Nuestro hijo tiene problemas. No va bien en el colegio, no puede estarse quieto, pierde el control con facilidad, no tiene amigos, se angustia mucho, no se le puede llevar la contraria o cualquier otra dificultad que parece señalar que no funciona como los otros niños, que hay un problema.

Nos lo han advertido en el colegio, o lo hemos notado nosotros mismos, o, menos frecuentemente, nos lo ha hecho ver un amigo, lo mismo da. En cualquier caso, lo más probable es que nos angustiemos. En la mayoría de los casos los problemas psíquicos de los hijos, sobre todo si son menores de edad, nos afectan más que los propios.

Lo lógico sería acudir a un especialista, pero muchas veces existe una resistencia a realizar esa consulta, a admitir que nuestro hijo tiene problemas y necesita atención psiquiátrica o psicológica.

Probablemente alguien, ya sea un maestro o psicopedagogo del colegio, una amiga más informada, un médico conocido o una revista de divulgación, nos propondrá respuestas a nuestras inquietudes. Muchas veces nuestra propia ansiedad nos llevará, antes o después de la consulta especializada, a consultar textos de divulgación o páginas web como ésta.

Lo primero que queremos saber es qué le pasa, demanda de saber totalmente lógica. La ignorancia nos llena de angustia.


El Diagnóstico


El ICD 10 (Clasificación de trastornos mentales según criterios de la OMS) nos ofrece 77 diagnósticos de trastornos de comienzo en la infancia, la niñez o la adolescencia. El DSM IV – R (Criterios diagnósticos de la Asociación de Psiquiatras Americanos), más difundido porque es el que suelen usar los textos de divulgación, mayoritariamente de origen estadounidense, nos propone sólo 34 trastornos, agrupados en:

– Retraso mental
– Trastornos del aprendizaje
– Trastornos de las habilidades motoras
– Trastornos de la comunicación
– Trastornos generalizados del desarrollo (autismo y otros síndromes similares)
– Trastornos por déficit de atención con hiperactividad.
– Trastornos disociales
– Trastornos de la ingestión y de la conducta alimentaria de la infancia o de la niñez (anorexia, bulimia y otros)
– Trastornos de tics
– Trastornos de la eliminación (encopresis y enuresis)
– Otros trastornos de la infancia, la niñez o la adolescencia (trastornos de ansiedad, etc.)

Lo que hay que tener en cuenta es que estas clasificaciones diagnósticas se hicieron con vistas a poder realizar estudios estadísticos. Consecuentemente, ambas clasificaciones surgieron de discusiones y transacciones entre profesionales de distintas corrientes y escuelas, por lo que en la práctica nos encontramos muchas veces con distintos diagnósticos hechos por distintos profesionales para una misma persona, sin que esto implique desconocimiento profesional de ninguno de ellos.

Además, trastornos como la anorexia, bulimia, encopresis, enuresis, tics, ansiedad, etc., aún cuando figuren como trastornos específicos en las clasificaciones? con fines estadísticos, son síntomas que pueden responder a muy distintas causas y, por lo tanto, justificar diferentes diagnósticos. Por esa razón en las clasificaciones diagnósticas suelen incluirse como limitación diagnóstica frases como “siempre y cuando (los síntomas) no puedan explicarse mejor por otro trastorno”

Lo que queremos decir, aún respetando las opiniones que pudiera haber en contrario, es que no necesariamente nuestro hijo debe coincidir con algunas de las descripciones diagnósticas al uso y que, salvo en casos muy determinados, es preferible mantener el diagnóstico abierto. Esto no quiere decir no hacer ningún diagnóstico, y mucho menos no ubicar a sus padres para que conozcan en qué situación se encuentra su hijo. Pero este diagnóstico puede ser dinámico, es decir, estar abierto a los cambios que pudieran producirse.

Un diagnóstico puede, en ocasiones, calmar la ansiedad de los padres que ahora pueden nombrar el trastorno de su hijo. Pero también puede, al contrario, generar nuevas ansiedades, sobre todo si es entendido como una condena y no como una descripción de la situación en que se encuentra el niño o el adolescente.

También corremos el riesgo de encuadrar a nuestro hijo. A partir del diagnóstico es posible que interpretemos todas sus expresiones verbales o conductuales en función del diagnóstico, reforzándolo inconscientemente. Lo mismo puede ocurrir con maestros y otras personas en relación con el niño. Un niño es un sujeto dinámico, en constante movimiento y cambio, y un diagnóstico es algo así como una foto fija que puede congelar un momento de su desarrollo atribuyéndole un valor absoluto, lo que puede condicionar su evolución.

Además, esta manera mecanicista de entender el diagnóstico puede dar lugar a una paradoja: si el profesional percibe que se encuentra ante una situación problemática, que requiere su intervención, se verá forzado a asignarle un diagnóstico, es decir: una patología, al niño o al adolescente, para así justificar el tratamiento. Y en la práctica clínica existen muchas situaciones que aconsejan una intervención precoz, aún cuando no exista una patología diagnosticable, precisamente para prevenir su aparición.

María es una niña de 10 años, sana, alegre, buena alumna, pero tiene rabietas (preferimos llamarlas así antes que falta de control de impulsos, que ya parece indicar una patología). Con cierta frecuencia, por algún problema menor, estalla en llanto, gritos, insultos.

Bastan unas pocas entrevistas para ver que lo que ocurre, contra toda apariencia, es que María se controla demasiado. Este control sobre pensamientos, sentimientos y emociones que esconde en sí misma, termina por desbordar periódicamente, produciendo el estallido emocional, estallido que luego le produce sentimientos de culpa. La psicoterapia le brinda un espacio protegido, exclusivamente suyo, en el que expresar ideas y afectos que, por razones que no vienen al caso, no se siente con derecho a expresar en el entorno familiar o escolar.

Sabrina se resiste enérgicamente a ir al colegio. Las maestras no lo entienden: es buena alumna, no tiene problemas aparentes con sus compañeros, pero ella quiere permanecer en casa con su mamá. Carlos es buen hijo y buen estudiante, pero no tiene amigos, no juega en los recreos o sólo lo hace forzado por los maestros, está aislado socialmente.

Ninguno de estos casos tiene una entidad suficiente para justificar un diagnóstico psiquiátrico o psicopatológico, pero esto no significa que estos chicos no puedan beneficiarse de una psicoterapia ni que no la necesiten.

Particularmente ejemplar nos parece el caso de María, porque ella sí tuvo un diagnóstico: un Trastorno de Control de Impulsos. Quizás el profesional que hizo ese diagnóstico quiso expresar con él la necesidad de realizar un tratamiento. Y fue eficaz. Porque una vez que los padres tuvieron un diagnóstico para su hija, aceptaron que ésta realizara una psicoterapia a la que hasta entonces se resistían.

Psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas, como en todas las profesiones, tenemos nuestra propia jerga profesional. Esta jerga, trasladada al ámbito profano, puede tener efectos perniciosos. Una rabieta está incluida en lo que podemos llamar n
ormalidad
. Un trastorno en el control de los impulsos, en cambio, parece remitirnos a una patología, una enfermedad.

El efecto indeseado es que ese niño con dificultades psicológicas, después del diagnóstico, muchas veces pasa a ser imaginarizado como un niño enfermo por sus padres, por sus docentes y por sí mismo. Los padres pueden sentirse inclinados a desrensponsabilizar al niño por sus conductas (falta de aplicación en los estudios, rabietas, caprichos), ya que estas parecerían ser responsabilidad de su enfermedad. A la vez, pueden experimentar frustración e ira, porque ese niño, que deseaban e imaginaban sano, está enfermo.

La confusión de los padres se traslada al niño, porque él, como todo niño, necesita una mezcla compleja de afecto y severidad, comprensión y reprimendas, para sentirse seguro, para sentir que sus padres son garantes de un orden necesario para su propio funcionamiento y autonomía.

Por eso proponemos un diagnóstico que no se limite a nombrar una categoría diagnóstica de cualquier clasificación, que no sea una etiqueta, sino una explicación dinámica del momento que está atravesando el niño, de sus conflictos psíquicos, de su funcionamiento en la familia, en el colegio y con otros niños de su edad, de las dificultades y problemas psicológicos con los que se enfrenta y con los que tendrá que habérselas.

De? la concepción que tengamos del diagnóstico? dependerá cómo encararemos las primeras entrevistas. Si nos limitaremos ha aplicarle ciertos test, informarnos de los acontecimientos pautados de su breve historia de vida (a qué edad comenzó a hablar, dio los primeros pasos, etc.), su rendimiento escolar, los siempre peligrosos y discutidos coeficientes intelectuales, etc.; o si escucharemos sin prejuicios al niño y su familia, sus problemas y preocupaciones, sus fantasías, acontecimientos o frases que se repiten, y que muchas veces escapan de una entrevista rígidamente pautada como el agua de un colador.

Luis Teszkiewicz