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04 – Consultas y dudas

/04 - Consultas y dudas

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD MENTAL 2016

octubre 10th, 2016|

1 de cada 5 españoles (20%) ha padecido, padece o padecerá algún trastorno mental diagnosticado (hay muchos más sin diagnosticar porque no han consultado)

En el momento actual 1 de cada 10 españoles (10%) tiene algún tipo de tratamiento psiquiátrico, psicológico o psicoterapéutico.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) estima que 1 de cada 4 personas (25%) tiene un trastorno mental actual en el mundo*. Si las cifras en España son menores puede ser porque la salud mental de la población española es mejor, o porque los españoles consultan menos.

Pese a la frecuencia del padecimiento de trastornos mentales, más o menos severos, todavía en España no se aceptan estos trastornos con la misma naturalidad que otras enfermedades. Muchas personas que los padecen se dan múltiples excusas para no consultar. Quienes consultan muchas veces lo ocultan a familiares, amigos y conocidos como si de una vergüenza se tratara. Pareciera que reconocer que uno tiene problemas psíquicos o psicológicos y solicitar ayuda profesional implicara un estigma. Como si quienes padecen de sí mismos fueran “apestados” y no personas valiosas que requieren ayuda en algún momento de sus vidas.

Como sostiene el movimiento social asociativo Salud Mental España en su campaña con motivo del día mundial de la salud mental:“nadie elige tener un problema de salud mental, encontrarse mal o sufrir”. “Es cuestión de informarse, charlar, escuchar y apoyarse mutuamente”, dice González Zapico, presidente de esta confederación.

Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado en más de 100 países, no está de más reflexionar sobre esta falta de visibilidad de las personas afectadas de algún problema mental o psicológico y los prejuicios que les dificultan acceder a la atención profesional que necesitan. Hoy y todos los días.

*La información ha sido recogida del periódico digital lainformacion.com

¿EXISTEN LAS PERSONAS TÓXICAS?

noviembre 9th, 2015|

No constituyen una categoría diagnóstica, no están en los manuales de psiquiatría y psicología, no sólo carecen de diagnóstico de pretensiones científicas, sino también de tratamiento, excepto marginarlos.
Cada vez más en los medios de difusión, en las revistas y webs de psicología, en las redes sociales, se habla de “personas tóxicas”, y se aconseja huir de ellas como de la peste.
Las cosas que se dicen de ellas en revistas y en internet son realmente impresionantes: “son como vampiros emocionales que roban la energía de los demás”
En una sociedad que empuja al “éxito”, aunque éste sea difícilmente alcanzable, son muchas las personas que no lo alcanzan y se sienten desgraciadas por ello. Pero en esta sociedad de “ganadores” no hay más lugar para los supuestos perdedores que el de la exclusión social. Parece que no se trata de apoyarlos y ayudarlos, de orientarlos hacia una ayuda personal o profesional, sino de culpabilizarlos. No basta con el hecho de que se sienten mal, además deben sentirse culpables por sentirse mal, es decir, sentirse peor por sentirse mal.
Se puede leer en una web: “Todos somos responsables de cómo queremos y deseamos vivir, y en consecuencia disponemos por naturaleza de los recursos necesarios para modificar ciertas actitudes y gozar de más felicidad en nuestras vidas.” Sí, pero no todos tenemos los mismos recursos, ni es fácil descubrirlos ni desarrollarlos. Para ello se puede necesitar ayuda. Pero lo que se propaga es que no hay que ayudar sino aislar, excluir a las personas que sufren. Es un auténtico elogio de la discriminación.
No es de extrañar, por lo tanto, que todos estos textos incluyan en las personas supuestamente “tóxicas” a los neuróticos, es decir, a las personas que padecen una neurosis. Pero ¿qué es una neurosis? Según el diccionario un “Trastorno parcial de los aspectos funcionales de la individualidad que afecta sobre todo a las emociones y deja intacta la capacidad de razonamiento”. Esto incluye a todas las personas que padecen por razones emocionales, lo que incluye a una enorme proporción de la población.
Aunque no se las mencione, queda claro que, por las descripciones que se hacen, que una persona que padece una depresión, por ejemplo, es una “persona tóxica”, y que debe ser marginada y segregada. Decimos una persona que se encuentra deprimida como podríamos decir cualquier persona que tenga un padecimiento psicológico y/o emocional. Y, por supuesto, todas aquellas que padezcan un trastorno de personalidad.
Este “boom” del concepto de personas tóxicas, producto de una sociedad que empuja a la manía y a la negación del propio sufrimiento, nos empuja a aislar a las personas que más necesitan nuestra ayuda. Y a aislarnos a nuestra vez cuando necesitamos la ayuda de otros.
Produce un simulacro de “felicidad” por el que las personas deben decir que se sienten bien aun cuando les ocurra todo lo contrario, ocultar su padecimiento emocional, privarse de la compañía y la solidaridad que tanto necesitan.
Marginación y segregación donde debería haber comprensión y apoyo. Y una pastilla tomada a escondidas. Y no lo decimos porque no creamos que una medicación antidepresiva o ansiolítica pueda ser temporalmente necesaria en determinadas circunstancias, sino por el estigma que parece acompañarlas. Son las medicaciones que más se consumen en España actualmente, pero de eso no se habla.
Al contrario, cuando padecemos un sufrimiento subjetivo, no debemos creernos “tóxicos”, sino sabernos vulnerables. Y recurrir a familiares o amigos y a profesionales para superar esa situación en vez de avergonzarnos.

¿DEBO IR A UN PSIQUIATRA, A UN PSICÓLOGO O A UN PSICOANALISTA?

enero 9th, 2007|

La mayoría de nuestros pacientes son personas que padecen un intenso malestar. Para llegar a la consulta han tenido que atravesar muchos obstáculos. El primero de ellos: coger el toro por las astas, enfrentarse a su malestar y superar los prejuicios propios, porque muchas veces se piensa que consultar por una dificultad psicológica es manifestarse como enfermo, cuando no es más que reconocer el propio sufrimiento y no resignarse a él.

Probablemente también ha tenido que superar prejuicios de otros, familiares y amigos, motivados por las mejores intenciones, sin reparar en que muchas veces las mejores intenciones conducen a un infierno personal, y revestidos con los ropajes de una pretendida sabiduría popular: “que cada palo soporte su vela”. ¿Y cuándo uno no puede soportarla?, ¿o sólo puede hacerlo a costa de una oprimente sensación de infelicidad?

Y si se decide a expresar su malestar al médico de familia, lo más probable es que éste, abrumado por una administración que le exige que también se ocupe de los trastornos psicológicos leves y, a la vez, le otorga 5’ de atención por paciente (tiempo a todas vistas insuficiente para una simple revisión, ya no digamos para estimular a que el paciente exprese su malestar) lo despacha con unas píldoras.

Si logra superar estos sucesivos obstáculos, es probable que acabe en la ya de por sí sobre-saturada consulta de un psiquiatra (señal de que el malestar se extiende en nuestra sociedad). Se siente mal y espera del psiquiatra un remedio para su mal.

El Psiquiatra

El psiquiatra es un médico y, excepto que haya adquirido otra formación, psicoanalítica o psicoterapéutica, que no se imparte en la carrera de Medicina ni en los MIR de Psiquiatría , tenderá a ver el malestar psíquico como cualquier otro de los trastornos de los que se ocupa la medicina: un conjunto de síntomas de causa presumiblemente orgánica que requieren un diagnóstico y una medicación ( excluimos, por lo tanto, de las observaciones que siguen a los psiquiatras que, además de la formación que acredita el título, se han formado como médicos psicoanalistas o médicos psicoterapeutas, y a aquellos que han profundizado en estos temas y muestran en su práctica clínica un saber hacer psicoterapéutico, que son muchos).

Para realizar el diagnóstico comparará los síntomas que percibe con las categorías diagnósticas provistas por los manuales buscando la que mejor se aproxime. Esto nos obliga a hacer un alto: los manuales diagnósticos CIE (de la Organización Mundial de la Salud) y DSM (de la Asociación de Psiquiatras Americanos, es decir: norte americanos) fueron creados con la finalidad de homologar criterios diagnósticos con fines estadísticos. En su curioso devenir han terminado por transformarse en recetas diagnósticas de forzosa aplicación. Sus fórmulas han sido ampliamente difundidas, y no sólo en medios profesionales.

Hoy en día es habitual que los pacientes no consulten por su malestar, sino que demanden por un tratamiento para un diagnóstico que ya ha sido previamente formulado por un docente, un amigo o ellos mismos, recurriendo a las descripciones abundantes en Internet. No es que esté mal que estén informados, es que están informados ¿de qué?

Buscan el mejor tratamiento para un diagnóstico, no para sí mismos, personas individuales e irrepetibles. Renuncian a su existencia personal subsumiéndola a un cuadro diagnóstico construido artificialmente con fines estadísticos.

No deja de sorprendernos la facilidad creciente con que muchos seres humanos abdican de ser personas para reducirse a sí mismos: soy un Trastorno de Personalidad, soy un Trastorno del Humor, o incluso una sigla: soy un TOC, un TLP, un TDAH.

El psiquiatra, armado con su saber médico, indaga en los síntomas que expone el paciente, realiza ciertas preguntas protocolizadas para profundizar en su indagación, compara los resultados obtenidos con los síndromes descriptos en los manuales, y establece su juicio: se trata de un TOC, un TLP, un TDAH.

Y, en virtud del diagnóstico así establecido y su propia experiencia, indica la medicación que cree más adecuada.

Hace así su trabajo, lo que se espera de él, y nadie le demanda otra cosa. Los decires del paciente que no aportan información útil, es decir, que caen fuera del protocolo previsto, son eliminados porque no aportan nada a su saber.

En muchas ocasiones la medicación prescripta (o las correcciones sucesivas que se realizan) atenúan los síntomas. En muchas ocasiones, pero no en todas.

Muchos pacientes se prestan a este juego que los libra de toda responsabilidad individual, de la muchas veces atormentadora sensación de ser un sujeto individual sufriente, y los reduce a ser una enfermedad que los trastorna desde fuera. Pero no siempre. En muchas otras ocasiones el sujeto no se conforma: la medicación no le resulta eficaz, o no tanto como esperaba, insiste en hablar de un malestar no protocolizable, su angustia no cede.

Esto no puede sorprendernos: hay medicaciones muy buenas, muy eficaces, pero no dejan de ser píldoras con efectos limitados, no pociones mágicas. Puede entonces que el psiquiatra, enfrentado a una demanda insistente que excede sus saberes, opte por la derivación a un psicólogo (esto en el caso de que el centro o clínica disponga de suficientes psicólogos, sabida es su escasez en la Seguridad Social, por lo que suelen limitarse a los casos más graves). Puede también que sea el mismo paciente quien recurra a un psicólogo, porque ¿quién puede establecer la gravedad del sufrimiento o el grado de insatisfacción de los casos menos graves?

En otros casos, el paciente mismo dirige de entrada su demanda a un psicólogo, ya sea por el prejuicio que asocia psiquiatría con enfermedad mental grave o porque no va en busca de una píldora que alivie su malestar sino de una persona que lo escuche, oriente y aconseje, desde un saber profesional.

El Psicólogo

Psicólogo o psicóloga sólo indica que el profesional en cuestión se haya en posesión del título de Licenciado en Psicología que otorgan las universidades, pero nada nos dice sobre las corrientes, escuelas, concepciones psicológicas y orientaciones psicoterapéuticas que ese profesional ha elegido, y que son muy numerosas.

Lo más probable es que su orientación sea conductista, cognitivista o cognitivo – conductual, dado que éstas son las corrientes dominantes en nuestras facultades, con exclusión de casi toda otra alternativa. Si el psicólogo que el azar le ha deparado es de orientación predominantemente conductista (o comportamentalista, según una denominación más reciente) intentará, con los recursos que le son propios, modificar las conductas o comportamientos que considera perjudiciales mediante el reforzamiento positivo o negativo de los estímulos (para que se entienda: premios y castigos) y otras técnicas afines.

Si el psicólogo es predominantemente cognitivo o cognitivista, intentará corregir los conocimientos erróneos del paciente, remplazarlos por otros más adecuados y reestablecer canales eficaces de comunicación.

En cualquiera de los dos casos (lo más probable es que se presenten combinados en lo que ha dado en llamarse psicoterapia cognitivo – conductual o cognitivo – comportamentalista) partirá del diagnóstico realizado por el psiquiatra o realizará un diagnóstico fundado en los mismos manuales. Y aplicará una terapia adecuada al diagnóstico, con un protocolo, frecuencia y duración predeterminadas. El psicólogo no prescribe fármacos (no está capacitado
para hacerlo), prescribe cogniciones y conductas.

¿Es necesario aclarar que el protocolo ha sido elaborado en función del diagnóstico, que se supone adecuado al diagnóstico, e igualmente eficaz para todas las personas que comparten ese diagnóstico, independientemente de sus diferencias individuales?

En resumen: psiquiatras y psicólogos, en su mayoría (forzosamente existen muchas excepciones, como en toda generalización), administran una terapia farmacológica o psicoterapéutica a un diagnóstico, no a una persona. No deja de ser llamativo que en una época que se pretende individualista, las diferencias individuales se consideren secundarias, lo predominante es la norma. Se parte del supuesto de que podemos agrupar a todas las personas en función de la similitud de sus síntomas, y que todas ellas responderán en forma más o menos homogénea a un mismo tratamiento.

La misma personalidad del paciente es fragmentada, para su mejor comprensión y cuantificación, en diversas funciones: inteligencia, memoria, emotividad…, como si estas funciones fueran independientes unas de otras. La persona se disuelve así en funciones alteradas y conservadas, partes sanas y enfermas.

Puede que el paciente se vea confortado por la atención que recibe, puede que le resulten útiles los consejos recibidos, las nuevas ideas y pautas de conducta. Pero puede que no. Que no le resulte suficiente, o que se resista a seguir estos buenos consejos, a incorporar pensamientos y conductas que no le son propios sino sugeridos por otro, conformes a otro. Puede que no esté satisfecho con el tratamiento o que de entrada haya buscado otra alternativa a las que el sistema de seguridad social le ofrece.

El Psicoanalista

Vamos a comenzar por el psicoanálisis por varias razones:

1 – Por ser una disciplina fundadora que ha dado lugar a la mayor parte de las psicoterapias actuales.

2 – Por tener una larga trayectoria y una teoría muy desarrollada, al punto de tener un impacto sobre nuestra cultura y sus manifestaciones (filosofía, literatura, cine) desconocida por sus “competidores”, incluidas la psiquiatría y la psicología clínica.

3 – Por ser muchas veces alternativa de primera elección, sobre todo en ciertos países (Francia, Estados Unidos, Argentina)

4 – Por ser, paradójicamente, una de las disciplinas más atacadas y menos conocidas.

Por estas razones, quizás nos insuma algo más de espacio que los apartados anteriores.

Para empezar a hablar de psicoanálisis, ya sea a favor o en contra, hay que comenzar por desechar algunos prejuicios:

1 – Pesa hoy sobre el psicoanálisis el ser considerado por muchas personas una disciplina antigua, es decir, pasada de moda. En un mundo occidental que produce y consume nuevas psicoterapias a velocidad de vértigo, muchas de ellas de efímera existencia, esta relativa antigüedad implica que si ha subsistido es porque muchas personas han encontrado beneficios en el psicoanálisis a lo largo del tiempo, resultados clínicos incontestables, por lo que podríamos considerar esta extensa trayectoria más como una virtud que como un defecto.

2 – Suele confundirse al psicoanálisis con sus atributos externos, ampliamente difundidos por el cine y la literatura: el diván, el analista silencioso, la larga duración del tratamiento. Pero el psicoanálisis puede prescindir tanto del diván como del silencio, y su duración sólo es necesariamente larga en algunos casos, especialmente en aquellas personas que aspiran a ser psicoanalistas. También existen otros tratamientos que los analistas llaman de efectos terapéuticos rápidos, psicoanálisis aplicado o focalizado, psicoanálisis breve, psicoterapia breve de orientación psicoanalítica, según las diversas escuelas y corrientes.

Entonces, ¿qué es lo que diferencia al psicoanálisis de las restantes psicoterapias:

1 – El psicoanálisis, desde su fundación por Freud, pretende barrer con las rígidas fronteras entre salud y enfermedad. Para él nadie es absolutamente sano ni totalmente enfermo, de lo que se desprenden algunas consecuencias:

a – Para llegar a ser psicoanalista hay que practicar previamente el psicoanálisis en condición de analizante (es decir: paciente), exigencia que no existe en ninguna otra alternativa terapéutica.

b – La relación no se establece entre un terapeuta sano y un paciente enfermo, sino entre dos sujetos humanos, uno de los cuales se haya en posesión de un saber del que puede beneficiarse el otro.

c – El método es el mismo para el paciente sano y el enfermo y, por lo tanto, para cualquier patología.

d – Este método se funda en dos reglas básicas:

– El paciente se compromete a decir todo lo que le pase por la cabeza

– El analista a escuchar atentamente el decir del paciente, incluyendo narraciones de sueños y ocurrencias aparentemente absurdas, y devolverle sus palabras bajo una nueva luz. A la vez, garantiza que la experiencia analítica tiene sentido, por su propia experiencia y la de sus otros pacientes.

2 – “Desembaracémonos del hombre medio, que no existe. Existen los individuos, eso es todo. Cuando oigo hablar del hombre de la calle, de encuestas de opinión, de fenómenos de masas y cosas de ese tipo, pienso en todos los pacientes que he visto pasar por el diván en cuarenta años de escucha. Ninguno se parece a otro ni tiene las mismas fobias, las mismas angustias, la misma manera de relatar, el mismo miedo a no comprender. El hombre medio, ¿qué es eso? ¿Yo, vosotros, mi portero, el Presidente de Gobierno”

Esta frase de Lacan, uno de los popes del psicoanálisis, manifiesta claramente la apuesta por el individuo que lo caracteriza. En una época que casi todo el mundo dice individualista, los individuos son agrupados por la psiquiatría en dos grandes grupos: sanos y enfermos. Y los enfermos son a su vez subdivididos en múltiples síndromes. Muchos pacientes se presentan diciendo de sí mismos: soy un TLP, o un TDA-H, como si ese dato resumiera su individualidad. Estos diagnósticos pueden ser de utilidad para el psiquiatra, porque lo orientarán en su elección de medicación.

Esto no quiere decir que el psicoanalista no realice diagnósticos según su propia nosología, sino que su tratamiento se fundamentará en interrogar al paciente sobre las causas de su propio sufrimiento, no sobre un diagnóstico ni sobre un protocolo.

3 – Por lo tanto, una de las singularidades del tratamiento psicoanalítico y, en general, psicodinámico, será la ausencia de protocolo, es decir, de pasos prefijados.

4 – Estas singularidades hacen que el psicoanálisis haya sido casi siempre (excepto escasas excepciones) extraoficial. Esta extraterritorialidad del psicoanálisis respecto de las políticas oficiales estatales en materia de salud mental le confiere ciertas particularidades:

a – No se enseña en las universidades (con algunas excepciones en Francia, Argentina y Estados Unidos). Esto da origen a buena parte de las críticas de que es objeto por parte de otros profesionales de la salud mental: no han leído en su formación textos psicoanalíticos y sí abundantes textos críticos (como reconoce el filósofo Gabilondo, rector de la Universidad Autónoma de Madrid y simpatizante del psicoanálisis). Suele ser, por lo tanto, una crítica fundada en el desconocimiento. Esto no quiere decir que no puedan haber críticas fundadas, sino que la mayor parte de ellas son realizadas por gente que desconoce la disciplina que critica.

b – La formación psicoanalítica es extraoficial e independiente de la formación universitaria, aunque más exigente que ella, puesto que incluye
, y en lugar privilegiado, el psicoanálisis de los aspirantes a ejercer como analistas, aun cuando tengan formación y titulación universitaria (hecho que dificulta su integración en la enseñanza académica), y una formación teórica mucho más extensa que la de las psicoterapias.

Por todo esto, el psicoanálisis exige, por un lado, un mayor compromiso e implicación por parte del paciente y, por otro, algo que lo aleja de cualquier otra alternativa psicoterapéutica: el objetivo no se somete a un protocolo y su finalidad depende de lo que el analizante (paciente) quiera cambiar en sí mismo y en su vida, por lo que la duración del tratamiento depende también de su deseo.

Nota: En una próxima entrega nos referiremos a otras alternativas psicoterapéuticas.

Psicoterapias

noviembre 18th, 2006|

Todos los años se ofrecen “nuevas psicoterapias” como si fueran artículos de consumo, que se anuncian a bombo y platillo en la prensa y best-sellers (generalmente estadounidenses) ? y que, tan efímeros como la moda, desaparecen en poco tiempo.

Por eso,? nosotros valoramos las disciplinas que tienen ya una larga trayectoria y experiencia acumulada. Entre ellas destacan:

– Psicoanálisis, que al no estar incluido en los programas universitarios ni en los medios de comunicación, paradójicamente, es hoy la disciplina menos conocida, pese a ser la de mayor tradición y elaboración teórica. Sucintamente, se propone “hacer conciente lo inconsciente” para que gobernemos nuestra propia vida y tomemos nuestras decisiones con libertad

– Conductismo: se propone modificar nuestras conductas y remplazarlas por otras que el terapeuta considera mejores, más adecuadas y adaptadas.

– Cognitivismo: lo que se propone es modificar nuestras cogniciones (ideas, concepciones, pensamientos) erróneas y, nuevamente, reeducarnos proveyéndonos de cogniciones que el terapeuta considera mejores.

– Psicoanálisis aplicado, focalizado? o breve, con el mismo bagaje teórico del psicoanálisis se propone ayudar a resolver preocupaciones precisas del paciente en un tiempo determinado.

– Psicoterapias psicodinámicas: son las psicoterapias que se derivan del psicoanálisis sin aplicar, en sentido estricto, un psicoanálisis “ortodoxo”. Enfocan al sujeto como un ser íntegro e intentan un cambio dinámico de la personalidad. No pretenden educar o instruir (como el conductismo o el cognitivismo) sino una modificación dinámica en la que el agente principal es el propio paciente. Está constituida por psicoanalistas que han optado por realizar psicoterapia y no psicoanálisis en sentido estricto, y por otras escuelas fundadas por psicoanalistas que, en su momento, disintieron con Freud (Jung, Adler, etc.)

– Escuela sistémica o interaccional, más centrada en las interacciones familiares, grupales o sociales que en el sujeto considerado paciente.

¿Qué me pasa?

octubre 8th, 2005|

Carta anónima

Quiero agradecer a la Dra. Marina Averbach y al Dr. que se encarga de la unidad TLP en el Hospital de Zaragoza (Ahora no recuerdo su nombre) sus comentarios en vuestra página WEB (usuarios.discapnet.es/border)

Hace tres años me diagnosticaron un “trastorno de personalidad”. Estoy hablando de una clínica privada (pagaba 7000 pts por cada consulta) y de un reputado psiquiatra de mi ciudad que además ejerce como Especialista en el Centro de Salud Mental local y que suele realizar guardias en el hospital público más importante de esta ciudad. (No realiza demasiadas actividades?. Cómo encuentra tiempo para concentrarse?. Cómo dedica a sus pacientes el tiempo que estos necesitan?).

Cuando acudí a este mismo médico a través de la sanidad pública a mí me cambiaron la fecha de visita, tras estar un mes y medio en lista de espera, a otro mes posterior, porque el Dr. “tenía demasiado trabajo”. Protesté y el médico no le quedó mas remedio que atenderme. Protesté también ante el Director del Centro de Salud Mental y sugerí un cambio de médico pero éste me dijo que este señor era el mejor especialista con que contaba el Centro.

Aquel Psiquiatra no especificó nunca de que tipo era ese Trastorno de la Personalidad, no me informó acerca de la enfermedad, tampoco sobre los posibles efectos secundarios del medicamento que me recetó. Es más aconsejó que no leyera el prospecto porque podría “obsesionarme con los efectos secundarios”. La cuestión es que estuve casi un año tomando este medicamento y lo único que recuerdo, además de un sufrimiento interno difícil de explicar, es el tremendo cambio que dio mi carácter, pero en negativo. Me convertí en un zombi. Conseguí algunos adelantos como un trabajo estable y al menos tengo una nómina cada fin de mes.

Dejé de frecuentar por completo cualquier tipo de relación social. Dejé de ir al cine, de escribir, de viajar. Perdí el interés por todo y por todos. Realicé un viaje durante mis vacaciones pero no recuerdo haberlo pasado tan mal en toda mi vida, se trataba de un viaje organizado y tenia que relacionarme con las 52 personas que componían mi autobús. Los ataques de pánico, la ansiedad perpetua, el sufrimiento, la angustia que me atenazaba cada día desde que me levantaba hasta que me acostaba. Es algo imposible de explicar. Volví con mas cansancio del que me había ido, y efectivamente tuve que solicitar una baja por enfermedad.

No he dejado de luchar. He acudido a cuantas consultas de psicólogos y psiquiatras me han hecho falta. Me han diagnosticado “TP”, Otras veces “Depresión”, otras “ansiedad”, y hasta agarofobia. Mi familia no me ha ayudado. Mi psiquiatra no sugirió en ningún momento la posibilidad de hablar con ellos, de informarles. Tampoco me habló de la importancia de su apoyo. Ellos no son conscientes de que tengo algún tipo de enfermedad. Solo piensan que estoy pasando una mala racha. También dan por sentado que tengo mal carácter y en mas de una ocasión me han dicho que les hago la vida imposible. Sostienen que no pongo nada de mi parte, pero hace tres años que vengo dando vueltas por el Centro de Atención Primaria, por el Centro de Salud Mental y por consultas privadas de un psiquiatra y varios psicólogos pidiendo una segunda opinión y buscando desesperadamente una solución.

Estoy tomando la medicación. Los médicos me han cambiado los tratamientos farmacológicos y las dosis en varias ocasiones buscando una mejoría. Y siempre he obedecido como un corderito. Por supuesto, he tenido pensamientos de suicidio, he llegado hasta el punto de “No puedo más”. Siempre en soledad. Aún no se con exactitud qué me ocurre, pero ayer leí vuestra página y se abrió un horizonte para mí. Me sentía que cumplía casi prácticamente todos los síntomas. Vamos una TLP de libro, me dije. Pero me da miedo ponerme en tratamiento. Sufriré una variación significativa en mi carácter? Soy una persona creativa. Me gusta el arte, el cine, leer, viajar, compartir. Me convertiré en otra persona si me someto a un tratamiento estricto? Yo no quiero ser otra persona. Solo quiero corregir algunos defectos de mi carácter que me frenan y que realmente me han imposibilitado para mantener relaciones sociales, para establecer nuevas amistades o conservar las que ya tengo. Eso fundamentalmente.

Mi familia quiere que me convierta en otra persona. Durante el tratamiento me convertí en un mueble, pero ellos estaban felices, se felicitaban a si mismos y decían “que maravilla, eres otra persona”. Y aquí le doy la razón a la Dra. Averbach: Qué quería la madre de Raúl (artículo de “El País”)? su propio bien o el de Raúl? Lo consecuente sería desear en lo posible el bienestar de los dos.

También al Dr. de Zaragoza le doy la razón en algo: Los médicos no quieren enfermos TLP. Les suponen demasiadas complicaciones. No creen en nosotros y parece ser que efectivamente están mentalizados de que un porcentaje muy elevado de TLP esta abocado al fracaso. Por favor, no pensemos así. Ese es el primer paso para que, efectivamente, fracasemos.

Gracias por escucharme. Esta carta es anónima porque solo ayer me di cuenta de que mi TP podría ser “límite”, solo ayer tuve la suerte de poder ponerle a esto un nombre, algo, aunque tal vez existan TLP de varios tipos. Tengo que pensar, meditar, reflexionar. Cuando lo haga si lo digiero, si llego a la conclusión de que efectivamente esto es lo que me ocurre me pondré en contacto con Uds. Les agradecería si alguien pudiera responder a mis preguntas en su página WEB.

Un saludo y gracias por todo.

PERSONALIDAD OBSESIVO-COMPULSIVA

agosto 21st, 2005|

Pregunta:

Me llamo Federico tengo 25 años estudio Biblioteconomía y vivo en Granada, me dirijo a usted con la intención de realizarle algunas consultas, si no le importa: El individuo que es de personalidad obsesiva-compulsiva, ¿ se debe a la inmadurez, inadaptación, tipo de educación? ¿O éstos factores no influyen? ¿Son formas de depresión? Éstos individuos, ¿son propensos a las neurosis?

También quiero preguntarle acerca de Freud ¿cree usted que es el psicoanalista más importante de todos los tiempos?. Espero no haber sido gravoso. Gracias.

Federico.

Respuesta

Estimado Federico. Aunque tarde, te respondo. Sirva cómo excusa que estuve liada trabajando todo este tiempo.

Sí, Freud ha sido el psicoanalista más importante, ya que investigo sobre su propio ser y las personas de sus pacientes para arribar al descubrimiento del inconsciente. La neurosis obsesivo-compulsiva fue un descubrimiento suyo en una época en la que la única neurosis estudiada era la histérica.

Todas las neurosis tienen una predisposición orgánica, asientan sobre sucesos y vivencias de la primera infancia, y obviamente tiene que ver con sucesos actuales, que es por lo que un paciente se acerca al tratamiento.

La neurosis obsesiva, como todas, tiene una singular forma de actuar y de defenderse de lo real, en la que tienen particular importancia la postergación y lo imposible. Todo esto se experimenta en un tratamiento que permite arreglárselas mejor con lo que hay.

Espero publicar pronto en esta página un artículo sobre el tema.

Un saludo

Dra. Marina Averbach