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02 – Ataques de Pánico, Trastornos de Ansiedad, Fobias

/02 - Ataques de Pánico, Trastornos de Ansiedad, Fobias

DÍA MUNDIAL DE LA SALUD MENTAL 2016

Octubre 10th, 2016|

1 de cada 5 españoles (20%) ha padecido, padece o padecerá algún trastorno mental diagnosticado (hay muchos más sin diagnosticar porque no han consultado)

En el momento actual 1 de cada 10 españoles (10%) tiene algún tipo de tratamiento psiquiátrico, psicológico o psicoterapéutico.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) estima que 1 de cada 4 personas (25%) tiene un trastorno mental actual en el mundo*. Si las cifras en España son menores puede ser porque la salud mental de la población española es mejor, o porque los españoles consultan menos.

Pese a la frecuencia del padecimiento de trastornos mentales, más o menos severos, todavía en España no se aceptan estos trastornos con la misma naturalidad que otras enfermedades. Muchas personas que los padecen se dan múltiples excusas para no consultar. Quienes consultan muchas veces lo ocultan a familiares, amigos y conocidos como si de una vergüenza se tratara. Pareciera que reconocer que uno tiene problemas psíquicos o psicológicos y solicitar ayuda profesional implicara un estigma. Como si quienes padecen de sí mismos fueran “apestados” y no personas valiosas que requieren ayuda en algún momento de sus vidas.

Como sostiene el movimiento social asociativo Salud Mental España en su campaña con motivo del día mundial de la salud mental:“nadie elige tener un problema de salud mental, encontrarse mal o sufrir”. “Es cuestión de informarse, charlar, escuchar y apoyarse mutuamente”, dice González Zapico, presidente de esta confederación.

Hoy, 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, conmemorado en más de 100 países, no está de más reflexionar sobre esta falta de visibilidad de las personas afectadas de algún problema mental o psicológico y los prejuicios que les dificultan acceder a la atención profesional que necesitan. Hoy y todos los días.

*La información ha sido recogida del periódico digital lainformacion.com

10 BUENAS RAZONES PARA CONSULTARA UN PSICÓLOGO

Octubre 1st, 2016|

¿Cuándo debo considerar que mis dificultades son parte del sufrimiento común de la vida? ¿Cuándo debemos pensar que ocurre algo más y consultar a un psicólogo?

Cuando existen trastornos mentales precisos la respuesta es sencilla: siempre. Pero con otras dificultades no tan definidas la frontera puede ser más confusa.

No podemos dar una respuesta general a estas preguntas que algunas personas nos han realizado en el blog, pero sí mencionar 10 situaciones (hay más) en las que la mayoría de las personas no suelen consultar, y deberían hacerlo:

1-Una emoción negativa que dura demasiado.

Todos sufrimos ansiedad de vez en cuando. Por ejemplo presentarnos a un examen, sufrir un accidente, tener que entregar un trabajo en determinada fecha, son hechos que provocan estrés y ansiedad en casi todas las personas.

Una mudanza, una separación, la pérdida de un ser querido, producen aun más estrés, ansiedad y/o depresión. Hay emociones negativas que no pueden evitarse porque forman parte de la vida y son consecuencia natural de algunos de sus avatares. ¿Pero qué pasa cuando duran más de lo esperable?

Estar un año, o incluso dos, deprimido por una separación puede ser normal; pasarse seis meses sin salir de casa es preocupante.

Estar preocupado por haber tenido un accidente o padecer una enfermedad es normal; “torturarse” porque “podría” sufrirse un accidente o contagiarse una enfermedad podemos considerarlo no tan normal.

Estar intensamente triste, ansioso o angustiado continuamente sin motivo aparente implica que ese motivo es desconocido para la persona que lo padece.

Ante estos síntomas es conveniente consultar a un psicoterapeuta.

(Nota: Como hemos explicado en otro artículo, la psicoterapia es el tratamiento de los problemas psicológicos y emocionales por medio de la palabra, y psicoterapeuta el profesional que la realiza. Psicólogo es un título universitario que, en su especialidad clínica, habilita al ejercicio de la psicoterapia. En el presente artículo utilizamos indistintamente los términos psicólogo y psicoterapeuta)

2- Haber padecido más de un ataque de pánico.

Los ataques de pánico se caracterizan por sensaciones de asfixia, ahogo, palpitaciones y, sobre todo, impresión de muerte inminente.

Cuando una persona sufre un ataque de pánico consulta a un médico o acude a urgencias hospitalarias. Si los médicos no encuentran ninguna causa orgánica para estos síntomas diagnostican ansiedad y recetan algún ansiolítico.

Si la crisis se repite vuelven a acudir a urgencias con el mismo resultado o la soportan estoicamente. Lo que casi nunca hacen es consultar a un psicólogo, porque difícilmente aceptan que esos síntomas físicos puedan ser de origen psicológico.

Si ese es su caso y no quiere vivir permanentemente en una espiral de temor a padecer un ataque, conductas evitativas de lugares en los que no sea fácil acceder a una atención médica inmediata (espacios cerrados o abiertos, supermercados, cines, salas de espectáculo…) y miedo a la enfermedad y la muerte, necesita consultar a un psicólogo.

3- Padecer de enfermedades psicosomáticas

Cuando uno padece de uno o más síntomas en el cuerpo debe consultar a un médico. Pero si, después de una revisión clínica y algunos estudios, no se encuentran causas en el cuerpo, no hay más remedio que buscarlas en la mente.

Esto es así porque mente y cuerpo están íntimamente relacionados y se afectan mutuamente. Ciertas enfermedades orgánicas pueden producir síntomas y trastornos mentales. Del mismo modo muchos problemas psícológicos originan síntomas en el cuerpo.

Si ha acudido al médico, éste ha considerado su malestar de posible origen psíquico y los síntomas persisten o se reiteran, consulte a un psicólogo.

4- Ciertos rasgos de personalidad producen sufrimiento en sí mismo o en terceros.

La personalidad y el carácter suelen ser estables a lo largo del tiempo. Un cambio radical (irascibilidad, impulsividad, agresividad con otros o consigo mismo, celos desmedidos, llanto inmotivado y muchos otros) puede ser síntoma de depresión encubierta, inestabilidad emocional, un trastorno de personalidad o, incluso, los primeros síntomas de una psicosis. Es preferible no esperar a que la enfermedad se desencadene en toda su virulencia.

Hay personas que viven con un sentimiento crónico de vacío. Necesitan mucho afecto pero sin darse cuenta alejan de sí a la gente, por lo que se sienten rechazados. No toleran la frustración, pero son presa fácil de ella. Idealizan a su pareja o amigos y ante la menor decepción los desvalorizan. Pasan del amor extremo al odio cuando se sienten decepcionados. Tienden a consumir alcohol u otras sustancias, asumen riesgos innecesarios, viven al límite, en un continuo sobresalto.

En un sentido opuesto hay personas perseverantes, obstinadas, preocupadas por detalles, exageradamente críticas consigo mismo y con los demás y, al mismo tiempo, dubitativas. En la mayoría de los casos la obsesividad excesiva afecta a la eficiencia en el trabajo; la alteración de normas o hábitos produce ansiedad y/o agresividad; las relaciones de parejas y con amigos están perturbadas por la frialdad afectiva y las “manías”. Y lo peor es que les es difícil experimentar placer ya que la obsesividad no descansa ni en tiempo de ocio.

Otras personas muestran una emotividad intensa y un exceso de emoción expresada. Necesitan ser siempre el centro de la atención. Esto puede hacer que sean seductoras y dramáticas, con relaciones intensas y conflictivas.

Los nombrados sólo son algunos ejemplos de comportamientos que pueden producir mucho sufrimiento sin que la persona piense que tiene una dificultad por la que debería consultar a un psicólogo, porque los experimenta como parte de su carácter o personalidad, y cree que no pueden cambiarse; o, al contrario, teme que una psicoterapia le haga perder su personalidad. No es así, hay métodos terapéuticos para intentar solucionar lo que no funciona, o funciona mal, respetando la individualidad de la persona.

5- No dormir bien es un problema más serio de lo que mucha gente cree.

Dormir un mínimo de seis horas diarias es necesario para la salud física y mental. Un insomnio prolongado puede alterar sensiblemente la estabilidad psíquica y emocional.

Si le cuesta conciliar o mantener el sueño, se despierta reiteradamente y tiene dificultad para volver a dormirse, debería consultar a un neurólogo o a un psiquiatra para remediarlo.

6- ¿Está aislado socialmente?.

Si usted en situaciones sociales manifiesta una gran inhibición que impide expresarse, sentimientos de inferioridad y mucha sensibilidad a posibles juicios negativos, es probable que padezca fobia social, un trastorno que tiene tratamiento psicológico.

¿Es vergonzoso, tímido, solitario y aislado? ¿No está contento con esta soledad y aislamiento? ¿En realidad desea tener más y mejores relaciones con otros y sufre por su soledad? ¿Pero a la vez evita las situaciones sociales por la ansiedad o malestar que le producen? En ese caso puede padecer un trastorno de personalidad por evitación, un trastorno más resistente pero que, como todo trastorno de personalidad, puede tratarse con psicoterapia.

7- Tener dificultades serias con el estado de ánimo.

Tanto la intensa tristeza en una persona que anteriormente se mostraba alegre, como la euforia excesiva e imprevista, o la alternancia entre esos estados de ánimo extremos en personas que supieron ser más estables, pueden ser señales de que se puede estar experimentando un trastorno del estádo de animo.

Las personas que sufren trastornos del humor muchas veces consultan al psiquiatra, pero raramente consultan a un psicólogo. Hacen mal, porque la medicación puede atenuar los síntomas más acuciantes, pero no puede resolver estos problemas en profundidad como sí puede hacerlo una psicoterapia.

8 – Infancias poco felices

El diagnóstico más frecuente con el que los niños vienen a consulta es el Trastorno por Déficit de Atención con o sin hiperactividad (TDAH), quizás porque es el que más habitualmente se realiza en niños. Muchos padres consultan al psicólogo o psicoterapeuta especializado en niños porque se resisten a medicar a sus hijos o no quieren que dependad indefinidamente de la medicación.

Pero pueden presentarse muchas otras dificultades psicológicas en la infancia a las que se da menos importancia porque son menos conflictivas para padres y docentes: encopresis (defecación involuntaria de un niño de más de tres años sin causas orgánicas) o enuresis (orinarse en la cama); síntomas obsesivos y compulsivos precoces; pesadillas, temores y angustias infantiles; sentimientos de impotencia y falta de confianza en sí mismos; omnipotencia temeraria; ánimo triste sostenido; rabietas intensas; etc. Signos todos ellos de perturbaciones emocionales tempranas.

Los padres no suelen consultar a un psicólogo de niños porque atribuyen erróneamente las causas de estas dificultades a faltas disciplinarias o educativas. Pero la infancia no siempre es ese paraíso que el adulto rememora cuando lo ha perdido.

Otro motivo por el que no se suele consultar a un psicoterapeuta es el prejuicio de que “es demasiado pequeño para ir al psicólogo”. En la práctica clínica ocurre todo lo contrario: cuanto más precoz es una psicoterapia más probabilidades tiene de ser más breve y más eficaz, tanto en los beneficios terapéuticos rápidos como en la prevención a largo plazo de problemas mayores.

9 – Adolescencias difíciles.

El psicólogo Aníbal Ponce decía que dos sentimientos caracterizan a la adolescencia: la ambición y la angustia. Ambición de los adolescentes porque aún no se ha topado con las inevitables frustraciones que impone la dura realidad y, por lo tanto, todo es posible; y angustia de los adolescentes porque, si todo es posible, también lo es lo peor.

Conflictos familiares; abuso de alcohol, dorgas o internet; una actitud “pasota”ante los estudios y obligaciones, irresponsabilidad y rebeldía; inhibición, retraimiento social y depresión, son algunas de las manifestaciones más frecuentes.

Cuando de nada sirve nuestra experiencia, porque la experiencia es, por definición, intransferible; cuando de nada sirven nuestros consejos, que a veces bastan para que el adolescente haga exactamente lo contrario; cuando de nada sirven el exceso de rigor ni el exceso de comprensión, cuando asistimos impotentes al proceso autodestructivo de un hijo; ha llegado la hora de consultar a un psicoterapeuta.

10 – Instatisfacción con la propia vida y el modo en que se está desarrollando

Mucha gente se siente insatisfecha con su vida, imposibilitada de disfrutarla, sin entusiasmo ni motivación. Han vivido mejor o peor, alcanzado más o menos sus objetivos, pero llega un momento en que no se reconocen a sí mismos y se preguntan “¿Quién soy yo?”. Quisieran cambiar su vida pero no saben como hacerlo.

Generalmente no se les ocurre consultar a un psicólogo porque no ven de qué modo podría ayudarlos. Y, sin embargo, estar insatisfecho y querer cambiar puede ser el mejor motivo para realizar una psicoterapia. Son esas personas, con esos conflictos, las que mejor provecho sacan de ella.

TRAUMA y MÉTODO EMDR

Febrero 8th, 2016|

La palabra trauma en griego significa “herida”. El trauma al que nos referimos es una “herida psicológica” que puede ser provocada por diversas situaciones.

La importancia de las causas del trauma no determina la calidad del daño que éste produce. Hay personas que han sobrellevado con bastante entereza psicológica y emocional grandes catástrofes y otras que parecen sucumbir ante traumas de menor envergadura aparente. Porque los efectos de los traumas dependen de cada persona, de su historia y entorno afectivo, del momento en que se hayan producido y de su reiteración a lo largo del tiempo.

UN APUNTE SOBRE SU ORIGEN

En 1987 la psicóloga Francine Shapiro descubrió que ciertos movimientos oculares reducían la angustia producida por pensamientos negativos. Inició entonces una investigación con sujetos traumatizados que concluyeron comprobando que el EMDR reducía de manera significativa los síntomas del Trastorno por Estrés Post Traumático.

En 1994 recibió el Premio a la Destacada Consecución Científica en Psicología otorgado por la Asociación Californiana de Psicología por este método terapéutico.

Desde entonces la práctica EMDR no ha dejado de extenderse a diversos países (especialmente anglosajones) y los más amplios problemas psicológicos: duelos, fobias, trastornos de ansiedad, depresión, TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo), Trastornos alimentarios (anorexia y bulimia), trastornos somatomorfos (fibromialgia, cefaleas y otros trastornos psicosomáticos), adicciones, dificultades psicológicas en personas adoptadas, trastornos de conducta, TDA (trastorno por déficit de atención), TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad).

¿CÓMO SE TRABAJA EN EMDR?

El abordaje empleado en EMDR se focaliza en tres aspectos:

  • 1) experiencias desagradables de la vida temprana
  • 2) experiencias estresantes del presente
  • 3) pensamientos y comportamientos deseados para el futuro

Psicoterapeuta y paciente conjuntamente identifican un problema específico, el más acuciante, en el que se focaliza el tratamiento. El paciente describe el acontecimiento traumático y es ayudado por el terapeuta a seleccionar los aspectos más significativos y angustiantes del acontecimiento.

El psicólogo o psiquiatra adiestra al paciente a realizar  determinados movimientos oculares rápidos u otra estimulación cerebral bilateral. Mientras los realiza afluyen a su conciencia otros aspectos del recuerdo traumático (algunos aparentemente ya olvidados, pero que continúan ejerciendo un efecto negativo desde el subconsciente) u otros recuerdos. El psicoterapeuta guía el procedimiento para asegurarse que el paciente esté procesando adecuadamente.

La estimulación cerebral bilateral puede ser:

  • a) Visual:el paciente mueve los ojos de un lado al otro guiado por el terapeuta
  • b) Auditiva:el paciente escucha sonidos alternados en ambos oídos
  • c) Kinestésica:el psicoterapeuta golpetea suavemente y en forma alternada sobre las manos o los hombros del paciente.

Una vez localizado el estímulo más adecuado a cada paciente, este estímulo  facilita la conexión entre los dos hemisferios cerebrales permitiendo un nuevo procesamiento de la información almacenada y produciendo la disminución de la carga emocional que acompaña al recuerdo traumático.

El psicoterapeuta guía clínicamente el proceso y orienta hacia la dirección que debe seguir la intervención para ser eficaz. La meta es que el paciente procese la información sobre el incidente traumático  llevándolo a lo que la Dra. Francine Shapiro llama una “resolución adaptativa”:

  • a) una reducción de los síntomas
  • b) un cambio en las creencias
  • c) la posibilidad de funcionar mejor en la vida cotidiana.

RECONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS DEL EMDR

  • EMDR ha sido reconocida como abordaje eficaz para el TEPT (trastorno de estrés postraumático) por la APA (Asociación Americana de Psicología)
  • Los departamentos de Saluddel Reino Unido, Irlanda del Norte, Holanda, Francia han declarado al EMDR como abordaje de elección para el tratamiento del trastorno de estrés postraumático
  • El NICE(Instituto Nacional para la Excelencia Clínica) de Gran Bretaña declara al EMDR como uno de los tratamientos de elección con apoyo empírico para el TEPT (Trastorno por Estrés Post Traumático) en adultos.
  • SAMHSA (administración de servicios de uso de sustancias y salud mental) y NREPP (registro nacional de programas y prácticas basados en evidencia) citan a EMDR como una práctica basada en la evidencia para el tratamiento del TEPT (Trastorno por Estrés Post Traumático), la ansiedad y la depresión.
  • LA OMS(Organización Mundial de la Salud) reconoce el impacto mundial de EMDR indicando que este tratamiento psicológico debe ser considerado “para adultos con trastorno de estrés postraumático (TEPT)”

 

Más psicoterapia, menos ansiolíticos

Diciembre 7th, 2015|

“La ansiedad es, con la depresión, el trastorno de salud mental más común. Aún más en las mujeres. Los hipnosedantes —tranquilizantes y somníferos— son los únicos psicoactivos más consumidos por mujeres que por hombres. Más del doble, según el Plan Nacional de Drogas. Parece lógico. No es tan simple “No te crees que eres adicta a algo que te ha recetado un médico”, dice una paciente

“Las benzodiacepinas son las drogas más consumidas en España después del alcohol y el tabaco. El 12% de la población los usa, el doble que en 2005. El porcentaje sube al 16% en las mujeres, entre las que se estima que hay más de medio millón de adictas a una droga legal que precisa receta médica.”

Pueden llamarse Orfidal, Tranxilium, Lorazepam, Lexatin, Valium o Trankimazin. “Un fármaco barato (un par de euros la caja de 50 con receta pública), eficaz a corto plazo y sin grandes efectos secundarios”. “Por eso están entre los fármacos más recetados en España, el país de Europa donde más ha crecido su consumo”.
“Sin embargo, a cambio de su eficacia, las pastillas tienen una gran capacidad de generar dependencia. Ciertas pacientes necesitan cada vez más dosis. Y muchas veces, médico y paciente saben cuándo inician un tratamiento pero no cuándo lo acaban.”

Enric Aragonés, coordinador de salud mental en la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria hace autocrítica. “Recetamos muchas benzodiacepinas y no siempre controlamos su uso”, admite. “Es un recurso fácil para médico y paciente. Las guías aconsejan no prolongar el tratamiento más de cuatro o seis semanas. Pero no es tan sencillo. Los procesos de ansiedad y depresión son largos, el tiempo de consulta, corto, y el gran poder de habituación de estos fármacos hacen muy difícil retirarlos”.
Creemos que el Dr. Aragonés da en la tecla. Las depresiones y ansiedades admiten dos tipos de tratamiento, incluso administrados simultáneamente. Pero el tratamiento psicoterapéutico requiere más tiempo de consulta. Es mucho más adecuado al mundo en que vivimos recurrir a una pastilla, aun sabiendo que si no es acompañada por un tratamiento psicoterapéutico la enfermedad no hará más que cronificarse y, por lo tanto, el recurso a la medicación se perpetuará, en lugar de ser sólo un recurso.
Entiéndasenos bien. No nos oponemos al uso de psicofármacos, es más, los recetamos. Pero sí estamos convencidos de que es un error utilizar la medicación como único recurso y no acompañarla por la psicoterapia, que podría llegar a resolver los problemas que están en el origen de la ansiedad y el insomnio y, por lo tanto, permitir que pueda llegar a prescindirse de la medicación.

“La endocrinóloga Carme Valls, directora del taller Mujer, Salud y Calidad de Vida del Centro de Análisis y Programas Sanitarios de Cataluña, sostiene que la doble prevalencia de la ansiedad en las mujeres no es casual. “Las hormonas nos condicionan, pero no nos determinan”, afirma. “Pero luego están las causas sociales: la doble jornada, el nido vacío, la soledad, la pobreza. No soy fundamentalista, receto ansiolíticos, pero si afináramos el diagnóstico no se prescribirían ni la tercera parte. La mayoría de las ansiedades se aliviarían sin ellas”.
El ansiolítico es el recurso más fácxilmente disponible XXXX. “Deberíamos estar más alerta. El ansiolítico es un recurso fácil para médico y paciente”, opina un facultativo Los médicos citan el deterioro de la memoria como uno de los posibles efectos del uso prolongado de ansiolíticos. Pero, a veces, es más urgente destensar el cable. Por eso, esta noche, más de una, mareada de dar vueltas en la cama, se pondrá una pastilla bajo la lengua y mañana será otro día.

Ellos beben, ellas se medican

Las mujeres se consuelan de sus penas y sus nervios con pastillas, y los hombres con alcohol. En los países desarrollados, 1 de cada 5 hombres adquiere dependencia vitalicia del alcohol, por 1 de cada 12 mujeres, según la OMS. Por cada trabajadora que bebe a diario, hay cuatro varones, según la Encuesta de Alcohol y Drogas en el Ámbito Laboral. Médicos y psicólogos certifican que ellos son más propensos a las adicciones y menos proclives a acudir al galeno, y las pastillas necesitan receta. Ellas expresan su sufrimiento, piden ayuda y acatan la prescripción facultativa. Las benzodiacepinas alivian su malestar y no llevan asociada tanta connotación de placer, o de vicio, como el alcohol, mal visto por muchos, incluso por ellas. La ansiedad femenina y su trato con fármacos forman parte del imaginario contemporáneo.
No es erróneo recetar una benzodiacepina. Sí lo es no acompañar el medicamento con una psicoterapia. El problema es que la Seguridad Social y los seguros médicos privados disponen de poco personal y poco tiempo. Siempre es más fácil, breve y económico recetar una pastilla que realizar una psicoterapia.

El sentimiento de culpabilidad

Junio 6th, 2015|

 

 

El cómico norteamericano Emo Philips contó en una ocasión el siguiente chiste: “Cuando era pequeño solía rezar cada noche para tener una bicicleta. Un día me di cuenta de que Dios no funciona así, de modo que robé una y recé para que me perdonara.”

 

El sentimiento de culpa está ligado, tradicionalmente, a transgredir la moral internalizada y sentirse, por ello, merecedor de un castigo. Esta transgresión puede realizarse por medio de un acto, de un pensamiento, de una fantasía consciente o inconsciente. El hecho de que pueda ser inconsciente hace que muchas veces nos sintamos culpables por razones equivocadas.

 

La sociedad actual empuja a buscar la satisfacción de los impulsos de forma inmediata y sin reparar en los medios. Quizás por eso, muchas personas, sobre todo jóvenes y adolescentes, incluso niños, actúan con total impunidad y sin sentirse nunca responsables de sus actos.

 

Si el mandamiento es gozar lo máximo posible, algo que se manifiesta, por ejemplo, en la compulsión al consumo o las múltiples adicciones, no hay culpabilidad por esa búsqueda incontrolada de satisfacción.

 

La psicología, a través de los medios de difusión masiva, nos exige que seamos felices. Paradójicamente se desarrollan nuevas culpabilidades: la de no gozar lo suficiente, la culpa por la tristeza que forma parte de la vida, la culpa por sentirse culpable.

 

Por otro lado, la psiquiatría biológica des-responsabiliza al sujeto de su propio malestar. Cada vez más acontecimientos vitales pretenden ser explicados por causas moleculares, genéticas o de neurotransmisores. Así las preferencias sexuales, los trastornos mentales, incluso las infidelidades, dificultades de aprendizaje o inversiones especulativas, adquieren explicaciones biológicas (aún no probadas) que quitan toda responsabilidad a los sujetos y a la sociedad.

 

¿Qué sentimiento toma hoy el relevo de los sentimientos de culpabilidad y de vergüenza? Probablemente la angustia, lo que explicaría el aumento incesante de los llamados trastornos de ansiedad, desde el estrés post-traumático hasta los ataques de pánico.

 

El sentimiento de culpabilidad

Marzo 18th, 2014|

Imagen Culpa

El cómico norteamericano Emo Philips contó en una ocasión el siguiente chiste: “Cuando era pequeño solía rezar cada noche para tener una bicicleta. Un día me di cuenta de que Dios no funciona así, de modo que robé una y recé para que me perdonara.”

El sentimiento de culpa está ligado, tradicionalmente, a transgredir la moral internalizada y sentirse, por ello, merecedor de un castigo. Esta transgresión puede realizarse por medio de un acto, de un pensamiento, de una fantasía consciente o inconsciente. El hecho de que pueda ser inconsciente hace que muchas veces nos sintamos culpables por razones equivocadas.

La sociedad actual empuja a buscar la satisfacción de los impulsos de forma inmediata y sin reparar en los medios. Quizás por eso, muchas personas, sobre todo jóvenes y adolescentes, incluso niños, actúan con total impunidad y sin sentirse nunca responsables de sus actos.

Si el mandamiento es gozar lo máximo posible, algo que se manifiesta, por ejemplo, en la compulsión al consumo o las múltiples adicciones, no hay culpabilidad por esa búsqueda incontrolada de satisfacción.

La psicología, a través de los medios de difusión masiva, nos exige que seamos felices. Paradójicamente se desarrollan nuevas culpabilidades: la de no gozar lo suficiente, la culpa por la tristeza que forma parte de la vida, la culpa por sentirse culpable.

Por otro lado, la psiquiatría biológica des-responsabiliza al sujeto de su propio malestar. Cada vez más acontecimientos vitales pretenden ser explicados por causas moleculares, genéticas o de neurotransmisores. Así las preferencias sexuales, los trastornos mentales, incluso las infidelidades, dificultades de aprendizaje o inversiones especulativas, adquieren explicaciones biológicas (aún no probadas) que quitan toda responsabilidad a los sujetos y a la sociedad.

¿Qué sentimiento toma hoy el relevo de los sentimientos de culpabilidad y de vergüenza? Probablemente la angustia, lo que explicaría el aumento incesante de los llamados trastornos de ansiedad, desde el estrés post-traumático hasta los ataques de pánico.

 

TRASTORNO DE LA PERSONALIDAD POR EVITACIÓN Y FOBIA SOCIAL

Noviembre 28th, 2012|

Son vergonzosos, tímidos, solitarios y aislados. Puede parecer que esta soledad y aislamiento son su elección, pero ansían relaciones más extensas y más íntimas, y pueden fantasear con ellas. En realidad su aislamiento es una elección forzada por causas internas. Desean tener relaciones con otros y sufren profundamente por su soledad. El DSM IV-R (Manual diagnóstico de la Asociación de Psiquiatras Americanos), en forma similar al CIE 10 (Manual de la OMS), describe este trastorno, al igual que otros, desde el punto de vista de las conductas características de los sujetos que lo padecerían. 1 – Pueden rechazar trabajos o actividades educativas que requieran un importante contacto interpersonal por miedo a las críticas o la desaprobación. Pueden incluso declinar ofertas de promoción laboral, o desear hacerlo, por miedo a las críticas de sus compañeros. 2 – Tienen dificultades para hacer nuevos amigos por su inseguridad en ser aceptados y aprobados. 3 – Parten de la idea a priori de que los demás son críticos con ellos y los rechazan. Esto les dificulta participar de actividades grupales y relaciones de intimidad personal (aunque pueden tener amigos íntimos si tienen la seguridad de ser aceptados sin críticas, en cuyo caso pueden estar muy ligados y ser muy dependientes). Suelen tener dificultad para hablar de sí mismos por temor a ser ridiculizados o avergonzados. 4 – Puesto que están muy atentos a ello, detectan hasta la menor crítica o rechazo, aunque sólo se haya criticado una parcialidad y no a la persona en su conjunto. 5 – Se sienten fácilmente ofendidos. Son tímidos, callados e inhibidos por temor a la humillación o el rechazo. Reaccionan mal a las bromas que puedan sugerir ridículo o burla.  Les gustaría tener una participación activa en la vida social, pero no se fían, porque tienen una pobre opinión de sí mismos. 6 – Se sienten socialmente ineptos y personalmente poco interesantes. 7 – Suelen ser reacios a aceptar nuevas actividades por los problemas que puedan producirles. Todos estos sentimientos los llevan a desarrollar una vida restrictiva. Además, puede constituirse un círculo vicioso, por el que sus temores y tensión provoquen efectivamente burlas en otros, lo que no hace más que confirmar sus temores a posteriori. Las críticas pueden hacerlos sonrojarse o sentir intensos deseos de llorar. La mala imagen de sí mismos y la hipersensibilidad a las críticas y el rechazo limitan sus contactos interpersonales. Esto produce un relativo aislamiento y falta de apoyos en los momentos de crisis. Desean afecto y aceptación y pueden tener fantasías con relaciones idealizadas con otros. Los comportamientos evitativos también limitan sus logros laborales porque conspiran contra las posibilidades de promoción. Cuando logran superar esas inhibiciones para asistir a una entrevista laboral o a un encuentro social, lo hacen con grandes esfuerzos recurriendo a sus recursos contrafóbicos. Normalmente el trastorno de la personalidad por evitación está asociado a la fobia social, de la que es muy difícil diferenciarlo. Podemos considerarlos como conceptualizaciones alternativas de estados similares, según se ponga el acento en los sentimientos fóbicos o en las defensas evitativas. También suele presentarse asociado al trastorno de la personalidad por dependencia. Suelen haber sido niños vergonzosos, aislados y con temor a los extraños. Si bien la vergüenza es normal en la niñez, puede desembocar en una fobia social o en un trastorno de personalidad por evitación. Limitaciones de los manuales Al agrupar los trastornos por las conductas manifiestas muchas veces ignoran las singularidades subjetivas. Por ejemplo, no todas las personas con conductas evitativas tienen sentimientos de inferioridad. Es más, muchas de ellas pueden sentirse superiores en muchos sentidos, pero eso no evita sus sentimientos fóbicos ni sus conductas evitativas, por lo que la fobia no es tan fácilmente explicable. La idea preconcebida de ser rechazado por el Otro (todos o casi todos los otros) es en ocasiones inconscientes, accediendo sólo a la conciencia un intenso sentimiento de vergüenza y temor al rechazo. Las ideas fóbicas son el trastorno primario, y las conductas evitativas una defensa para evitar situaciones de exposición y riesgo de rechazo. Aunque estas ideas y conductas son comunes a muchas personas, los caminos por los que pueden haber llegado a ellas pueden ser diferentes y singulares en cada caso. Nunca debemos priorizar el trastorno respecto de la singularidad de cada persona. Porque sólo tratando a cada uno como un sujeto singular podremos acceder a sus propias e intransferibles circunstancias y conflictos. Es inútil intentar trasladar mecánicamente las experiencias con un sujeto en particular a todas las personas con problemas similares, en primer lugar porque similar no es igual y, además, porque los caminos hacia la cura son diferentes en cada caso. Tratamiento Como en todos los trastornos de la personalidad el tratamiento indicado es la psicoterapia, con o sin la ayuda de medicación para reducir la reacción en situaciones ansiógenas. Debemos ir más allá de las conductas a buscar las ideas, muchas veces inconscientes, que las motivan. ¿Qué acontecimientos biográficos han dado consistencia a este prejuicio sobre el juicio negativo de los otros? Es indudable que estos sujetos proyectan sobre los otros juicios y críticas negativos que tienen sobre sí mismos y que han adquirido consistencia, muchas veces de forma muy temprana, en la infancia. Provistos de una imagen empobrecida de sí mismos y de un yo pobremente estructurado, encuentran en los otros un reflejo que confirma su propia desvalorización. Tenderán también a proyectar estos juicios desvalorizadores sobre su terapeuta, pudiendo sentirse poco interesantes y aburridos para él, y atribuyéndole también juicios y críticas negativos. Pero el despliegue de estas fantasías negativas en el espacio terapéutico puede permitir su rectificación. Y una rectificación subjetiva produce siempre modificaciones en el modo habitual de comportarse y en la imagen que proyectan sobre los otros.

FOBIA SOCIAL

Enero 29th, 2011|

Andrés tiene 25 años, vive con su madre y hermano. Trabaja en Correos clasificando la correspondencia desde que dejó sus estudios cuando cursaba 2º año en la Universidad.

Motivo de consulta: ¿De qué se queja? Se queja de ser muy “nervioso”.

Expectativas: ¿Qué espera del tratamiento? Ser “normal” y poder seguir sus estudios.

Antecedentes: Nunca tuvo amigos íntimos (al menos desde que comenzó su adolescencia). Prefiere estar solo. Hizo algunos amigos en la facultad, pero se ponía nervioso cuando tenía que hablar con sus compañeros, incluso con sus amigos.

¿Qué quiere decir que se “ponía nervioso”? No podía hablar y, si se esforzaba en hacerlo sudaba, notaba que se expresaba mal y quería terminar cuanto antes. Cuando alguien se dirigía directamente a él le ocurría lo mismo, al punto de que le costaba concentrarse en lo que le preguntaba su interlocutor.

Lo mismo le ocurría fuera de clase, en situaciones sociales. “Me da miedo decir alguna estupidez”. Por lo que intentaba evitar las salidas sociales y las fiestas.

Constantemente preocupado por estas situaciones, al punto de pensar en ellas aún cuando estaba solo y no poder concentrarse en sus estudios, terminó por abandonar la Universidad.

Aceptó un trabajo que no lo exponía a contactos directos con otras personas.

Situación actual: ¿Qué más lo pone nervioso? Los lavabos públicos, los urinarios. Siempre que puede entra en un cubículo, aunque más no sea para orinar.

¿Tiene amigos? Dos, desde hace años, se siente cómodo y relajado con ellos.

¿Y las chicas? No sale con ninguna desde que dejó la facultad.

¿Actividades sociales, fiestas, ir en grupo a un bar? Lo evita siempre que puede.

¿Y con sus jefes? Bien, sin problemas.[i]

 

COMENTARIO:

Andrés manifiesta crisis de angustia (él las llama “ataques de ansiedad”). Pero sólo en situaciones específicas a las que teme. Esto nos impide diagnosticarlo como “Trastorno de Ansiedad Generalizada”  o “Trastorno de Angustia” según las clasificaciones de los manuales CIE-10 (OMS, Organización Mundial de la Salud) y DSM-IV-R (APA – Asociación de Psiquiatras Americanos, es decir, estadounidenses), que son los manuales de clasificación de trastornos de uso habitual (y casi obligatorio).

Pero esto no niega que la angustia, o las limitaciones que a su vida impone evitarla, sea el síntoma que más preocupa a Andrés. Ni que la fobia social pueda coexistir con otros trastornos: otras fobias, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno por estrés postraumático, o trastorno por ansiedad de separación.
Debemos diagnosticarlo, por tanto, como fobia social generalizada (un Trastorno Neurótico según el CIE 10, un Trastorno por Ansiedad según el DSM IV)

El problema que se presenta es que las fobias son, también, un mecanismo de defensa. El aparato psíquico (la mente) se defiende de la angustia o ansiedad focalizándola en un objeto (un animal, por ejemplo) o una situación (los espacios cerrados, los espacios abiertos, las situaciones sociales). La presencia de estos objetos o situaciones, o la mera posibilidad de que se presenten, desencadena automáticamente ansiedad o angustia (según pongamos el acento en los síntomas físicos o mentales). Pero, a la vez, esta localización de la angustia permite evitar los objetos o situaciones “peligrosos” y así evitar la angustia, aunque al precio de limitaciones vitales.

Por eso no debe sorprendernos que en la clínica uno se encuentre muchas veces con que, después de un tratamiento “exitoso” (psicoterapéutico y/o médico),           que ha logrado resolver la fobia, el sujeto se encuentre con una ansiedad generalizada que ya no puede controlar.

Diagnóstico Diferencial: Muchos más problemas se nos presentan cuando queremos diferenciar la fobia social de un Trastorno de Personalidad por Evitación (según el DSM IV) o Trastorno Ansioso de la Personalidad (CIE 10):
El DSM IV lo caracteriza por “inhibición social, sentimientos de inferioridad e hipersensibilidad a la evaluación negativa”:
1.     “evita trabajos o actividades que impliquen un contacto interpersonal”
2.     “es reacio a implicarse con la gente si no está seguro de que va a agradar”.
3.      “represión en las relaciones íntimas”.
4.     preocupación por la posibilidad de ser criticado o rechazado en situaciones sociales.
5.     inhibición en situaciones interpersonales nuevas.
6.     considerarse “socialmente inepto, personalmente poco interesante o inferior a los demás”.
7.     evitar “correr riesgos personales o implicarse en nuevas actividades”[ii]
Andrés cumple con todos estos criterios, pero bastan cuatro para realizar el diagnóstico.
De donde es fácil deducir que la Fobia Social y el Trastorno de Personalidad por Evitación, o Trastorno Ansioso de Personalidad con evitación, son el mismo trastorno. Diagnosticar uno u otro depende de que el profesional ponga el acento en la exposición o en la evitación de la situación ansiógena.
CONCLUSIONES:
       Las fobias sociales, y las fobias en general, son mecanismos inconscientes de defensa mediante los cuales un sujeto localiza su ansiedad en una situación u objeto[iii]

       Esta fobia puede ser muy limitativa para la vida de una persona, afectándola en su rutina diaria, dificultando sus posibilidades de estudio o laborales, limitando o anulando su vida social o el disfrute de su tiempo libre, y produciendo mucho malestar.

       Las fobias pueden tratarse, fundamentalmente, de dos modos: tratando el comportamiento o conducta, con una exposición progresiva a la situación u objeto (en este caso: la situación social) que produce la fobia; tratando la fobia de modo dinámico en sus causas y temores inconscientes. Ambas alternativas son eficaces, y no son contradictorias.
       Hay que tener en cuenta que la angustia no siempre se origina en el lugar en el que se manifiesta.
       Bajo la fobia suele haber una angustia más generalizada y soterrada que puede llegar a desencadenarse en cualquier momento, produciendo aun más sufrimiento.

       Un tratamiento psicoterapéutico (con apoyo de medicación en caso necesario) debe apuntar, simultáneamente, a resolver la fobia, y la paralela evitación de situaciones sociales, que aqueja al sujeto humano y por la que consulta; y a desentrañar el origen psicológico de la fobia y la angustia o ansiedad de base para reducir su sufrimiento.

       En nuestra experiencia, la absoluta mayoría de las fobias sociales se curan.
       Y si no se curan suele ser porque fue mal diagnosticada, porque algo falló en el tratamiento, o porque, simplemente, la persona fóbica eligió no tratarse, sobrellevando inevitablemente en su vida las consecuencias.

 


[i] Este caso, como todos los otros mencionados en este artículo, está tomado del “Libro de Casos” del DSM-IV, no por falta de casos clínicos propios sino por conservar la confidencialidad de nuestros pacientes y no dar a conocer sus experiencias en una página web fácilmente accesible a cualquiera.

[ii] El CIE 10 lo define en similares términos, por lo que no merece la pena repetirlos.

[iii] Habitualmente se distingue entre fobias de situación (fobia social, agorafobia, claustrofobia, fobia a las alturas, miedo a volar en avión, etc) y fobias de objeto (frecuentemente animales). Podemos superar esta distinción si consideramos que en la fobia social, por ejemplo, el objeto temido son “los otros”.

Trastorno de pánico o crisis de angustia (panic attack)

Enero 9th, 2009|

“Estaba cenando tranquilamente con mi mujer y una pareja de amigos. Habíamos ido al cine, la película nos había gustado, aunque era algo extraña. Me molestaban un poco los niños que correteaban por el restaurante.
De pronto me di cuenta de que estaba sudando. Mientras me secaba las manos con la servilleta sentí que mi corazón se disparaba y marchaba a toda velocidad.
No dije nada, porque no quería arruinar una cena animada, pero cada vez me sentía peor.
Empezó a dolerme el brazo izquierdo. El dolor, por momentos, se extendía al pecho. Recordé que así empezaban los infartos, lo leí en alguna parte. Pero ¿por qué iba a tener un infarto? No fumo, bebo moderadamente, me cuido con las comidas, hace poco me hice una analítica y todo estaba bien.
Me hicieron una pregunta y no pude contestar porque no prestaba atención. Mi mujer me preguntó si me sentía mal, me dijo que estaba pálido. Le dije que no era nada, quizás el vino, e intenté sonreír. Pero me costaba respirar. Todos en la mesa me miraban fijamente.
De pronto tuve la necesidad urgente de salir del restaurante. Me sentía muy mal, estaba asustado y tenía ganas de llorar.
Pagaron la cuenta (no sé quién pagó) mientras yo los esperaba fuera. Pensé que el aire fresco me haría bien, pero no fue así.
Le di las llaves del coche a mi mujer y, ya en el coche, sentí que me moría. Le dije: -“Llévame al hospital”
Todo duró sólo unos minutos, casi es más largo contarlo, pero de verdad que creí que me moría.
Cuando llegué al hospital ya me sentía mejor. Igual me hicieron un electro, radiografías, mogollón de estudios y preguntas.
A mí me parece que el último médico que me vio era un psiquiatra. Por las preguntas que me hizo. Pero ¿qué le iba a decir? Mi infancia fue normal, mi vida es normal…
Después de horas (¡qué mal están los hospitales!, ¿no?), me mandaron a casa. Antes me dijeron que viera a un psicoterapeuta, pero ¿para qué? A mi cabeza no le pasaba nada. Eran mi corazón y mis pulmones, no mi cabeza”.
Pero unos meses después la crisis se repite, aunque en otras circunstancias.
“Mi mujer insistió en que viniera, y aquí estoy”.
Así se presenta un paciente en una primera consulta. El hecho de que no le hubieran encontrado ninguna falla en el organismo lo alivia y, a la vez, lo avergüenza.
Los ataques de pánico o crisis de angustia presentan síntomas tan similares a los de un pre-infarto (incluida la sensación de muerte inminente) que requieren un cuidadoso diagnóstico diferencial y son causa frecuente de consulta en Urgencias.
Pero, ¿qué es el pánico?
Según el diccionario: “Miedo grande o temor muy intenso”
¿Y qué es la angustia? “Temor opresivo sin causa precisa”
Por eso la versión en español del DSM IV puede traducir “panic attack” (ataque de pánico) por crisis de angustia.
Angustia incluye el concepto de “sin causa precisa” (que no es lo mismo que “sin causa”, aunque esta causa sea desconocida por quién la padece).
El CIE 10 (Clasificación Internacional Estadística de la OMS) clasifica al Trastorno de Pánico (o ansiedad paroxística episódica) dentro de los Trastornos neuróticos, secundarios a situaciones estresantes y somatomorfos y, dentro de éstos, como Otros trastornos de ansiedad (“Otros” para distinguirlos de los trastornos de ansiedad fóbica, de los que se diferencia porque la presencia de ansiedad no se limita a una situación en particular). El DSM IV (manual diagnóstico de la psiquiatría norteamericana) los define de forma similar.
¿Qué es el trastorno de pánico o trastorno de angustia?
El Trastorno de pánico (o ansiedad paroxística episódica), se caracterizaría por “crisis recurrentes de ansiedad grave (pánico) no limitadas a ninguna situación o conjunto de circunstancias particulares”. Son, por lo tanto, imprevisibles.
Los síntomas varían de un caso a otro, de una persona a otra, pero los más frecuentes son: taquicardia, dolor en la zona del corazón, sensación de asfixia, mareo o vértigo y, muchas veces, sensación de irrealidad (lo que se conoce como síndrome de despersonalización y/o desrealización).
Casi siempre estos síntomas son acompañados por miedo a morir (sensación de muerte inminente), a perder el control o a enloquecer.
Cada crisis suele durar sólo unos minutos, desde unos pocos a 20’, raramente más.

Muchas veces el miedo, el dolor torácico o la asfixia, y los síntomas vegetativos (sudoración, nauseas, vómitos…), se tornan tan insoportables que la persona huye del lugar en que se encuentra.

Después de un ataque de pánico, la persona empieza a temer que se repita, y a evitar lugares similares a aquel en que se produjo el ataque (los restaurantes en el caso mencionado y, por extensión, todo lugar en que haya mucha gente y no permita una rápida huida)
La repetición de los ataques de pánico termina por producir una fobia a estar solos o a ir a lugares públicos, por lo que es muy frecuente que el Trastorno de Angustia se acompañe por Agorafobia: temor angustioso a los grandes espacios y a los espacios abiertos.
Resulta particularmente llamativo el temor a sufrir una crisis en un lugar público, bajo la presencia de desconocidos. Una enorme vergüenza a ser visto en ese estado angustioso.
Finalmente, la persona termina por tener pánico al pánico. Por lo que empieza por evitar ciertas circunstancias que le parecen favorecedoras de las crisis, y termina por limitar el conjunto de su vida en función del intento de evitar la repetición de estos ataques.

Comentario clínico:

La angustia automática:

Queda expresado entonces que, después de la primera crisis de pánico, la angustia ya no está sólo en relación con sus causas originales, sino también con el propio recuerdo de la situación en que se produjo ese ataque, que funciona como una situación traumática (el miedo al restaurante, medio de transporte o al lugar público o privado en que se produjo), potencialmente capaz de desencadenar una nueva crisis.

El ataque de pánico corresponde así a lo que se ha dado en llamar “angustia automática”: reacción angustiosa ante una situación traumática. La persona se encuentra invadida por una cantidad de excitación (por causas externas o internas) que la desborda y no puede controlar, produciéndose un desencadenamiento de angustia, o sus equivalentes síntomas somáticos, de forma automática, sin que llegue a producirse un pensamiento que justifique esa angustia y, muchas veces, sin aviso previo, por lo que la coge desprevenida.

Muchos autores han encontrado en los síntomas característicos (asfixia, taquicardia, etc.) una reproducción de los producidos en el primer trauma de todo ser humano, mucho antes de que pudiera llegar a representarse lo que experimenta: el trauma del nacimiento.

La señal de angustia:

Después del primer ataque, cuando la persona se encuentre en una situación potencialmente “peligrosa”, por reproducir las circunstancias en que se produjo el ataque, se r
eproducen los síntomas aunque en forma atenuada, lo que sirve al individuo como señal de alarma para una reacción defensiva (generalmente la huida). Se trata de lo que conocemos como “angustia señal”, que surge ante un indicador conectado con la situación que originalmente provocó el ataque de pánico (en inglés se llama panic button al botón de alarma).

Sin causa aparente

En la clínica el ataque de pánico, o trastorno de angustia, casi nunca se presenta solo. A poco que se escarbe siempre aparece otra problemática de la que el ataque de pánico es su manifestación más aparente y a la que, precisamente por la aparatosidad de sus síntomas, enmascara: hipocondría, agorafobia, alguna otra fobia, trastornos del sueño, distimia u otro trastorno del estado de ánimo, somatizaciones, trastornos de la personalidad, conflictos en las relaciones con otras personas, y un largo etcétera.

En el caso que mencionábamos al comienzo del artículo, ya en las primeras sesiones terapéuticas emergió una desagradable sensación de ser mirado por los demás, juzgado, desvalorizado, como si vieran en él algo que no era de su gusto. Momentos en que el mundo exterior, o él mismo, se le presentaban bajo una tonalidad irreal, como carentes de sentido. Una excesiva disposición a agradar a los demás, en ocasiones a costa de su propio deseo, y dificultades para manifestar sensaciones hostiles como ira o enfado.

También pudo, en el despliegue del diálogo terapéutico, relacionarse ese primer ataque con el contenido de la película que acababa de ver y ciertos recuerdos infantiles, que no desarrollaremos para conservar el anonimato.

En otras personas las crisis responden a otros desencadenantes y los problemas personales a resolver son otros. Sería un error pretender que el trastorno de angustia es propio de gente tímida sólo por el ejemplo citado. Al contrario, pueden padecerlo personas con gran confianza en sí mismas, exitosos profesional y socialmente, incluso con un carácter firme o una personalidad agresiva.

Que uno no sea consciente de las causas que precipitaron el ataque o crisis no quiere decir que no las haya. Estas “razones del corazón que la razón no entiende” pueden desplegarse en el diálogo terapéutico con una persona entrenada para escuchar en lo que uno dice algo que está más allá de la rígida conciencia, y uno termina por saber más de sí mismo y de cómo manejarse del mejor modo posible consigo mismo.