tome la iniciativa explicando espontáneamente las dificultades por las que atraviesan. El psicoterapeuta no debe precipitarse en intervenir, excepto para estimular el diálogo, hasta que no se haya hecho una composición de lugar y entendido los conflictos en profundidad, para permitir expresarse a la pareja, ya que ellos son los que saben, consciente o inconscientemente, cuáles son sus conflictos. Toda precipitación del terapeuta puede desviar la conversación y condicionarla. Tampoco debe realizar intervenciones muy directivas, porque sería una falta de respeto hacia dos personas adultas.

Si el terapeuta empezara proponiendo un tema, forzaría a responder a las preguntas que él propone, forzando a hablar de cuestiones que probablemente por sí solos no hubieran tratado, dificultando así que emerjan los motivos de angustia de esa pareja en particular.

 

Delimitación de la terapia

La psicoterapia de pareja es una terapia focalizada y de tiempo limitado, trabajamos con la relación de pareja, no tenemos los mismos objetivos que en una psicoterapia individual. El foco es la relación y las transferencias, ansiedades y defensas que se han de interpretar son las de la pareja.

Por eso debemos tener cuidado de no realizar interpretaciones a uno de los dos que afecten a su intimidad, a su zona individual, por decirlo así. Esto no quiere decir que no aceptemos los comentarios sobre áreas individuales, pero debemos reconducirlos hacia la pareja y favorecer que participen los dos. Uno de los cónyuges, por ejemplo, puede comenzar a hablar de su trabajo, que es un área individual, pero puede manifestarse cómo ven ese trabajo los dos integrantes de la pareja y en qué medida afecta a su relación.

Toda sesión tiene la finalidad de aumentar la comprensión sobre sí mismos y su relación. El terapeuta puede hacerles ver con mayor claridad qué es lo que sucede entre ellos y facilitar que se vayan realizando pactos de convivencia.

Hay que desmitificar las discusiones. Pueden enfadarse entre sí a lo largo de la sesión, siempre conservando cierto respeto. El enfado puede en determinados momentos ser beneficioso para el trabajo, porque pone de manifiesto los conflictos en el espacio de la sesión.

Es conveniente que no tomen decisiones definitivas sobre su relación hasta que no concluya el tratamiento.

 

La transferencia de trabajo

Es tan importante lo que dice el terapeuta como su modo de expresarlo. No pretendemos de ningún modo que el terapeuta sea un modelo para los pacientes, pero es indudable que expresa un modo de diálogo y expresión.

El terapeuta ha de ser capaz de reconocer si puede hacerse cargo del caso o no. Si decide aceptar a la pareja en tratamiento es porque considera que podrá configurar una relación de trabajo favorable.

Debe aceptar a los dos miembros de la pareja, sin ejercer juicios de valor hacia ninguno de ellos, conocer profundamente los conflictos de la relación, pero sin involucrarse personalmente en éstos.

Debe ser capaz de estimular la comunicación y remover los obstáculos que se presenten, diferenciar entre los sentimientos específicos de los integrantes de la pareja y sus propios sentimientos personales.

 

El interés por la pareja

El principio fundamental es que ha de prevalecer siempre el absoluto respeto del terapeuta hacia los dos miembros de la pareja. Este interés y respeto empieza por cumplir los horarios acordados ya que el terapeuta no debe hacerse esperar, prestar atención a las explicaciones de ambos, esforzarse por recordar los detalles (muchas veces los pacientes se sorprenden con la memoria del terapeuta, sobre todo si éste es experimentado).

El terapeuta debe mostrarse flexible y tolerante, acoger la libre expresión. No debe manifestar opiniones personales, impacientarse, o desaprobar las confidencias que le realizan.

La situación terapéutica es asimétrica, pero el terapeuta no es superior en ningún sentido a los miembros de la pareja que vienen a solicitar su ayuda. Sólo tiene formación y experiencia para proporcionarles esa ayuda.

A la pareja ha de valorársele la sinceridad y el valor que supone el reconocimiento de las propias dificultades y el afán por vencerlas y superarlas demostrado en la misma decisión de acudir a la terapia.

 

Neutralidad

La neutralidad del terapeuta es fundamental para no perturbar el desarrollo de la transferencia. El terapeuta sabe, o debe saber, por su propia formación, que sus creencias no son mejores ni peores que las de cualquiera de los dos miembros de la pareja, el saberlo le permitirá evitar emitir juicios descalificatorios. El terapeuta debe comprender equilibradamente a los dos cónyuges.

Comprensión y comunicación son necesarias para el buen desarrollo de la terapia. El derecho que tienen los dos consultantes de sostener sus propias opiniones, permite que el vínculo entre pareja y terapeuta sea una verdadera relación terapéutica en la que cada uno, terapeuta y pareja, pueda desarrollar la función que le corresponde.

Neutralidad no es frialdad, indiferencia ni distancia, todo lo contrario, es la capacidad de escuchar los puntos de vista de los dos consultantes sin tomar partido por uno de ellos para facilitar un acercamiento.

 

Intervenciones del terapeuta

Generalmente cuando la pareja decide acudir al tratamiento es porque lleva algún tiempo intentando solucionar sus conflictos sin encontrar respuestas apropiadas y repite conductas inadecuadas que producen malestar. Las intervenciones del terapeuta deben estar orientadas a facilitar  la ruptura con las conductas repetitivas y la apertura de nuevas perspectivas.

El trabajo del terapeuta de pareja se caracteriza por:

1) disponibilidad y atención;

2) escucha activa,

3) intervenciones verbales

 

(continuará)

TLP, ¿Un trastorno de por vida?

septiembre 29th, 2013|

Gracias a los medios de comunicación, cualquier persona interesada puede saber hoy que muchos diagnósticos, como las adicciones, las psicosis, los Trastornos Bipolares, pueden mejorar con el tratamiento pero que, al menos con los métodos de los que disponemos hasta el presente, no son trastornos curables, esto es, que quien los padece y sus familias tienen que aprender a convivir con el trastorno. Muchos pacientes diagnosticados de TLP se preguntan si ellos se encuentran en el mismo caso.

En realidad, en muchos casos de TLP y luego de un tiempo variable de tratamiento, nos vemos forzados a modificar la presunción diagnóstica, y no siempre porque ese diagnóstico haya sido erróneo. No es infrecuente que, una vez resueltos los síntomas más acuciantes y reducida la ansiedad que éstos conllevan, emerjan otros cuadros subyacentes, enmascarados hasta entonces por la tempestad sintomática. Circunstancia que se ve confirmada por el hecho de que el TLP es un trastorno de juventud, que suele mejorar con los años y que, en general, no se prolonga más allá de la 3ª o 4ª década de vida. Para mostrar lo que queremos decir recurriremos a un par de ejemplos clínicos.

Por razones de discreción no daremos nombres reales ni datos precisos, por lo que necesitaremos de la confianza del lector para aceptar nuestras conclusiones.

José tiene 24 años, no estudia ni trabaja y se pasa el día viendo TV sumido en sus propias ensoñaciones. A los 15 años tuvo una crisis diagnosticada como psicosis tóxica por cannabis. Desde entonces ha padecido sentimientos de vacío e insatisfacción de los que pretende escapar imaginando planes irrealizables, que ni siquiera se esfuerza por llevar a la práctica. Reacciona a la frustración con consumo excesivo de diversas drogas, estallidos emocionales, arranques de ira extrema y conductas violentas que, en forma cíclica, provocan intervenciones policiales e ingresos psiquiátricos.

Cuando se calma recibe el alta y el ciclo recomienza. Los padres atribuyen la mayor parte de las dificultades de José al consumo de drogas, por lo que ha sido sometido a distintos tratamientos de desintoxicación sin ningún resultado. Sus síntomas coinciden con los del TLP: relaciones personales inestables, impulsividad, inestabilidad afectiva, respuesta agresiva a la frustración, ira inapropiada, trastornos de identidad, sentimientos crónicos de vacío, incapacidad de planificación. Todas las terapias intentadas hasta el momento han sido infructuosas y ésta tampoco parece ser muy prometedora, ya que él no parece dispuesto a colaborar, sólo viene forzado por los padres que, naturalmente, están desesperados. José se considera diferente, pero no enfermo, “los enfermos son mis padres, que no me dejan vivir mi vida”. La culpa de su falta de logros es siempre de los otros, preferentemente de sus padres.

Ciertas características de su personalidad (verborrea, aceleración del habla, expresión mediante metáforas no siempre comprensibles para el interlocutor, megalomanía) nos llevan a modificar su medicación, recurriendo al Litio, un estabilizante del estado del ánimo especialmente indicado en los Trastornos Bipolares. Al mismo tiempo, en una entrevista familiar se establece un acuerdo: José volverá a vivir con sus padres, éstos no lo ingresarán ni forzarán a un tratamiento hospitalario de desintoxicación que él rechaza y dejarán de presionarlo durante un tiempo con el estudio o el trabajo para dar un espacio a su terapia y a que él mismo se haga responsable de su situación., a cambio José se compromete a intentar facilitar la convivencia, cumplir ciertas normas mínimas, dejar de consumir drogas y someterse a controles toxicológicos regulares para demostrar que cumple con su parte del acuerdo (algo a lo que se había negado hasta el momento).

El cambio es espectacular. José se muestra menos agresivo y con un humor más estable. Aumenta su capacidad reflexiva, reconoce la irrealidad de sus fantasías y la carencia de todo plan para llevarlas a cabo, toma conciencia de que ha vivido en una nube, empieza a buscar una formación profesional que se adecue tanto a sus preferencias como a la realidad. Claro que esta toma de consciencia no es sin sufrimiento: emergen una angustia, tristeza y sentimientos de culpa que hasta el momento no se habían manifestado.

María, 38 años, tiene una larga trayectoria como paciente psiquiátrica y psicoterapéutica, en algunos casos con profesionales reconocidos y de probada capacidad. Ha sido diagnosticada ya hace años como TLP y es así como se presenta. Y efectivamente cumple, y hasta en exceso, los criterios diagnósticos del DSM (7 sobre 5 requeridos):

1º- Relaciones personales inestables con alternancia de idealización y desvalorización.
2º- Impulsividad.
3º- Inestabilidad afectiva con alternancia de alegría, tristeza e irritabilidad.
4º- Ira inapropiada que da lugar a frecuentes discusiones y peleas.
5º- Trastornos de identidad con errónea percepción de sí misma y sus deseos.
6º- Sentimiento crónico de vacío.
7º- Esfuerzos por evitarlo, tan titánicos como ineficaces.).

Su trastorno es diagnosticable como TLP también según los criterios del IEC (6 sobre 3 requeridos para el diagnóstico):

  • 1-Impulsividad.
  • 2-Ánimo inestable.
  • 3-Incapacidad de planificación.
  • 4-Respuesta agresiva, o auto agresiva, a la frustración.
  • 5-Alteración de la imagen de sí misma y sus deseos.
  • 6-Relaciones tan intensas como inestables)

Su síntoma más manifiesto o, al menos, el que ella misma nos ofrece como tal, es la impulsividad y promiscuidad sexual, por las que ella se califica de zorra y otros epítetos igualmente denigratorios. Lo primero que le señalamos es que la consulta no es un confesionario y que no vamos a juzgar moralmente su conducta sexual.

Emerge entonces el carácter compulsivo e insatisfactorio de su vida sexual: no busca en ella amor (o lo busca mal, ya que no lo obtiene) ni placer; se entrega a hombres que la denigran más por impulso que por deseo; puede alcanzar el orgasmo, pero una vez concluida la relación la invaden sentimientos de culpa, vacío y angustia.

Decidimos entonces atender al carácter patológico, sintomático, de una sexualidad que, más allá de su intensidad o frecuencia, la hace infeliz, sin ninguna intención moralizante. Y le pedimos que ella haga lo mismo, y que deje de usar palabras feas para referirse a sí misma. En un tiempo relativamente breve aprende a no responder siempre al deseo del otro, a decir “no” cuando cree que la relación no le resultará satisfactoria, que no la hará más feliz, sobre todo con hombres que no la respeten, que no la reconozcan en su integridad de ser humano. El no responder a su expectativa de condena moral la ayuda a interrumpir un cortocircuito de acting-out y autocastigo (sentimiento de culpa) que conduce fatalmente a un nuevo acting y una nueva culpa, relanzando el ciclo.

Restringida su actividad sexual, no por razones morales sino porque uno debe intentar evitar aquello que no le hace bien, revalorizada por sí misma, María comienza a cuestionar su idealización ambivalente del macho ibérico y su terapia se abre a otros problemas: tendencia al acting, intensa ambivalencia afectiva, reivindicación de una compensación por las injusticias padecidas en la infancia. Deja entonces de cumplir el mínimo de criterios diagnósticos requeridos por el canon y emerge un Trastorno de Personalidad Histriónica, oculto hasta entonces por síntomas más tempestuosos.

Personalmente creo que aún cuando cumplía los criterios diagnósticos del TLP cumplía también con los de un diagnóstico muy anterior de la psiquiatría clásica (tan olvidada y tan útil muchas veces): el de Neurosis Histérica, que parece gozar de peor prensa entre pacientes y familiares que el supuestamente más grave TLP, porque suelen confundir la histeria con la manipulación o con un insulto.

Si el diagnóstico de TLP sirvió en su momento a María para nombrar su malestar y dejar de sentirse un bicho raro, la puesta en cuestión de ese mismo diagnóstico le ha permitido dejar de verse a sí misma como un caso, como una enferma, para comenzar a considerarse como una persona con dificultades psicológicas, primer paso para hacerse responsable de su actitud en la vida y los problemas que esta actitud le produce. Continuamos el tratamiento con antidepresivos y psicoterapia dinámica.

La psicoterapia no es un jardín de rosas ni obra milagros. José y María continúan luchando en sus terapias y sus vidas con sus trastornos, sus síntomas, sus problemas y, de vez en cuando, sufren una recaída. Pero las situaciones han perdido parte de su dramatismo, y esto porque empiezan a vislumbrar que sus trastornos no son una condena a perpetuidad y comienzan a intuir una salida. También para la familia de José ha disminuido la angustia. A la familia de María le resulta más difícil reconocer los progresos logrados por ella, permanecen atados a una imagen ya formada; puede que con el tiempo lleguen a acompañarla, o puede que tenga que seguir sola en este camino. El tiempo lo dirá.

Cada vez llegan más casos a las consultas con síntomas que, en principio, coinciden con el TLP. Creo que como consecuencia de la realidad en que vivimos, con una creciente exigencia de adaptabilidad individual que pone a prueba permanentemente nuestros recursos internos, cada vez llegarán más.

En el cuaderno informativo de ACAI-TPL se los caracteriza, entre otras cosas, por ser “personas, en su mayoría jóvenes, que sufren de una especie de caos personal, que a veces les lleva a poner en peligro su vida”. “Intentan combatir su angustia y el miedo que la conciencia de esta situación les produce, aferrándose en una relación “quasi-simbólica” con cualquier persona, grupo, sectas y también con la droga, el sexo, el juego, etc.”. “Los que se “enganchan” a las drogas van a parar a centros de toxicómanos, pero “en voz baja” le confiesan al terapeuta que toman la droga para intentar evadirse de su angustia y de su caos personal”. ¿Pero no es esto lo que les ocurre a todos o casi todos los jóvenes que se enganchan a las drogas? ¿Las drogas y el alcohol no son siempre un intento fallido de automedicación? , ¿la necesidad de disponer siempre al alcance de la mano de un objeto para evadirse de la angustia? Esta constatación clínica ha llevado a ciertos psiquiatras de la Ego Psicology americana a postular que todo drogadicto es un borderline (trastorno límite). Es más, la excelente descripción de ACAI-TLP que podéis encontrar en su web ¿no describe a un cada vez más amplio sector de la juventud occidental y, como consecuencia de la globalización, mundial?

Como dice Foucault, cada época histórica ha desarrollado sus propias patologías mentales. ¿No será el TLP, y en general los trastornos narcisistas, por complejas causas sociales y psicológicas, un mal característico del tiempo que nos toca vivir? No quiero con esto negar, todo lo contrario, la existencia de patologías individuales y diagnósticos que permiten agruparlos y orientarnos, a condición de que estos diagnósticos no sean compartimentos estancos en los que encerrar a nuestros pacientes y que estemos siempre abiertos a los cambios que se produzcan a lo largo del tratamiento.

Los diagnósticos no son verdades absolutas sino herramientas útiles para nuestro trabajo. Consecuentemente, la categoría por la que debemos evaluarlos es la de su utilidad. ¿Para qué sirve un diagnóstico o una presunción diagnóstica? Para guiarnos a los profesionales en la elección de la medicación más apropiada y en la dirección de la cura terapéutica.

Pero el TLP, a diferencia del trastorno bipolar por ejemplo, carece, al menos por el momento, de una medicación específica (antidepresivos, ansiolíticos, estabilizantes del estado de ánimo e incluso ciertos antipsicóticos pueden usarse dependiendo de los síntomas).

También se han propuesto diversas técnicas psicoterapéuticas específicas para estos trastornos pero, como dice el psiquiatra y psicoanalista norteamericano Harold Searles, que fue el primero en proponer, (en 1965) una terapia específica para los TLP, otros paciente que padecen diferentes trastornos también podrían beneficiarse de estas técnicas. ¿Para qué les sirve a los paciente y a sus familias? Para poder nombrar lo que les sucede, para encontrar una causa que ordene la situación; para reducir la culpabilización del sujeto, designado ahora como enfermo, padeciendo de una enfermedad reconocida por la ciencia; para reconocerlo como víctima de un trastorno mental y no simple victimario de la familia, su pareja, sus amigos; para generar la expectativa de, una vez hallada la enfermedad, encontrar también su cura.

Pero también puede producir efectos no deseados: des responsabilizar al sujeto, que ya no se siente responsable de sus actos porque el responsable es el trastorno; encerrar al enfermo en su enfermedad, desconociendo así sus pensamientos, preferencias, deseos, reivindicaciones, que dejan de ser los suyos para ser considerados efectos de su enfermedad.

El diagnóstico que nos ocupa puede tener también otra utilidad, que podríamos llamar institucional: para reunir a pacientes y familias y reclamar en forma conjunta al Estado recursos prometidos por la Reforma Psiquiátrica pero de los que aún hoy carecemos: Terapias de Grupo, Hospitales de Día, Alojamientos para cuando en una situación de crisis se hace necesario separar temporalmente al paciente y su familia, Unidades específicas de Ingresos Breves que no los fuercen a compartir esos ingresos con pacientes psicóticos, algo que puede resultar contraproducente dada la labilidad sintomática de los TLP. De hecho, ya el parlamento de Andalucía está elaborando un proyecto de ley para TLP que puede llegar a ser de utilidad.

Conclusiones:

Muchos pacientes llegan a la consulta ya diagnosticados, o auto diagnosticados, como TLP. La mayoría, no todos, son casos graves por el grave sufrimiento que padece el paciente y el que provoca en su familia; pero suelen ser muy diferentes entre sí.

En muchos casos, aunque no siempre, éste diagnóstico es correcto. Pero no todos los diagnósticos son compartimentos estancos y definitivos. Los TLP, con el tiempo y un tratamiento adecuado, pueden remitir, reduciendo el sufrimiento y dando lugar a la emergencia de otro trastorno subyacente.

Por otro lado, psiquiatras y psicoterapeutas no atendemos casos, ni enfermedades, ni trastornos, sino seres humanos particulares, complejos, no reductibles a ningún diagnóstico. Todo caso es extraordinario porque todo sujeto es único, irrepetible. Pretendemos escuchar a esta persona, ese ser humano concreto, su malestar, partiendo de la premisa de que es un caso excepcional porque es un individuo particular, al que no podremos abarcar con ningún diagnóstico, por más categorías diagnósticas que creemos.

 

El psiquiatra que “descubrió” el TDAH confesó antes de morir que “es una enfermedad ficticia”

mayo 25th, 2013|

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A la psiquiatría hace tiempo que se le ve el plumero. Son tantas las enfermedades y trastornos que se describen en sus manuales que hoy en día lo raro es no tener nada. Después de hacer saltar las alarmas al incluir las rabietas en el último Manual de Pediatría DSM (la biblia de los psiquiatras) y después de ver como el gobierno estadounidense declara en un informe que 1 de cada 5 niños tiene un trastorno de la salud mental, cifras que parecen un insulto al sentido común de la población, porque es imposible que tantos niños estén mentalmente enfermos, aparecen unas declaraciones de Leon Eisenberg, el psiquiatra que “descubrió” el TDAH, que no dejan indiferente a nadie que viva o trabaje con niños.

El semanario alemán Der Spiegel, en un artículo en que ponía en relieve el aumento de enfermedades mentales en la población alemana, explicó que Eisenberg dijo, siete meses antes de morir, cuando contaba ya con 87 años, que “el TDAH es un ejemplo de enfermedad ficticia”.

Los inicios del TDAH

Los primeros intentos por tratar de explicar que había niños con TDAH sucedieron en 1935. Por aquellos tiempos, los médicos habían tratado por primera vez a niños de primaria con un carácter inquieto y con dificultad para concentrarse en lo que se les pedía, bajo el diagnóstico de síndrome post-encefálico. Fue un intento que no cuajó porque claro, la mayoría de esos niños nunca habían tenido encefalitis.

En los años sesenta apareció el protagonista de nuestra historia, Leon Eisenberg, quien volvió a hablar de dicha enfermedad, pero esta vez con otro nombre, “reacción hipercinética de la infancia”. Bajo dicho diagnóstico pudo tratar a alumnos difíciles, probando diferentes psicofármacos con ellos. Empezó con dextroanfetamina y luego utilizó el metilfenidato, droga con la que consiguió su objetivo y que hoy en día prevalece como tratamiento de elección: los niños enérgicos se transformaban en niños dóciles.

En el año 1968 se incluyó la “reacción hipercinética de la infancia” en el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) y desde entonces forma parte de dicho manual, sólo que ahora recibe el conocido nombre de Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

El logro de Eisenberg y sus colaboradores fue conseguir que la gente creyera que el TDAH tiene causas genéticas, que es una enfermedad con la que se nace. Él mismo dijo, junto con las palabras en que decía que era una enfermedad inventada, que la idea de que un niño tenga TDAH (entendemos que la idea de que un niño sea muy movido y sea un alumno problemático) desde el nacimiento estaba sobrevalorada. Sin embargo, al conseguir que esto calara en la población y en los padres, el sentimiento de culpa desaparece, los padres se sienten aliviados porque el niño ha nacido así y el tratamiento es menos cuestionable. En 1993 se vendieron en las farmacias alemanas 34 kg de metilfenidato. En el año 2011 se vendieron 1.760 kg.

El conocido psiquiatra, que llegó a hacerse cargo de la gestión del servicio de psiquiatría en el prestigioso Hospital General de Massachusetts en Boston, donde fue reconocido como uno de los más famosos profesionales de la neurología y de la psiquiatría del mundo, decidió confesar la verdad meses antes de morir afectado de un cáncer de próstata, añadiendo que lo que debería hacer un psiquiatra infantil es tratar de determinar las razones psicosociales que pueden producir problemas de conducta. Ver si hay problemas con los padres, si hay discusiones en la familia, si los padres están juntos o separados, si hay problemas con la escuela, si al niño le cuesta adaptarse, por qué le cuesta, etc. A todo esto añadió que, lógicamente, esto lleva un tiempo, un trabajo y acompañado de un suspiro concluyó: “prescribir una pastilla contra el TDAH es mucho más rápido” (a lo que yo añadiría “y mucho más ventajoso para el negocio de la psiquiatría”).

El negocio de la psiquiatría

Como he dicho al principio de la entrada parece que la psiquiatría es un monstruo capaz de llevarse cualquier cosa por delante, con un hambre voraz, que no se detiene y que hará todo lo posible por tratar de conseguir que toda persona sana acabe tomando una u otra medicación para tratar su (no) enfermedad. Se les ve el plumero, y una prueba más de ello es que ya existe la próxima enfermedad que será difundida por toda la infancia: el trastorno bipolar o enfermedad maníaco-depresiva.

Hasta los años noventa era una afección desconocida en los niños. Ahora ya es uno de los diagnósticos más frecuentes en psiquiatría infantil, hasta el punto que las visitas por este trastorno se han multiplicado por 40 en menos de diez años, siendo muchos de los “enfermos” niños de dos y tres años.

Uno de los responsables de la llegada del trastorno bipolar a EE.UU. es el psiquiatra Joseph Biederman, que lleva años haciendo estudios y conferencias sobre el tema y que recibió 1,6 millones de dólares entre el año 2000 y el 2007, procedentes de las farmacéuticas que fabricaron los medicamentos para dicho trastorno, al parecer para dedicarlos a seguir investigando la enfermedad.

Pero esto no es todo. Para conocer el alcance real del negocio de la psiquiatría, para ver hasta qué punto se inventan las enfermedades para luego poder dar los fármacos que ya existen, un estudio realizado por la psicóloga estadounidense Lisa Cosgrove reveló que, de los 170 miembros del grupo de trabajo del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), es decir, los que hacen el manual de psiquiatría de referencia mundial, 95 (el 56%) tenía una o más relaciones financieras con las empresas de la Industria Farmacéutica.

¿Existe el TDAH?

 

Yo no sé si existe o no existe (y eso que el que la inventó dice que no), ni tampoco me toca a mí responder a esta pregunta, sin embargo estoy seguro de que son muchos los niños diagnosticados cuyo único pecado ha sido ser demasiado movidos, o ser demasiado insistentes a la hora de demandar de sus padres un poco más de atención. Ya hace más de dos años os ofrecí dos entradas en las que explicaba cómo se diagnostica el TDAH, para que vierais que no existe ninguna prueba diagnóstica de ningún tipo que determine que un niño tiene el mencionado trastorno. Todo se hace en base a la observación y en base al cumplimiento o no de unos criterios o parámetros que los niños normales deben hacer.

Ahora bien, ¿qué es ser normal? Krishnamurti dijo que “no es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”, así que quién sabe, quizás los niños que se rebelan ante el intento de domesticarles, aquellos que no soportan estar sentados escuchando cosas que no les interesan, aquellos que preferirían poder decidir qué hacer en sus vidas en todo momento, aquellos que quieren probarlo todo y no dejarse nada, quizás sean al fin y al cabo los más cuerdos.

No digo que ninguno de estos niños no tengan nada. No digo que no necesiten ayuda, porque es muy probable que muchos de ellos tengan muchos problemas, pero nunca he creído en la existencia de un trastorno que afecte al 10% de los niños y mucho menos he creído en la cura milagrosa del metilfenidato, porque si bien los niños cambian su comportamiento, los problemas que hicieron que el niño funcionara de un modo no aceptado siguen ahí.