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06 – Niños y Adolescentes

/06 - Niños y Adolescentes

EL ADOLESCENTE Y SU FAMILIA

abril 28th, 2006|

Suele identificarse al adolescente o la adolescente con el joven rebelde, pero no siempre es exactamente así (a partir de ahora usaremos el masculino como genérico, dando por sentado que abarca a ambos géneros). Según estudios estadísticos, la mayoría de los adolescentes, al menos en España, tienen los mismos valores sociales, religiosos y políticos que sus padres (raramente los mismos valores sexuales). Lo que ocurre, en algunos casos, es que la forma en que manifiestan sus valores puede ser distinta. Por ejemplo, un padre de pasado falangista, simpatizante del franquismo y firme defensor del orden y la unidad de España, descubre un día que su hijo se ha hecho skin hed, algo que él de ningún modo deseaba, pero que es el modo en que su hijo ha interpretado esos valores.

Pero, en general, el adolescente que adopta los valores que ha mamado en su casa no desencadena conflictos familiares, pese a que pueda estar inhibido en la búsqueda de su identidad singular, como el sujeto único que él es y no como mera reproducción de sus padres.

Así que la mayor parte de adolescentes que acuden a nuestras consultas lo hacen a instancias de ? sus padres y corresponden al tipo de “adolescentes rebeldes”.

Tenemos así, en los extremos, dos tipos de adolescentes, reflejados como tales en el cine, la TV y otros medios:

1 – El adolescente rebelde sin causa, que intenta, casi desesperadamente, cortar sus lazos afectivos con padres y, a veces, hermanos, para buscar un sí mismo, tarea no siempre fácil.

2 – El adolescente que, aunque también sufre cambios, conserva relaciones armoniosas con su familia (como Medow en la serie Los Soprano).

Y entre los dos, una amplia gama de tonos intermedios, que son la mayoría de los casos.

En la mayoría de las familias, a lo largo de la infancia, el padre es papá lo sabe todo. A falta de otras referencias y totalmente dependientes de sus padres, a los que necesitan como fuente principal de cariño y protección (incluyendo los límites, que son también una forma de protección y no la menos importante), tienden a idealizar a sus padres (algo que puede observarse incluso en niños maltratados).

Cierto es que bien pronto el niño descubre que los padres no son omnipotentes. Esto se refleja en una anécdota que me contó un padre de un hijo de 3 años. Al regresar del trabajo encontró a su hijo en la bañera acompañado por la madre:

Hijo:? ? ? ? ¡Papá! ¿Me trajiste la guitarra?

Padre:? Hijo, no sabía que querías una guitarrita. ¿Por qué no me la pediste antes?

Hijo:? ? ? ? (haciendo pucheros) Porque antes no sabía que quería una guitarra. ¡Tú tenias que saberlo! (ya no consigue contener el llanto).?

Aunque las primeras decepciones no tardan en producirse, es al llegar a la adolescencia, con sus nuevas demandas pulsionales y una mayor autonomía en su `pensamiento, que los jóvenes en tránsito a la adultez descubren que los padres están lejos de alcanzar la perfección que se les adjudicaba. Este descubrimiento produce una gran desilusión, no sólo en el hijo que comienza a juzgar por sí mismo, y no siempre favorablemente, las ideas, palabras y actos de sus padres. No es menor la desilusión de los padres al perder la incodicionalidad de sus hijos, porque siempre es agradable verse reflejado en un espejo que nos devuelve una imagen idealizada. Aquí vale el dicho: cuanto más grande el pedestal en que nos han aupado, “más dura será la caída”. Dejamos de ser modelos de padres para ser simplemente un padre y una madre y, más allá, un hombre y una mujer, con sus virtudes y defectos. Es más, los objetos ideales “padre ideal” y “madre ideal” ya no coinciden con los padres reales (precisamente porque son objetos ideales, que no existen en la realidad exterior, pero sí en la realidad psíquica). Por esa decepción, muchos adolescentes parecen perpetuamente enfadados con sus padres.

En su búsqueda de apropiarse de sí mismos, los adolescentes se sacuden el control de sus padres como una carga molesta. Pero, en una relación, todo cambio en uno de sus partícipes requiere el cambio de los otros, acomodación nada fácil para los padres, que continúan viendo en su hijo adolescente al niño que fue y temen por lo que pueda ocurrirle fuera de su control..

Hemos dicho que los adolescentes comienzan a pensar por sí mismos, pero esto no es exactamente así, también piensan con otros en el grupo de amigos, que empieza a ser un referente de ideas y valores mucho más significativo que el paterno. La amistad es una relación entre iguales, no tan jerarquizada como la familia. Entre iguales, el adolescente es un joven, no un niño.? ?

La mayoría de los adolescentes no rechaza todo control. Acepta que los padres fijen los horarios, pero ¿qué horarios? Lo que para los padres puede parecer demasiado tarde para los hijos es excesivamente temprano. Lo mismo ocurre con la paga, la hora de levantarse, ordenar la habitación y un largo etcétera. Y esto da lugar a una ardua y constante negociación en la que ambas partes deberán ceder parcialmente, no sin desgaste.

Por otro lado, los adolescentes muchas veces pueden aceptar cierta autoridad de los padres en ciertos ámbitos, pero no en el ámbito personal que sólo le incumbe a él. Pero ¿cuál es el límite entre lo personal y lo que no lo es?

Para los padres es una tarea compleja y de no fácil solución. Se supone que padres “excesivamente permisivos”, que no ponen límites claros, pueden favorecer que el hijo sienta que pasan de él. ? Si son “demasiado autoritarios”, si no dejan espacio para la progresiva independencia del hijo, producirán conflictos intensos, rebeldía, faltas de respeto o todo lo contrario: sumisión e inhibición, lo que tampoco es bueno. Los manuales aconsejan un “estilo democrático”, es decir con una buena proporción entre control y autonomía. Pero, ¿cuál es esa proporción mágica? Un ideal que, como todos los ideales, no está al alcance de los mortales. Siempre seremos un poco muy autoritarios o un poco muy permisivos, o demasiado mucho o demasiado poco… nunca alcanzaremos la perfección. Modelos de familia que nos hacen soñar con familias modelo y que introducen en los padres una perjudicial culpabilidad (que no es lo mismo que responsabilidad: actuar responsablemente ante los conflictos del hijo y, si es necesario, recurrir a un psicoterapeuta).

Los conflictos manifiestos, habitualmente, son más intensos con las madres, porque en nuestra sociedad los roles continúan distribuidos en forma desigual: El padre pasa menos tiempo en casa y es la madre la responsable del control cotidiano sobre los horarios (tema habitual de discusiones), la comida, la vestimenta.

También porque el adolescente, que siente bullir en su cuerpo la madurez sexual, empieza a rechazar las manifestaciones de afecto, tanto físicas como verbales, a las que son más proclives las madres. Comienzan por prohibir a sus padres abrazos, besos y palabras cariñosas en presencia de otros jóvenes y concluyen por oponerse en toda circunstancia (ésta, como las otras, es una generalización y, ya se sabe, toda generalización es necesariamente falsa, porque puede ocurrir exactamente lo contrario, u otra cosa).

En general, en esta batalla desigual, en la que el tiempo favorece al más joven, los conflictos se van reduciendo porque los padres van cediendo cuando se ven impotentes para imponerse. En general, hacia el final de la adolescencia, si el adolescente está un poco más seguro de sí mismo y los padres se han ido resignado a su progresiva autonomía, los conflictos manifiestos se moderan y las relaciones cogen una apariencia más armónica. Decimos en general, no siempre.

Últimamente estamos recibiendo en consulta a mucho
s adolescentes narcisistas y hedonistas, sólo preocupados por sí mismos, que no estudian ni trabajan y mantienen una relación utilitaria con los padres (situación que suele hacerse manifiesta entre el último año de la ESO, que muchos no llegan a terminar, y el comienzo de la Universidad o de la supuesta incorporación al trabajo). Los padres, por su parte, parecen carecer por completo de autoridad, por lo que no pueden ponerles límites y, habitualmente, sobre todo las madres, están desesperados en dos sentidos: muy angustiados y sin esperanzas. En algunos casos el hijo adolescente no está dispuesto a hacer una psicoterapia, aún así se puede trabajar con los padres (contener la angustia, ver qué pueden hacer para comenzar a modificar la relación, etc.). No diremos que es una nueva patología, pero sí que se está extendiendo mucho y que en ella pueden confluir distintos factores: un problema personal del adolescente, siempre presente, acompañado, en ocasiones, por un funcionamiento familiar distorsionado y un problema social, que explica la habitualidad de estos casos.

El problema principal, y al que debemos prestarle especial atención, es siempre personal e intransferible, porque el joven no tiene más remedio que vivir con la familia y en la sociedad que le han tocado en suerte. Pretender que cambien las circunstancias externas suele conducir al fracaso: no está al alcance de ningún adolescente, ni de ningún terapeuta, modificar las pautas básicas de la familia ni, mucho menos, las de la sociedad. Puesto que hay que vivir en ellas, mejor será que uno encuentre activamente su lugar.

Hecha esta aclaración, no es posible desestimar la influencia social (mucho menos considerada generalmente en psicología que la familiar, y mucho más determinante que ésta). Sólo así se explican los cambios en la manifestación de las patologías. Como dice Foucault en su libro Historia de la Locura, “cada sociedad fabrica sus enfermedades”. Así, y sin irnos muy lejos, a partir de los años 50 empezaron a generalizarse los “rebeldes sin causa”, en los 70 la rebeldía encontró su causa más en la sociedad que en la familia, y a partir de fines de los 80 se popularizaron las inhibiciones, aparentemente asintomáticas, pero sólo aparentemente.

Vivimos hoy en Occidente, y desde hace años, en una sociedad que, por un lado, ya no es la sociedad del trabajo y del idealismo que conocimos en nuestra juventud: supuesto fin de las ideologías y fin de la historia, que dejan al joven sin lugar para utopías; creciente desempleo juvenil, que quita sentido al esfuerzo en el estudio (a medida que el acceso a los estudios se ha democratizado, paradójicamente, ha disminuido el valor de las titulaciones); los jóvenes que no destacan en los estudios, condenados al paro o a un trabajo basura, y con una vida aceptable en casa de sus padres, ¿para qué van a trabajar?.

Por otro lado, la sociedad ofrece constantemente objetos para el goce hedonista y narcisista, sean drogas, alcohol, juegos, espacios virtuales. Objetos que el adolescente, y no sólo el adolescente, puede controlar imaginariamente, siempre a su alcance, siempre disponible. ? ? ? ?

Otros adolescentes presentan otras muchas dificultades: depresiones, problemas de conducta, problemas emocionales, fracaso escolar, o mucha conflictividad, rebeldía sin causa aparente, desafío abierto a la autoridad, u otras inhibiciones y síntomas psicológicos. En esos casos, dejemos en paz a los manuales y entendamos que, mucho mejor que culparnos, es brindarle al adolescente en dificultades la posibilidad de una psicoterapia individual, un espacio propio para pensar en voz alta frente a un profesional que escucha, sin que sea invadido por los otros (padres o amigos).

LOS PROBLEMAS PSICOLÓGICOS EN LA INFANCIA Y SUS CAUSAS

diciembre 13th, 2005|

Una vez resuelto el diagnóstico (tema tratado en otro artículo), querremos saber ¿por qué nuestro hijo tiene problemas psíquicos?.

Existe una tendencia, bastante generalizada hoy en día, a atribuir a todos los trastornos psíquicos causas biológicas (incluidas las genéticas, que también son biológicas), con lo que éstos ya no serían trastornos mentales sino trastornos cerebrales o neurológicos. La psiquiatría se reduciría así a una rama de la neurología y la psicoterapia perdería su razón de ser.

Sorprende muchas veces la ligereza con la que se afirma que tal o cual trastorno es de causa orgánica, cuando en realidad son muy pocos los trastornos psíquicos de probado origen orgánico. En la amplia mayoría de los casos el posible origen orgánico no pasa de ser una hipótesis.

Incluso el hallazgo de ciertas alteraciones bioquímicas que puedan presentarse, con relativa frecuencia estadística, asociadas a ciertos trastornos, no nos autoriza a afirmar que los originen. En ciencia las relaciones de simultaneidad no se confunden con las causas. Por ejemplo, el crecimiento del pelo y el de los dientes pueden ser simultáneos en un bebé, pero esto no significa que uno cause al otro, sino que ambos tienen una causa común (el programa genético).

El problema es aún más complejo en el tema que nos ocupa. Como explicamos en el artículo sobre depresión, sabemos que ciertos trastornos orgánicos producen una alteración de mecanismos receptores neuronales y depresión (que podemos suponer, en estos casos, secundaria a la alteración). Pero también sabemos que ciertos acontecimientos vitales traumáticos (muerte de un ser querido, separación o peleas de los padres, pérdida de un juguete valorado) producen depresión y alteración de mecanismos receptores neuronales (y en estos casos tenemos razones para suponer que el acontecimiento traumático ha producido esa alteración o, al menos, que la ha precedido). Con lo que nos encontramos ante la vieja disyuntiva entre la gallina y el huevo, para la que no hay una respuesta correcta simplemente porque la pregunta está mal planteada.

No es nueva la tendencia a atribuir una causa única a todos los trastornos mentales o psíquicos de todas las personas. Pero estas generalizaciones obedecen a razones más ideológicas que científicas (entiéndase bien, hablamos de ideologías psiquiátricas o psicológicas, no políticas). Así en los años 60, a partir del hallazgo realizado por algunos investigadores de que los trastornos psíquicos infantiles estaban frecuentemente asociados a problemas familiares, se generalizó la hipótesis de que dichos trastornos eran producidos por una disfunción familiar. Pero la experiencia clínica nos demuestra que esto puede ser cierto en algunos casos, pero no en todos, y que en muchas ocasiones nos encontramos con niños o adolescentes con dificultades psicológicas cuyas familias no pueden ser consideradas de ningún modo disfuncionales. Algo similar ocurrió con las hipótesis sociológicas habituales en los 70, y otras.

Creemos que el funcionamiento psíquico es un sistema complejo que responde a múltiples causalidades (orgánicas, psicológicas o psíquicas, relacionales) y que lo conveniente es estudiar en cada persona (niño o adulto) qué es lo que está fallando, es decir, funcionando de un modo que es perjudicial para la propia persona.

Todos estos factores seguramente han contribuido, aunque en diversa medida, a configurar la situación vital por la que el pequeño paciente ha sido conducido a la consulta. Nos encontraremos con algunos casos en los que la situación familiar (separación de los padres, conflictos con los hermanos, etc.), incluso la situación social, ejercen un papel significativo; en otros casos (pocos) encontraremos un factor orgánico definido; y habrán otros muchos en los que predominarán problemas psicológicos del propio niño o adolescente. ¿Por qué presuponer una causa única antes de haber escuchado al niño y a su familia?. Es como poner el carro delante de los caballos

?

El Pronóstico

Los padres, lógicamente, querrán saber cuál es el pronóstico para su hijo, es decir, qué expectativas razonables pueden tener en un tiempo dado. Esto dependerá, en gran medida, del trastorno que presente su hijo. Evidentemente no es lo mismo un niño autista que un niño hiperkinético, ni éste que un niño excesivamente inquieto.

En cualquier caso, será importante que el profesional, luego de las entrevistas diagnósticas, exprese a los padres, con claridad y franqueza, qué progresos pueden esperar de su hijo y cuánto tiempo podrá llevar el que esos resultados sean apreciables, entendiendo, eso sí, que el tiempo es un factor muy variable, y depende no sólo de la idoneidad profesional sino, en buena medida, de la disposición del niño y la colaboración de los propios padres, que serán agentes activos del proceso, tanto más activos cuanto menor sea la edad del niño.

Lo importante es entender que, pese a la resistencia que pueda tener una familia a que su hijo realice un tratamiento psicológico o psiquiátrico, las expectativas serán siempre mejores con un tratamiento adecuado que sin él.

LOS PROBLEMAS PSICOLÓGICOS EN LA INFANCIA Y SU DIAGNÓSTICO

noviembre 24th, 2005|

Nuestro hijo tiene problemas. No va bien en el colegio, no puede estarse quieto, pierde el control con facilidad, no tiene amigos, se angustia mucho, no se le puede llevar la contraria o cualquier otra dificultad que parece señalar que no funciona como los otros niños, que hay un problema.

Nos lo han advertido en el colegio, o lo hemos notado nosotros mismos, o, menos frecuentemente, nos lo ha hecho ver un amigo, lo mismo da. En cualquier caso, lo más probable es que nos angustiemos. En la mayoría de los casos los problemas psíquicos de los hijos, sobre todo si son menores de edad, nos afectan más que los propios.

Lo lógico sería acudir a un especialista, pero muchas veces existe una resistencia a realizar esa consulta, a admitir que nuestro hijo tiene problemas y necesita atención psiquiátrica o psicológica.

Probablemente alguien, ya sea un maestro o psicopedagogo del colegio, una amiga más informada, un médico conocido o una revista de divulgación, nos propondrá respuestas a nuestras inquietudes. Muchas veces nuestra propia ansiedad nos llevará, antes o después de la consulta especializada, a consultar textos de divulgación o páginas web como ésta.

Lo primero que queremos saber es qué le pasa, demanda de saber totalmente lógica. La ignorancia nos llena de angustia.

El Diagnóstico

El ICD 10 (Clasificación de trastornos mentales según criterios de la OMS) nos ofrece 77 diagnósticos de trastornos de comienzo en la infancia, la niñez o la adolescencia. El DSM IV – R (Criterios diagnósticos de la Asociación de Psiquiatras Americanos), más difundido porque es el que suelen usar los textos de divulgación, mayoritariamente de origen estadounidense, nos propone sólo 34 trastornos, agrupados en:

– Retraso mental
– Trastornos del aprendizaje
– Trastornos de las habilidades motoras
– Trastornos de la comunicación
– Trastornos generalizados del desarrollo (autismo y otros síndromes similares)
– Trastornos por déficit de atención con hiperactividad.
– Trastornos disociales
– Trastornos de la ingestión y de la conducta alimentaria de la infancia o de la niñez (anorexia, bulimia y otros)
– Trastornos de tics
– Trastornos de la eliminación (encopresis y enuresis)
– Otros trastornos de la infancia, la niñez o la adolescencia (trastornos de ansiedad, etc.)

Lo que hay que tener en cuenta es que estas clasificaciones diagnósticas se hicieron con vistas a poder realizar estudios estadísticos. Consecuentemente, ambas clasificaciones surgieron de discusiones y transacciones entre profesionales de distintas corrientes y escuelas, por lo que en la práctica nos encontramos muchas veces con distintos diagnósticos hechos por distintos profesionales para una misma persona, sin que esto implique desconocimiento profesional de ninguno de ellos.

Además, trastornos como la anorexia, bulimia, encopresis, enuresis, tics, ansiedad, etc., aún cuando figuren como trastornos específicos en las clasificaciones? con fines estadísticos, son síntomas que pueden responder a muy distintas causas y, por lo tanto, justificar diferentes diagnósticos. Por esa razón en las clasificaciones diagnósticas suelen incluirse como limitación diagnóstica frases como “siempre y cuando (los síntomas) no puedan explicarse mejor por otro trastorno”

Lo que queremos decir, aún respetando las opiniones que pudiera haber en contrario, es que no necesariamente nuestro hijo debe coincidir con algunas de las descripciones diagnósticas al uso y que, salvo en casos muy determinados, es preferible mantener el diagnóstico abierto. Esto no quiere decir no hacer ningún diagnóstico, y mucho menos no ubicar a sus padres para que conozcan en qué situación se encuentra su hijo. Pero este diagnóstico puede ser dinámico, es decir, estar abierto a los cambios que pudieran producirse.

Un diagnóstico puede, en ocasiones, calmar la ansiedad de los padres que ahora pueden nombrar el trastorno de su hijo. Pero también puede, al contrario, generar nuevas ansiedades, sobre todo si es entendido como una condena y no como una descripción de la situación en que se encuentra el niño o el adolescente.

También corremos el riesgo de encuadrar a nuestro hijo. A partir del diagnóstico es posible que interpretemos todas sus expresiones verbales o conductuales en función del diagnóstico, reforzándolo inconscientemente. Lo mismo puede ocurrir con maestros y otras personas en relación con el niño. Un niño es un sujeto dinámico, en constante movimiento y cambio, y un diagnóstico es algo así como una foto fija que puede congelar un momento de su desarrollo atribuyéndole un valor absoluto, lo que puede condicionar su evolución.

Además, esta manera mecanicista de entender el diagnóstico puede dar lugar a una paradoja: si el profesional percibe que se encuentra ante una situación problemática, que requiere su intervención, se verá forzado a asignarle un diagnóstico, es decir: una patología, al niño o al adolescente, para así justificar el tratamiento. Y en la práctica clínica existen muchas situaciones que aconsejan una intervención precoz, aún cuando no exista una patología diagnosticable, precisamente para prevenir su aparición.

María es una niña de 10 años, sana, alegre, buena alumna, pero tiene rabietas (preferimos llamarlas así antes que falta de control de impulsos, que ya parece indicar una patología). Con cierta frecuencia, por algún problema menor, estalla en llanto, gritos, insultos.

Bastan unas pocas entrevistas para ver que lo que ocurre, contra toda apariencia, es que María se controla demasiado. Este control sobre pensamientos, sentimientos y emociones que esconde en sí misma, termina por desbordar periódicamente, produciendo el estallido emocional, estallido que luego le produce sentimientos de culpa. La psicoterapia le brinda un espacio protegido, exclusivamente suyo, en el que expresar ideas y afectos que, por razones que no vienen al caso, no se siente con derecho a expresar en el entorno familiar o escolar.

Sabrina se resiste enérgicamente a ir al colegio. Las maestras no lo entienden: es buena alumna, no tiene problemas aparentes con sus compañeros, pero ella quiere permanecer en casa con su mamá. Carlos es buen hijo y buen estudiante, pero no tiene amigos, no juega en los recreos o sólo lo hace forzado por los maestros, está aislado socialmente.

Ninguno de estos casos tiene una entidad suficiente para justificar un diagnóstico psiquiátrico o psicopatológico, pero esto no significa que estos chicos no puedan beneficiarse de una psicoterapia ni que no la necesiten.

Particularmente ejemplar nos parece el caso de María, porque ella sí tuvo un diagnóstico: un Trastorno de Control de Impulsos. Quizás el profesional que hizo ese diagnóstico quiso expresar con él la necesidad de realizar un tratamiento. Y fue eficaz. Porque una vez que los padres tuvieron un diagnóstico para su hija, aceptaron que ésta realizara una psicoterapia a la que hasta entonces se resistían.

Psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas, como en todas las profesiones, tenemos nuestra propia jerga profesional. Esta jerga, trasladada al ámbito profano, puede tener efectos perniciosos. Una rabieta está incluida en lo que podemos llamar n
ormalidad
. Un trastorno en el control de los impulsos, en cambio, parece remitirnos a una patología, una enfermedad.

El efecto indeseado es que ese niño con dificultades psicológicas, después del diagnóstico, muchas veces pasa a ser imaginarizado como un niño enfermo por sus padres, por sus docentes y por sí mismo. Los padres pueden sentirse inclinados a desrensponsabilizar al niño por sus conductas (falta de aplicación en los estudios, rabietas, caprichos), ya que estas parecerían ser responsabilidad de su enfermedad. A la vez, pueden experimentar frustración e ira, porque ese niño, que deseaban e imaginaban sano, está enfermo.

La confusión de los padres se traslada al niño, porque él, como todo niño, necesita una mezcla compleja de afecto y severidad, comprensión y reprimendas, para sentirse seguro, para sentir que sus padres son garantes de un orden necesario para su propio funcionamiento y autonomía.

Por eso proponemos un diagnóstico que no se limite a nombrar una categoría diagnóstica de cualquier clasificación, que no sea una etiqueta, sino una explicación dinámica del momento que está atravesando el niño, de sus conflictos psíquicos, de su funcionamiento en la familia, en el colegio y con otros niños de su edad, de las dificultades y problemas psicológicos con los que se enfrenta y con los que tendrá que habérselas.

De? la concepción que tengamos del diagnóstico? dependerá cómo encararemos las primeras entrevistas. Si nos limitaremos ha aplicarle ciertos test, informarnos de los acontecimientos pautados de su breve historia de vida (a qué edad comenzó a hablar, dio los primeros pasos, etc.), su rendimiento escolar, los siempre peligrosos y discutidos coeficientes intelectuales, etc.; o si escucharemos sin prejuicios al niño y su familia, sus problemas y preocupaciones, sus fantasías, acontecimientos o frases que se repiten, y que muchas veces escapan de una entrevista rígidamente pautada como el agua de un colador.

Luis Teszkiewicz

Angustia de los adolescentes (versión para jóvenes)

octubre 10th, 2005|

Tengo veinte años; no dejaré que nadie diga que es la más bella edad de la vida. (Paul Nizan, “Adén Arabia”)

Estadísticamente la adolescencia es, después de la vejez, la edad en que se producen más suicidios e intentos de suicidio. Si bien éstas son situaciones límite, pueden hacernos pensar que la adolescencia no es una edad tan maravillosa cuando se la vive como cuando se la recuerda. Pero, ¿qué es la adolescencia?.

El diccionario la define por lo que no es: “época de la vida que marca la transición entre la infancia y la edad adulta”, entre la pubertad y la madurez biológica. Pero ¿quién que entre 18 y 20 años se atreverá a afirmar que es adulto/a? Si la adolescencia es la edad en que uno completa su formación y se prepara para su incorporación al mercado laboral, puede extenderse hasta los 22 o 25 años (o indefinidamente, tal y como está el mercado laboral). Si también consideramos que un rasgo distintivo de la madurez es la constitución de una nueva familia y/o el abandono de la vivienda de los padres, la adolescencia puede extenderse hasta los 30 años (o indefinidamente, tal y como está el mercado inmobiliario).

Por eso preferimos definir a la adolescencia como aquella etapa en que la vida se conjuga, fundamentalmente, en tiempo futuro. Dos sentimientos caracterizan esta etapa: la ambición y la angustia . Ambición, porque el adolescente aún no se ha topado con las inevitables frustraciones que impone la dura realidad y, por lo tanto, todo es posible; y angustia, porque si todo es posible, también lo es que nunca se realicen sus ambiciones, o que suceda lo peor (aunque el adolescente no sepa muchas veces qué es lo peor, ni qué lo angustia).

Pero, en la actualidad, la mayoría de los adolescentes carece de ambición. Desde que han nacido se han encontrado con un discurso post-moderno que afirma que han llegado el fin de la historia y el fin de las ideologías, el éxito económico parece reservado a unos pocos, y el amor y el trabajo son valores en desuso. ¿Cómo ambicionar un futuro si no hay futuro?

La ausencia de un proyecto de futuro no elimina la angustia, pero favorece que ésta se manifieste en el exceso sin hacerse consciente. Exceso de drogas o alcohol, sustancias que suelen consumirse por sus efectos antiansiosos o antidepresivos. Exceso de velocidad o de otro tipo de riesgos, incluido el sexo sin medidas preventivas (la reacción del organismo al peligro también es antidepresiva). O exceso de pasividad: ausencia de deseos, fracaso en los estudios, apatía.

A veces no alcanzan la familia y los amigos para habérselas con un malestar del que se desconoce la causa. En estos casos, es necesario tener el valor de coger el toro por los cuernos y arriesgarse a una psicoterapia. Pero este es un paso que el joven adolescente debe dar por sí mismo (con o sin el apoyo de los padres, porque puede que a éstos no les guste que se hable de ellos en un espacio sobre el que carecen de poder, tengan miedo a reconocer que su hijo requiere una ayuda que sus padres no pueden darle y, peor aún, a que su hijo tome en el transcurso de su terapia decisiones que no sean conformes a sus expectativas).

Pero las resitencias de los padres pueden también encubrir las resitencias de los hijos. Es difícil aceptar que uno no puede arreglárselas sólo, cuando en realidad la angustia o la depresión son ya el modo en que intentamos arreglárnoslas solos. También es habitual temer el menosprecio de los otros por nuestra dificultad para arreglárnosla solos, sin considerar que ese menosprecio es menos común de lo que nuestro miedo supone y, en todo caso, sólo manifiesta el miedo de esos otros a reconocer que ellos tampoco están tan bien en su piel.

 

¿Qué vas a ser cuando seas grande?

septiembre 6th, 2005|

Marina Averbach Provisor – Psiquiatra y Psicoterapeuta.
Luis Teszkiewicz –
Analista.

Un niño pequeño responde: “Cuando sea grande me casaré con mamá… y voy a tener todas las cosas que hay”.

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Para responder a la pregunta se ve forzado a conjugar un tiempo futuro difícilmente imaginable con las pocas herramientas de que dispone. Pero el sólo imaginarlo es ya un reconocimiento de que hay algo que no se tiene: si me casaré con mamá es porque no estoy casado con ella, y ella está, generalmente, casada con otro hombre que, en la mayor parte de los casos, es mi papá; si voy a tener todas las cosas, es porque no las tengo.

Más adelante, el niño aprende que la mujer que él más quiere, la madre, es precisamente la que le está más prohibida, por lo que el ansia de poseer una mujer, como su padre, se desplaza a la chacha, la maestra, una amiguita. No muy diferente es la historia amorosa de la niña: también es habitual que ella quiera casarse con su madre y, sólo cuando aprehenda que es niña y no niño, en la mayoría de los casos, preferirá al padre.

Al mismo tiempo, va descubriendo que la realidad impone limitaciones y que tendrá que elegir entre ser médico, bombero o futbolista, o, como un niño muy despabilado, “jubilado como el abuelo, que no tiene que trabajar y tiene tiempo para ir al parque conmigo”. Ha aprendido que no se puede ser todo, que es necesario elegir algo, pero el juego de posibilidades es todavía muy amplio: hoy será médico, mañana abogado.

Esta libertad no dura mucho tiempo. Apenas abandonada la pubertad se le impone una elección: ciencias puras, ciencias sociales, humanidades; elección determinante para el resto de su vida. Poco después la elección se restringirá a una sola carrera que lo encerrará “en la prosperidad o en la desgracia”. Peor aún, la posibilidad de elección se verá restringida en función del rendimiento académico precoz. ¿Cuántos fracasos en los estudios a los 16/17 años han concluido en buenos profesionales?. Sometidos al mundo ultracompetitivo del presente hubieran perdido el tren.

No se trata de sumar a las múltiples presiones que sufre el adolescente la de los padres; pero tampoco puede aguardarse a que el tiempo resuelva sus problemas, porque puede que para entonces sea demasiado tarde. Al adolescente no sólo se le exige que resuelva la conflictiva propia de su edad, sino que lo haga rápidamente.

Honrarás Padre y Madre

agosto 5th, 2005|

Marina Averbach
Luis Teszkiewicz

En los años cuarenta, el antropólogo Lèvi–Strauss convivió con tribus primitivas del Brasil para estudiar sus relaciones familiares . Descubrió allí que el sistema de parentesco está compuesto por dos sub–sistemas:

1º- El establecido por los nombres de las relaciones familiares (marido/mujer, padre/hijo, hermano/hermana, tío/sobrino, etc.)
2º- El de los afectos, desde el amor al odio, que se establecen entre sus miembros.

A cada nombre le corresponden afectos obligatorios y afectos prohibidos. Por ejemplo: un hijo debe amar a su padre y tiene prohibido odiarlo. Deber y prohibición que no necesitan ninguna ley escrita, ni humana ni divina. Imaginemos el absurdo de unas Cortes que pretendieran legislar los sentimientos.

En cuanto a la Ley de Dios (los diez mandamientos), se limita a establecer la obligatoriedad de honrar padre y madre, es decir, respetar y obedecer, no amar.

Existe otra ley, no escrita, que legisla los sentimientos: una ley que establece que no amar al padre es de mal nacido. Poco importa que esta ley sea de continuo transgredida, también lo son las leyes de las Cortes y las de Dios, quien odia a su padre sabe que este sentimiento está mal, y este saber señala la existencia de una ley. Es más, todo sujeto humano, en algún momento de su vida, consciente o inconscientemente, odia a su padre.

Cuando el padre castiga al niño, el niño lo odia, aunque ese odio no sea necesariamente duradero y esté atenuado por el cariño que, al mismo tiempo, siente hacia el padre. No es raro oír a un niño decir al padre te voy a matar o, más habitualmente, ojalá te mueras, que quiere decir lo mismo, sólo que el niño es consciente de su debilidad para acometer tan grande empresa (tan grande como grande es el padre, y pequeño el niño). Lo más probable es que reciba un cachete. Y, a fuerza de cachetes, aprende a callar.

Pero si el silencio evita el castigo paterno, no puede evitar el sentimiento de culpa. Como ese sentimiento no es placentero, aprende también a olvidar que lo ha pensado y, con el tiempo, a no pensar que lo piensa.

Tenemos así una ley que está en contradicción con la existencia humana: esta prohibido odiar al padre, pero hay veces en que odiar a los seres próximos es tan inevitable como amarlos.

La solución que encuentra el niño es la misma que la que, según Lèvi-Strauss, encuentra el hombre primitivo: los afectos forzosos, en este caso el amor, serán conscientes; y los prohibidos (el odio), inconscientes. Pero que sean inconscientes no quiere decir que no existan. Lo que una vez se pensó, ya no puede ser borrado; y el olvido no excluye la memoria, claro que inconsciente.

El problema de este olvido precoz es que lo que no es consciente no puede ser confesado, ni al confesor ni al padre, ni, lo más grave, a uno mismo. Y lo que uno mismo no se confiesa no puede perdonarse. Nadie nos dirá “ni venial el pecado”, ni “es normal odiar a los seres queridos, tan normal como amarlos”.